GAÑAN´S STORY

EL EUFRASIO Y EL EFRAÍN

La última frase había resonado alta y clara en aquel bar y su eco parecía continuar rebotando indefinidamente por las paredes como si por fin se hubiera inventado el movimiento continuo.

De repente dejó de sonar, desde el rincón donde se encontraba la televisión, el telediario, con sus gilipolleces habituales. Alguien, o algo, estaba tratando de dar fuste a la escena y para ello se requería silencio. Al menos no se necesitaban mentiras voceadas desde la caja tonta.

El Eufrasio, mientras hablaba, mantenía la mirada sobre la mirada de su interlocutor, sin achantarse un milímetro. ¡Pa cojones los suyos! Él tenía salero para eso… y para mucho más si se terciara, anque su familia se queara sin comel una semana. No le iba a amedentral ese cabrón del Efraín por muy rumboso que se creyera, cuando la puta verdad es que no era más que un muerto de hambre, un destripaterrones de medio pelo que no era capaz de distinguir una patata de un nabo.

El Efraín debía reconocer que en un principio, aquella propuesta  del Eufrasio, hecha con tanta vehemencia, tres cojones le importaba lo que significara ese palabro, le había pillado un poco a traspiés y por instantes no supo qué responder.  Las gotas de sudor le resbalaban por la frente provenientes del interior de su boina. Hacía calor o… ¿Acaso fueran las tres copas de aguardiente que se había jincao en cá el Manolo antes de entrar a aquel antro, el condado de la fritanga, donde se encontraba, que le estaban dando calorina? Se desencajó la boina y con un pañuelo que había sacado de su bolsillo, el del mes de julio, se secó la sudó de la frente y del resto de la calva, que adquirió ese brillo que solo la mezcla de sudor y sebo es capaz de conseguir.

El silencio se espesaba y podía mascarse como un moco pertinaz en aquel local, y el olor a torreznos que lo invadía todo impregnaba el ambiente con un toque entre  misterioso y  asfixiante. No en vano la campana extractora de la cocina del bar había dejado de funcionar hacía varios días y cada vez que la Ciriaca usaba la sartén, el humo del aceite requemado llenaba la cocina y el bar entero, provocando que el Carmelo, una miaja asmático, tuviera que salir tosiendo de allí. Bueno, tosiendo… y cagándose en tó los muertos de la Ciriaca, que todo hay que decirlo.

El Eufrasio se pasó el dorso de la mano por los labios para secar un incipiente hilo de baba que se le escapaba cuando el efecto relajante del aguardiente comenzó a hacer de las suyas acorchándole gran parte de la boca.

El Eufrasio y el Efraín continuaban clavándose sus pupilas… en sus pupilas azules,  y su cejas corridas (una cada uno)  se alineaban casi perfectamente  con el dobladillo recosido de sus boinas que se les marcaba en la frente y les hacía señal en el pelo. Los ojos de ambos emitían algo parecido a destellos de inteligencia, de una inteligencia especial un tanto nublada por los efectos del alcohol, claro, pero inteligencia al fin y al cabo.

Y como hombres inteligentes que aparentaban ser, claudicaron, sabedores de que no merecía la pena salir a guantazos por una tontá.

–¡Cagonrós! –Dijo el Efraín.- Venga ese chato, que no te lo vi a desprecial. Que te aceto la invitación. Hoy pagas tú. Pero mañana… mañana por mis cojones que te emborracho so hijoputa.

El nivel de tensión, que llevaba con la aguja en rojo ya un buen rato comenzó a descender. Los testigos de aquel amago de bronca respiraron aliviados tras haber sufrido una peligrosa congoja por muchos minutos esperando con ansiedad ver de quién era la primera hostia que se escapaba.

Y ambos hombres se abrazaron riendo y con lágrimas en los ojos, sin mariconadas, como dos auténticos y genuinos gañanes que eran, zanjando la discusión y evitando así una tarde aciaga de brechas en las cejas y dientes rodando por el suelo.

De algún rincón del bar surgió como por arte de mágia un sonido que… una música que… ¡Cooooñó! ¡Estaba sonando la banda sonora de la pinícula ET cuando la nave sale volando al espacio!

Los parroquianos lloraron emocionados aquella tarde como hacía años que no lo hacían, y es que la rudeza de los hombres curtidos al aire helado de la sierra no era incompatible con tener sentimientos, cagonlamadrequemeparió.

