DAILY GAÑÁN TELEGRAPHE

Entrevista al escritor de moda: Cándido Macarro

Nota del escritor: Que conste que no soy de natural presumido y no me gusta fardar de según qué cosas, pero permítanme transcribirles esta deliciosa entrevista que me realizó en su día un reportero del periódico Daily Gañan Telegraphe, de cuyo nombre no me quiero acordar. O no puedo, que también es posible.

Daily Gañan Telegraphe. Sección cultural

Entrevista al afamado creador del súper héroe segoviano Edelmiro Páez, Cándido Macarro Rodríguez.

Se trata de un escritor muy esquivo, poco amigo de mostrarse en público.

Tras muchos intentos, finalmente conseguimos ponernos en contacto hace ya varios días con él y, sorprendentemente, pues no suele conceder entrevistas a ningún medio, accedió a nuestra petición. Tras acordar la fecha y la hora del encuentro, nos emplazó en un lugar realmente atípico para hacer una entrevista: El discopaf “La gata cachonda”.

En un principio el lugar nos resultó un tanto chocante, pero nos insistió tanto que acabamos accediendo a su exigencia, de otro modo hubiera sido imposible entrevistarle. Extravagancias y caprichos de escritores consagrados, supuse. En cualquier caso, por la decoración, por la clientela y sobre todo por las chicas escasas de ropa que hacían las veces de camareras, a mí no me pareció un discopaf, ni mucho menos, sino otro tipo de local algo más sórdido.

En fin que, de perdidos al río. Ya estaba allí y no podía echarme atrás. Nada más entrar por la puerta, el escritor, que ya me estaba esperando, me hizo unos gestos con la mano para que me acercase. Se encontraba sentado en una mesa apartada en un alejado rincón del local. Bueno, al menos gozaríamos de tranquilidad para realizar la entrevista.

Tras los saludos de rigor, yo dispuse mi magnetófono en mitad de la mesa y coloqué bien ordenados los folios donde tenía escrito el guion y las preguntas que pensaba hacerle durante la charla. Ni que decir tiene que era la entrevista más importante que iba a realizar hasta el momento.

De apariencia sencilla, incluso vulgar me atrevería a decir a tenor de su aspecto, el autor del best seller “La asurda e inqueible historia de Edelmiro Páez” parecía cualquier cosa menos un hombre que se ganara la vida con las letras y… bueno, con la cultura en general. Vestía una camisa de cuadros de la que sobresalía una etiqueta de Primark, por cierto con algún que otro lamparón a la altura del pecho y unos rodales de humedad justo en la zona de las axilas que dejaban escapar al ambiente un olorcillo a choto que de cuando en cuando conseguía desconcentrarme de mi propósito inicial. Bajo esta, vestía una camiseta de tirantas con el cuello algo amarilleado bien debido al uso intensivo, bien a la espartana limpieza. Unos vaqueros con sustancia, de esos que parecen querer irse por su propio pie a la lavadora y unas botas Segarra que desprendían de vez en cuando cierto olor a queso Roquefort desde su interior y a mierda de vaca en el exterior. Jugueteaba con un palillo en la boca, mordisqueado por ambas puntas. Como colofón a semejante look, dejaba asomar por las orejas y por las fosas nasales una poblada mata de pelos negros como alambres.

     —En primer lugar, quiero darle las gracias por haber concedido esta entrevista a nuestro periódico. –Pretendía que nuestro primer contacto fuera lo más cordial posible-. Todo el mundo sabe de su reticencia a la hora de dedicar parte de su tiempo a los medios de comunicación. Aunque pensamos que un autor de su renombre y fama se debe a su público ¿No es así?

El extravagante escritor me miró detenidamente, como si de alguna manera estuviera buscando motivos ocultos en mi pregunta. Apuró de un trago su botellín de Mahou y colocó el casco en un rincón de la mesa junto con otros cuatro al tiempo que con un brazo en alto hacía señas a una de las camareras para que le sirviera otro botellín más.

     —¿Qué va a ser? –Me preguntó de repente.

En un principio no sabía a qué se refería, el autor es bien conocido por su carácter enigmático, pero cuando me señaló hacia los botellines que tenía vacíos entendí que me invitaba a una cerveza. Accedí con un movimiento de cabeza. Yo no suelo beber alcohol, pero no era cuestión de contrariarle negándome a una invitación.

     —Dos Mahous –Dijo a la camarera-. Y un platico de cacahueses.

Con la botella en la mano decidí entrar en faena. Los olores que recibía de todas las partes de aquel hombre me incitaban a acabar la entrevista cuanto antes.

     —Dicen las malas lenguas –le espeté con algo de malicia-.  que todo lo que describe en sus novelas (Olé mis cojones, La asurda e inqueible historia de Edelmiro Páez, Edelmiro 3.0: Sodoma y Gomorra, Encuentros en la séptima fase, Reflexiones desde el retrete) Es de alguna manera autobiográfico. ¿Qué hay de cierto en esta afirmación?

     —Venga, no me toques los güevos. –Me dijo sonriendo-. ¿Y tú te crees que si fuera cierto yo te lo iba a contar?

     —Bueno… yo esperaba algo de sinceridad en la respuesta… dar alguna primicia a nuestros lectores…

     —Anda, acábate esa Mahou que voy pidiendo otras dos. –Me dijo por toda contestación.

Por más que intentaba decirle que el alcohol y yo no éramos compatibles no pude evitar que otro botellín de cerveza apareciera como por arte de magia delante de mí, dejando una señal redonda de humedad sobre mis papeles.

     —Bien –Intenté continuar con la entrevista-. ¿hay algún modelo que le haya servido de inspiración para imaginar esos personajes que usted imagina?

     —Algo de eso hay, no te lo voy a negar –Me respondió secamente-. Pero no insistas por ahí porque entonces lo vamos a llevar mal. ¡Cathrine! –Gritó- Pon un par de Mahous más.

