JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN LA ALBUFERA DE VALENCIA

11.- JEYF EN… LA ALBUFERA DE VALENCIA

Juan Eulogio y familia, a saber, Paquita, su contraria, Elyónatan, el primogénito de sus vástagos y candidato a delincuente juvenil y Layesi, su repipi princesita y futura “choni” de barrio, tal y como se va desarrollando su niñez, están pasando unos días de vacaciones en Valencia, la tierra de las flores, de la luz y del amor… y de las paellas para chuparse los dedos…

¡Porque ellos lo valen!

Muchas familias responsables se ven obligadas a viajar con su mascota, perro, gato, cobra… La familia de Juan Eulogio, en su lugar, suele viajar con la “señá” Virtudes, su suegra o madre política, bastante más agresiva que un Pittbull, más voraz que una piraña y menos querida (Por Juan Eulogio) que una patada en el DVD (Aparato reproductor).

La “señá” Virtudes, la cucaracha (en boca de Juan Eulogio), que está bastante entrada en años… y en kilos, es viuda desde hace ya unos cuantos, y Paquita, su hija, tiene la puta costumbre (siempre parafraseando a su costillo) de invitarla a todos los saraos en los que se animan a participar.  El pobre hombre, huevón aficionado a punto de pasar a profesional, al final acaba comulgando con esta amarga y oronda rueda de molino. De nada le sirve protestar, quejarse o invocar a los dioses o al “malino. Siempre le cuelan a la cucaracha por el artículo treinta y tres.

No, no hay feeling entre ellos y el sentimiento es mutuo. La cucaracha, por su parte, hubiera preferido otro candidato más saleroso para el casorio de su Paquita, pero ¡Las cosas del amor! el truhán encandiló a la muy pánfila y es algo que ahora tiene difícil remedio. Que no “quié icir” que no lo tenga, pero es, cuanto menos, farragoso (siempre en opinión de la “señá” Virtudes, que se rige por unos valores, digamos, tradicionales).

Once again, que dirían los hijos de la Gran… Bretaña, hete aquí que la cucaracha les acompaña en una nueva odisea cual picores a las ladillas.

Juan Eulogio se está convirtiendo en un experto en ignorar los estímulos de la vida. Las clases que dio de yoga hace un par de años de algo le han servido, y es capaz de abstraerse de todo aquel escenario donde se encuentre su “querida” suegra. Sabia que es la naturaleza.

Están parando en un hostal próximo a la playa de la Malvarosa, pero hoy, que es domingo, han decidido seguir la tradición valenciana de acercarse a El Palmar, en plena Albufera, para comerse una auténtica paella de la tierra.

Con lo que Juan Eulogio no ha contado ha sido con que esta es una costumbre típicamente valenciana, que hace que la carretera del Palmar se atasque hasta límites inverosímiles. Bordeando el famoso lago donde el tío Paloma de Blasco Ibáñez se obstinaba en perchar y pescar llegando a renegar de su hijo, Juan Eulogio y familia tienen tiempo, entre parada y parada, de admirar, si es que en esas condiciones se puede admirar, la preciosa laguna.

Dos horas han tardado en hacer los aproximadamente veinte kilómetros que hay de trayecto desde Valencia, y otras dos en encontrar mesa porque no han tenido la precaución ¡qué coño iban a imaginarse ellos! de hacer una simple reserva en alguno de los muchísimos restaurantes que hay en la pedanía.

Total, que son las cuatro de la tarde y están empezando a comer. Juan Eulogio comienza a murmurar, pero solo el tiempo justo que ha tardado en llevarse a la boca el primer bocado de tan exquisito plato, y transportarse a un universo superior de sabores y texturas.

¡Al final va a merecer la pena haber sufrido el atasco y la espera en el restaurante!

Solo ha habido un pero en tan deliciosa comida, y es que la cucaracha la ha disfrutado más que nadie. La muy ansiosa ¡se ha comido tres platos hasta arriba! Con su carne, sus verduras, su marisco y un cuenco de alioli por plato; pero, en fin, es que el mundo no es perfecto, y Juan Eulogio lo asume como una contrapartida lógica a su propio disfrute, intentando anestesiarse a base de jarritas de sangría para acompañar. Hasta los niños se han comido el plato sin protestar, como es su costumbre, la de protestar claro, porque son dos comistrajos terribles. Y no digamos Paquita, que ha saboreado con lágrimas en los ojos tan delicioso manjar. Bien es verdad que no se sabe qué le ha hecho más ilusión, si la calidad del plato o que no ha tenido que cocinar este día.

Tras los cafés de la sobremesa, han decidido dar un paseo por el pequeño pueblo y sus alrededores, para favorecer en la medida de lo posible la digestión, haciendo un poco de turismo. Han observado que hay cantidad de pequeños embarcaderos donde se ofrece un bucólico paseo en barca por la Albufera por la módica cantidad de cuatro euros y, por supuesto, se han apuntado a la excursión.