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ETERNA JUVENTUD

Nos hacemos irremediablemente mayores. Mal que nos pese y por mucho que nos empeñemos en retrasar lo inevitable vamos cumpliendo años, envejecemos, caminamos sin descanso hacia la podredumbre de la tumba.

¡Menos mal que hemos decidido luchar con los muchos medios que tenemos hoy en día a nuestro alcance! Y es que tantos siglos buscando el elixir de la eterna juventud han dado sus frutos. ¡Por fin lo hemos descubierto!

Como ya andamos mal de memoria tomaremos  pastillas para reforzar la memoria. Conseguiremos así recordar dónde coño hemos dejado el andador.

Como tenemos la bisagra dolorida nos pondremos parches para los dolores lumbares. Seguro que podremos correr con los nietos, retozar cual cervatillos por la playa y después irnos a bailar salsa.

Como tenemos las articulaciones un poquito anquilosadas tomaremos pastillas para la artrosis. Los cortes de mangas nos volverán a salir “niquelaos”

Si acaso tanto medicamento nos estriñera tomaríamos unos laxantes para obrar adecuadamente.

Usaremos un sin fin de cremas rejuvenecedoras. Alguna servirá ¿no? Y si no consiguen disimular las arrugas de la face, al menos las cubrirán como si estuviéramos dando Aguaplast a una pared llena de agujeros.

Nos comeremos un bocadillo de jamón mientras mantenemos una conversación animada con la seguridad de que nuestras dentaduras postizas no se volverán a caer al suelo. Buen invento ese del pegamento para dentaduras.

Un buen complejo vitamínico adecuado para nuestra edad nos aportará la energía suplementaria que necesitamos. Ya no renquearemos para levantarnos de la cama e irnos a ver la tele al salón.

Con la viagra y los lubricantes vaginales tendremos sexo sodomagomorriano por un tubo, como antes (Si es que antes lo teníamos, que esto es ciencia, no magia).

Lo que las cremas reafirmantes no reafirmen lo disimularemos con bragafajas de última generación. Como no necesitamos oxigenar el cerebro podemos apretarlas bien “apretás” y pasarnos un buen rato si respirar.

Yo voy a empezar a usar un crecepelos y me plantearé el implante capilar. En el ataúd luce mucho un muerto con pelo.

Ella me ha prometido usar pañales para las pérdidas de orina. Yo, aunque he perdido gran parte del sentido del olfato, todavía lo agradezco sobremanera.

Nos alimentaremos equilibradamente y comeremos muchos yogures con bifídus para regular nuestro tránsito. Me imagino que conseguiremos relajar las caras de estreñidos permanentes.

Vamos a probar ese jamón de york que te hace ganar las partidas de petanca con su energía. Y si no  probaremos la brisca.

Con esta puesta a punto vamos a competir en animosidad con la juventud. ¡Les vamos a enseñar lo que vale un peine!

Sí, tú ríete desde tus insultantes y lozanos 20 añitos, ríete de todo lo que cuento pero… Ya caerás. O mejor dicho… ya te caerán los años, y con ellos se te caerán otras cosas ¿O te crees que siempre vas a ser joven?

Sonido de grillos en el silencio de la noche…

¡Que no te rías so hij@ de puta!

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ESE MOMENTO…

Ese momento…

En que te encuentras en la calle. Es día de fiesta y hay bastante gente. Tú caminas, con tu chándal con chaquetilla y pantalón azul marino amplios para disimular la barriga cervecera prominente, rayas blancas a lo largo de los brazos y de las piernas, camiseta técnica transpirable de color amarillo limón de la marca DAIDAS, tocado con una gorra de “Aglomerados Jiménez” calada hasta las cejas, que, por cierto, no se te ven porque las tapan unas amplias gafas de sol marca RAMBLAND, zapatillas marca LIKE, impolutas, de color naranja fosforito, una barra de pan pellizcada hasta la mitad…

Aproximándose por tu misma cera, una jamona rubia con mallas de la marca “ENVASADOS AL VACÍO VACUUMPOP”, camiseta-top ceñida hasta cortar la respiración, la de quien la mira y la de quien la viste, pearcing en el ombligo y tatuaje comprometedor en el bajo vientre que se adentra por debajo de la cinturilla de las mallas, que son de talle bajo, al que no se le ve el final pero se intuye. Zapatillas de ¿deporte? Con suela curva de seis centímetros y calcetines tobilleros de color rosa…

De repente la chica que levanta el brazo y saluda ostentosamente mirando en tu dirección.

