JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL CARREFUL (I)

Paquita, la costilla de Juan Eulogio, se está quedando sin víveres en la despensa de casa. Necesita comprar aceite, patatas, cebollas, judías, Marie Brizard, calcetines para los niños, bragafajas para ella, calzoncillos castellanos para su marido… lo dicho, que se ven muchos huecos vacíos en los armarios donde guardan la comida y en los armarios de la ropa y procede ya una expedición en busca de avituallamiento.

  • Cariiiii–se dirige, mimosa, a su costillo.

Juan Eulogio hace ya rato que ha decidido que es una buena idea pasar la fría tarde del sábado castigando al sofá con su cuerpo serrano… y a su cuerpo serrano con las traviesas del sofá, bien calentito bajo la batamanta.

  • Cariiiiiiiii–Insiste Paquita elevando un poco la voz.

La respuesta de Juan Eulogio no es meditada, ni mucho menos. Como si de un ciervo en la época de la berrea se tratara, emite un gruñido lastimero entre humano y animal: Es un ronquido, aunque bien podría catalogarse como alarido gutural proveniente del más allá.

  • ¡Ceporro de los cojones! –Grita Paquita zarandeando el cuerpo inerte de su marido, que con excesiva brusquedad y poca delicadeza para su gusto siente como una fuerza incontenible le arrastra y le hace volver de allá donde quiera que se encontrara, en un plácido sueño, quizás un sueño profundo, o, para ser más exactos, el coma inducido por un plato de cocido acompañado de un cartón de vino don Simón enterito en la comida para facilitar el tránsito del bolo alimenticio y tres copazos de licor de hierbas para hacer bien la digestión. Que le ha dado cabezona, vamos, para que nos entendamos todos.
  • ¿Pero qué pasa? ¿Qué pasa? –Consigue por fin articular Juan Eulogio con la cara contraída por el susto del violento despertar y un punto, o punto y medio, de mala leche, que es la que le embarga cuando le despiertan a lo bestia, como ha sido el caso.

Paquita exhibe por momentos una sonrisa ligeramente cabrona al ver las caras de su marido, pero enseguida transmuta su semblante por otro más angelical.

  • Anda, cariiiii, levántate que me tienes que llevar al Carreful.

Juan Eulogio pega un brinco por la impresión y pone los ojillos en blanco. No concibe cómo un ser humano puede cambiar la placidez de un sueño siestuno por las colas y empujones de un hipermercado un sábado por la tarde sin un ictus de por medio.

 

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… EN EL CARREFUL

 

  • Pero… – Juan Eulogio intenta evitar lo inevitable buscando mil y una escusas inútiles.- ¿No fuimos… hace unos días?
  • Hoy hace justo un mes que cobraste.
  • ¡Joder! ¿Ya ha pasado un mes?
  • Sí hijo, sí. ¡Venga! Levanta el culo que más tarde se pone todo imposible de gente.
  • Vaaaale, -Claudica finalmente Juan Eulogio, dándose por jodido.- Pero los niños los dejas con tu madre, que no hay quien los soporte en el híper…

Paquita calla, como si fuera sabedora de oscuros secretos que su inocente marido no conoce.

Desde algún lugar de la calle se escucha una música machacona y aterradora: Es la banda sonora de la película Tiburón. Algún vecino que está viendo la peli con un volumen demasiado alto.

Pero justo en ese mismo momento Juan Eulogio escucha dos cosas más: Una es el timbre de la puerta… y otra… una risa espectral como de ultratumba que nadie más parece escuchar. Debe ser el destino, que se está descojonando de él. De repente le ha entrado una inexplicable temblina.

Sus temores se confirman cuando escucha desde  la entrada la voz desagradable de la cucaracha, que es como llama familiarmente a su suegra, la señá Virtudes, a quien no quiere bien. Su amada Paquita, que en este momento no es tan amada sino más bien una hijaputa redomada, ha invitado a su madre a acompañarlos al centro comercial ¡Tiene narices la cosa! ¡A la cucaracha nada más y nada menos! Dos planes se le han ido a la mierda de golpe: Librarse por un rato de la abuela… y de sus nietos.

Juan Eulogio siente que se muere cuando le sobrevienen un par de violentas arcadas producto del estrés de la situación. Le embarga un asco incipiente que tiene que tragarse por no violentar su relación conyugal mandando a tomar por culo a su costilla.

Paquita, su santa, Elyónatan, su salvaje vástago, Layésica, su niña repipi… y la cucaracha… su… su… ese excremento inmundo que solo come y caga y se tira cuescos en espacios reducidos…

  • ¡Cojonudo! -Masculla entre dientes Juan Eulogio. El plan es… cojonudo.