Tras cinco botellines, a mí ya comenzaba a escapárseme de vez en cuando alguna risita floja, pero intenté mantener el tipo ante aquel extraño borrachuzo que tenía en frente. Volví a hojear por enésima vez mi trabajado guion, sin éxito todo hay que decirlo, y que acabó todo él en una batalla de bolas de papel con mi interlocutor.

*  *  *  *  *

…Transcurridas cuatro horas de conversación, no sé ni cómo ni por qué, el caso es que yo

apilaba ya quince botellines vacíos en mi rincón de la mesa, quince cascos que nadie se había molestado en recoger, y andaba contándole al fascinante individuo que tenía en frente cosas que jamás me había atrevido a contar a nadie. Y conste que personalmente no me acuerdo de nada. Gracias a la grabadora que aún continuaba funcionando y que fue testigo mudo, pero no sordo, del magnetismo de ese gran hombre que la providencia había tenido a bien poner en mi camino.

Ahora supe con certeza cuál era su fuente de inspiración para crear esos personajes tan desgarradores que pueblan sus novelas, la vida misma vista a través del cristal de una botella de Mahou:

     —Uda hijabuda, gomo de lo digo, abigo Gándido. Bi suegda es uda veddadeda hija de buda. –Me escuché decir con mucho énfasis- Bi bujer es uda bduja gue be diene abargado todo el budo día, be diene gogido bor los güevos y bis hijos son unos gabrones gon bintas gue do be hacen ni budo gaso. ¡Berra vida esda!

     —¿Gué be vas a gondar, abigo beriodisda? Balas…balas… bero gue buy balas gue son dodas -me respondió él.

Queda claro que la entrevista no se llevó a cabo ¡Ni mucho menos! por los cauces que yo había planeado, pero de ella se desprenden conclusiones increíbles sobre el magnético carácter de este gran hombre, de mi, ya para los restos, gran amigo Cándido, fantástica persona y AUTOR en mayúsculas, del que me declaro fan incondicional. Y si se me permite publicitar su obra les recomiendo lean su último libro:  ENCUENTROS EN LA SÉPTIMA FASE, un apasionante relato sobre seres de otros mundos que, posiblemente trastoque la perspectiva sobre el universo con las que el lector lo encare. Parece mentira que de semejante ser con aspecto de gañán pueda surgir tan exquisitas palabras.

Resulta una obviedad decirlo, pero por si acaso lo diré, que aquel día nos resultó imposible continuar con la entrevista formalmente.

Tras la demencial ingesta de botellines de Mahou yo al menos no estaba para muchos trotes. Aunque el autor, que a las claras hacía gala de un hígado bien entrenado para soportar las más salvajes pruebas alcohólicas pues no parecía para nada afectado por semejante libación de Mahous, se empeñaba en que recogiera todos los folios que componían mi guion inicial y que ahora andaban desperdigados por toda la sala, los desdoblara, los limpiara y ordenara, y volviera al principio de la entrevista. Yo tuve que reconocer que para mí resultaba una tarea totalmente imposible de realizar ¡Si apenas me mantenía en pie!

Finalmente, con cierta mueca de disgusto, el autor, al que ya me unía una especie de bonita amistad, como si el haber estado durante varias horas haciéndole confidencias sin ton ni son, poniendo a parir hasta al último mono de mi familia, nos hubiera unido de alguna manera para los restos, me acabó emplazando para volver intentarlo al día siguiente, en “Cál Manolo”, su tasca de referencia.

Cierto es que el autor no me contó en todo este tiempo ni el huevo, lo cual dice muy poco de mi profesionalidad como periodista. Fui incapaz de sonsacarle ninguna información medianamente relevante para los lectores de nuestro periódico. Con el posterior trato al escritor, pude darme cuenta de que no era un problema de mal hacer mío, sino que estaba tratando con uno de los más inteligentes personajes que como periodista jamás me echaré a la cara. Tal es la perspicacia y claridad mental de aquel que creó el singular personaje de Edelmiro Páez. ¡Qué ser tan apasionante ese Cándido Macarro!

Me congratulé de contar con una segunda oportunidad donde otros nunca tuvieron ninguna…

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DECÁLOGO PARA LA BUENA CONVIVENCIA DE LA PAREJA. PARA ELLA

PARA ELLA:

1.- Ir a comprar ropa no tiene por qué ser necesariamente gratificante para él. Es más, algunos hombres odian ir de compras. Si aún así has conseguido que te acompañe, evita no “calentarle” con preguntas como “¿Cómo me ves la blusa?”, “¿No te parece que este pantalón me hace el culo un poco gordo?”,  “Joé, cari, es que no me ayudas nada. Estás en este mundo porque tiene que haber de todo”…

2.- Nunca intentes “forzarle” a ver una peli romántica sentado junto a ti en el sofá. Sí, para ti es algo que te llega al alma, pero donde no hay mata… no hay patata. Debes comprender que no es más que un hombre y posee un grado de sensibilidad de similar nivel al de un tarugo de madera. El que en otro canal haya fútbol no hará más que empeorar las cosas.

3.- Sí, es sí. No, es no. Punto. Intenta no confundirle con expresiones ambiguas o contradictorias. Un hombre es un ser que difícilmente es capaz de captar un doble (o triple) sentido. Cuando te dirijas a él, si quieres que tu mensaje quede cristalino, sé básica, directa, contundente. No está mal visto intentar afianzar el mensaje con un gesto “cabestriano” como darle un puñetazo “coleguil” en el hombro, y acabar la frase con alguna expresión del tipo “¡Por mis santos cojones!”. Te garantizarás así, de una manera sencilla, básica, algo bruta aunque noble, que entienda aquello que quieres comunicarle.

4.- Siempre hay que luchar por ideales, pero debes tener en cuenta que el porcentaje de hombres que lucen tableta abdominal es extremadamente pequeño y demasiado publicitado. Puede que, incluso, se trate de una quimera, de algo que en realidad no existe. Asume que tu chico no pertenece a ese grupo a tenor de la curvita que va abultando su camiseta a medida que le caen años encima. Desear al hombre ideal que aparece en las pantallas de cine desbocando la imaginación y darte una hostia de campeonato con un baño de realidad cuando le miras, son cosas que suelen ir de la mano. Sé sensata y no pidas peras al olmo.

