EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

No se espere nadie una comedia al estilo de William Shakespeare, no. Más bien es una tragedia cotidiana que sufrimos los españoles durante los meses duros de canícula en que nos toca currar y, por ende, mayoritariamente, madrugar.

De ahí el título. Sueño, no de soñar, sino de tener, de pasar, de sufrirlo por no haber pegado ojo en toda la noche.

Bueno, la sucesión lógica de los acontecimientos es, más o menos como sigue:

Hoy ha sido un día terrorífico de calor. Ya nos habían avisado los noticieros de que el anticiclón se estaba implantando con fuerza inusitada y eso iba a hacer que subieran las temperaturas hasta puntos insospechados, de récord. Nada que un español no soporte acostumbrado a los calores estivales.

Pero si pensábamos que con la caída de la tarde y la llegada de las sombras la cosa se iba, cuanto menos, a atenuar, nada más lejos de nuestro pensamiento. La noche se espera toledana, con temperaturas que superan con creces el umbral del sueño.

Hace una noche calurosa, pegajosa, de dar vueltas y vueltas en la cama empapado en sudor. Es… el puto infierno. Imposible conciliar el sueño, el sufrido aspirante a bello durmiente abre la ventana de la habitación de par en par, para que entre el poco fresco que pueda andar despistado por la calle. Para franquearle más el acceso sube la persiana hasta arriba. Hombre, algo de fresco entra, pero con él entra una bandada de mosquitos chupasangres que se pasan por el forro los efluvios del enchufe que teóricamente debería repelerlos.

Rasca que te rasca, vuelta que te vuelta persistimos en el estúpido intento de dormir.

Al mismo tiempo entran por la ventana toda clase de ruidos, el camión de la basura que parece un transformer que se esté peleando en encarnizada lucha a “muette” con los contenedores de desperdicios orgánicos. Al cabo de media hora de relativa tranquilidad llega el camión que recoge los envases formando una escandalera similar y, al cabo de otra media hora se presenta el camión que recoge los vidrios, apoteosis ruidosa que le vuelve a despertar con sobresalto. El corazón nos palpita a 120 pulsaciones por minuto mientras disfrutamos del cantarín vertido de botellas y vidrios en su  vidriosa tripa.

Entre camión y camión  los gritos, chillidos y risas de los que la exquisita educación de algunos españoles , escandalosos y gritones, nos hacen “disfrutar”. Las terracitas de los bares haciendo su agosto y si quieres dormir… que te den por culo.

A ver, que no digo yo que quiera que aquí ocurra lo que en Suiza, que si tiras de la cadena después de las 10 de la noche, los vecinos llamen a la policía, pero… ¿Es que no puede haber un término medio?

Pues no. En España no. O estás con ellos o contra ellos. Y resulta que ellos son más o lo parecen. Solo nos queda jodernos y esperar que lleguen las dos para que las cierren.

En fin, transcurre otra media horita entre que el último camión recoge la basura que toque y las terrazas se queden vacías. Otra media horita de calor espantoso en que no sabes si no puedes pegar ojo por el ruido ambiente, porque se te han recocido los cataplines con el sudor o porque tienes brazos y piernas en carne viva por los picores que te han provocado los mosquitos.

Después el silencio.

Pero ya son las tres de la mañana. Y quien más quien menos, al menos los afortunados que todavía conservamos un trabajo, tenemos que madrugar.

Desesperación porque se nos acaba el tiempo para descansar, la noche ¡Ja!

Parece que ya comienza a refrescar y uno, finalmente, vencido por el cansancio, coge el sueño. Un sueño plácido, deseado, merecido tras horas de insomnio obligado. Por fin, sin saber exactamente cuándo, uno cierra los ojitos y se entrega a los brazos de Morfeo. La madrugada transcurre tranquila (si no tenemos en cuenta los ronquidos de quien nos acompaña en la cama ni el de los vecinos del edificio, que algunos parecen más animales que humanos)

No sabemos cuánto tiempo ha transcurrido, poco desde luego, cuando un zumbido lejano que aumenta de potencia por segundos nos saca del placentero pozo donde habíamos caído a echar una cabezadita siquiera.

Son las máquinas barredoras del servicio de limpieza del ayuntamiento. Perdón, son las putas máquinas barredoras del puto servicio de limpieza del puto ayuntamiento. Sí, así queda mejor reflejado nuestro estado de ánimo.

Abrimos un ojo legañoso. Son las seis de la mañana y el despertador debe sonar a las seis y media. En la inconsciencia del sueño somos capaces de construir una frase medianamente inteligible. Una frase de la que se entienden palabras sueltas como “quién” “es” “el” “hijoputa” “que” ha” “planificado” “el” “horario” “del””servicio”  “de” “limpieza” “de” “esta” “puta” “ciudad”. O algo así. Unas palabras de las que parece vislumbrarse nuestro malestar por semejante ruido a semejante hora.

Por fin, la barredora se aleja a dar por culo a otra calle y  volvemos a conciliar el sueño, que se nos antoja definitivo, para siempre.

De este malentendido nos saca el despertador que, implacable, comienza a pitar a las seis y media.

Nos da la impresión de no haber dormido más de quince minutos desde que las barredoras se fueran de nuestra calle, pero nos damos cuenta con desesperación de que no es un impresión. Es la puñetera realidad.

Amanece un nuevo día que se presenta asquerosamente somnoliento.

Con los ojos vidriosos y derrotados nos ponemos en marcha porque nos espera un día de trabajo un día de ir arrastrándonos por el suelo anhelando que llegue la hora de volver a la cama, porque con el sueño que tenemos estamos seguros de que hoy vamos a dormir …¡Haya jaleo en la calle o  no!

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