 

CONTINUARÁ…

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RINCONES CON ENCANTO: CAMPO DE CRIPTANA

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre SÍ me quiero acordar…

don-quijote-vi
…En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así 1
como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a 2desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos 3comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

4Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos 2065son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero 16Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. 7Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

10Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, 11bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba 18delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el 23campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba…21

 

NOTA ACLARATORIA:  EL TEXTO NO LO HE ESCRITO YO. 😉

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¡¡¡¡¡ LUNA NEGRA EN EL PUESTO 23 DEL TOP 100 DE AMAZON DE ACCIÓN Y AVENTURAS NÁUTICAS!!!!!

Hoy, “LUNA NEGRA”  aparece en el puesto número 23 del Top 100 de Amazon de Acción y Aventuras Náuticas.

Puede ser una buena excusa para animarte a leerlo.

Una familia normal y corriente. Unas vacaciones sencillas disfrutando del Mediterráneo. Pero todo puede complicarse hasta extremos insospechados, hasta hacerles perder la cabeza.
¿Cómo reaccionarías si te ocurriera a ti?

 

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RITUAL DE APAREAMIENTO DEL MACHO Y LA HEMBRA IBÉRICOS: LA MONTA O CÓPULA

Monta o cópula

Llegados a este punto del reportaje, el sufrido lector estará ahora mismo en trance de presuponer que nunca se va a completar el proceso de apareamiento del macho y la hembra ibéricos. Por estos mismos razonamientos, estará temiendo en estos momentos que la raza ibérica tal cual se conoce, visto lo visto, está definitivamente abocada a la extinción. Deducciones hechas con cierta lógica pero, si se me permite decirlo, totalmente erradas.

La naturaleza siempre se abre camino, siempre encuentra soluciones a problemas aparentemente sin solución. ¿Existen situaciones al gusto de todos? La Naturaleza es sabia, pero también es cruel. No. No todos los individuos han de quedar satisfechos cuando la madre natura toma una decisión. Siempre hay alguien que acaba perdiendo…

Prosiguiendo con el relato de los acontecimientos    habíamos dejado a la hembra ibérica maquinando de qué modo podía hacer tomar conciencia al macho ibérico de lo infructuoso de sus cansinos intentos por montarla.

El macho ibérico se encuentra un tanto turbado.

La razón no es otra que la hembra, que tan esquiva se ha estado mostrando ante sus numerosos intentos por llamar su atención, le ha citado esta tarde en el camino del río, lugar frondoso y sombrío donde las parejas de especímenes ibéricos suelen acudir a aparease cuando no disponen de un lugar fijo, un nido, donde dar rienda suelta a sus pasiones.

El macho, que algo alicaído, ya se estaba planteando la opción de abandonar la lucha, vislumbra de nuevo una luz al final del túnel, ve de alguna manera recompensados todos sus desvelos por intentar montar a la hembra. Como a ET cuando presentía que llegaban sus compañeros alienígenas a su rescate, al macho ibérico también se le enciende una lucecilla roja parpadeante, aunque no a la altura del corazón, sino algo más abajo.

Ignorante de los maquiavélicos planes de la hembra ibérica, el macho se acicala a conciencia para la cita. No quiere fallar en este momento tan definitivo del proceso. Se cambia de muda, quitándose los calzoncillos castellanos como si estuviera despegando una calcomanía. Una vez que tiene el asunto al aire arrima el hocico lo más que puede a sus partes pudendas, para comprobar si necesita o no un agüita. Pero recuerda que no hace más de quince días que se duchó y decide que no es necesaria una segunda ducha en tan corto espacio de tiempo. Tanta agua lo único que consigue es disolver sus feromonas masculinas, su olisque a macho ibérico.

La revisión de alerones con el mismo procedimiento se le antoja aceptable a excepción de unos pinchazos que siente en las axilas, el “sobacamen”, dice él. Estos son debidos a que los pelos han llegado a hacer masa con el sudor y se le han convertido en algo parecido a estalactitas que se le clavan. Con un peine de cardar, tras media hora de intenso trabajo, el macho ibérico consigue desenredar  el vello axilar.

Ya casi está a punto de revista. Solo le quedan los calcetines, que es incapaz de sacar de los pies, pues están aparentemente soldados a ellos, y necesitarían un tiempo en remojo, un tiempo que no tiene. Lo da por bueno a pesar de que por el suelo de su guarida va dejando húmedas huellas de pie por donde pisa.

Se echa por encima más de un cuarto de litro de Varón Dandy para minimizar las consecuencias, aunque en el fondo le parece un exceso de celo y una mariconada.