El barquero, cuando ha visto las irracionales dimensiones de la cucaracha, con los ojos abiertos como platos, ha intentado cobrarles dos billetes por ella, argumentando mil y una excusas: Que la barca está vieja…  que el motor va a sufrir un desgaste extra… que va a consumir el doble de gasolina que en un viaje normal… Que corren peligro de zozobrar…

Pero Juan Eulogio se ha enrocado y le ha dicho que nones, que o le cobran un tiquet individual o se van todos a otro embarcadero. No ha sido por defender el honor de su suegra; nada más lejos. Es que… cuatro euros son cuatro euros y la vida está “mu achuchá”.

El barquero ha accedido a regañadientes y se han ido subiendo todos a la barca. Cuando le ha llegado el turno a la “señá” Virtudes todo el pasaje ha tenido que moverse hacia la proa para compensar los pesos y que el pequeño barquito no escorara. Aun así, este se ha empinado peligrosamente por la proa, con las consiguientes escenas de pánico.

Una vez estabilizados los pesos, con el agua casi llegando a la borda (Arquímedes era un tío bastante listo), el barquero ha puesto en marcha el motor, que, renqueando, con un rugido sordo y cansino que parece decir al piloto “Pero ¿por qué me haces esto, cabrón?”, ha impulsado la embarcación hasta que ha conseguido separarse poco a poco de la orilla. El barquero se ha santiguado varias veces antes de partir y ha dicho algo así como “Si nos tenemos que ir a tomar por culo, que sea lo que Dios quiera…” A su favor tiene que sabe que la profundidad máxima del lago no es de más de metro y medio, y en caso de zozobrar podrían todos llegar andando hasta el embarcadero. ¡Lo que tienen que hacer los curritos para subsistir!

Tras diez minutos en los que todo el pasaje anda en tensión, temiendo el hundimiento con algunos momentos de pura histeria, el barquero ha dado gas a su Yamaha, y se han adentrado en los canales que en otros tiempos surcaran los pescadores de la anguila.

El viaje dura cuarenta minutos, entre juncos, carrizos, pequeñas islitas y canales naturales, todo salpicado de graciosas aves acuáticas, a no muchos metros de la orilla. Todos comienzan a disfrutar del paisaje, de la puesta de sol y de las numerosas aves que se pueden divisar en cualquier rincón del lago.

Pero a la mitad del trayecto, Juan Eulogio, que no ha perdido ripio de su suegra, ha dado un codazo a Paquita llamándole la atención sobre ella. La cucaracha ha comenzado a dar arcadas leves, consecuencia de ingesta salvaje de los tres platos de arroz y el suave balanceo de la embarcación. Estas no han disminuido sino, más bien al contrario, cada vez han sido más violentas, ante la mirada preocupada del barquero, que está viendo venir el desenlace de tan estrambótico contoneo de su pasajera VIP (Very Inmense Paquidermo) porque lleva media barca solo para ella, no por su clase y finura.

La cucaracha ya no ha podido más, y, con el rostro congestionado, ha vomitado salvajemente dentro de la barca. Ha salpicado los pies del resto del pasaje, que, como si hubieran previsto tal disfrute, calzan todos chanclas del “Carreful” y similares. Vamos, que están con los pies al aire. Paquita, aun a riesgo de hundir la embarcación, se ha levantado para atender a su madre y la ha ayudado a darse la vuelta para que el resto de la vomitona vaya por encima de la borda a convertirse en alimento de las anguilas y demás peces del lago. Pero claro, voltear a semejante manatí en un medio tan inestable entraña un riesgo serio de hundimiento, que solo la mano experta del barquero ha conseguido evitar en el último segundo.

Ahora la cucaracha, sintiendo en su estómago la presión de las tablas de la barca, ha dado lo mejor de sí en otra espléndida, larga, sonora y ácida vomitona.

Juan Eulogio no puede evitar pensar que la puñetera cucaracha ha vuelto a fastidiarles el día, como siempre, y que, con mucho gusto, ahora que se encuentra prácticamente en equilibrio sobre la borda, la levantaría de los pies y la arrojaría al agua sin consideración. En su imaginación la ha visto comida por las pirañas, a pesar de que estas no pueblan la laguna valenciana.

Pero lo único que es capaz de hacer Juan Eulogio, un tanto mareado por el efecto de la sangría y contagiado por el asco que le transmite aquella mujer vomitando, ha sido dar él a su vez tres o cuatro arcadas con burbujeo. Se ha puesto en pie, sin saber exactamente qué hacer para intentar vomitar fuera de la embarcación, ante los desesperados aspavientos del barquero procurando hacerle entender que navegan en precario y que cualquier movimiento, por pequeño que este sea, va a dar con el barco en el fondo del lago.