5.- Has de tener en cuenta que él… no tiene por qué querer a tu madre como lo haces tú. Su capacidad de empatizar pierde todo su efecto cuando hablamos de su madre política. Sé paciente y evita las críticas a su persona delante de tu amada madre (su suegra). Siguiendo el mismo razonamiento intenta impedir que tu madre le ataque con frases como “A ver si ves menos fútbol y sacas a la niña a cenar a un buen restaurante”, “Con todo lo que tenía para elegir, fue y eligió lo peor”. “¿Es necesario beber tanto?”… Créeme, es muy probable que no se entere si le tiráis indirectas más o menos refinadas, pero estos ataques, aún no entendiendo del todo su significado o su causa, pueden acabar provocando en él una reacción momentánea de rechazo a ambas, madre e hija, con más que probables salidas de tono. Justo por el motivo inverso, trata de ganarte a su madre, elogia su cocina aunque te lo comas todo con asco. Si ella te aprueba como nuera él se quedará sin argumentos para rechazarte.

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DECÁLOGO PARA LA BUENA CONVIVENCIA DE LA PAREJA. PARA ÉL

Los siguientes consejos, quizás resulte pretencioso llamarlos consejos, pero de alguna forma hay que llamarlos, van enfocados a todo tipo de parejas, sean del pelaje que sean: chica-chico, chica-chica, chico-chico, chico-cabra…

“Quiécir” que, básicamente, en una relación amorosa priman más las actitudes (también las aptitudes) que la propia idiosincrasia de la misma. No se trata de quién eres… sino de cómo te comportas.

Partiendo de esta premisa y basándome en mi larga experiencia en las relaciones humanas (permitidme esta pedantería, que de cuando en cuando no puedo evitar venirme arriba, es el único consuelo que me queda) me he animado a la tarea con el ánimo de echar una mano, más que nada, porque es una pena que por pequeños detalles se pueda venir abajo una relación que, a nada que se cuide, puede estar siempre en auge y ser fuente de alegrías.

Aquí tenéis, pues, un (espero que útil)

DECÁLOGO PARA LA BUENA CONVIVENCIA DE LA PAREJA

PARA ÉL:

1.- Lucha día a día por que no se pierda la magia en la pareja. Ella apreciará tus gestos en esta dirección en lo que valen, y es probable que acabes recibiendo algún tipo de recompensa (No tiene por qué ser sexual. Por complicado que pueda parecerte, existen más cosas antes o después del sexo). Regarlarle dos entradas para ver juntos el fútbol en el campo puede no ser considerado como gesto para mantener la magia y, por el contrario, cabe la posibilidad de que te aleje un poco de ella (al menos ese día).

2.- El agradable y aliviador cuesco mañanero bajo el edredón puede ser causa de innecesarias crispaciones en ella. Evítalo en la medida de lo posible, y, si no puedes conseguirlo porque la presión intestinal es demasiado elevada, al menos asegúrate de que aún está dormida. Ojo con la potencia y sonoridad del evento porque puedes despertarla, aunque se encuentre en estado REM.

3.- Evita apelativos generales como “churri”, “cari”, “gordi”. Pueden hacerle pensar, infundadamente, claro, que los usas para no confundirte con los nombres y pronunciar en el momento menos oportuno el nombre de la otra. ¡Planta cara a la susceptibilidad! Piensa que ellas… no pueden evitarlo. Su hipertrofiado cerebro necesita ser alimentado constantemente con tramas que puede, solo puede, que no existan más que en su inalcanzable (para nosotros) inteligencia.

4.- Tú, tumbado en el sofá, eructando los gases de la cerveza mientras ves la tele y ella de pie con la plancha, sudando la gota gorda, seguramente, no es su ideal del reparto de tareas domésticas. No es de extrañar que su silencio durante las dos horas anteriores pueda desembocar en algún acto, digamos, violento (un improperio o exabrupto en medio del silencio general, una quemadura en tu camisa favorita, un planchazo en el mocho…) e imprevisible. Para evitarlo vete a la cama. Al menos allí no te tiene a la vista.

5.- Es complicado, pero intenta paliar la “tremulez” de tu miembro cuando orinas, de pie, frente a la taza. Las gotas que a veces ves sobre el borde de la tapa NO corresponden a algún tipo de fuga de agua de la cisterna. Se trata de pis, orines, meado… Por cierto, por muy misterioso que pueda parecerte, estas manchas no se disuelven solas con el tiempo.

6.- Interésate, de tarde en tarde por su mundo interior. “¿Qué piensas?”, “¿Qué te preocupa?” “¿Ya tienes vestido para la boda?” … son preguntas cuya respuesta nunca llegarás a entender por mucho tiempo y atención que dediques a ello, pero intenta asentir cuando lo esté haciendo, ello te hará ganar muchos enteros para ella, pues creerá que la comprendes. Por alguna extraña razón, sentirse comprendida hará que rebaje el nivel de mala leche hasta parecer simpática.

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SERVICIO DE ATENCIÓN AL CLIENTE

La realidad, muchas veces, supera a la ficción.

(Llamada a número de pago compartido o 902…)

Tuuuuuuu….. tuuuuuuu ….. tuuuuuuu….. tuuuuuuuu

(Contestador automático)

–Usted está al habla con el servicio de atención al cliente de Movirangefón. Nuestra pasión… su satisfacción. (Musiquilla pegadiza que gusta cuando se oye las diez primeras veces, después… de la diez a la veinte… cansa un poco… y a partir de la veinte… sientes ganas de matar a alguien o romper el teléfono contra la mesa)

Si su consulta está relacionada con el teléfono desde donde llama pulse uno.

Si no,  marque o diga el número para el que desea realizar la gestión

—9…1…6…7…5…2…4…3…3

—Disculpe, nuestro sistema no detecta nada. Debe encontrarse usted en un entorno muy ruidoso. Por favor, marque o diga el número para el que desea realizar la consulta.

