PENSAMIENTO DEL DÍA (Del día en que me pasé con la Mahou)

Hay días tontos…

… y tontos todos los días.

Anonimus

 

Anuncios
Publicado en Revueltos mentales | 10 comentarios

HOY SE CELEBRA “SAN CERVANTES” EN ALCALÁ DE HENARES

En unos días será el 469 aniversario del bautizo de Miguel de Cervantes. Vaya desde aquí mi particular homenaje desde el respeto.

cervantes

Vino el pequeño Miguelito a ver la luz de este perro mundo en la universitaria localidad de Alcalá de Henares, a la sazón la ciudad de las tres C (Conventos, cuarteles y colegios) y a la que convendría añadir una cuarta que correspondería a Cervantes (Ojo, no confundir con La Roda, por aquello de los afamados dulces conocidos con el nombre de miguelitos y que todos compramos a mitad de camino entre el centro y el levante español cuando vamos y volvemos de vacaciones) y vino, pues, a nacer en gracia del cielo el día de San Miguel, a saber, 29 de Septiembre de mil y quinientos cuarenta y siete, reinando en España Carlos I (Carlos palote, el emperador, que a la plancha y con un poquito de ajito y perejil estaba bastante bueno y apañaba una cena). Su fructífera vida se extiende pues, a lo largo del final de la de este rey y de la de su hijo Felipe II (Felipe palote, palote, pues era el doble de palote que su padre).

De su infancia no queda apenas más constancia que su partida de bautismo en la capilla del oidor (Dedicada a un insigne alcalaíno que gozaba de un buen sentido del oído) de la iglesia de Santa María de su localidad natal, donde no se hacía ni siquiera mención al golpe que se llevó el bebé contra el borde de la pila porque al cura, conocido como “ padre manitas de trapo”, se le resbaló de los brazos con tan mala suerte que el niño fue a dar con la frente contra la pila con fatales consecuencias, pues la pila quedó para siempre rajada y con una pérdida permanente de agua bendita. Al nene no le pasó nada pues era de cabezota dura y arco superciliar robusto.

Pero a nada que uno se ponga, no es difícil imaginar los juegos y correrías de un niño en aquella época que, para desgracia de muchos, carecía de smartphones, pokemons, redes sociales o Play Station.  Jugaban, entre otras muchas cosas, a la gallinita ciega, a la taba, las canicas, al burro… en fin, los juegos a los que hemos jugado los niños toda la vida, a excepción de los de las generaciones actuales, que se agilipollan  jugando con otras cosas. Miguelito, como cualquier infante de la época,  podría perfectamente haber dedicado las largas y aburridas siestas del mes de Agosto a robar habas, tomates u otras hortalizas en las huertas cercanas a la ciudad, regadas por el río Henares, cosa totalmente imposible hoy en día por ser un río pletórico de vertidos industriales y carros del Alcampo hundidos.

Aunque no queda constancia escrita de los acontecimientos relevantes de su infancia, sí que existe un chascarrillo o leyenda en la ciudad de Alcalá que ha debido de transmitirse entre sus vecinos de generación en generación y que aún se puede escuchar en oscuras y arrabaleras tabernas del lugar donde los lugareños se “cuecen” con Mahou al amor de las emisiones futboleras de Canal plus.

Al amable lector de esta crónica queda la ingrata tarea de juzgar la posible veracidad de los hechos, que para los alcalaínos no entraña duda alguna, pero bien es conocida la ingenuidad de los habitantes de esta ciudad al margen del río Henares.

Cuenta la leyenda que en una de estas incursiones por las huertas, el pequeño Miguelito y sus amigos fueron sorprendidos por el dueño, que a la sazón los estaba esperando porque estaba hasta los cojones de deslomarse en el huerto para que lo disfrutaran otros, y más de que siempre fueran aquellos pequeños cabrones, que eran de la piel de Barrabás.  Una vez que los tuvo a tiro no dudó en emprenderla a peñascazos con los niños llegando a descalabrar a alguno de ellos. Aunque entonces nadie se rasgaba las vestiduras si un tierno infante era agredido por un adulto y aparecía en casa con una brecha. Alguna habría hecho, eso era seguro. Se le curaba la herida, se le volvía a dar un par de hostias y en paz.

