YA ESTÁN AQUÍIIII…

EL MOSQUITO

El mejor momento del día ha llegado: la hora de acostarse, de irse a la cama (piltra, catre, lecho, camastro), de quedarse “sobao”, de planchar la oreja, de doblar el pico, de caer como un bendito, de abandonarse en brazos de Morfeo, la hora… quiécir… de irse a dormir.

Como en la previa de un derby, Carlos disfruta de esos sencillos instantes que preceden a tan singular momento: lavado de piños, preparación de la ropa para el día siguiente, rascado de culo…

El día ha sido durillo y Carlos está muy cansado, reventado incluso. El cuerpo, para variar, no le pide marcha sandunguera, en contra de los deseos de Patricia, la costilla del susodicho, que ¡vaya! Sufre de ardores en los entresijos y había planeado siquiera uno rápido que mitigara el fuego uterino (la caló intenna); pero Carlos, al igual que el Dalai Lama no persigue sino la paz y la quietud, la calma, la relajación, encontrarse a sí mismo y llegar cuanto antes al estado Alfa.

Carlos, que, en tres, dos, uno… cero, se pone en modo rro, y no pasan más de treinta segundos cuando sus ronquidos ya resuenan como los bramidos de un ciervo en plena berrea, y la baba comienza a chorrearle regularmente por la comisura de los labios, para regocijo de Patricia, que tiene que conformarse con la satisfacción digital para poder coger el sueño.

Pero hete aquí que, a las tres de la madrugada, en la quietud de la noche, Don Karma llega a la habitación para cobrarse su presa, para equilibrar las acciones.

El karma tiene la facultad de presentarse en infinidad de apariencias, pero, en este caso, lo hace en forma de nematócero, de díptero, de insecto para más señas. De mosquito trompetero, para que nos entendamos.

De alguna manera, el instinto de supervivencia de Carlos pasa, como quien no quiere la cosa a Defcon 2. El zumbido del aleteo del animalito por el espacio aéreo de la habitación le saca del sueño profundo que ha disfrutado hasta el momento y lo va subiendo, poco a poco, a la superficie consciente hasta llegar al estado de vigilia.

Ya va aumentando el calor nocturno (la caló de pol-la noche) y Carlos duerme en gayumbos. El karma no puede creerse su buena suerte y emite un zumbido más agudo en el momento justo en que se lanza, cual kamikace, contra el cuerpo del bello (y peludo) durmiente. Sin preámbulos, entra a matar. Sabe que, una vez traspasada la gruesa piel de aquel espécimen, llegará el néctar de su dulce sangre como premio a su intrepidez.

Picotazo en el cuello. Carlos se revuelve algo inquieto y, dormido aún, se rasca en la zona cero, que le pica horrores, emitiendo una serie de murmullos ininteligibles.

El karma se descojona sujeto a uno de los granos hechos por la pintura al gotelé de la pared. Es de buen comer, así que decide volver a atacar para conseguir el primer plato. El anterior apenas lo considera como entremeses.

De nuevo surca el aire un zumbido siniestro que hace que Carlos, entre sueños, musite:

—¿Pero, qué quieres, cacho cabrón?

El karma sobrevuela, con recochineo se entiende, por encima de la nariz de Carlos, que entreabre los ojos, prácticamente despierto, y en un alarde de chulería hace un par de tirabuzones en el aire y se deja caer, trompa en ristre… contra la tetilla derecha del pobre hombre.

Carlos vuelve, traumáticamente, al mundo de los conscientes, cagándose en la puta madre del mosquito (él lo llama mosquito, no karma) y cierta cara de desesperación. Si se hubiera cortado las uñas de las manos quizás ahora no tendría una serie de rojos y profundos arañazos en el pecho, de rascarse con saña.

El karma, como no entiende el idioma de los humanos, no se siente ofendido por los improperios que le lanza su despensa de sangre, y continúa a las suyas.