Se mira al espejo encogiendo estómago en la medida de lo posible y sonríe satisfecho mostrándose un par de huecos donde deberían estar dos incisivos. Se recoloca el pelo sobre la calva y lo afianza con un buen pellizco de crema de manos Deliplus (Marca blanca de Mercadona), bastante grasienta y pegajosa, para que el aire no le juegue una mala pasada en el momento más inoportuno.

Revisión OK.

Ya se encuentra listo para el momento cumbre, momento que espera se haga realidad esta misma tarde en el coche de la hembra ibérica que es más espacioso que el suyo. Por eso se va caminando al punto P, lugar de la cita.

Tarda poco en llegar pues su guarida no está demasiado lejos del mismo. Va ensimismado en sus pensamientos, imaginando la escena que se avecina.

Avista una fila de coches todos aparcados fuera del camino semiocultos por la exuberante vegetación ribereña. Tras afinar un poco la vista divisa el coche de la hembra de sus pensamientos y hacia allí que se dirige con total decisión y paso firme. Siente un cosquilleo en la entrepierna.

Unos metros antes de llegar a él se da cuenta de que el coche se mueve arriba y abajo.

Todas las señales de alerta se encienden de golpe en el macho ibérico.

Con cara contrariada y muy sombría por la terrible sospecha que le atenaza, se acerca al vehículo. A través de la ventanilla trasera observa dos pies menudos, descalzos que se van escurriendo poco a poco hacia abajo al compás del movimiento del vehículo. Hay bastante vaho por dentro y apenas puede ver nada más.

Con una negra nube de tormenta por encima de su cabeza toma una decisión de la que está seguro se va a arrepentir de inmediato: Abrir la puerta trasera del coche de la hembra ibérica.

El cielo, como acertadamente suponía, se le viene encima de golpe cuando ve a la hembra de sus entretelas completamente desnuda y con otro macho ibérico, más fornido, con menos vello, una generación y 20 kilos menos, un doctorado en economía y un año de Erasmus y con todas sus piezas dentales en buen estado, moviéndose espasmódicamente encima de ella.

La hembra, sabedora de que la raza ibérica ya no está en extinción si es que alguna vez lo ha estado, más bien al contrario, entre gemido y gemido, mira por encima del hombro de su pareja y sonríe con desprecio. En sus labios, el macho ibérico puede perfectamente leer:

     —¡Ahora vas… y lo cascas! ¡GILIPOLLAS!

Trance duro donde los haya para el macho ibérico, que despechado y mancillado, hundido y derrotado, herido en lo más profundo de su orgullo de macho, da media vuelta lentamente y comienza a alejarse del lugar, de ese lugar maldito para él, dejando en el aire un aroma a Varón Dandy que le persigue como para seguirle el rastro.

Por el camino levanta un momento la cabeza y sale de su ensimismamiento. Entonces, el macho ibérico, espíritu fatuo, débil y casquivano donde los haya, avista a otra hembra ibérica que parece encontrarse sola apoyada en una esquina.

De repente, se detiene expectante, la mira y la remira… y borra de su mente cualquier rastro de fracaso. Él no es consciente pero su cuerpo se yergue poseído de nuevo por la fuerza imparable de las feromonas, por el primario instinto de la conservación de la especie. Los ojillos le brillan con lujuria y deseo.

     —¡TECOMÍAHASTALAGOMALASBRAGAS! –Le dice el macho ibérico sintiéndose de nuevo totalmente enamorado.

La maquinaria de la madre Naturaleza se vuelve a poner en marcha…

 La respuesta de la hembra, aunque no es la esperada, le acaba satisfaciendo ¡Qué remedio!:

—20 euros shupá, 40 follá.

Culmina aquí este ritual de apareamiento del macho y la hembra ibéricos, en que unos concluyen de forma, digamos, ortodoxa, y otros… bueno… otros tienen que aparearse pagando.

Cruel pero veraz como la vida misma.

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RITUAL DE APAREAMIENTO DEL MACHO Y LA HEMBRA IBÉRICOS: PERSECUCIÓN Y ACOSO

La persecución y acoso

 

El macho ibérico, enfilado y con los entresijos en constante ebullición, a punto de explotarle los ovoides apéndices por acumulación de amor, incapaz de razonar, si es que alguna vez lo ha sido, comienza entonces una tenaz persecución tras la hembra que, al parecer por su actitud, se lo está poniendo difícil para hacer más interesante la ceremonia del cortejo, siempre según la particular e interesada interpretación del macho.

No hay lugar en el entorno, sea rural o urbano, en que el macho no se haga el encontradizo con la hembra. Cada vez que se acerca a ella se echa para atrás el flequillo tapándose la incipiente calva, encoge su apéndice abdominal o barriga cervecera y lanza reclamos a la hembra con risa lerda y tono excesivamente elevado como intentando afianzar la seguridad en sí mismo.