Pero Miguelito, que era el más pequeño de la partida era, por tanto, el que menos rápido podía correr y pronto quedó rezagado y casi a merced del enloquecido hortelano que habiendo probado la sangre comenzaba ya a ensañarse con los nenes.  Un puñado de tomates no valían tamaño disgusto, pero se ve que el hombre estaba algo amargado desde que se había enterado de que su mujer le había adornado la testa con una cornamenta considerable, refocilándose con un tal Don Rodrigo que, aunque nadie se aventurase a confirmarlo, bien pudiera tratarse del papá de Miguelito. De ahí la obcecación del hombre con el nene. Aquel hortelano, a grandes voces, imprecaba a los niños que huían de él:

—¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas! Que un solo hortelano es el que os acomete… ¡Y sos vi a curtir el lomo con una vara de un deo de gordaaaaa!

Aquella frase se grabó a fuego (Y a mamporros) en la mente de aquel niño y en un futuro lejano habría de sacarle provecho literario, como bien sabe (o debería saber) el lector.

El caso es que consiguió atraparlo a la orilla del río, en un lugar que se hallaba algo embarrado por ser época de crecidas y el aterrorizado niño cayó al barro cuan largo era, que no era mucho, pues no debía contar con más de diez añitos. El nene estrenaba aquel día un juboncito blanco como la nieve que su madre le acababa de mandar hacer al sastre, y no queráis imaginar cómo se puso aquella prenda rebozándose en el barro. En la desigual lucha, el hortelano la emprendió a tortazos con Miguelito, intentando cobrarse de alguna manera la afrenta realizada por su papá de la que el muchacho, evidentemente, no tenía la culpa.

Quiera que las hostias proporcionaron fuerza extra al zagal, quiera que el hortelano estaba mayor y ya se cansaba pronto aunque fuera soltando la mano, el caso es que Miguelito se puso en pie de un salto, se zafó de su agresor y comenzó a correr huyendo de aquel poseído que iba a acabar matándole a golpes. El hombre, en un intento de evitar que huyera, le agarró por un pliegue del jubón, pero era tal la desesperación con la que tiraba el infante que la prenda acabó rasgándose, quedando un trozo en la mano del hortelano, que agotado, decidió que había concluido su venganza.

Una vez salvado de las garras de su agresor, a Miguelito le quedaba ahora la segunda parte de la película (Novela entonces porque el cine no se había inventado todavía): ¿Cómo iba a explicar a su madre el desaguisado de su camisa?

La reacción de doña Leonor, la mamá de Miguelito, fue furibunda, pues entonces no existían las tiendas de ropa made in China donde se pueden comprar las camisas a cuatro perras. En aquella época, estrenar prenda una vez al año era un sacrificio y una merma económica considerable para las familias y había que cuidar la ropa más que a la propia vida.

Allí con el niño en pie, lleno de chichones y rasguños y con semblante muy serio inspeccionaba doña Leonor el pequeño jubón, admirándose de lo manchado que lo traía el nene. De repente la mujer lanzó un grito cuando se percató del roto que a causa de las manchas de barro no había podido descubrir hasta ese momento. Entonces se desató la tragedia:

Con la caja de la costura, hecha de madera maciza bellamente labrada, comenzó a golpear a su hijo presa de un histerismo incipiente, al tiempo que gritaba:

—¡No solo traes el jubón nuevo manchado, malandrín, hi de puta! Sino que encima tienes un roto. Mira qué agujero le has hecho ¿Lo has visto?

Miguelito por más que miraba era incapaz de ver lo que su madre, con los ojos casi fuera de las órbitas intentaba mostrarle tapándole la vista con la misma. Y ella, entre golpe y golpe trataba de explicarle dónde.

—¡Que sí coño!, Aquí, ¿No lo ves? ¡EN UN LUGAR DE LA MANCHAAAAAAAA!

Aquella última frase, unida a los “cajazos” que estaba recibiendo Miguelito, se debió grabar a fuego en su joven mente con el resultado de todos conocido, pasados unos cuantos años.

Años y años de llevarse golpes en la cabeza consiguieron que el niño comenzara a sufrir el “Síndrome del mocho reblandecido”, enfermedad que a la postre fue proverbial en su faceta de escritor, pues  llegó a perder los límites de la imaginación llegándosele a ocurrir infinidad de gilipolleces (Temas sobre los que escribir).

