TERROR EN LA NUEVA NORMALIDAD

Seis de la mañana, after breakfast as every fucked day, y ya pongo mi primer piececito en la calle. Clarea hacia el este, no en vano estamos en la segunda quincena de junio, el mes con más horas de luz del año, el del solsticio de verano, con todas las implicaciones místico-religiosas que ello conlleva. Sin embargo, hoy da la sensación de que el día amanece más tupido de lo que debería. No es un cielo nítido. Es extraño.

Como no tengo la cabeza para muchas clarividencias, decido proseguir mi camino hasta el coche, aparcado al otro extremo de la calle porque cuando llegué ayer noche, todos los huecos que hasta ahora, durante la cuarentena, han estado libres cerca de mi portal, son ocupados por los hijos de puta  ansiosos que han acudido, escandalosos, a abarrotar las numerosas terracitas que pueblan mi barrio. El peaje de vivir cerca del río, la zona más fresquita de la ciudad.

Tras los legítimos devaneos intelectuales sobre el sentido de la vida, sobre todo el sentido de tener que levantarme cada día a las cinco y media de la mañana, concluyo que los garbanzos están al precio que están y hay que trabajar para poder comprarlos. No queda otra.

La calle, en penumbra, está silenciosa. Más que de costumbre. Hace una mañana fresca tras una noche ya algo caldeada que me ha boicoteado el sueño. A eso achaco el extraño escalofrío que me acaba de recorrer la columna vertebral, de arriba abajo y de abajo a arriba, como un tren de cercanías a Atocha ida y vuelta. Pero… no sé. Ha sido un escalofrío extraño.

Comienzo a caminar hacia mi coche. Son dos minutos y mis pasos resuenan vigorosos, esa es la intención, aunque me temo que no el resultado. Lo dejaremos en que, simplemente, resuenan en el silencio y la soledad de la calle.

Casi inmediatamente creo escuchar el eco de otros pasos. Seguro que no son los míos porque suenan como a contrapunto. El vello “espáldico” o pelos del lomo, se me eriza con cierta intensidad. Alguno ha sobrepasado las fibras de mi camisa y salen puntiagudos a través de la tela. No sé el porqué.

Aprieto mi paso con cierto nerviosismo. No me gustan nada las sensaciones que me empiezan a sobrevenir. Me tranquiliza saber que es un trayecto corto el que me espera hasta llegar a la seguridad relativa de mi coche.

Los pasos, los otros, comienzan a escucharse mucho más claramente, como si estuvieran siguiendo el ritmo de los míos.

¡Coño!

Me tenso. ¡Manda huevos! Qué estrés más tonto para ser las seis de la madrugada.

La cercanía de mi coche me da un aplomo que estaba comenzando a perder.

Además de los pasos se me antoja escuchar mi nombre pronunciado con una voz… ¿de ultratumba? No sé cómo suena una voz de ultratumba, pero intuyo que debe ser algo muy parecido.

Aprieto más el paso. Mira tú por dónde, me voy a llevar una sudada que no esperaba a estas horas.

Llego al extremo de mi calle donde aparqué anoche mi coche. No lo veo.

¡Mierda! Se me acaba la calle y mi coche… no está.

Más nervios. Más estrés. ¿Dónde cojones está el coche?

Los pasos y las voces se aproximan siniestramente. El corazón se me ha puesto al borde del infarto.

Me detengo un momento, a pesar del peligro que intuyo me acecha.

¿Dónde está el coche? ¡Me lo han robado! ¡Cabrones! En el peor día.

Aspiro aire profundamente. Ello me trae la suficiente calma como para recordar que anoche tuve que aparcar el coche una calle más allá, en la misma dirección que llevo. Las terracitas estaban hasta arriba. Más de lo normal.

Sin perder un segundo retomo mi loca marcha. Ahora ya no disimulo y corro. A ver, corro en la medida de mis pocas y flácidas posibilidades. Mañana voy a tener unas agujetas terribles.

Las voces, acompañadas de pasos que resuenan a la misma velocidad que los míos, me siguen persiguiendo. Son muuuy cansinas. Al miedo que estoy pasando se le une una imperiosa necesidad de darle a alguien un par de hostias.

     —Cáaaaaandidooooooo —me dice la voz.

¡Su puta madre! Esta vez me han parecido mucho más cercanas y amenazadoras.

Menos mal —ahora sí— que estoy llegando al coche. Busco desesperadamente con la mirada. Sí. A unos cincuenta metros me parece ver el capot blanco de mi coche. Cuando me acerco me percato de que no es tan blanco. Está salpicado de una muy variada muestra de mierdas de bichos voladores. Aún así se me escapa un suspiro de cierto alivio. Pero no dejo de correr en su dirección.

Saco la llave y pulso el botón de apertura de puertas. ¡Qué raro! No veo parpadear los intermitentes como ocurre siempre que utilizo el mando a distancia.

Miro la llave.

¡Joder! Si son las llaves del coche de mi mujer. Rebusco frenéticamente en el bolsillo del pantalón con la esperanza de que además de haberle robado el juego de llaves del coche a mi mujer, lleve también el mío.

¡Lo llevo! ¡Menos mal! Ahora sí reacciona mi coche al pulsar el botón del mando.

     —Cáaaaandidooooooo —insiste el hijo de puta que me tiene acojonado ya a primera hora de la mañana.

Ya me da igual. Estoy abriendo la portezuela de mi coche y, en un segundo, mi perseguidor se va a quedar con un palmo de narices. Aunque he escuchado mi nombre demasiado cerca. Tanto que me ha parecido sentir el calor de un aliento, que, a pesar de ser cálido, me ha dejado muy frío. No me atrevo a mirar tras de mí.

Abro la puerta y levanto el pie derecho para introducirlo en el habitáculo.

De repente…

Una siniestra mano la sujeta y la empuja para cerrarla.

Me muero.

Atrapado, sin resquicio alguno por donde escapar, sin otro remedio que mirar hacia atrás, miro.

La visión hace que se me abra la boca hasta dar con la quijada en el suelo.

Es mi vecino el simpático (Yo lo apodo el cansino porque es extremadamente pesado), que me dice con su mejor sonrisa:

     —Vecinooooo. ¡Cómo corres! Buenos días. Bienvenido a… LA NUEVA NORMALIDAD.

No puedo evitar reaccionar violentamente. Os juro que es la última vez que sonríe de esa manera. Al menos la última vez… con dientes.

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