Es este un delicado momento de suma importancia para el éxito final de su empresa. Cuanta más clase y finura pueda demostrar a la hembra con sus cánticos, más atraída se sentirá esta y su predisposición a la cópula será mayor.

Tras unos minutos de suspense en los que el macho ibérico no abre la boca, mirando fijamente a los ojos de la hembra, como marcando las distancias en un preludio cargado de tensión sexual, y en el que esta parece flaquear ante tan penetrante mirada, comienza el cántico nupcial del macho. Es una retahíla de los más variados y coloridos sonidos para encandilar a la hembra. El macho es consciente de que tiene que poner toda la carne en el asador si quiere tener un mínimo de garantía de éxito.

      —HOLAAAAA XOXO…

     —OLA KE ASE?…

     —¡QUÉ BUENORRA ESTÁS, MORENA!…

     —¡ESTÁS DE BURRA QUE DESPANZURRAS…!

En un principio la hembra ibérica, abrumada por tanta locuacidad se queda en silencio, expectante, repasando de arriba abajo con la mirada a aquel de quien no se esperaba tal despliegue de arte amatorio.

Tras recomponerse, la hembra va respondiendo con extrañas caras de circunstancias que el macho no sabe, de momento, interpretar. Pero lo que acaba de desconcertarle es lo que ella le contesta a cada envite con una serie de cánticos de respuesta, una por una, a sus propuestas:

—XOXO LO SERÁ TU PUTA MADRE.

—¿KE KE AGO? ¿KE KE AGO? AGUANTANDO A UN PUTO CANSINO

—¿A QUE LLAMO A LA GUARDIA CIVIL O TE SUELTO UN PAR DE HOSTIAS?

—¡VENGA QUE TE PIRES, SUB-NOR-MAL!

A pesar de que aparentemente tiene todas las papeletas para estar siendo rechazado por la hembra (no hay que ser matemático para llegar a esa conclusión), el macho ibérico, por algún misterioso mecanismo cerebral no se viene abajo (En este particular hemos de explicar que los estudios científicos de nuestros investigadores han culminado en unos sesudos resultados en referencia a por qué el macho ibérico sufre esta sordera transitoria cuando se encuentra en pleno cortejo de apareamiento y no entiende las negativas como respuestas de rechazo: Estos son que el macho ibérico posee una especie de conmutador cerebral que, en un momento de la ceremonia, desconecta su sistema neuronal del cerebro para pasar a recibir todas las ordenes y estímulos desde las gónadas sexuales. En nuestra rica lengua autóctona, el castellano, queda bien reflejado este cambio que se produce en el macho ibérico con la expresión: PENSAR CON LOS COJONES, que aunque algo brusca y contundente no dista mucho de la realidad estudiada).

El macho ibérico por esta razón, insiste hasta la extenuación poniéndose cada vez más modorro y cabezón, como el conejito de Duracel que sigue… y sigue… y sigue…

Acoso y derribo

Esta fase del cortejo de apareamiento es, digamos, teórica. No siempre tiene por qué dar resultado y si falla puede dar al traste con la última y definitiva de la ceremonia de apareamiento: la monta o cópula.

Puede ocurrir que el macho ibérico, cada vez más excitado, siga insistiendo con mayor vehemencia con sus cánticos nupciales. (En defensa del macho ibérico hay que decir, como ya se ha comentado anteriormente, que no está rigiendo normalmente, sino que se encuentra completamente dominado por los más bajos instintos, provenientes de sus gónadas sexuales, ovoides depósitos o huevos propiamente dichos). Toda la sangre que hasta ahora había circulado libremente por su cuerpo y regado de cuando en cuando el cerebro, se concentra ahora, con una presión imposible, en sus bajos, causándole un desasosiego que lo asalvaja por momentos. Por ello, sus nuevos cánticos comienzan con algo más de perseverancia y contundencia que los anteriores, como si de sus entresijos surgiera una llamada desesperada, el lastimero aullido del que sabe puede ser la última oportunidad:

     —¡AHÍVAESAMAAAAAAGRAAAAAA!

     —¡REDIÓOOOOS, QUE BRUTO ME PONEEEES!

     —EL OTRO DÍA TE VI CAGANDO EN LA ERA… ¡Y MENAMORAO COMO UN CIERVO EN BERREEEAAAAA!