 

 

Así vivió su infancia y adolescencia  Miguelito, entre juegos y estudios, de ciudad en ciudad hasta recalar la familia en Madrid por motivos del trabajo de Don Rodrigo. Bueno, del trabajo y de sus cuitas con la autoridad, que más de una vez le persiguió con el insano objetivo de hacerle dar con sus huesos en un calabozo por un quítame allá esos problemas pecuniarios.

En cuanto a Miguelito, que poco a poco iba siendo conocido por Miguel y más tarde por Don Miguel, pues la barba ya se le había cerrado y se le habían poblado de vello ciertas partes consideradas pudendas, ya por aquel entonces hizo algún pinito en el mundillo de la literatura, aunque aún le faltaban calidad y experiencias vitales para llegar a ser el genio de las letras que todos conocemos, porque… le conocemos todos ¿Noooo?

Alguno de sus poemillas llegaron a trascender en el subconsciente colectivo de Madrid, como por ejemplo, aquel que rezaba:

En tu puerta me cagué

creyendo que me querías.

Ahora que ya no me quieres

dame la mierda, que es mía.

No referiremos más por no cansar al avezado lector de esta biografía, pero sirvan estos versos como muestra de la incipiente afición del genio de las letras por hacer rimas. Queda pues demostrado que Miguelito… don Miguel, tenía pluma… y la utilizaba con cierto criterio literario.

En su juventud Miguel había desarrollado un carácter un tanto arisco y pendenciero. De aquellos polvos vienen estos lodos. Quié icir, que tanto fue vapuleado el muchacho de niño que acabó forjando en su corazoncito un odio visceral a la humanidad en general. A la mínima discusión salía a tortas con su interlocutor, tal era su carácter, y alguna que otra vez esta acababa en un duelo, o sea… en serio, tirando de espada.

Como consecuencia de haber dejado herido a un paisano en uno de estos retos a muet-te fue perseguido por las autoridades, y no por cualquier pelagatos de tres al cuarto, no, sino por el mismísimo rey Felipe II (Ya saben, Felipe Palote, Palote).

Como Miguel ya estaba bastante resabiado en lo que a persecuciones y palizas se refiere, tomó las de Villadiego y huyó a Italia, que entonces no se conocía por ese nombre pero estaba en el mismo sitio. Allí se puso a las órdenes del cardenal Acquaviva. En aquella compañía militar los soldados solían beber, cañas o quintos de cerveza Mahou, que entonces se llamaba de otra manera, con los que Miguel quedaba siempre insatisfecho dada la poca cantidad que le servían. Por ello tomó la decisión de pasarse a los tercios, más grandes, más recios y que saciaban mejor su sed… de venganza.

Ya en el tercio de Miguel de Moncada partió a Lepanto a luchar contra los turcos, que se estaban poniendo bastante pesadicos con eso de estar todo el día invadiendo las costas españolas. La batalla fue cruenta y de mucha bravura, y a Miguel se le fue la mano luchando. No es que luchara de más, sino que realmente, perdió la movilidad de una mano a raíz de aun arcabuzazo que recibió en el brazo. De aquel lance le sobrevino el nombre del Manco de Lepanto que no le abandonó ya hasta su muet-te. Miguel en los años sucesivos intentó luchar por los derechos de los que como en su caso habían perdido alguna de sus extremidades superiores y para ello fundó una Manco-munidad, a la postre con escasa repercusión.

Pero eso ocurrió años después porque, volviendo de la guerra, cuando su barco navegaba a la altura de la Costa Brava, quiso la mala fortuna que este se topara con un navío turco que apresó a toda la tripulación y los envió como esclavos a la ciudad de Argel. Los argelinos, observadores ellos, viendo que Miguel, que era algo sibarita, vestía jubones con un cocodrilo bordado en el pecho, dedujeron, equivocadamente, que este era un personaje de posibles y exigieron un rescate demasiado elevado por su liberación lo cual no hizo sino ralentizar su rescate por varios años pues a la familia le fue imposible reunir la suma de 500 ducados que era lo que se pedía como rescate. Los argelinos fumaban ducados ¡Qué se le iba a hacer!

Durante este tiempo, Miguel, aguerrido soldado, no se quedó con los brazos cruzados y organizó al menos cuatro intentos de escapada, pero en los cuatro fue cogido inmediatamente por el pelotón… de turcos que debido a su pertinaz manía por intentar escaparse sin abonar el rescate, acabaron apodándole “Al-cansini”, que traducido al castellano de la época venía a ser algo así como “El insistente”.