Juan Eulogio ya ni ve, ni conoce. Ha resbalado con la abundante pota que llena el fondo del barco. Ha perdido entonces el equilibrio y la cabeza se le ha ido hacia babor mientras el resto del cuerpo se ha quedado en estribor. Este balanceo ha sido la gota que ha colmado el vaso, y ha dado al traste con la frágil estabilidad de la embarcación. Juan Eulogio ha ido al agua tras darse un cabezazo contra la borda. La barca ha comenzado a balancearse en todos los sentidos, como si se hubiera visto envuelta en una tormenta tropical. Ha cundido el pánico en el pequeño Titanic, pero, la cucaracha, intentando conservar el equilibrio, se ha aferrado a la borda con uñas y dientes, como si no hubiera mañana, y se ha echado hacia atrás sacando el cuerpo como si fuera un participante de una regata a vela. La carga humana, situada al otro lado, no ha podido soportar el meneo y han ido cayendo todos al lago, incluida Paquita y el mosqueado barquero. Finalmente, la barca se ha estabilizado y ¿Quién ha sido la única que no ha caído al agua? Efectivamente, ha sido la cucaracha, la causante de semejante desaguisado. Allí se encuentra con la popa a medio hundir, mojándose su enorme culo, y la proa apuntando al cielo, de donde Juan Eulogio espera que caigan rayos y centellas y la fulminen sin misericordia. Por hija de puta.

Juan Eulogio, con el agua al pecho, una brecha en el entrecejo y las piernas comidas de sanguijuelas maldice con su familiar letanía:

¡Mierda de paella! ¡Mierda de Albufera! ¡Mierda… de vida!

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PENSAMIENTO DEL DÍA (Del día en que me pasé con la mahou)

No existe bofetón dado con más saña y, sin embargo, mejor encajado, que el que se propina uno mismo cuando, en mitad de la noche, escucha el zumbido de un mosquito en los alrededores de la oreja.

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PENSAMIENTO DEL DÍA (Del día en que me pasé con la mahou)

Si, con el ánimo de ser equitativos, equidistantes, equilibrados y políticamente correctos, es decir, más papistas que el papa (o más mamistas que la mama) llamamos a la “PATRIA”, “MATRIA”; utilizando los mismos criterios paritarios, ¿No habremos de decir “PADRE MATRIA” en lugar de “MADRE PATRIA”?

Nos estamos volviendo un poquito papanatas (perdón, mamanatas)

A ver, que si hace falta, yo mismo me doy una colleja si eso.

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LECTURAS PARA REFRESCAR EL VERANO

Ana no conoció realmente a su marido hasta que fue demasiado tarde.

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LECTURAS PARA REFRESCAR EL VERANO

Cuando lo desconocido provoca desasosiego…
Cuando el desasosiego se convierte en miedo…
Cuando el miedo muta en valor…
Cuando el valor se transforma en temeridad…
Cuando la temeridad trueca en inconsciencia…
Cuando la inconsciencia transmuta en… Gilipollez…

Nunca un ladrillazo en la cabeza (la del autor) dio tanto de sí.

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LECTURAS PARA REFRESCAR EL VERANO

Juan Eulogio no vino a luchar contra los elementos. Y es que en su familia hay cada elemento…

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LECTURAS PARA REFRESCAR EL VERANO

¿Estamos seguros de que hay vida inteligente más allá de nuestra atmósfera? Y… ¿más acá?

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LECTURAS PARA REFRESCAR EL VERANO

Una historia que huele a mar y a sal

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¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS?

Aun pecando de prolijo,

a Dios pongo por testigo

de que lo que en verso digo…

me sale del mismo pijo.

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EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

No se espere nadie una comedia al estilo de William Shakespeare, no. Más bien es una tragedia cotidiana que sufrimos los españoles durante los meses duros de canícula en que nos toca currar y, por ende, mayoritariamente, madrugar.

De ahí el título. Sueño, no de soñar, sino de tener, de pasar, de sufrirlo por no haber pegado ojo en toda la noche.

Bueno, la sucesión lógica de los acontecimientos es, más o menos como sigue:

Hoy ha sido un día terrorífico de calor. Ya nos habían avisado los noticieros de que el anticiclón se estaba implantando con fuerza inusitada y eso iba a hacer que subieran las temperaturas hasta puntos insospechados, de récord. Nada que un español no soporte acostumbrado a los calores estivales.

Pero si pensábamos que con la caída de la tarde y la llegada de las sombras la cosa se iba, cuanto menos, a atenuar, nada más lejos de nuestro pensamiento. La noche se espera toledana, con temperaturas que superan con creces el umbral del sueño.