—9…1…6…7…5…2…4…3…3 (Lo dices algo molesto)

—Por favor, marque o diga el número para el que desea realizar la consulta.

—¡Noventa y uno, seis setenta y cinco, veinticuatro, treinta y tres!

—Perdone, pero seguimos sin poder entenderle. Marque o diga el número para el que

desea realizar la consulta. De uno en uno, por favor.

—¡¡¡¡¡Cagontuputamadre!!!!! –se te escapa así como quien no quiere la cosa.

—No se retire… le pasamos con un agente…

—Anda que ya os vale, cabrones, qu eme podíais haber pasado hace quince minutos.

Tuuuuuuu… tuuuuuu… tuuuuuuu

—Buenas tardes, le atiende Floriana, posición 5425 ¿En qué puedo ayudarle?

—Pues verá, Floriana, es que no me funciona internet.

—Ok. ¿Puede indicarme su nombre para saber a quién dirigirme?

—Pues me llamo Manolo… Manolo el del bombo

—De acuerdo señor Eldelbombo, Me dice su número de teléfono, por favor?

Sonido de grillos rompiendo el silencio de la noche.

—Claro, ¿Cómo no? Mi número es 916752433.

—Sí, perdone. Pero es se ha escuchado como un ruido en la línea y no he podido tomar nota. ¿Le importa repetirlo?

—Claaaaro, Floriana, rica. Si yo estoy aquí para perder el tiempo… LO-QUE-NE-CE-SI-TES.  Tú no te pongas Nerviosa  ni te estreses ¿Vale? Mi número es 916752433.

—Disculpe… ¿venticuatro, trenta y…?

—¡¡¡¡¡TRES!!!!!

—Ok. Venticuatro, trenta y tres.

—Xastamente maja. Eres un cielo.

—Gracias, señor. Y dice usted que no le funciona internet…

—¡Qué capacidad de adivinación! Estoy gratamente sorprendido con usted, Floriana.

—(soltando una risita floja) Gracias de nuevo, señor.

—Efectivamente. NO- ME- FUN-CIO-NA-IN-TER-Net

—De acuerdo. Le paso con nuestro servicio técnico.

—Señori…

Tuuuuuu… tuuuuu… tuuuuu… tuuuuu

—Buenas tardes. Le habla Edelmiro Páez, del servicio técnico de Movirangefón. Posición 69 ¿En qué puedo ayudarle?

—No me jodas que te lo tengo que contar otra vez… Pues es que no tengo internet, no me llega la señal.

—Señor…  ¿Me dice su nombre para poder dirigirme a usted?

—Manolo, Manolo el del bombo.

—Muy bien señor Eldelbombo ¿Puede indicarme el número de teléfono afectado?

—Mira, Edelmiro, creo que me estoy deprimiendo por momentos.

—Si no me quiere decir el número me veré obligado a cortar la comunicación…

—Sí, hombre, sí. 916752433 ¿Lo has apuntado?

—Sí, señor.

—Pero… ¿Bien… bien… de verdad de la buena?

—Sí señor.

—¿No me engañaaaas, picaruelo…?

—Señor, si no le parece bien como le atiendo, tiene usted la opción de comunicar la avería en nuestra página WEB. Quizás lo prefiera así.

Justo en ese momento compruebas el sabor dulzón de la sangre, de tu sangre, porque te acabas de morder la lengua. Pero, aunque con contudencia, te comportas con cierta educación, la que te sale, claro.

—Claaaaaro, so lumbreras. Ya me dirás en qué universidad te graduaste, para no ir. ¿No te digo que no tengo internet?  ¿Qué hago? ¿Me enchufo el router en el culo o se lo conecto a tu puta madre en el co…?

Tu…tu…tu…tu…tu…tu

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PENSAMIENTO DEL DÍA (Del día en que me pasé con la mahou)

GENOMA IBÉRICO: El gen más intrínsecamente ibérico que se conoce, y que explica y disculpa muchas de nuestras bajezas como pueblo, nuestra picaresca, nuestro cuñadismo y algunos de nuestros viles e insolidarios actos patrios es: EL VIVALAVIR…  GEN

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LAS «TONTÁS» DE LA TELE, 6: Monográfico «ESOS DÍAS»

borderline

Me sorprende que en ninguna de las cinco entregas anteriores de Las “tontás” de la tele,  haya hablado de uno de los temas estrella de la publicidad, de un producto… de “tontá” recurrente: La compresas y los tampones.

Así que aquí va un breve monográfico.

¡Vaya! Desdeque tengo uso de razón , desde hace un huevo de tiempo veo comerciales en la tele sobre el asunto de la menstruación, bueno, de cómo usando el producto anunciado, la regla pasa a ser… no más que una tablilla alargada y numerada, separada por centímetros, o una bucólica semana de diversión. Porque de la otra… una ya ni se acuerda.

Atrás quedaron las reticencias religiosas (no en todos los lares, tristemente) en las que cuando una mujer estaba… en esos días… era fuente de impureza. Consigna alimentada por hombres que huelen a “hombres” y presumen de zurraspas en los gayumbos. Pero eso…

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BRICOLAJE X-TREM. La pintura, esa sublime manifestación artística

Una de las actividades bricoleras que más intrusismo sufre, a la que con mayor impunidad se apuntan los manitas, pseudomanitas y manazas totales sin importarles el daño que hacen al gremio y, a la postre, a su propia autoestima, no es otra que la de la pintura. La de brocha gorda y rodillo quié icir, no la de pinceles, paleta y lienzo.

¿Pintar una pared? Eso lo hace cualquier gilipollas con una mano “atá” a la espalda.