La hembra ibérica, si es apocada, puede reaccionar con timidez y echarse un poco atrás, asustada, ante tamaño y asilvestrado despliegue de feromonas. Pero para ser sinceros, que una dama española se asuste de lo que le pueda decir un “galán” ibérico es algo que se da en raras ocasiones, quizás si ha dejado el convento recientemente. En la mayoría de los casos la susodicha está bien dotada por la naturaleza para la defensa, o al menos para manejar situaciones tensas en las que se vea envuelta con un macho ibérico. La madre naturaleza nos sorprende a cada paso con su sabiduría y su equilibrio. Gloriosos ejemplos de aguerridas hembras ibéricas se han dado en esta sufrida piel de toro tales como Isabel la Católica, Agustina de Aragón, María Pita, Mariana Pineda o incluso la mismísima madre coraje Belén Esteban.

Es en este momento cumbre cuando la hembra ibérica comprende que, si quiere recuperar la tranquilidad, debe dar una respuesta más contundente al cansino macho, que ignorante y verraco, no deja de insistir buscando una quimera, un imposible, un paso que ella sabe que nunca va a acabar dando.

La cópula con la hembra ibérica se torna de este modo misión imposible para el pobre gañán, que todavía no lo sabe, no es consciente, no se ha caído en definitiva del guindo.

La hembra ibérica, fría como un témpano y con el cerebro a mil por hora, calculadora como los grandes estrategas de la historia, o incluso Casio, urde entonces un plan en la confianza de que le dé el resultado esperado:

Convencer al macho ibérico de que está perdiendo el tiempo, de que no tiene nada que hacer con ella, de que se vaya… a molestar a otra parte.

Procede entonces con el plan.

 

MAÑANA: RITUAL DE APAREAMIENTO DEL MACHO Y LA HEMBRA IBÉRICOS: La monta o cópula.

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RITUAL DE APAREAMIENTO DEL MACHO Y LA HEMBRA IBÉRICOS: EL AVISTAMIENTO

UN REPORTAJE DE NEISIONAL YOGRAFIC

Cae la tarde en la sabana y las siluetas de las alimañas que pululan por ella comienzan a recortarse al contraluz…

Que nooooo… que no estamos en la sabanaaaa… que estamos en una ciudad de la periferia de Madrid…¡Ayyynss que os lo creéis “toooooo”!

Neisional Yografic advierte de que lo que aquí se describe a continuación puede contener escenas duras y descarnadas, como la naturaleza misma, pero que pueden herir las sensibilidades del público en general, y que son divulgadas únicamente en aras del interés científico.

Comienzo de nuevo el reportaje.

Lentamente cae la tarde en la plaza mayor de la citada ciudad dormitorio. Es sábado y eso se nota en el aumento de la afluencia de individuos e individuas de la especie humana (subespecie ibérica) a la misma, punto tradicional de encuentro, donde provenientes de los distintos ecosistemas de la ciudad se agrupan cientos de especímenes en busca del líquido elemento con el que saciar la sed de toda la semana. Al igual que los ñus acuden cada tarde a beber al río, las litronas rulan con inusitada rapidez entre los sedientos individuos. Machos y hembras ibéricos comienzan entonces, bajo el influjo del brebaje embriagador, el ritual de apareamiento que de una forma u otra se ha seguido siempre generación tras generación para perpetuar la especie.

Este ancestral protocolo podemos dividirlo en varias fases teniendo en cuenta la forma en que reiterativamente se produce. A saber, Avistamiento, persecución, acoso y derribo y monta o cópula propiamente dicha.

El avistamiento

El avistamiento es considerado por los expertos como la fase que inicia el cortejo sexual del macho sobre la hembra, sin pretender decir que el orden haya de ser siempre el mismo. Además, quizás debido a las radiaciones que emiten los teléfonos moviles, quizás por alguna otra oscura razón, los roles sexuales hoy en día son totalmente intercambiables y flexibles, con todas las variantes posibles: Chico conoce chica, chica conoce chico, chico conoce chico, chica conoce chica, chico conoce cabra, chica ya ni conoce porque se ha pasado con la cerveza…

Yo me aventuraría a decir que antes incluso de que el avistamiento se produzca, es necesario que se manifiesten en el cuerpo del macho o de la hembra ibéricos una serie de cambios hormonales significativos, cambios que agudizan los sentidos que en un futuro lo más cercano posible les acaben llevando a conseguir su objetivo final.

Una vez el macho ibérico se encuentra en las condiciones hormonales óptimas, con los entresijos revueltos, es cuando se inicia el avistamiento propiamente dicho. En realidad es cuando se muestra receptivo a cualquier estímulo externo que probablemente en otro momento le hubiera pasado desapercibido, camuflado entre el grueso de la manada soltando eructos tras dar un trago a la Mahou, riendo con risa estridente o embobado ante cualquier cosa sorprendente que le vida le pone ante sus ojos (léase “furbo” o “sárvame”).

