DESEO

Llevo un curso entero deseando cada día que llegue la hora de la salida del colegio de los niños con el único y verdadero objetivo de poder verte de nuevo, aunque sólo sea un momento. Esos diez minutos en que puedo contemplarte entre un montón de gente me dan fuerzas para seguir subsistiendo el resto del día.

La inseguridad me ha atenazado durante mucho tiempo pero ahora creo estar seguro de que nuestras miradas se cruzan cada día más indiscretas, cada día se atraen con más fuerza. A veces te sorprendo mirándome y no puedes evitar esbozar una sonrisa azorada. Como la mía cuando ocurre al contrario.

Recuerdo la primera vez que nos saludamos. Seguro que mi voz temblorosa y mis pensamientos agarrotados  me hicieron parecer estúpido. Debiste reírte de lo lindo. Pero a ti también se te notaba nerviosa.

O ¿Acaso era todo producto de mi imaginación?

No. No puede ser. Estoy seguro de que recibo señales. No me invento nada. Nunca he sido un lince, pero no puede ser de otra forma… ¿O sí?

No puedo con este desasosiego. Esta incertidumbre me va a destrozar…

Al principio me pareciste una mujer de lo más normal, ni siquiera había reparado en que estabas ahí, entre el resto de la gente, pendiente de localizar a tu hijo entre la maraña de niños que salían de golpe por la puerta del colegio. Pero con el paso de los días te he ido descubriendo en los pequeños detalles, el brillo de tus ojos, las caras que le pones a tu hijo cuando corre a abrazarte, y cada descubrimiento nuevo que he hecho sobre ti me ha sorprendido y me ha agradado. Y me ha acabado fascinando, embrujando… obsesionando hasta la enfermedad.

Esos ojos que expresan la tristeza de tu matrimonio pero que adivino me miran con deseo, tu media melena con la nuca al aire, esa nuca con la que tantas veces he soñado. Cada vez te vistes más atractiva. Perdóname si puedo parecer pretencioso, pero estoy casi seguro de que lo haces por mí. Cuando te pones la minifalda azul, esa de raso, mi pulso se acelera al ver tus hermosas piernas y me imagino mil veces recorriéndolas, incansable. He navegado en singladuras cortas de apenas diez minutos, por el nacimiento de tus pechos, y mil veces los he imaginado a mi merced. Y esa boca, siempre jugosa, siempre apetitosa ¡Cuántas veces la he visto en mis sueños besando mis labios con besos sutiles y con besos ansiosos…!

Intento que no se me note pero no sé si alguna otra madre o algún otro padre de los que como nosotros esperan a sus hijos ha podido darse cuenta de que ya te observo con descaro, de que ya está dejando de preocuparme el qué dirán. Si te soy sincero empieza a no importarme nada, pues la temeridad del enamorado se ha apoderado de mí y no soy dueño ni de mis pensamientos ni de mis actos.

Si pudiera estar contigo a solas… aunque sólo fuera un minuto. En un minuto creo que sería capaz de transmitirte todo el fuego que arde en mi interior cada día con más fuerza.

Hoy estoy un poco nervioso. Sé que  tu marido está de viaje y has llevado a tu pequeño con los  abuelos. Yo le he puesto a  mi mujer la excusa de que tengo trabajo en la oficina, que me tengo que quedar unas horas. Me he armado de valor y te he mandado un mensaje al móvil. No me preguntes cómo he conseguido el número, pero me ha costado lo suyo. El mensaje ha sido muy escueto, pero evidente:

“Espérame a las cuatro en la habitación 501 del Ibis que hay a la salida de la ciudad”

Sin saber tu respuesta, aunque intuyéndola, o mejor dicho anhelándola, me he tirado al charco y he reservado una habitación.

Excitado como un adolescente he cruzado el vestíbulo del hotel hasta el mostrador de la recepción. Con un hilo de voz he preguntado si ya había llegado la mujer de la 501 y el recepcionista me ha dicho que sí con una sonrisa que no me ha molestado. El pulso se me ha puesto a mil cuando he pulsado el botón del ascensor y me ha subido hasta la quinta planta. Me he colocado en frente de la puerta sin atreverme a entrar. Cientos de dudas han asaltado entonces mi embarullado cerebro.

¿Habrás acudido a la cita o todo ha sido producto de mi enferma imaginación? ¡Madre mía! No quiero ni pensar en verte la cara mañana si todo ha sido una invención por mi parte. ¡Qué vergüenza!

Pero ¿Y si has acudido a la cita? ¿Y si todos mis sueños, mis obsesiones, están tras la puerta?

No, esto no está bien, no es honrado, me digo. Pero sé que el cosquilleo que siento en estómago no va a parar hasta que consiga lo que todo mi ser me exige con tanta pasión, con tanta… desesperación.

Giro el picaporte de la puerta. Está abierta. Mis ojos tardan unos interminables segundos en aclimatarse a la penumbra que reina en la habitación. Al fin consigo distinguir una silueta en medio, a los pies de la cama. Estoy seguro de que eres tú, de espaldas, que me esperas. No soy capaz de distinguir los detalles a simple vista pero juraría que has sufrido un ligero estremecimiento al escucharme entrar. Aún así, no has querido darte la vuelta. Quieres saborear este momento. Me gusta el juego.

CONTINUARÁ… ALGÚN DÍA

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