Tú que te pones la mano en el pecho en actitud de “¿Es a mí? ¡No puede ser!  y que ante la insistencia de la jamona, acabas levantando y agitando a modo de saludo a la altura de tu cabeza, correspondiendo, como no podía ser de otra forma.

Esa chica que ahora, además de saludar con más efusividad, te muestra una preciosa sonrisa de la marca PIÑOSWHITE, que es la iguala odontológica de moda…

A ti que te da un temblor de piernas. Que piensas “¿acaso he ligado, Dios mío? No me lo puedo creer. Va a ser verdad que esto del deporte ayuda a entablar relaciones…

Jamona y gañán que están a un metro de distancia el uno del otro… y avanzando…

Esa chica que sigue saludando, pero que ahora abre los brazos en actitud de “venaquíquetevoyadarunrestregónquetevoyaponeracien”…

Tú, que ante la inminencia del frote,  abres los brazos y cierras los ojos para disfrutar el inesperado momento… y lo que surja…

Quince segundos pasan y el abrazo que no se ha producido…

Tú que abres los ojos a la vez que te quitas las gafas, mostrando el orzuelo que no querías mostrar, y metes la patilla en la boca para mordisquearla en plan interesante… pero no ves a la rubia…

Tú que miras a tu espalda guiado por un extraño presentimiento y…

La rubia que le está sorbiéndola vida a base de besos a un cachitas de mayas ajustadas pero muy abultadas según en qué zonas, camiseta de tirantas desbordada por infinidad de músculos que no sabías que existieran, depilado desde los dedos de los pies a lo alto de las orejas… Si sigue así se lo va a comer…

Tú que te pones de nuevo las gafas y huyes del lugar del crimen deseando beberte un par de Mahous en casa… ¡Mierda deporte!

 

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EL DESPERTAR DE ANA

Tras la inesperada muerte de su marido, Ana, recién cumplidos los cuarenta, se siente perdida y sola. Han sido muchos años de dependencia emocional y tiene que aprender a valerse por sí misma, a quererse.
Poco a poco va descubriendo que su matrimonio, en los últimos tiempos, no había sido sino una farsa; y es ahora cuando tiene que enfrentarse sola a la vida, cuando comienza a despertar, a contemplar el mundo y, sobre todo, su matrimonio, con una mirada crítica. Con cada mentira que descubre el mito se va desmoronando.
Pero no es este el único legado de su marido. Ana se verá inmersa en una trepidante aventura que hará que tenga que armarse de coraje para luchar por su vida y la de los suyos…

EL DESPERTAR DE ANA

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ENTENDER EL DEPORTE MODERNO

El ser humano, el ibérico en particular, nunca deja de evolucionar. Si empleo el término evolucionar quiero suponer que el cambio que se produce es para ir a mejor y no al contrario.

Pero eso es la teoría.

La práctica nos demuestra que esta “evolución” (ahora lo entrecomillo porque comienzo a dudar) parece llevarnos al summun de LA GILIPOLLEZ  DEPORTIVA, así en mayúsculas.

Antiguamente, hablo de la era a.d.s. (Antes Del Smartphone), época inimaginable para la gente joven, en la que no existía el wasap, el concepto de hacer deporte englobaba las muchas modalidades de este a las que la población tenía acceso. Así si íbamos a correr, decíamos “Voy a correr”, si íbamos a andar decíamos “Voy a andar”, si montábamos en bici decíamos “Voy a montar en bici”.  Ya sé que no es fácil de asimilar… pero éramos así de complicados ¿Qué le vamos a hacer?

Ahora, si sales a hacer deporte, de la modalidad que sea, con una camiseta de algodón, unos pantalones cortos, así sin más, y unas zapatillas con calcetines blancos… todos te miran raro, supongo que como el Cro-magnon, homínido más avanzado, miraba a los Neardenthales que coexistieron con él.

Los romanos ya decían aquello de “Mens sana in corpore sano” y no se paraban en otras mariconadas. Y hasta no hace mucho tiempo la cosa venía siendo así.

No sé si se me entiende. Las cosas parecían más sencillas, o quizás más simples porque nosotros éramos unos simples y porque todavía no se había implantado el Decathlon en nuestro país. Para los no ibéricos, Decathlon es el nombre de una cadena de supermercados, proveniente del país vecino Francia, especializados en el deporte. Incluso en inventarse deportes y, por supuesto, en la venta de las equipaciones y achiperres necesitados para practicar estos deportes. Incluso los que se inventan.

