HIC EGO CACAVIT (aquí cagué yo)

Desde tiempo inmemorial

filósofos y escritores,

religiosos y doctores

en busca de la verdad,

en busca de la razón,

la piedra filosofal,

la sabiduría final,

se plantean la cuestión.

Indagan si el ser humano

es materia o energía

si  es poseído por la carne

o si un espíritu le guía.

Permitid vuesas mercedes

que ante tan graves pesquisas

me meta yo en estas camisas

para dar mis pareceres.

Y es que aunque tocados seamos

por leve soplo divino,

en este arduo camino

todos, la carne arrastramos.

Hasta el hombre más  preclaro

o la más gentil doncella,

igual da si es él o es ella

han de pasar por el aro.

El filántropo o el santo,

el rey y su vasallaje,

todos, de cualquier pelaje,

tienen que, de tanto en tanto,

someterse a los carnales

y materiales preceptos,

por más que sean abyectos

de las pautas corporales.

Es muy sabio el refranero

de esta nuestra piel de toro,

con mucho o poco decoro,

nos espera el cagadero:

Para  retar a la muerte

no hay más sano proceder

que tras copioso comer

acabar cagando fuerte.

Quede, pues, claro a la gente

que aunque nos creamos sutiles

nos manchamos los perniles

poco delicadamente.

Es verdad, tenemos alma,

lo tengo claro de veras,

pero esta es prisionera,

si lo pensamos con calma,

de la carne vil y odiosa.

Pues cuando se ha de apretar

porque hay ganas de cagar

no es nada espiritual la cosa.

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