Hace una noche calurosa, pegajosa, de dar vueltas y vueltas en la cama empapado en sudor. Es… el puto infierno. Imposible conciliar el sueño, el sufrido aspirante a bello durmiente abre la ventana de la habitación de par en par, para que entre el poco fresco que pueda andar despistado por la calle. Para franquearle más el acceso sube la persiana hasta arriba. Hombre, algo de fresco entra, pero con él entra una bandada de mosquitos chupasangres que se pasan por el forro los efluvios del enchufe que teóricamente debería repelerlos.

Rasca que te rasca, vuelta que te vuelta persistimos en el estúpido intento de dormir.

Al mismo tiempo entran por la ventana toda clase de ruidos, el camión de la basura que parece un transformer que se esté peleando en encarnizada lucha a “muette” con los contenedores de desperdicios orgánicos. Al cabo de media hora de relativa tranquilidad llega el camión que recoge los envases formando una escandalera similar y, al cabo de otra media hora se presenta el camión que recoge los vidrios, apoteosis ruidosa que le vuelve a despertar con sobresalto. El corazón nos palpita a 120 pulsaciones por minuto mientras disfrutamos del cantarín vertido de botellas y vidrios en su  vidriosa tripa.

Entre camión y camión  los gritos, chillidos y risas de los que la exquisita educación de algunos españoles , escandalosos y gritones, nos hacen “disfrutar”. Las terracitas de los bares haciendo su agosto y si quieres dormir… que te den por culo.

A ver, que no digo yo que quiera que aquí ocurra lo que en Suiza, que si tiras de la cadena después de las 10 de la noche, los vecinos llamen a la policía, pero… ¿Es que no puede haber un término medio?

Pues no. En España no. O estás con ellos o contra ellos. Y resulta que ellos son más o lo parecen. Solo nos queda jodernos y esperar que lleguen las dos para que las cierren.

En fin, transcurre otra media horita entre que el último camión recoge la basura que toque y las terrazas se queden vacías. Otra media horita de calor espantoso en que no sabes si no puedes pegar ojo por el ruido ambiente, porque se te han recocido los cataplines con el sudor o porque tienes brazos y piernas en carne viva por los picores que te han provocado los mosquitos.

Después el silencio.

Pero ya son las tres de la mañana. Y quien más quien menos, al menos los afortunados que todavía conservamos un trabajo, tenemos que madrugar.

Desesperación porque se nos acaba el tiempo para descansar, la noche ¡Ja!

Parece que ya comienza a refrescar y uno, finalmente, vencido por el cansancio, coge el sueño. Un sueño plácido, deseado, merecido tras horas de insomnio obligado. Por fin, sin saber exactamente cuándo, uno cierra los ojitos y se entrega a los brazos de Morfeo. La madrugada transcurre tranquila (si no tenemos en cuenta los ronquidos de quien nos acompaña en la cama ni el de los vecinos del edificio, que algunos parecen más animales que humanos)

No sabemos cuánto tiempo ha transcurrido, poco desde luego, cuando un zumbido lejano que aumenta de potencia por segundos nos saca del placentero pozo donde habíamos caído a echar una cabezadita siquiera.

Son las máquinas barredoras del servicio de limpieza del ayuntamiento. Perdón, son las putas máquinas barredoras del puto servicio de limpieza del puto ayuntamiento. Sí, así queda mejor reflejado nuestro estado de ánimo.

Abrimos un ojo legañoso. Son las seis de la mañana y el despertador debe sonar a las seis y media. En la inconsciencia del sueño somos capaces de construir una frase medianamente inteligible. Una frase de la que se entienden palabras sueltas como “quién” “es” “el” “hijoputa” “que” ha” “planificado” “el” “horario” “del””servicio”  “de” “limpieza” “de” “esta” “puta” “ciudad”. O algo así. Unas palabras de las que parece vislumbrarse nuestro malestar por semejante ruido a semejante hora.

Por fin, la barredora se aleja a dar por culo a otra calle y  volvemos a conciliar el sueño, que se nos antoja definitivo, para siempre.

De este malentendido nos saca el despertador que, implacable, comienza a pitar a las seis y media.

Nos da la impresión de no haber dormido más de quince minutos desde que las barredoras se fueran de nuestra calle, pero nos damos cuenta con desesperación de que no es un impresión. Es la puñetera realidad.

Amanece un nuevo día que se presenta asquerosamente somnoliento.

Con los ojos vidriosos y derrotados nos ponemos en marcha porque nos espera un día de trabajo un día de ir arrastrándonos por el suelo anhelando que llegue la hora de volver a la cama, porque con el sueño que tenemos estamos seguros de que hoy vamos a dormir …¡Haya jaleo en la calle o  no!

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