Esta frase, escuchada a tu “cuñao” el chulo borracho, en la sobremesa de una comida familiar y cuya traducción viene a ser “Pintar es una tarea súper sencilla incluso para ti con lo inútil que eres…” puede desencadenar mucho… pero que mucho dolor en tu ánimo, en tu amor propio. Y es que la gente es muy bocazas, sobre todo si previamente se han calentado el pico con el vino de la comida y los cubatas de la sobremesa. Tal es el “cuñao” de marras que, en una u otra versión, todos tenemos.

Pero basta que ha sido tu “cuñao” el que ha lanzado el reto, que es el hermano favorito de tu mujer que también es de calentamiento fácil de cascos, para que sobre tu persona, ser anodino y autoconsiderado hasta el momento inútil total para las manualidades, caiga la misión entre todas las misiones (Puedes cambiar la palabra misión por marrón y estarás quizás más cerca de la realidad): “CARI… HAY QUE PINTAR LA CASA”

A ver, que como razón de peso están los 3000 euros que te había presupuestado una empresa de pinturas de cierto prestigio y seriedad; que, calculando así a ojo, si lo haces tú te vas a gastar la décima parte de ese dineral; que tapando bien el suelo y los muebles es un trabajo limpio y rápido. Personalmente no lo acabas de ver…

Escuchas, desde algún lugar indeterminado, una risita siniestra que se te clava, gélida, en el corazón, pero a la que el ambiente de bravura que te embriaga hace que finalmente no prestes la suficiente atención.

El caso es que sea cual sea la razón, entre unos y otros han conseguido animarte (comerte el coco) para que te lances a la piscina sin mirar si hay o no agua ¡Y lo más probable es que no haya!

Permitidme, llegados a este punto, que os dé el briconsejo del día:  “Mira… que todavía estás a tiempo… que aún no has comprado la pintura ni el material y, lo que es mejor, todavía no has empezado a dar brochazos… que 3000 euros puede ser mucho dinero… pero que en realidad es muy poco… No seas gilipollas y no te metas en estooooo…”

Pero amig@, los briconsejos se dan para no seguirlos ¿No es eso? Pues si no me quieres hacer caso…  que te den por culo, allá tú, que yo te he avisado.

Día D, hora H, es decir, el día y la hora de la verdad. Sábado. Has madrugado más que cualquier otro día de diario para que te dé tiempo a darle un par de manitas al salón. Hay que reconocer que la actitud es, cuando menos, positiva.

Como ha quedado dicho, tú asumes tu inutilidad total para los trabajos manuales, sobre todo para las terminaciones finas. Por ello has tenido la precaución de consultar en internet las páginas de bricolaje durante estas semanas atrás y te has hecho con una lista de material y herramientas y un guion con los pasos que has de seguir durante el proceso.

Lista de material

  • Pintura
  • Aguaplast (1 kg.)
  • Plástico cubre todo
  • Mono de papel
  • Cinta de carrocero
  • Brochas de varios tamaños
  • Rodillo de espuma
  • Rodillo de lana
  • Rodillo de pequeño tamaño
  • Cubo especial pintura con escurridor
  • Mezclador de pintura
  • Espátulas de varios tamaños
  • Una llana
  • Pañuelo de cabeza con los cuatro picos anudados.

Lo punteas todo con un tic que indica lo previsor que has sido. Obvias la pintura por ser precisamente eso, obvio.

El guion sigue más o menos los siguientes pasos:

  • Mueva al centro de la pieza a pintar todos los muebles.
  • Con plástico cubretodo protéjalos para evitar que se manchen de pintura
  • Cubra con el mismo plástico la totalidad del suelo de la pieza a pintar por las mismas razones.
  • Con cinta de carrocero cubra bien rodapiés, marcos de puertas, interruptores… en fin, todo lo que sea susceptible de ser manchado con la pintura.
  • Tapar agujeros e imperfecciones de la pared con aguaplast.
  • Echar pintura en el cubo de pintor y añadirle entre un 10% y un 15% de agua o disolvente según indique el fabricante.
  • Remover con el removedor de pintura (Esa era fácil ¿eh?)
  • Mojar el rodillo y escurrirlo para que no gotee
  • Pintar
  • …Y así sucesivamente.

Lo lees y lo relees, lo repasas paso a paso… Parece fácil. Incluso tú te has convencido de que…

¡NADA PUEDE SALIR MAL!

Desde algún punto indeterminado en la calle se vuelve a escuchar una especie de carcajada siniestra con atragantamiento final, que te pone los pelos de la espalda como escarpias.

Aunque te encuentras bien de ánimo decides que un par de Mahous reforzarán un tanto tu espíritu.

Llevas un par de horas dedicado a la faena de cubrir, de tapar y ¡Vaya! Parece que te va cundiendo. Como daño colateral has de incluir la rotura “accidental” de aquel jarrón horroroso que te trajo tu cuñado de un viaje por… ni te acuerdas, pero que tu mujer se empeñó en colocar presidiendo la mesa del salón, desoyendo tus inútiles sugerencias decorativas. El sofá, las mesas y las sillas, la lamparita de pie, los cuadros… en fin, que todo aparece protegido bajo una delicada capa de plástico que evitará que se manche. Con verdadero celo profesional vas tapando rodapiés, marcos de puertas, interruptores de la luz, enchufes…

Per… fecto.

Siguiente paso: PIN-TAR.

Miras, remiras, buscas, rebuscas… pero algo no te cuadra. Vuelves a repasar el guion y la lista de herramientas… ¡Joder! ¿Qué es? ¿Qué es?

—Cari,  -Te dice tu costilla vestida con el mono de papel y con un rodillo seco de lana en la mano- ¿Y LA PINTURA?

¡Su puta madre! ¡Se os ha olvidado comprar a pintura!

Te tomas otra Mahou para pasar el mal trago.

En fin. Os despojáis del mono de papel y salís de casa al Leroy Merlín a comprar la pinturita de las narices… Media horita y “pa casa” le dices a tu mujer para animarla. Pero la sencilla tarea se complica por momentos, lo primero para decidir qué pintura se compra, plástica, acrílica, granulada, mate, brillo… Después el color… ¿A que no sabías que existen 45 tonos diferentes de verde? Verde esperanza, verde oliva, verde moco… y luego está la superficie a pintar, cosa que no has tenido la precaución de medir in situ y ahora calculas de malas maneras, a ojímetro, aplicando la unidad de medida bricolera universal: El “masomenos”.