Ahora, si se nos ocurre la fatal idea de salir a correr, lo primero que tenemos que hacer es determinar si lo que vamos a hacer es running, footing, trecking o cualquiera de los cientos de modalidades cuyo nombre termina en -ing. (que a mí running me sigue sonando a ir a cazar ranas por muy bien que me lo pinten), pero es que además, que no se nos ocurra salir si no es con el equipamiento adecuado, a saber, zapatillas… de running o las específicas de la modalidad que se pretenda practicar. Importantísimo, vital, especificar si eres pronador o supinador y cuántos centímetros de longitud tiene tu almorrana, por aquello de contrarrestar su oscilación al correr. Pantalón ajustado o maillot con el que enseñas las canillas dependiendo de cuál sea la longitud de la prenda e importante, marques elevación o depresión. Camiseta técnica de colores fosforescentes, que abriga pero transpira. Calcetines anti tirones de los llegan por debajo de las rodillas, no se conoce cosa más fina y elegante, que vamos por ahí pareciendo escolapias. Funda para llevar el móvil en el brazo (o mochila si es un Smartphone de los nuevos, grandes como carpetas): Bolsita con sales minerales, portabidón con bidón de agua, portabidón con bidón de bebida isotónica, gorra o, se está poniendo de moda últimamente, pañuelo pirata a la cabeza. Cinta a la frente para que recoja el sudor… Antes decíamos “la sudó” y nos la quitábamos con el dorso de la mano. Por supuesto, eso de taparte una fosa nasal y expeler por la otra los humores nasales, ya no se puede hacer, más que nada porque no existe verbo terminado en -ing que quede bien para ello. ¿Moquing? ¿Ves cómo no?.

Sales a correr a lo mejor solo quince minutos, pero te pertrechas de cojones.

Y lo mismo ocurre con cualquier modalidad de deporte que queramos practicar.

Ya no puedo ir a andar al campo, ahora tengo que hacer… senderismo o más profesionalmente, trecking.

Si el paseo se va a alargar un poco estaremos haciendo… travesía.

Rafting si quieres tirarte por el río con una balsa de goma.

Skating si se trata de deslizarle sobre ruedas pequeñas (Aquí existen una gran variedad de artilugios para ello)

Puenting si… ¡Coño! Por mucho que me quieran convencer no creo que tirarse de un puente sea un deporte.

Y si ya se te ocurre ir a un gimnasio, ni por asomo lo llames así, ahora hay que decir Gym (yim), te cagas con la cantidad de tontás que puedes practicar en la infinidad de máquinas infernales que hay en el recinto, todas ellas acabadas en -ing. Menos sentiding comunning, hay de todo.

Cycling, swimming, spinning, dancing, boxing …

Normalmente te atenderá un figurín, macho o hembra, completamente enlycrado, que mirará de forma indolente tu barriga cervecera. Total, para apuntarse, pagar una pasta por todo el trimestre, ir el primer día… y mandarlo todo a tomar por culo.

¡Una mierda todo, oiga!

¿O será signo inequívoco de que me voy haciendo mayor?

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COMO EN CASA… EN NINGÚN SITIO