El macho ibérico levanta la cabeza por encima de los otros miembros de su especie que integran el grupo étnico (amigos) en busca de algo que le llame la atención y que, de momento, es incapaz de racionalizar.

Está pues, al acecho.

Es entonces cuando el macho ibérico sale a la caza de cualquier hembra que se mueva en su radio de acción. Podríamos incluso asegurar que salvo que no haya abundancia de hembras que le obliguen a tener que elegir, el macho no es excesivamente selectivo. Dispara a toda la que se mueve, a discreción, siempre que reciba de ella su señal, un sutil aroma a sardina arenque (son las feromonas femeninas) que hace que el macho desconecte del mundo exterior, corriendo extremo peligro de ser atacado por sus depredadores, y concentre su atención en una sola cosa: Esa que estás pensando.

La naturaleza obra pues con la sabiduría que la genética ha instaurado en ella tras cientos, miles, quizás millones de intentos que acabaron en fracaso. Es la evolución de las especies, ya apuntada por Darwin.

En el ecosistema de la plaza los diferentes grupos de individuos e individuas comienzan a interactuar empujados por la fuerza de las feromonas y, todo hay que decirlo, envalentonados por el brebaje enardecedor o litrona de Mahou o Steinburg (marca blanca de Mercadona) si la cosa está jodidilla.

Fascinante por lo aparatoso es escuchar el canto del macho cuando avista a una hembra para llamar su atención:

—¡CAGÜEN ROS CORDERAAAAAA! ¡TECOMERÍAHASTALAGOMALASBRAGAAAS!

Semejante despliegue sonoro capta de inmediato la atención de la hembra, que hasta entonces ha permanecido ajena al interés que está mostrando por ella el macho ibérico, bien hablando por el móvil o simplemente cohabitando con otras hembras, las del grupo donde en ese momento se encuentra, científicamente llamado “amigas”.

La hembra entra de lleno en el juego del cortejo de apareamiento, pero no respondiendo al macho como cabría esperar, sino ignorándolo para hacerse la interesante. En petit comité, para que el macho no se percate de la jugada, emite unos sigilosos sonidos que son recibidos por las otras hembras que la acompañan con una serie de risitas contenidas.

-¡Mira que es gilipollas el gañán ese! ¿Pero qué coño se habrá creído? ¿Que soy una oveja?

El macho, con la vista concentrada plenamente en su objetivo, observa como la hembra hace gestos con sus congéneres, pero debido a la distancia no es capaz de identificar los sonidos que salen de su boca.

Cada vez más seguro de sí mismo el macho acaba interpretando la actitud de la hembra como una señal de admiración hacia su persona, lo cual le da pie para continuar con su estrategia. Entonces se acerca un poco más, a una distancia que raya en lo temerario y grita cogiéndose con las manos los ovoides apéndices a través del pantalón:

—SÍIIII. NO TE HAGAS LA ESTRECHA QUE ES A TI, JAMONAAAAAA. ¡QUE ME ESTÁS PONIENDO MU VERRACOOOOOO!

La hembra, continuando con su actitud inicial, da la espalda al macho y junto con las otras hembras (o amigas) se marcha justo en dirección contraria. No parece haber quedado satisfecha con el despliegue animal del macho ibérico y parece no considerarlo un candidato ideal para la cópula.

Al macho, que cada vez está más cerca, le parece escuchar un sonoro:

– ¡Gilip-pollas!

Pero, incapaz de interpretarlo tal y como ha sonado en realidad, quiere entender algo así como

-Ven y cógeme si puedeeeeees ¡Tío buenooooo! ¡Macizooooo! ¡Hombretóooooon!

 

 

Mañana RITUAL DE APAREAMIENTO DEL MACHO Y LA HEMBRA IBÉRICOS: Persecución y acoso.

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JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… CAMPO DE CRIPTANA

Juan Eulogio y su mujer, Paqui, aprovechando que los niños han acabado las actividades deportivas que les han tenido todos los sábados del invierno ocupados, han decidido aprovechar el primero que tienen libre para marcarse una excursión ¡Porque ellos lo valen!

No tienen ganas de chuparse muchos kilómetros de carretera, por eso, como destino, han elegido un pintoresco pueblito manchego no demasiado lejos de Madrid: Campo de Criptana. Pequeño oasis en plena Mancha quijotesca, lleno de fulgurantes e inmaculadas casas encaladas, con su zócalo color añil que les hace retrotraerse a la época en que Cervantes escribió su obra maestra. Estrechas callejuelas serpentean por el barrio de Albaicín hacia la amplia loma donde se conservan un buen puñado de molinos de viento restaurados al uso de la época en que Don Quijote decidió salir a desfacer entuertos auxiliando damiselas en apuros y menesterosos, como no podía ser de otra manera proviniendo de tan arriesgado caballero.