Pagado su rescate finalmente por los padres trinitarios (Los del tirititrán, tran,tran) fue puesto en libertad. A su vuelta a la madre patria ejerció diversas profesiones y vivió en numerosas partes de España, incorporando cada nueva experiencia a las obras literarias que iba componiendo. Como parece que en Argel había cogido gusto a eso de estar preso, en España fue encarcelado varias veces. En una de ellas, en Sevilla, es donde comenzó a gestar su obra más importante: “El padrino”  “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, novela que comenzaba con la archiconocida frase “En un lugar de la Mancha…” que a todas luces era una especie de homenaje a doña Leonor, la mamá que tan derecho le llevó durante sus años infantiles.

Tras muchos avatares, muchas obras escritas y una larga vida de aventuras y sufrimientos, el príncipe de los ingenios entregó su vida a la edad de sesenta y ocho años, habiéndose ganado con creces el nombre de

Príncipe de los ingenios.

Amigo lector/Amiga lectora, puedes o no creer todo lo que a lo largo de estas esforzadas líneas se ha vertido. ¿Que crees en mi palabra? Yo me sentiré halagado. ¿Qué no crees y piensas que todo es una sarta de patrañas y exageraciones? Pues que te den por culo.  … ¿Qué le vamos a hacer?  El creer es libre y yo no tomaré represalias por este feo.

 

En Alcalá de Henares, Octubre del año del señor de dos mil y diecisiete.

 

VALE

Publicado en Revueltos mentales | 4 comentarios

EL ORIGEN DE LA PALABRA “GILIPOLLAS” Y OTRAS DISQUISICIONES PSEUDOFILOSÓFICOSOCIOLÓGICAS

Algun@ que relea estas entradas pensará, no sin razón: Este tío se repite más que un ajo. Pero yo pienso, luego insisto en que es la única manera de sacar a la luz entradas antiguas (e “ilustradoras”) que de otra forma se perderían bajo el polvo (el de suciedad, no el de “echar un”) del olvido. Así que, pidiendo excusas de antemano, aquí presento:

 

EL ORIGEN DE LA PALABRA GILIPOLLAS Y OTRAS DISQUISICIONES PSEUDOFILOSÓFICOSOCIOLÓGICAS.

Cuenta la leyenda urbana, con cierto fundamento histórico, que a finales del siglo XVI (Equis, Uve, Palote) existió en Madrid un personaje que a la postre acabaría teniendo el dudoso honor de ser el origen de la palabra gilipollas. Aunque hay que tener en cuenta que las leyendas, leyendas son, y no siempre tienen por qué derivarse de hechos reales. La imaginación popular suele ser muy fértil en estos casos.

Don Baltasar Gil Imon, funcionario público, fiscal o alcalde, dependiendo de las fuentes consultadas, era un viudo madrileño que tenía dos hijas en edad de merecer.

En su afán por arreglarles un buen casamiento, cosa harto difícil pues ambas eran feas y cortas de entendederas, que lo tenían todo las pobres, acudía a infinidad de reuniones sociales de alto copete, todo hay que decirlo, sin éxito alguno porque a ver quién era el valiente que cargaba con semejantes cracos malayos por muy ventajoso que fuera el casamiento.

En estas fiestas, a la puerta del salón, se solía colocar a un criado que se encargaba de anunciar la llegada de cada uno de los asistentes, elevando la voz sobre el murmullo de la concurrencia, para que todos supieran qué personaje o celebridad hacía su entrada en aquel momento. Y Don Baltasar y sus hijas lo eran al grito de:

—¡Hacen su entrada en el salón… Don Gil… y pollas!

Siendo las pollas, como entonces se decía, las “vástagas” o hijas del susodicho.

La reiteración de tan inocente y formal anuncio, muy al gusto de la época, hizo que los asistentes a este tipo de eventos acabaran relacionando e identificando el soniquete “Gil y pollas” con alguien lerdo y bobalicón, tales cuales eran las pollas de don Gil. Rápidamente, este nuevo vocablo se extendió por la castiza Madrid y poco después por el resto de España, país amante de chascarrillos y exabruptos, sobre todo si resultan hirientes para el prójimo. El gracejo ibérico no tiene límites.