Ya me doy yo una colleja y me digo ¡Macarioooo!
Por simple.
Es evidente que la mayoría de las cosas cotidianas que hacemos nos resultan más satisfactorias y reconfortantes en la intimidad (impunidad) de nuestro hogar, dulce hogar.
Pero no quiero yo hablar del hecho en general, que ya de por sí es toda una filosofía, de ser casero, hogareño… o no serlo. Quiero hablar de un acto en concreto. De algo que como en casa…no se hace en ningún sitio.
Os cuento:
El otro día, ya era tarde, quizás las nueve o las diez de la noche, iba yo caminando por la calle con cierta premura porque tenía que acabar unos asuntos que ahora no vienen al caso y no le importan a nadie. Andaba yo entre agobiado y acojonado pensando en la bronca que me esperaba en casa por la tardanza y se ve que las prisas, los mismos nervios o el propio estrés del momento, acabaron afectando sin remisión a mi tránsito intestinal, trastocándolo de una forma tan intensa como incontenible.
Dio la casualidad, aunque tal vez debiera decir causalidad porque cada vez estoy más convencido de que las cosas siempre ocurren por una razón, de que pasaba yo en aquel momento por la puerta de la estación de autobuses de la ciudad donde vivo, que a aquellas horas tan intempestivas se hallaba vacía de viajeros. Enfilé la puerta como un Mihura pues las contracciones de este pseudoparto sobrevenido iban arreciando cada vez con más insistencia y dolor.
Por ello ni siquiera me fijé en que el hall se encontraba en una penumbra, cuanto menos extraña. En otras circunstancias mi fino olfato de explorador Sioux me lo hubiera cantado como algo inquietante, como peligro inminente. Pero como digo no reparé en ello cegado como iba por pensamientos más mundanos. Busqué con desesperación el preceptivo cartel con el muñequito y tras varias vueltas con la vista lo encontré al fondo. Crucé aquel hall a paso ligero y sin encomendarme a nadie más me metí en el aseo de caballeros.
Cuando la puerta se cerró tras de mí me envolvió un silencio ¿Cómo decirlo? Espeso, intimidatorio. Ese silencio que parece que por momentos te tapona los oídos, no sé si alguna vez lo habéis experimentado.
Como digo, no andaba yo para pararme en remilgos ni zarandajas y me metí en el primer cubículo que encontré a mano. Apenas me dio tiempo a cerrar la puerta y tapar el borde de la taza con unos trozos de papel higiénico, aunque por su aspecto no hubiera hecho falta, pues parecían recién limpiados. Pero como dice el refrán que no hay cerdo que no sea escrupuloso, he de confesar que tengo esa costumbre. Fino como el pellejo de una mierda.
Fue tras sentarme y aliviar la primera presión a mi intestino cuando reparé en que me hallaba sólo, más solo que la una, pues no había visto a nadie ni en el hall de la estación ni en los aseos. Aquello me escamó, me puso las orejas de punta.
En parte aliviadas mis necesidades aunque estaba seguro de que no había acabado la faena y quedaba una nutrida actuación para la segunda parte del partido, todo volvió a quedar en silencio. Fue entonces cuando escuché claramente el golpe de la puerta exterior al cerrarse, como si alguien acabara de entrar en el aseo. Dejé por unos instantes de resoplar, a pesar de que el esfuerzo que estaba realizando no era cosa baladí, intentando escuchar qué ocurría al otro lado de la puerta donde yo me encontraba, pero no oí nada. Era extraño pues evidentemente alguien había entrado hacía escasos segundos.
Como quiera que la segunda andanada estaba en ciernes, decidí quitarle importancia al asunto y concentrarme de nuevo en el propósito que me había llevado a la fuerza hasta aquel solitario lugar. Fue entonces cuando, entre los ruidos propios del acto, escuché una especie de sonido gutural, algo parecido a…un gruñido. Como es lógico, mi animoso quehacer se paralizó de inmediato, quedando tensados por el miedo todos los músculos de mi cuerpo, incluido por supuesto el esfínter, que se negó involuntariamente a franquear la salida de lo que hasta entonces había estado saliendo con la impunidad y maestría que otorga la madre naturaleza.
Andaba yo ya , como se suele decir, tenso como la vena del cuello de un cantaor de flamenco, cuando esta vez noté como algo o alguien arañaba la puerta de mi reservado. Se me escapó entonces un involuntario, huidizo y timorato pedete que delató a la vez mi presencia y mi estado de ánimo en aquel momento. En ese mismo instante sentí un golpe en el suelo, como si algo hubiera caído y se hubiera desarmado en trozos más pequeños.
Aquello llamó definitivamente la atención de lo que quiera que se hallara fuera, tras la puerta de mi retrete, porque a través del hueco que quedaba entre la misma y el suelo observé cómo una sombra trémula y oscilante se detenía justo en frente. Instintivamente en un acto reflejo de autodefensa levanté los pies del suelo, pero al perder dos de los apoyos en los que mi cuerpo se sustentaba, el tercero, es decir, el culo, se resbaló y se hundió dentro de la taza, llegando a tocar con el mismo las paredes que estaban saturadas de lo que yo acababa de expulsar. Sin embargo era más el miedo que sentía que el asco incipiente y continué restregando mis posaderas por el interior del inodoro, que en aquellos momentos de inodoro no tenía nada pues a pesar de que yo había sido el autor del desaguisado tengo que reconocer que hasta a mí me olía mal. De repente la puerta comenzó a temblar como si alguien…o algo la estuviera empujando para abrirla desde fuera. Totalmente fuera de mí, perdidos los papeles intenté escalar de espaldas hasta colocarme de pie en el borde de la taza, pero el terror hacía mis movimientos extremadamente torpes e imprecisos por lo que mi pie derecho resbaló hacia dentro del sanitario restregándolo, como antes había ocurrido con mi culo por toda mi anterior obra. Después le siguió el izquierdo.
Ya me estaba tocando un poco los cojones la situación, rebozado cada vez más en mi propia mierda, pero seguía sin atreverme siquiera a respirar. La puerta de mi excusado estaba temblando a causa de los golpes y amenazaba en breve con desvencijarse y dejar el paso libre a la siniestra bestia que la aporreaba.
Pero mi terror llegó casi al paroxismo cuando por debajo de la puerta vi asomar una mano peluda, de uñas negras brillantes seguida de un brazo aún más poblado de negro y espeso pelo, que barría el suelo en busca, supuse, de mis piernas.
Aquella situación no podía ¡No debía continuar! Si permanecía a la expectativa sin hacer nada más que embadurnarme de heces la cosa iba a acabar muy mal para mi persona.
Me armé entonces de un valor que no tengo ni idea de dónde salió, me subí como pude los pantalones y tensé todos mis músculos. Mentalmente conté hasta tres viendo cómo aquella siniestra mano continuaba inspeccionando el suelo del aseo en mi busca. Se detuvo unos instantes y entonces yo aproveché para saltar desde lo alto de la cisterna. Con los pies juntos y todo el peso de mi cuerpo fui a caer justo encima de la mano, escuchando un chasquido como de huesos quebrándose. El alarido que escuché a continuación me erizó el vello nálguico e hizo que me meara encima. Pero lo que más me impresionó fue el sonoro ¡Hijo de la gran puta! que escuché a continuación.
Abrí la puerta y allí, revolcándose de dolor y sujetándose la mano dolorida con la otra había un señor, muy peludo eso sí, con la cara lívida, que ni siquiera se percató de mi presencia.
– Mi mano, cabrón. ¿Qué has hecho con mi móvil? hijo puta.
En un acto algo mezquino, tengo que reconocer, le salté como pude y a toda carrera salí de aquel antro con la conciencia hecha unos zorros y oliendo todo yo a mierda pero sin volver la vista atrás.
Para otra vez me aguanto los retortijones hasta llegar a casa porque
Como en casa… en ningún sitio.