Al cabo de tres horas, regresáis a casa con tres botes de cinco kilos de pintura de color “aires marinos de Junio” que es una cosa indefinida entre el blanco… y el negro y entre el rojo y el amarillo con reflejos azulados pero que a la vista parece verde.

Os volvéis a vestir con el mono de papel que, como es de un solo uso, aguanta peor el envite. A ti se te raja la entrepierna y lo pegas con un poco de cinta de carrocero. Te atas a la cabeza el pañuelo de los cuatro picos anudados por protegerte la cabeza… y porque íntimamente consideras que te da un empaque especial. Satisfecho y encantado de haberte conocido, te tomas un par de Mahous seguidas… ¡Porque tú lo vales! Vuelves a colocarte el pañuelo porque con los vaivenes que ya pegas se te descoloca continuamente.

Haces un poco de aguaplast y te dedicas frugalmente a tapar los agujerillos y desperfectos que hay en la pared, pero como te has dejado las gafas debajo del plástico de tapar sobre la mesa del salón y no te apetece volver a destaparlo todo para cogerlas, no distingues muchos de ellos. Secar, lijar y al lío.

Vacías el primero de los dos botes de pintura que habéis comprado en el cubo de pintor con rejilla para escurrir y le añades el quince por ciento de agua para que se extienda mejor. Remueves la mezcla con el removedor adaptable a la taladradora y al primer intento lo llenas todo de salpicaduras de pintura. ¡Menos mal que has tenido la precaución de cubrirlo todo bien! Al menos estaba todo bien tapado hasta que el gato se ha escapado del cuarto de baño donde le habías recluido prudentemente y se ha pasado por el salón rajando todos los plásticos, así, por pura diversión gatuna. Cuando te percatas de que el animal está suelto ya es demasiado tarde, pues con las patas manchadas de pintura se ha dedicado a pasear por el divertido submundo de muebles y enseres por debajo del plástico, teóricamente protegidos, marcando sus pintadas patitas por todos ellos. Tras una persecución digamos, kafkiana, le atrapas y te lo vuelves a llevar, mientras te cose a arañazos, de nuevo al encierro provisional del baño. Colocas por encima un nuevo plástico protector, menos mal que has tenido la precaución de comprar alguno de más, pero te va a tocar limpiar más de lo que esperabas cuando todo acabe.

Para pasar el disgusto te bebes un par de mahous. Tu mujer, que nunca bebe, se ha chascado otra… y ha metido varias a enfriar en el frigo. Es un gesto el de tu costilla que te provoca un mal presagio.

En fin, es hora de darle al rodillo. ¡Joder! No te imaginabas que lleno de pintura pudiera pesar tanto…

Por unos instantes te sientes creativo. Disfrutas del placer de embadurnar la pared ya desde la primera pasada del rodillo, pero es solo el tiempo en el que tardas en darte cuenta de que no has escurrido bien el rodillo, has empapado la pared y se te viene encima la pintura nueva, la pintura vieja y una capa de yeso antiguo que no ha podido soportar el peso.

Mientras las lágrimas corren por tus mejillas, te bebes una mahou más, en este caso una mahou antidepresiva. Tu mujer  se bebe otra y comienza a oscilar peligrosamente cual rascacielos japonés durante un movimiento sísmico.

Mientras se seca el desaguisado vas a la tienda de pintura y compras cinco kilos de aguaplast y una llana que, no sabes por qué, piensas que te van a hacer falta.

Cuando regresas a casa compruebas, no sabes si con alegría o con terror, que tu mujer se ha animado con el rodillo en otro rincón virgen del salón, y allá que la encuentras cantando “Asturias patria querida” tambaleándose sobre la banqueta coja y pegando pasadas con el rodillo por todos los lados, incluso por el techo, que habíais acordado dejarlo de color blanco para que hubiera un bonito contraste con la pintura de la pared. No ha sido un cambio de opinión artística sino que la pobre no atina, tal es la imprecisión que le embarga. Le quitas el rodillo de las manos y la recoges en tus brazos unos instantes después de que salte desde la banqueta gritando “¡Jerónimoooo!” entre risas flojas y la cara completamente embadurnada de pintura. La sientas en la taza del cuarto de baño para despojarla del mono y el gato se te vuelve a escapar. Mientras persigues al felino hijo de puta, tu mujer se levanta, va al frigo y se bebe dos mahous seguidas, con la primera ya había sobrepasado su nivel de tolerancia al alcohol. El gato, con el estrés de la persecución ha caído sin darse cuenta en el cubo de la pintura y ahora luce de color verde, verde cabroncete, que es una variedad nueva del verde manchando el resto de la casa por donde pasa. Con todo el cariño del mundo acuestas a tu mujer, toda manchada de pintura, en la cama, sobre el edredón horroroso que le regaló su madre y que tú odias y que siempre se ha resistido a cambiar a pesar de que siempre te has quejado de que pasas frío con él. Cuando se dé cuenta del desaguisado le echarás la culpa a ella porque no se va a acordar de nada y te sientes por ello un poquito cabroncete, pero eres capaz de desoír a tu conciencia.

Te bebes una mahou pero incluso tú, hombre recio, sientes cómo se apodera de ti el alcohol de la cerveza. A lo lejos escuchas a tu mujer vomitando en la habitación. En ese instante observas al puto gato en un momento de impasse, entretenido frente al comedero, disfrutando de su comida. Está absorto, no te espera, te acercas por detrás…

Un maullido salvaje y el gato aparece estampado sobre los muebles de la cocina preguntándose en sus reflexiones gatunas por qué narices le acabas de dar esa patada… Un tanto aturdido le coges y lo vuelves a encerrar en el baño.