Había nacido la expresión “Gilipollas” más o menos con el significado con el que la conocemos en nuestros días, alguien estúpido, bobo y básico.

Es probable que desde aquellos tiempos ninguna otra palabra se haya utilizado con tanta asiduidad en nuestra lengua como esta que nos ocupa. Tanto es así que la palabreja pulula de boca en boca, no importa el tipo de conversación ni el estatus social de quien la pronuncie. Podemos decir que su utilización se ha universalizado.

*  *  *  *  *

Cuando un científico hace un descubrimiento ídem, eso no quiere decir que lo descubierto no existiera con anterioridad al descubrimiento ¿No?

Por la misma razón, el hecho de que se inventara la palabra “Gilipollas” en un momento determinado de la historia no significa que no existiera un individuo (más bien muchos) que reunieran en su persona las cualidades que “gilipollas” viene a describir. Lo cual nos lleva a la

Primera máxima:

En el mundo siempre ha habido, hay y habrá gilipollas.

Que no se sepa cómo se llama el fuego no quiere decir que no queme.

Puestos a aislar a un gilipollas, sea el que fuere, observamos que, al igual que colectivamente, uno por uno también observan las características que los definen como conjunto. Esto está lingüísticamente contemplado, ya que “gilipollas” es una palabra que se utiliza indistintamente para el plural o para el singular. Lo cual nos lleva a la

Segunda máxima:

Todos (los gilipollas) para uno… y un (gilipollas) para todos.

Ser un gilipollas estigmatiza al individuo de por vida. Quié icir, hay individuos que nacen con esta tara, lo que hace presagiar que acabarán muriendo con ella. Es extremadamente raro el caso del que habiendo nacido gilipollas pueda llegar a superar este estado. Lo cual nos lleva a la

Tercera máxima:

La naranja nace verde y el tiempo le da color, pero al que nace gilipollas ya no le cambia ni Dios.

La gilipollez (cualidad intrínseca del gilipollas) no conoce edades. Ser un anciano venerable no libra al individuo de hacer o decir gilipolleces. Lo cual nos lleva a la

Cuarta máxima:

Cuando un gilipollas envejece no gana en sensatez por ser mayor. Simplemente es… un gilipollas más viejo.

Parafraseando al filósofo griego Parménides de Elea “Lo que es, es y no puede no ser” y el destino cruel, escrito de antemano, se muestra indefectible e irremediablemente pertinaz en contra de los gilipollas. Lo cual nos lleva a la

Quinta máxima:

El que es (gilipollas), es (gilipollas). Y no puede no ser (gilipollas).

Y tras mucho dar vueltas al concepto, valorando los pros y los contras, estudiando y analizando todas las posibilidades, tras perder muchas horas de mi anodina existencia, filosofando sobre estupideces como las que acabas de leer, he llegado a la única conclusión posible, a la única y verdadera verdad:

Que un servidor también es un gilipollas.

Alea Iacta est (que traducido al castellano viene a decir: Jódete con lo que hay)

Publicado en Revueltos mentales | 14 comentarios

EL VERDADERO ORIGEN DE LA PALABRA “COLONOSCOPIA”

Origen de la palabra COLONOSCOPIA (¡Por estas lo juro!)

 

Si uno pregunta a alguien relacionado con el gremio sanitario, cosa con cierta lógica, por el origen de esta desagradable prueba médica, la respuesta general será: “Pues es la unión de dos palabras de origen griego, colon y scopia (observar… el colon)”.

Ya, pero eso es… la respuesta oficial. Lo que ellos quieren que sepamos (risa siniestra y coprometedora). El origen de esta palabreja es algo más complejo.

Y aquí viene un servidor a tumbar mitos y poner la verdad negro sobre blanco, le pese a quien le pese.

Pues bien, esta palabra se acuñó allá por el año de nuestro señol de mil y cuatrocientos noventa y dos, mes arriba, mes abajo.

El día 3 de Agosto del susodicho año había partido desde el puerto de Palos (Huelva), como es bien conocido por todo el mundo, una expedición compuesta por tres carabelas (hablamos de barcos y no de los antiguos cigarrillos sin filtro que lijaban la tráquea de los más valientes años ha) y capitaneada por el almirante Don Cristobal Colón, hombre cansino donde los haya que no cejó en su empeño y dio por saco todo lo que quiso y más hasta que alguien (Isabel la católica, mismamente) le financió el capricho.