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EMPATÍA IBÉRICA

Aquí unas sexudas reflexiones (sexudas y no sesudas porque digo lo que me sale de… las partes pudendas y no de la sesera) sobre una palabra que últimamente está en boca de mucha gente y recelo de que todo el mundo tenga claro qué es lo que significa:

Se trata de la palabra empatía.

Si vamos al diccionario de la RAE, práctica no demasiado en uso entre los usuarios del español, nos aparecen las dos definiciones siguientes:

 

  1. f. Sentimiento de identificación con algo o alguien.
  2. f. Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos.

Limpio, fijo… y esplendoroso, como corresponde a la RAE.

Sin en cambio, que diría uno que conozco, en aras de hacer del lenguaje algo más simple y práctico podríamos resumir ambas acepciones en una sola expresión más coloquial y entendible, que podría ser “Ponerse en el lugar del otro”, intentando entender el asunto de que se trate visto desde el punto de vista del otro, y no del propio.

Es aquí donde para el ep-pañol medio el razonamiento se viene abajo como un castillo de naipes. Es decir, cuando el ep-pañol medio la caga, e interpreta el concepto como cristo le da a entender, que suele ser malamente.

Para este ibérico grupo social “Ponerse en el lugar del otro” viene significando que, tras un proceso de envidia cochina en el que odiamos al “otro” simplemente por estar en el lugar que está, porque al ep-pañol le parece estupendo todo lo que tiene el otro y él no tiene, aunque el otro tenga una mierda pinchada en un palo, se produce un deseo irracional de llegar hasta donde se encuentra, darle un empujón lo más fuertemente posible para desplazarle… y usurpar su posición. Eso es “ponerse en el lugar del otro” para un ep-pañol comido por el pecado nacional de la envidia.

Y tras esta disertación me despido con la intención de ir a buscar la inspiración para una nueva entrada a las fuentes… no de la inspiración, sino a las del barril de cerveza, que inspira lo suyo.

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