CUENTO DE NAVIDAD II

…Te paras al lado de su coche esperando que dejen el hueco al salir con tu intermitencia encendida…

Pero claro, justo en el momento en que se han dado cuenta de que hay alguien con cara de desesperado aguardando para aparcar, su biorritmo se ralentiza inexplicablemente y de una forma sobrecogedora. ¡Con qué parsimonia vacían el carro en el maletero! ¡Con qué mimo colocan cada bolsa! ¡Con qué exasperada lentitud llevan el carrito a su sitio para recuperar el euro! ¡Hay que ver lo que tarda ese coche en arrancar y que se le enciendan las luces! ¡Qué tío más torpe o qué mala leche tiene el muy cabrito que para salir de un hueco donde caben dos coches como el suyo ha tenido que hacer quince maniobras una detrás de la otra!

¡Pero hay que comprender que es su ratito de gloria y está decidido a disfrutarlo!

Compruebas que el desasosiego no te había abandonado del todo.

Tu mente está un poco nublada por el cabreo, pero, en esa nebulosa te das cuenta de que por fin sale ¡Joooooder!

Pero ¿qué hace? Si está volviendo a meter el coche en el parking… ¿Será hijo puta… ?

Se baja y rodeando el coche comprueba que la presión de sus neumáticos es correcta, no había otro momento más apropiado para hacerlo, pero la seguridad ante todo, lo dice Antena 3. Definitivamente sale y tú le dedicas una “oración” con toda tu alma. Entonces, metes primera, con tu intermitencia puesta a la derecha y, cuando vas a moverte ves que alguien que acaba de entrar en la calle del aparcamiento donde tú te encuentras, y que parece hacerse el despistado mete el coche en el hueco. Entonces te das cuenta de que Dios existe, sí, pero que a lo mejor no es tan buena persona como en principio te habías pensado… La vena de tu cuello hinchada casi hasta reventar te palpita mientras abres la puerta del coche repasando la lista de tacos que te sabes. Te diriges hacia la ventanilla del que te acaba de robar el sitio, golpeas con los nudillos el cristal y cuando el señor abre su ventanilla le dices con toda la calma que eres capaz de tener, que por cierto es poca: “Ese hueco es mío ¿no te has dado cuenta de que llevo esperando un rato para aparcar aquí? El señor del otro coche te mira con cara de lelo y te contesta: Perdona, pero este sitio estaba libre y yo lo vi primero, búscate otro sitio y no tengas caradura.

Esta última frase da al traste con la poca educación que te queda. Toda la tensión que has acumulado hasta ahora explota con una violencia inusitada y cual Tiranosaurus Rex de Parque Jurásico le pegas un rugido salvaje a 10 centímetros de la oreja, que le dejas llena de perdigones de saliva.

El silencio se mastica.

Pasan diez segundos interminables en los que el señor no reacciona, ni siquiera te mira, pero ves que como un autómata mete la marcha atrás y se va ¡Bien! Al girar al final de la calle del parking ves cómo cierra el giro y roza su coche con el de la esquina llevándose su espejo retrovisor, pero no se para. Ciertamente va en estado de shock.

Cuando bajas del coche después de aparcar te das cuenta de que te mira un montón de gente con cara de asombro.
Tu mujer, abochornada no te espera y camina deprisa hacia la puerta del centro.
La gente comenta, murmulla y te sigue mirando.
Tú, todavía caliente, echándote mano al paquete dejas escapar palabras entrecortadas, entre las que sólo se acierta a entender: “vais”, “tocar”, “huevos”…

Satisfecho y más relajado vas detrás de tu mujer que ya está entrando en el centro comercial cuando, escuchas una música que te resulta familiar aunque no aciertas a identificarla. Eso sí, oyes como bandurrias, guitarras… Justo en el momento en que el sensor de proximidad de la puerta te detecta y la abre, llega a tus oídos como cañonazo mortífero la música que intuías pero ahora en todo su esplendor: ¡Son los puñeteros villancicos¡ Un interruptor hace click en tu cerebro y lo apaga. Ahora sabes que tu voluntad está completamente anulada. ¡Viva la Navidad ¡ Y encima, te vas a perder el partido de la liga que tienes pagado ¡Qué gran invento ese del Pay per view!, aunque, no sabes por qué razón, el fútbol ha dejado de importarte. En estos momentos, sólo te queda un objetivo en la vida. Comprar, comprar, comprar……….. al hipersupercentrocomercial.

Sobrepasas las puertas y parando en medio, con ojillos vanidosos brindas a la afición la faena que acabas de realizar. Pero…

Nada más cruzar las puertas del reino de Comprolandia un carro con una gran caja con un televisor de 60 pulgadas, una bicicleta de montaña y un gigantesco árbol de Navidad, tras quien no se ve a nadie empujando y que circula a una imprudente gran velocidad, sin luces, choca violentamente  contra ti. Normal. Si es que no te pueden ver con la pila de cosas que llevan en el carro…

Primero, el manillar de la bici que te da en la cara. Tremendo golpe que al mismo tiempo que la sorpresa del impacto hace que te inclines hacia atrás hasta casi caerte de espaldas. El del carro que no se ha dado ni cuenta y que sigue avanzando, te golpea las espinillas con la parte baja del mismo. El carro ha frenado en seco y un paquete mal colocado que contiene ¡joder que mala suerte! un microondas, te cae sobre la cabeza.
En un momento te acaban de noquear con un golpe certero a la cara y otro a los bajos, y después otro arriba. Si el dolor y la conmoción te lo hubieran permitido, en ese mismo instante hubieras dedicado un pensamiento, probablemente un “buen piropo “ acompañado de unos “vivas” a la madre del conductor suicida pero… incapaz de reaccionar, sólo puedes ver cómo te esquiva y al tiempo que pasa por tu lado te pide disculpas de medio lado casi sin atreverse a mirarte, acelerando el paso para evitarte antes de que seas capaz de tener una reacción .

Tu mujer, que ha contemplado desde la distancia la escena, ha llegado tarde, pero a tiempo de dar un tirón de tu mano con fuerza y quitarte del medio de la puerta en el momento en que un segundo kamikace está a punto de impactar contigo con el mango de una fregona que sobresale del carro justo a la altura de tus dientes…

TO BE CONTINUED… SI ESO

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