Partió, como queda dicho, en busca de una ruta más corta hacia las indias, ya que se suponía que el mundo era redondo y el almirante, erradamente, había calculado que viajando hacia el oeste, el camino habría de ser bastante más corto que el largo, tedioso y peligroso viaje hacia el este, pensando que las dimensiones del globo terráqueo eran más pequeñas que lo que en realidad resultaron ser. Lo que es no pararse un rato a meditar las cosas.

No voy a extenderme en este hecho histórico porque quizás sea uno de los temas más manidos por los historiadores y por los estudiantes y debe ser de las pocas cosas que los españoles tenemos claras.

Baste apuntar que el viaje, a la postre, resultó ser bastante más largo de lo que en un principio se esperaba y ello acarreó graves consecuencias para el pasaje.

Este punto obligó a los tripulantes de las naves a racionar todo lo que había a bordo, comida, bebida… y sexo. A ver, era de lógica.

En cuanto al sexo se aconsejaba la abstinencia total, pero ya se sabe que no todos los cuerpos son iguales y unos soportan mejor las penurias o las tentaciones que otros.

Es por esto que a mediados del mes de septiembre la tripulación estaba que se subía por las paredes por la terrible falta de chingue, lo cual incidía notablemente en la profesionalidad en el desempeño de las labores de marinería. Por esta misma razón se decidió tácitamente hacer la vista gorda ante los abundantes encuentros sexuales que comenzaban a producirse entre los mismos marineros, gente del mismo sexo, claro. ¡Qué se le iba a hacer! De alguna manera habían de dar rienda suelta a las terribles tensiones internas que todos padecían. Y moralmente podía decirse que no era un paso tan relevante ni pecaminoso una vez superados ciertos límites. Hay que ponerse en situación para poder entenderlo.

Cristobal Colón, de educación bastante estricta y moralizante se negaba obstinadamente a participar en estas prácticas. De alguna manera pensaba que sus hombres podían acabar perdiéndole el respeto si cedía en este punto.

Llegó un momento en el que mientras la tripulación comenzaba a andar más relajada gracias a la solución expuesta, todos… excepto el almirante, que a causa de su tozuda contención sufría de auténticos ataques de mala leche, se apuntaron a este carro de lujuria y desenfreno, lo cual repercutía en el buen ambiente entre la tripulación.

Un día en que, en una revisión rutinaria, Colón bajó a las bodegas de la nave para hacer inventario de vituallas, se topó con una sorpresa que, en principio, le resultó harto desagradable y rompedora de esquemas. Don Juan de la Cosa (sin quedar demasiado claro a qué cosa se refería el apellido Cosa), el contramaestre de la nave, se hallaba en plena faena con un marinero guapetón que formaba parte de la tripulación, desfogando el estrés, podríamos decir, aunque hasta entonces esta palabra no se había inventado.

Como hombre estricto que era, Colón tardó en asimilar que su hombre de confianza, Don Juan de la Cosa, también hubiera sucumbido a los placeres de la carne, carne de macho ibérico, pero carne al fin y al cabo. Sin embargo aquella visión no cayó en saco roto, pues comenzó a rondar insistente y pecaminosa por su cabeza, sin parar de darle vueltas al tema durante los siguientes días, rumia que te rumia que te rumiaré.

Para colmo de males, el marinero, que era un poquillo desahogao, y un poco loca, comenzó a insinuársele cada dos por tres, meneando el trasero cada vez que sus ocupaciones en la nave le hacían pasar cerca del puesto de mando, donde aguantaba estoicamente el almirante.

Y llegó un momento en el que Don Cristóbal ya no fue capaz de resistirse y una tarde se dejó influenciar por los mil y un colores de la puesta de sol en el Atlántico y acabó cayendo en las redes del enredador marinero, ordenándole ipso facto que acudiera a su camarote con la excusa de revisar unos asuntos de la intendencia del barco.

El caso es que ocurrió lo que tenía que ocurrir y Don Cristobal relajó las tensiones de sus entresijos por varias veces, para satisfacción del marinero, que no le hacía ascos a nada y que resultó ser de la pasarela de enfrente (Se trataba de un barco y los barcos ya se sabe que no tienen aceras)

Transcurrieron las siguientes duras jornadas de esta guisa, que así se hacían menos duras, y un día, durante una de las frugales comidas en el comedor de oficiales, al que el marinero era invitado por razones obvias, corrió algo más de la cuenta el vino y esté se dejó embriagar por el embrujo del alcohol de Valdepeñas, de donde eran los caldos que se consumían.