Layoli y Elyonatan andan un poco encabronados porque estas excursiones les aburren soberanamente, así que apenas se han bajado del coche han comenzado a pelearse. Se nota que echan de menos la actividad deportiva del sábado que templa un poco su nerviosismo habitual.

La cucaracha, la suegra de Juan Eulogio, que se ha apuntado como siempre a la excursión a petición de Paquita, su hija y sin el beneplácito del sufrido yerno, camina tras ellos a duras penas, únicamente alentada por la cercanía de la comida, su verdadera excusa para vivir. Tiene intención de ponerse hasta las trancas de lo que sea que vayan a comer, que ella no le hace ascos a nada y para eso paga Juan Eulogio.

Han llegado al bello pueblo casi a la hora del almuerzo y apenas han tenido tiempo de dar un pequeño paseo por el casco urbano. Pero imbuidos de alguna manera por el ambiente quijotil que flota en el ambiente, han decidido darse un homenaje típicamente manchego y han entrado en un restaurante con pinta de tener una buena cocina de la tierra.

Los han sentado en una mesa que ha quedado libre en el centro de la sala, expuestos a la mirada curiosa del resto de comensales, de los que por alguna extraña razón han captado su interés desde el primer momento.

De primero han pedido lomo de orza, para ir haciendo boca, acompañado de una tabla de quesos de la zona. Juan Eulogio se ha envalentonado y ha pedido una buena jarra de vino de la Mancha para acompañar tan sabrosas viandas.  Viene con la boca un poco seca y ha sido un “visto y no visto”. El vinillo de la tierra ha entrado con exquisitez y Juan Eulogio se ha trasegado casi todo él solito. De repente se le ha puesto un poco la lengua de trapo y comienza a sentirse eufórico, por lo que se anima con una segunda jarra. Paquita le mira de reojo meneando a un lado y a otro la cabeza con cara de mala leche. Después se han arrancado con un buen perol de pisto manchego con su huevo encima y como plato principal, por si lo engullido no fuera suficiente, han pedido un solomillo de cerdo con patatas a lo pobre, para pasar el cual Juan Eulogio ha pedido una tercera jarra de vino.

El hombre suele ser recio con el alcohol y lo aguanta bastante sin caer perjudicado pero ¡Tres jarras son tres jarras! y sus efluvios están comenzando a llegar con contundencia a su cerebro.

Juan Eulogio no sabe por qué, pero hace rato que ya no escucha a los nenes gritando a pesar de que tienen amargados al resto de los comensales del restaurante. El vino, dicen, es muy beneficioso para la salud. Por la misma razón tampoco llegan a sus oídos los numerosos reproches de su mujer, que ya tiene un mosqueo del ocho viendo cómo se está poniendo su marido. Por supuesto, ni siquiera escucha a la cucaracha, que se queja de dolor en la “visícula” causado por tan descomunal ingesta. Pero es que aunque la hubiera escuchado habría hecho como que no, ¡Para qué nos vamos a engañar!

Pero un día es un día, piensa Juan Eulogio. Esta puta familia (sus pensamientos se vuelven un tanto soeces por momentos) le tiene siempre reprimido y esclavizado y ¡Mira tú por dónde! Hoy se piensa desquitar.

Se anima él solo dando un traspiés que casi le lleva al suelo y propone a su familia subir a ver los molinos dando un paseo. Paquita, a pesar del cabreo que empieza a tener, recibe la propuesta con agrado porque entiende que la caminata ayudará a que su beodo marido se despeje de tanto efluvio alcohólico.

El espíritu de Don Quijote, que flota arrastrado por el viento en aquel lugar, parece que le acaba inundando su alma. Por ello no duda en identificar al taimado camarero que pretende clavarle con semejante factura, como un malandrín contra el que hay que hacer justicia. Dando algunos tumbos, con el equilibrio en precario, Juan Eulogio sale tras su familia a la calle después de haber discutido con el camarero por la abultada cuenta. Casi llega a las manos con él, que al verle en tan lamentable estado ha declinado sensatamente el cuerpo a cuerpo.

Juan Eulogio ha tirado de tarjeta y se ha ido votando a Bríos.

     -¡Banda de laddones y billasdres! –Parece decir Juan Eulogio poniendo voz de desfacedor de entuertos en la puerta del restaurante- Vabos abigo Sancho –dice echando el brazo al cuello de Paquita-. Subabos a aguella loma gue be ha padecido ved algo buy dado addiba. Un ejéddido de gigandes padece esbedadnos bada hacednos uda emboscada.

