LECTURAS DESINHIBIDAS PARA EL FIN DE SEMANA

Extracto de «OLÉ MIS COJONES»

…Aquella confesión de mi primo, que para mí era mi héroe y mi guía por lo precoz de su desarrollo, me dejó muchos días sin dormir dándole vueltas a la cabeza constantemente. Me llegó a obsesionar hasta el punto de que durante uno de los muchos veranos que pasé en el pueblo con mis abuelos le eché el ojo a una burrilla pequeña que ellos tenían para llevar y traer los aperos a la pequeña finca que cultivaban a las afueras. Las tardes de canícula mezcladas con una alterada ensalada de feromonas en ebullición son una mezcla terriblemente explosiva en un adolescente como yo era en aquella época.

Aunque debo reconocer que mi experiencia no resultó tan placentera y satisfactoria como la que sobre mi primo Edelmiro relata en el mencionado libro su improvisado y malévolo biógrafo oficial, que Alá confunda.

Una tarde soporífera de verano, mientras mi abuelo y la cuadrilla habían hecho un alto en las faenas del campo para comer y reposar con una ligera siesta bajo unas higueras, andaba yo merodeando un tanto aburrido a la orilla de un arroyuelo que por allí discurría intentando cazar alguna rana con mi tirachinas.

Entonces la vi, atada al pie del agua a la sombra de un nogal, ajena a cuanto le rodeaba.

Yo, que me sentía gonadalmente alterado con un bulle-bulle en mis entresijos que no podía con él y había ya degustado en bastantes ocasiones los placeres de la autosatisfactoria pajilla, obsesionado con pasar a mayores, recordé entonces la historia que en su día me había contado Edelmiro y, ni corto ni perezoso, allí mismo, me dispuse a emularle lo mejor que supe, dando un salto cualitativo en mi sexualidad. Al abrigo de miradas indis-cretas me eché abajo los pantalones y me coloqué tras la burra dispuesto a saciar a costa del inocente animal mis descomunales apetitos sexuales. Aunque era bajita, todavía me quedaba un poquito alta para el propósito que me traía entre manos, o mejor dicho entre piernas. Por ello arrastré desde un campo cercano una alpaca de paja para poder subirme en ella y proceder con comodidad. La burra, que ya se había percatado de mi presencia con el trajín que me traía a sus espaldas se agitaba algo nerviosa. Pero yo ya no tenía ojos nada más que para… para…, bueno, espero que me entendáis. Sin más preámbulos ni preliminares a la primera oportunidad en que ella levantó el rabo para espantarse unas moscas me lancé a fondo contra aquella casta peluda. Mas apenas dado el primer empellón y mientras se me caía la baba por el lateral de la boca, la borrica, a lo que se ve, púdica y recatada como nunca después conocí a hembra alguna, se levantó sobre las patas delanteras y me arreó una coz en todos mis entresijos que aparte de aplacarme de golpe la hasta ese momento desatada libido me mandó varios metros hacia atrás.

Grité de dolor y, de aquella guisa, con los pantalones bajados y los huevecillos amoratados e inflamándose por momentos me encontró mi abuelo y la gente de su cuadrilla, que habían acudido prestos al estruendo sin acertar a explicarse qué coño era lo que me había podido ocurrir para andar rodando por el suelo con el asunto al aire.

Por supuesto yo guardé respetuoso silencio al respecto pues, recuperado el resuello, sentía que me moría de la vergüenza.

Aquel sucedido quedó en secreto en lo más íntimo de mí hasta hoy que he decidido abriros mi corazón. Cierto es que, en mi semiinconsciencia, cuando andaba siendo atendido por los hombres de mi abuelo, vi acercárseme al tonto del pueblo susurrándome al oído algo que hasta mucho tiempo después no llegué a entender del todo:

              —La oveja es mejor bicho. La oveja es mejor bicho ¡Dónde va a parar!

Mientras, el resto de la cuadrilla asentía severamente.

Pido disculpas por este inciso y continúo con mi historia….

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