Don Juan de la Cosa, desconocedor de los acontecimientos recientes, dirigiéndose a su almirante con el mayor de los respetos, intentó convencerle una vez más de que se pasara al lado oscuro en bien de su salud, a lo cual el Almirante, ahora ya disimulando, se negó como acostumbraba, por aquello de seguir guardando las formas. Pero el marinero, que ya tenía la lengua un poco floja a causa de la ingesta de Valdepeñas, soltó una risita tonta y comentó a su primer mentor, Don Juan de la Cosa, descubriendo, de esta guisa, todo el pastel:

—Creo que llegáis tarde, mi señor. COLÓN… OS COPIA.

A partir de aquel momento, relacionar la expresión “colonoscopia” con una revisión de colon fue todo uno. En favor del almirante hay que decir que, aunque él inspeccionó bastantes cólones, el suyo nunca fue inspeccionado, pudiendo decir que el colon de Colón nunca fue colonizado.

Tras este absurdo relato el lector podrá irse a la Wikipedia y concluir por su propia iniciativa cuál es el origen real de la palabra colonoscopia.

VALE

Publicado en Revueltos mentales | 10 comentarios

GUASAPEANDO: EL MUNDO SE ESTÁ VOLVIENDO LOCO O YO ME HAGO MAYOR

Quizás hablar de una sola palabra inventada se nos quede muy corto cuando nos referimos a los smartphones, para mí misteriosos y desconocidos artilugios del demonio.

Sí. En lo que a estos aparatitos se refiere lo que se ha inventado es todo un lenguaje totalmente ininteligible para los no iniciados.

Así, por ejemplo, cuando dos jóvenes en edad de merecer interrelacionan gracias a que son un saco de hormonas en plena efervescencia, es relativamente sencillo interceptar la siguiente conversación mediante guasap, sustituyendo el arcaico “mirarse a los ojos” por verse a través de la cámara del móvil:

Ella le manda señales:

–           Mlas mzo jdío!

Y él, como no puede ser de otra forma entra al trapo como un Miura:

–            T tmb. m mlas. Q psa? Qrs Rllo? T aptc fllr?

Pero ella que en el fondo es una calientabraguetas le responde:

–           N pdo Tngo l rgla

Él, resignado a su suerte y en espera de una ocasión más propicia, contesta:

–           N imprta M ago 1pja

¿Nos hemos enterado los profanos? Malamente porque utilizan un lenguaje críptico de palabras inventadas que sólo los de su especie conocen.

El mundo va demasiado deprisa a partir de los cuarenta.

Publicado en Revueltos mentales | 8 comentarios

VAMOS AL GRANO

Abres los ojos exaltado al escuchar a Carlos Herrera diciendo gilipolleces a voz en grito desde tu radio despertador.

Te duele la frente.

Te levantas con una dolorosa sospecha que te desasosiega. Enciendes la luz del baño y acercas la cara al espejo. No ves nada porque las legañas, grandes como lentejas, te lo impiden. Te frotas los ojos y entonces…

Traicionero, sibilino, alevoso y nocturno, en una esquina de la frente que el cabello no cubre, lo ves, gordo como un garbanzo en remojo, blanquecino como leche condensada.

Un brillo de masoquismo y resolución fulgura en tus ojos. Alzas las manos sigilosas a los lados de la cabeza, estiras ambos índices. El susodicho permanece indiferente, despistado, ajeno a su inevitable final. Sientes el calor que desprende al rozarlo con las yemas de tus dedos. Gritas en silencio soportando el padecimiento que te provoca el simple roce. Certero, lo aprisionas entre los dedos. No tiene escapatoria a tu presión.

¡Cómo duele el puñetero golondrino!

Agónico, asoma su cabecita tensa implorando clemencia, pero tú continúas inmisericorde. De repente, toda la tirantez y el dolor desaparecen porque el forúnculo vuela liberado hasta estrellarse contra el espejo dejando un pastoso reguero blanco en él.

Publicado en Revueltos mentales | 8 comentarios

A QUIEN PUEDA INTERESAR… (Pero ¿Esto no lo habíamos superado ya?)

Publicado en Revueltos mentales | 6 comentarios