CUENTO DE NAVIDAD III

… Tu mujer, que ha contemplado desde la distancia la escena, ha llegado tarde, pero a tiempo de dar un tirón tira de tu mano con fuerza y quitarte del medio de la puerta en el momento en que un segundo kamikace está a punto de impactar contigo con el mango de una fregona que sobresale del carro justo a la altura de tus dientes.

Te sienta en un banco de la entrada. Tú te dejas hacer, conmocionado. El empleado del Macdonals que también lo ha presenciado todo sale con un vaso de refresco con mucho de hielo y tu mujer te la pone en la cara dándole las gracias. La Cocacola, que con las prisas el chico no ha vaciado, ahora se escurre por debajo de tu camisa a lo largo de tu cuerpo. Te deja mojados y pringosos hasta los calzoncillos. Además del dolor, ahora también sensación de asco. Estás pegajoso. Pero en fin, como mal menor…

Por un momento se te pasa por la cabeza la idea de que el Karma tiene algo que ver en todo esto…

Al cabo de unos minutos notas que tu conmoción va disminuyendo porque aunque el dolor en la cara, cabeza y la espinilla te sigue martirizando, vas recuperando la consciencia y vuelves a escuchar los villancicos. Dudas un instante sobre qué es peor… Pero está claro: ¡Son peores los villancicos!

Las guirnaldas y las luces de Navidad lo han invadido todo cual hiedra maléfica en un cuento de magos, una versión traducida al español de la canción “Blanca Navidad” cantada por el coro de los niños cantores de Meco da al ambiente un punto entre melancólico y discordante, pero que martillea tus oídos como un taladro de Black and Decker. Hace calor. Las colas de gente en las tiendas intentando conseguir las ofertas de navidad son inmensas. En una tienda de móviles dos personas, cada una con un niño de la mano, están discutiendo acaloradamente, sin que nadie sepa exactamente por qué. Los niños, superatentos asimilando clichés, no se pierden ningún detalle de los improperios que se están dedicando sus papás.

Un papá Noel, de ojos azules, barba blanca y cara de borrachín, tocando una campanilla, se te acerca y te da un folleto de propaganda del menú de Navidad del  restaurante de bocatas cercano, todo sea por promocionar la gastronomía autóctona.

Cierras los ojos. Suspiras larga y profundamente. Navidad, Navidad, dulce Navidad. Es tu primer contacto con las  fiestas y, la verdad, está siendo intenso. Pero todo puede ir a peor, como dijo Murphy y recuerdas la cena de Nochebuena del año pasado con tus suegros y tus cuñados con sobredosis de JB…

Sí. Definitivamente siempre puede ser peor…

Los cariñosos cuidados de tu mujer, su insistencia en entrar al súper y sobre todo la imagen reciente en tu cabeza de que cualquier Nochebuena pasada fue peor te animan prácticamente a levantarte convenciéndote a ti mismo de que no ha pasado nada.

Le pides el carro a tu mujer, más que nada para poder tener un punto de apoyo a la que comienzas a andar.

Cojeas ostensiblemente. Pero Esparta no fue forjada por pusilánimes.

Le echas un par de huevos y recompones la pose, o lo intentas. Tienes, incluso, la tentación de sonreír. Pero te duele la cara y no lo consigues del todo. Tu mujer aprecia el esfuerzo.

Pasas por los arcos de la entrada, ante la mirada sabuesa y desconfiada del guarda de seguridad, metro ochenta de altura y metro ochenta de hombro a hombro, con un tufillo a mercenario que tira para atrás. Algo en tu aspecto le ha dado mala espina porque ves cómo tuerce la boca mientras te mira de arriba abajo. Hace una llamada por la radio.

Chungo… chungo.

Nada más entrar por los arcos tu mujer se desmarca con habilidad por la banda y te deja solo. Está claro que prefiere valerse por sí misma. Descabezado y sin iniciativa te decides maquinalmente por el clásico tour combinado “pasillo de herramientas/pasillo de cervezas”, por curiosear y matar el tiempo, a pesar de que te los conoces de memoria.

Por el camino pasas por el pasillo de adornos navideños y el colorido y las luces te atraen como a un mosquito un farolillo, y entras por aquello de echar un ojo. Recuerdas que en el Belén de casa, tu sobrino te perdió a Melchor el año pasado y piensas que es una buena oportunidad para reponerlo. Pero claro, los Reyes Magos eran tres, y el supermercado lo sabe y los vende en un kit todos juntitos y a un precio que te cagas.

Te indignas, con razón. Te convences de que tienes motivos.

Coges la cajita de los tres Reyes Magos. Por un momento se te pasa por la cabeza, que todavía tiene algo de niebla, la idea de separar a los tres monarcas.

Total – piensas- nadie se va a dar cuenta si me echo a Melchor en el bolsillo, y estos ladinos del súper ganan mucha pasta como para que  les importe.

Y antes de que tu cerebro haya tenido tiempo de procesar tus intenciones Melchor tiene un nuevo hogar. De nada le valen los gritos a Gaspar y a Baltasar protestando por la pérdida de un colega. Tú no les escuchas…

 

NO SE VAYAN… QUE AUN HAY MÁS

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