Cada vez más crecidito, el karma se vuelve más arriesgado en sus incursiones. En esta ocasión ha decidido atacar la oreja del humano. Sabe que el zumbido a escasos centímetros de este apéndice puede minar definitivamente su moral.

Carlos está al acecho. El no dormirá, pero el hijoputa del mosquito (El karma) sale esta noche con los pies por delante. ¡Por sus santos cojones!

El karma se acerca en vuelo rasante hacia el centro del pabellón auricular del humano y da una, dos… y hasta tres pasadas por encima. Pero, muy a su pesar, en la cuarta, se le engancha una de las patitas con el enjambre de pelos que salen de las orejas del humano. Zumba y zumba intentando desembarazarse de semejante trampa mortal sin ser consciente de que cada zumbido enerva un poco más al humano, que tiene preparada la mano derecha en posición de “abierta” y tiene sangre en la lengua de mordersela por la tensión. Justo en el momento en que la mano va a caer sobre el karma, aplastándole sin remedio, este consigue soltarse del matojo de pelos y sale otra vez volando, con cara de susto, eso sí. La mano cae con toda la potencia que da la desesperación sobre el cachete del humano. El sonido de la hostia ha despertado a Patricia que enciende la luz, justo para ver la cara de mala leche de Carlos, donde queda grabada su propia mano en color rojo irritación.

El Karma, después de la intensa experiencia, ha ido a tomar un poco de resuello tras un cuadro.

Carlos no puede verlo. Pero lo presiente. Sabe que está ahí, sabe que le acabará cazando…

Patricia ha perdido el interés por la caza y vuelve a quedarse dormida incluso con la luz encendida.

Carlos es consciente de que solo puede quedar uno. No es momento de dormir, no puede permitírselo, tiene que estar alerta…

Un ronquido, de repente, surca el aire de la habitación. Carlos ha vuelto a caer como un bendito. Y duerme.

El karma se asoma desde detrás del cuadro y chasquea la lengua (esto es un símil, una licencia poética. Los mosquitos no saben chasquear la lengua) y ataca de nuevo. Ya no es necesidad de alimentarse. Ya se trata de gula mosquitil, uno de los peores pecados capitales del karma en forma de mosquito. Carlos, el humano, ha entrado en algo parecido al trance, debe ser provocado por la tensión, y el karma se ensaña con él: frente, nariz, brazo, tripa, ¡hasta en los huevos se ha atrevido a picarle!

Carlos vuelve a despertar con la desesperante sensación de que le gustaría tener diez manos más para poder rascarse todos los granos al a vez.

Carlos Odia. Odia intensamente.

Pero el karma ha conseguido volver a huir. A duras penas consigue volar con la tripa llena hasta engancharse del techo.

Carlos, con la mirada perdida en el infinito, consigue detectar, desde la cama, a su enemigo, negro sobre blanco (el techo está pintado de blanco).

Los movimientos de Carlos son sibilinos, para no espantar a la bestia. Se desliza de la cama y coge una chancla. El karma tiene entrecerraditos los ojitos porque está para reventar. No se percata de que es probable que los mosquitos también puedan sufrir el karma.

Carlos, chancla en mano se pone de pie en la cama. Pisa a Patricia, que se queja con palabras obscenas y soeces. A Carlos se la suda todo… excepto el mosquito. Coordinando los movimientos Carlos salta encima de la cama.

Suena un zapatillazo contra el techo.

Cuando retira la zapatilla, Carlos observa una mancha roja ensuciando el blanco techo. Pero ríe. Ríe con risa siniestra. Y llora de la emoción.

—Ahora —grita— te vas a ir a picar ¡A tu puta madre! Si eso.

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2 respuestas a YA ESTÁN AQUÍIIII…

  1. Rebe Miau dijo:

    👏👏👏
    Ya están aquí, sí. 🙈
    Las raquetas eléctricas van muy bien. Pero hay que ir de caza antes de dormir. Eso sí, no dejas mancha en la pared.
    Suerte con ellos 🍀
    Un abrazo ^^

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