Te tomas otra mahou y te vas al salón, a acabar lo que has empezado, pero tus pasos ya no son precisos y tropiezas con el cubo de la pintura que se vuelca. Con toda celeridad te agachas a recogerlo pero no puedes evitar que se haya derramado ya la mitad del cubo ¡Menos mal que se ha vertido sobre el plástico que protege el suelo! Sientes alivio al comprobarlo, pero inmediatamente te echas las manos a la cabeza al descubrir una nueva raja en el plástico por donde se está pasando la pintura al parquet. Te tensas, te pones nervioso… Al final recortas un trozo de plástico alrededor del charco con el cúter y recoges cual si fuera un odre de vino, la pintura que aún no está sobre el suelo, pero no sabes qué hacer con ella. El fino plástico está a punto de ceder ante el peso de la pintura que has conseguido recoger en él. Lo único que tu cerebro alcoholizado te sugiere como solución in extremis es abrir la terraza y tirar lo que tienes entre manos por el balcón. No te has parado a analizar posibles consecuencias hasta que al cabo de 5 minutos ha llamado el vecino de abajo con toda la calva manchada de pintura verde. Se encontraba asomado a su balcón fumando y se ha visto implicado en tu tragedia en forma de baño de pintura. Comprendes y aceptas, sin rechistar ni defenderte, la hostia que te suelta sin mediar palabra.

Te vuelves a tomar una mahou que te ayuda tomar conciencia de la injusticia que impera en el mundo, cuando llaman al timbre. Temiendo que pueda ser de nuevo el vecino belicoso y sin intenciones de encajar una segunda hostia, coges un bate de béisbol de los nenes antes de abrir la puerta, por aquello de la defensa propia. No es tu vecino. Instantes iniciales de alivio hasta que entre los vapores del alcohol acabas reconociendo a tu cuñado, el “desgraciao” con el que toda esta tragedia comenzó a desencadenarse. Como en una nubecilla brumosa decides que ya que tienes el bate en la mano ¿Por qué no aprovecharlo? Y tu brazo sacude un batazo salvaje en todos los morros a ese ser despreciable, al que inconsciente y con el morro sangrando, acuestas junto a su hermana, a la que colocas el bate en la mano derecha. Ya sacarán ellos sus propias conclusiones de lo acontecido cuando despierten.

Vas al salón y rebuscas entre los plásticos el teléfono, marcas el número de los pintores de la oferta y les dices que 3000 euros no, que les pagas 4000 si vienen ahora y te pintan la casa.

En un gesto inequívoco de claudicación y derrota te arrancas de la cabeza el pañuelo con los picos anudados y lo arrojas contra el gato, que no sabes cómo, vuelve a pasear impunemente sobre la mesa del salón. Con la pintura que le ha caído encima el pañuelo ha adquirido cierta consistencia y el gato cae al suelo maullando de nuevo y cagándose (en su idioma, claro) en tu puta madre.

Por unos instantes te sientes invadir por la depresión postchapuza, pero te anima pensar que en el mundo hay muchos más inútiles, no estás solo.

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EL ORIGEN DE LA PALABRA GILIPOLLAS

Tacita a tacita aprendemos cosas interesantes

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EL ORIGEN DE LA PALABRA GILIPOLLAS Y OTRAS DISQUISICIONES PSEUDOFILOSÓFICOSOCIOLÓGICAS.

Cuenta la leyenda urbana, con cierto fundamento histórico, que a finales del siglo XVI (Equis, Uve, Palote) existió en Madrid un personaje que a la postre acabaría teniendo el dudoso honor de ser el origen de la palabra gilipollas. Aunque hay que tener en cuenta que las leyendas, leyendas son, y no siempre tienen por qué derivarse de hechos reales. La imaginación popular suele ser muy fértil en estos casos.

Don Baltasar Gil Imon, funcionario público, fiscal o alcalde, dependiendo de las fuentes consultadas, era un viudo madrileño que tenía dos hijas en edad de merecer.

En su afán por arreglarles un buen casamiento, cosa harto difícil pues ambas eran feas y cortas de entendederas, que lo tenían todo las pobres, acudía a infinidad de reuniones sociales de alto copete, todo hay que decirlo, sin éxito alguno porque a ver…

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FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2021

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2022

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El día 10 de Septiembre de 2021 da comienzo, como cada año, la feria del libro de Madrid, en el parque del Retiro.

A lo que voy: Todavía están por determinar las casetas (Hay muchas y es difícil elegir), pero es casi seguro que alguno de los fines de semana que dura la feria me podréis encontrar firmando mis libros por la zona.

Me explico: Yo me iré bien de mañana, con la fresca, con una saca llena de libros, míos por supuesto, con mi mesa de camping, mi tumbona del Carreful y una sombrillita para que no me caguen los pájaros del retiro, chanclas del mismo establecimiento, bermudas de flores, camiseta blanca de tirantes, sombrero de paja y una garrafita de cinco litros de calimocho o sangríapara entonarme el día, que se hace durillo allí al pie del cañón (este particular todavía no ha sido negociado con la editorial…

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TUTORIAL PARA LLEGAR A SER UN BUEN ESCRITOR

Perdonadme que me haya tomado esta licencia, aunque pueda parecer pretencioso, intentando dar lecciones de lo que no tengo ni puta idea no domino al cien por cien. Esta es una historia que, probablemente, interesa a los escritores mindundi indie que comienzan ahora su singladura literaria. Tomad nota de este sucedido:

Tras la cena, que no ha sido copiosa para evitar una digestión adormecedora, he decidido dedicar unas horas a escribir, que hace algún tiempo que no lo hago. Y, como decía Picasso, si tiene que venir la inspiración mejor que te pille trabajando. Debe de ser por eso mismo que la muy puta no puede verme ni en pintura, que viene como el cometa Halley, cada doscientos años. Por lo menos.Aunque también podría ser, debo reconocerlo y ser sincero, porque soy algo vaguete, laso, perezosón, inconsistente, un poquito flojo ¡vamos!Pero hoy me lo voy a tomar en serio. Por mis cojones  mi dignidad, que tengo que escribir… y tengo que escribir. No hay más cáscaras. Debo trabajar si quiero llegar a la altura de Stephen o de Dan. No me quiero marcar objetivos demasiado altos en mis comienzos.

