historia 41

Apenas había transcurrido un minuto desde la revelación, pero había sido un minuto intenso, un minuto lleno de interrogantes, un minuto de estupefacción suprema,  y Flanagan permanecía en la posición inicial, a saber, ojiplático, con la boca abierta y el labio inferior caído hasta donde daban de sí los músculos de su cara y, sobre todo, con la misma expresión de gilipollas que aquel extraordinario descubrimiento le había dejado.

Y no era para menos.

Sentada en aquel sillón giratorio frente a él Merikeit no podía evitar una sonrisa condescendiente. Flanagan debía rendirse a la evidencia. Sí, Merikeit, SU Mmerikeit, la compañera de reparto con la que tantas y tantas pinículas había hecho, la que se había enamorado de él como una borrega, a la que había abandonado sumiéndola en el más doloroso de los dolores… era la que había organizado todo aquel cotarro.

–          ¿Tú? – fue lo único que le salió al abrir la boca.

–          Yo – le respondió Merikeit- ¿Extrañado?

–          No me lo esperaba, cielo…

–          No vuelvas a usar esa palabra conmigo – escupió Merikeit ahora visiblemente molesta e irritada- Me dejaste tirada como una perra, caliente, eso sí, pero una perra al fin y al cabo. Me diste puerta cuando más te quería, cuando más te necesitaba…

Flanagan no vio cómo una sola lágrima cruzaba fugaz y esquiva la mejilla de Merikeit, que se repuso enseguida haciendo todo lo posible por disimularla. Sí, él seguía siendo demasiado cortito para darse cuenta de según qué detalles. Siempre había tenido la sensibilidad de un tablón de madera…

Si alguna vez en Merikeit había vibrado con el amor a aquel hombre ya no quedaba ni rastro de ello. Por el contrario continuó con su maquiavélico plan obviando cualquier recuerdo de lo que pudo ser y no fue, que le pudiera llegar a la mente.

Merikeit se desabrochó varios botones de su ceñida camisa, liberando dos turgentes y voluminosas tetas.

Flanagan abrió los ojos de par en par ante lo que intuía un teatral intento de reconciliación por parte de su antiguo ligue. No es que fuera un bellezón, pero la carne era la carne. Merikeit sonrió con disimulo. Flanagan había caído como un pipiolo en su maquiavélica trampa, pues babeaba como un caracol a la vista de aquel espectáculo grandioso y, sobre todo, esperando que la cosa no se quedara sólo ahí.

Merikeit, entonces, al estilo de Sharon Stone en instinto básico, aunque con algo menos de glamour, todo hay que decirlo, descruzó las piernas mostrando por un instante a Flanagan su oscuro (y peludo) objeto de deseo. Después volvió a cruzarlas.

Flanagan se había puesto borrico perdido ante aquella visión lasciva y ya no conocía.

–          La ropa –dijo ella con voz de gata en celo-

–          ¿Qué? – balbució Flanagan con un calentón del ocho.

–          ¡Coño! ¡Que te quites la ropa! ¿No me has oído?

Flanagan, verraco como un corzo en tiempo de berrea no necesitó más de medio minuto para despojarse de todas sus vestiduras y quedarse en medio de aquella sala como su madre le trajo al mundo. A ver, salvo por un pequeño detalle, que todo hay que explicarlo: Si su madre le hubiera traído al mundo con aquel apéndice grande y enhiesto como el asta de una bandera, él jamás habría podido salir porque se hubiera enganchado en sus entrañas y nunca hubiera nacido. Quiero decir que se desnudó.

Merikeit volvió a abrirse de piernas en un intento, innecesario por otra parte, de incitar a aquel cabestro a que diera un paso más. Evidentemente, Flanagan dio el paso precedido de un buen palmo de duro y atrevido empalme.

Pero cuando Flanagan miró por un instante a los ojos de Merikeit un escalofrío recorrió su columna vertebral erizándole el vello nálguico. Merikeit miró fugazmente al techo y, entonces, Flanagan fue consciente de cuánta inquina puede albergar en su pecho una hembra enamorada y desdeñada…

Arriba, colgando del techo por dos cuerdas brillaba con brillo metálico una especie de guillotina de un metro de ancho, justo encima de…justo encima… de su miembro más querido que aún permanecía perpendicular a su propio cuerpo.

De nada le valió que la cosa comenzara a encogerse debido al acojone. Un chasquido sobre su cabeza le hizo comprender que la cuchilla había comenzado a caer justo a 9,8 metros por segundo. No le quedaba sino una décima de segundo para despedirse de aquella parte de su cuerpo que tantos placeres le había proporcionado.

 

Su último pensamiento fue para la solitaria abeja que había quedado en el apicarium. Bueno y para cagarse en la madre que parió a Merikeit, que acababa de convertirse en su ruina.

FIN

 

http://nonperfect.com/the-last-bee/punto-de-partida-la-abeja-de-los-huevos/

 

4 respuestas a historia 41

  1. Jatz Me dijo:

    Jajaja Merikeit Rulez!!!!!

  2. Yeste Lima dijo:

    Hombre…. ésto no hubiera sido lo mismo sin este puntito erótico, lástima que se quedó el pobre con las ganas….jajaja..

  3. Dessjuest dijo:

    Qué se puede decir, que me descojoné pero bien, una puta maravilla sí señor 🙂

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