Paquita murmura en voz baja temiendo la que se le viene encima. ¡Ya le ajustará las cuentas a Juan Eulogio cuando se le pase la cogorza! Que ahora no se va a enterar y no merece la pena. Por el camino escuchan un maullido salvaje que les pone a todos de repente los pelos de punta. Al mirar en aquella dirección ven un gato huir de entre los pies de Juan Eulogio como alma que lleva el diablo.

     -Dranguilos. Do basa dada –les habla Juan Eulogio con voz tranquilizadora-  Solo gue he bisado a un duende baligno gue do guería gue subiérabos a la bondañida de ahí delande. Bedo ya le he hecho huir gobo un bellago gue es.

El gato que accidentalmente ha pisado Juan Eulogio le ha cosido las piernas a zarpazos en cuanto ha sentido el impreciso pisotón de este. Los nenes, entre risas, han salido corriendo tras el pobre animal, pero no han conseguido darle alcance.

Por fin, con gruesos goterones de sudor surcando sus frentes, tras doblar una tapia se encuentran con el fascinante espectáculo del grupo de molinos de viento que se levantan orgullosos por encima de las casas del pueblo. Paquita, abstrayéndose del lamentable pasatiempo que va dando su familia por la calle, se extasía contemplando la bella imagen. Saca su móvil para hacerles una foto. De repente, por el visor observa con estupor en primer plano a Juan Eulogio, montado a caballito encima de su madre, que a tenor del tiempo que le está aguantando subido encima, está más fuerte de lo que parece.

     -¡Codrabos, abigo Sancho! gue aguello gue vemos en la lejanía es un badallón de balvados gigantes gue nos esberan bara luchar gondra nosodros ¡Gabalga veloz, bi fiel Docinante! –Grita Juan Eulogio todavía montado encima de su suegra, clavándole las espuelas en los costados. Esta ya está hasta los huevos de soportar tan pesada e inútil carga.

De repente, el improvisado Rocinante se levanta de las patas delanteras, sacude la grupa violentamente y Juan Eulogio va a dar con sus costillas en el suelo. Pero no por ello se viene abajo el simpar jinete, que empuñando el bastón que le acaba de robar a la cucaracha se encamina totalmente obnubilado a luchar contra lo que en el delirio de su borrachera e influido siniestramente por la aventura de Don Quijote, cree gigantes en lugar de molinos de viento. Un grupo de japoneses que han venido de excursión a ver la Mancha, gastan las tarjetas de memoria de sus cámaras de fotos y video ante tan singular espectáculo.

A lo lejos, se escuchan los gritos de Paquita, amortiguados por el viento que se acaba de levantar para darle más verosimilitud a la escena:

     -¡QUE NO SON GIGANTES! ¡QUE SON MOLINOS! ¡ANDA, ANDA, ANDA. PARA YA Y NO HAGAS MÁS EL GILIPOLLAAAAAAAAS! ¡MIRA QUE LA VAMOS A TENEEER!

Pero Juan Eulogio, blandiendo el bastón en el aire va derecho a enfrentarse cuerpo a cuerpo contra el primer gigante que le ha salido al paso, de nombre Sardinero, como puede ver en una placa en su pecho. Cuando llega a un par de metros de los muros del molino, tropieza con una piedra que sobresale del suelo y como si del pichichi de la liga se tratara, se lanza en plancha a cabecear la gruesa puerta de madera del molino de viento.

El impacto es terrible y Juan Eulogio queda tirado en el suelo completamente inconsciente.

Cuando por fin abre los ojos se encuentra a los pies de ¡Un molino! en una camilla de una UVI móvil de la SESCAM, algo aturdido todavía. El médico del equipo está terminando de darle el último de los diez puntos de sutura para cerrarle la herida, pues se ha abierto el mocho con el brutal cabezazo.

Los nenes se ríen, Paquita, finalmente, también y la cucaracha, a pesar de los retortijones que tiene le señala con su huesudo dedo descojonándose de su yerno como el que más. Un nutrido grupo de curiosos contemplan la escena, pues parece como si se hubiera corrido la voz por todo Campo de Criptana y los pueblos de los alrededores.

Juan Eulogio, de vuelta ya al mundo de los sobrios echa un vistazo a su alrededor percatándose dolorosamente de que no es ni mucho menos el héroe que se había creído hace ya un buen rato y enfrentándose a la dura y cruel realidad.

Murmura entre colérico y avergonzado.

¡Mierda de Don Quijote! ¡Mierda de molinos! ¡Mierda… de vida!

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