En mi despacho, bajo el foco de la lámpara de cálida luz amelocotonada, abro mi portátil y creo un nuevo documento de Word. De momento me da un poco de mal rollo ver la pantalla de un color tan blanco y brillante. No me gusta… no sé… no inspira mucho que digamos.

Pero estoy decidido. De hoy no pasa que emborrone, es una forma de hablar, un folio en blanco. Me froto las manos para calentar. En unos minutos mis dedos van a estar corriendo sobre el teclado como alma que lleva el diablo. Disipo mis iniciales dudas y comienzo a sentirme pletórico. Noto cómo en mi interior miles de ideas, posibles gérmenes de obras maestras, fluyen, burbujean, pugnan por ver la luz y es una pena que la humanidad se las pierda por mi propia dejadez.

Espero unos segundos para que las conexiones de mi cerebro se abran y se muestren receptivas a cualquier cosa que las musas tengan a bien transmitirme.

Pasa un minuto, dos, tres… Como diría la operadora de información de Telefónica: “Por inspiración no me viene nada, mire”. Y sigo en blanco. Comprendo que es el primer contacto después de un tiempo y lo peor que puedo hacer es preocuparme. Ya se sabe que el miedo lleva a la ira…

¡Coño! ¡Ya sé qué es lo que me falta!

Me levanto animoso y pizpireto y doy un viaje al frigo. Me abro un bote de cerveza. Hay veces que, al igual que el cobre tiene la capacidad de conducir electricidad, la cerveza ayuda a establecer contacto con la inspiración.

Me la bebo prácticamente en un par de tragos. Tengo prisa por comenzar. Estoy nervioso, excitado, expectante. Ahora sí, ahora siento cómo los efluvios hacen burbujear mis entresijos. Ahora…

¡Mierda! Vaya eructo que se me ha escapado. He tranquilizado a mi mujer y a mis hijos que, a causa de las tremendas vibraciones, han entrado en el despacho con caras de preocupación.

Vuelvo a concentrarme en ese maravilloso mundo de posibilidades que es un documento de Word… en blanco.

Cinco minutos más a dos velas. No quiero que los nervios me atenacen, pero…

Hago una nueva incursión de castigo al frigorífico y vuelvo con un bote de cerveza abierto… y otro cerrado.

Hasta que no he apurado los dos botes no he vuelto a concentrarme en mi ordenador. Ahora sí que sí.

¡Vaya! Se me ha puesto la pantalla en negro.

Nuevo eructo que ya no llama la atención de mis seres queridos. Me saben creando.

Se ve que la tensión que me provoca la espera de la llegada de las musas me afecta mentalmente. Tengo la sensación de que me sobreviene un pequeño vahído. Quizás sea algo más, siento mareos y dificultad para mantener el equilibrio.

Acerco el dedo índice al teclado para reanudar la sesión, pero, no sé por qué, aterriza sobre la mesa con un ligero crujido de huesos. ¡La madre que me parió, qué daño!

Pulso una tecla, ahora sí, con algo más de suavidad.

Me duele el puto dedo.

Voy al botiquín y cojo un bote de réflex para echármelo en la parte damnificada.

Veo una nube de espray mentolado que se dirige hacia mis ojos.

¡Joder! Tenía el tapón apuntando justo a mi cara ¡Qué escozor, Dios!

Voy al baño a enjuagarme con agua fresquita. ¡Mierda de réflex! No veo nada.

Casi a tientas por mi falta de visión me voy al frigo y allí, con la puerta abierta, me chasco otro par de cervezas a ver si mitigo el sufrimiento digital (dolor de dedo) y el escozor ojal (del ojo).

Es mágica la cerveza. Ya casi no me duelen el dedo ni los ojos.

De camino al despacho vuelvo a hacer una larga y provechosa parada en el baño. Por los gritos de mi mujer deduzco que no estaba meando en la taza sino en el lavabo. ¡Coño! ya me parecía un poco alto…

El cansancio me invade. Me vuelvo a sentar dejo caer como un pesado fardo en mi sillón de escritor, en el despacho. Mucha apariencia, sí… pero tengo que decir que los sillones de oficina de oferta del Carreful no valen una mierda. Y el respaldo que se ha ido a tomar por culo.

Para superar el disgusto me vuelvo a levantar a por otra cerveza. No sé por qué de repente me hallo frente a la puerta del armario de mi mujer con toda su ropa por el suelo. Pero por alguna razón, debe ser mi instinto de autoprotección, mi cerebro recibe sus gritos como amortiguados, lejanos… Ojalá todas sus broncas fueran así de dulces.

Vuelvo al escritorio tras pasar una vez más por el baño. Creo que tengo infección de orina porque no es normal tanto mear… En cuanto me siente frente al ordenador pido una cita para un análisis.

Me siento en el sillón y, como no tiene respaldo, me caigo hacia la parte de atrás. Por el estruendo ocasionado ya no me pregunta ni el gato, que, por cierto, me mira con cara de gilipollas —¿Qué miras, gilipollas?— le increpo masajeándome las “lumbales”. Se va.

Recuerdo vagamente haberme levantado del suelo y haber pisado al gato, pero lo demás… es muy confuso…

No recuerdo en qué momento he perdido el conocimiento. Sé que me he despertado con la cara contra el teclado. Me duele la cabeza. Esto de querer ser escritor es bastante duro.

Al menos sé que las musas han venido a verme porque en el documento de Word ha aparecido algo escrito. Sin embargo… deben de ser musas lituanas o de más lejos, porque no entiendo nada de lo que me han hecho escribir.

¿Vosotros sí?

Esto es lo que escribí, supongo que en trance:

reohafpjádÑKCLa` afp´kadad`po akndaipj´kçád`pa´çd a+pkdñañmc+à+çaççaççaçaaaçç

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