E-churring: La agencia de contactos III

ELLA

Una malla, estirada hasta lo inverosímil, cubría su tren inferior, que por el tamaño y consistencia resultaba ser más estación de trenes completa que tren a secas, hundiéndose, succionadas sin consideración, en los dos agujeros negros que todo lo engullían, por delante y por detrás, invitando a… invitando a… ¡coño! invitando a nada. La nada más absoluta.

ÉL

Su brújula apuntaba habitualmente al sur, flanqueada por dos enormes kinder cubiertos en exceso por la sobredimensionada bolsa escrotal, de no ser los ratos en los que la amiga azul echaba una mano. Pero había que amortizarlos bien porque las pastillitas valían una pasta y no estaba el panorama para malgastar el dinero en infructuosas erecciones.

El trasero o culo pertenecía sin duda al período cavernícola pues, como los habitantes de aquellos precoces tiempos, el hombre lucía una peluda alfombra o pelamen que competía en abrigo con los gayumbos de franela que se había puesto aquella mañana, lo mejor para el invierno. Y es que nadie hace ascos a la combinación de lo práctico con la elegancia.

Meneaba incesantemente la boca, hundiendo e hinchando los labios como si en su interior no hubiera dentadura que los mantuviera en su sitio, al tiempo que un gorgojeo primoroso hacía presagiar que se estaba amasando un gargajo que en breve iba a conseguir la libertad…

E-CHURRING

Aquella quedada de e-churring, la popular web de contactos, estaba resultando de lo más productiva. La sala, inicialmente abarrotada, se iba despoblando a medida que la web iba proponiendo parejas de todos los pelajes, chica-chico, chica-chica, chico-chico, chico-cabra… todo con la máxima fiabilidad de sus infalibles algoritmos.

Ella y él aguantaban con estoicismo a que les llegara su turno porque… ¡qué narices! todo el mundo está en su derecho de encontrar el amor y se suele decir que siempre hay un roto para un descosido. Pero las posibilidades se iban acortando a medida que el tiempo transcurría…

Debían de reconocer que durante el rato que llevaban en aquella sala, ella y él ya habían intercambiado alguna que otra mirada, tímida y recatada en los primeros momentos; lasciva y lujuriosa, encochinándose, a medida que pasaba el tiempo.

De repente, como cuando sale el gordo, el de la lotería de navidad quiéicir, no el de exceso de peso, en la pantalla de plasma que presidía la sala aparecieron los nombres que ellos tanto estaban esperando: sus nombres.

Los algoritmos que manejaban los intríngulis de aquella página web habían emitido un veredicto. Ella y él se sonrieron, se dieron la mano y salieron del salón completamente satisfechos de haber gastado los cuarenta euros que costaba apuntarse a la quedada.

Sin mediar palabra, solo sonrisas y caricias, encaminaron sus pasos hacia la pensión “La calentura” que abría sus puertas justo al otro extremo de la calle.

Ni que decir tiene que en la habitación que alquilaron por horas, Troya ardió como está mandado. Troya y las ciudades aledañas, tal era la necesidad que se acumulaba en aquellos cuerpos anhelantes. Y durante horas dieron rienda suelta a la pasión, una pasión animal, como la mayoría de las pasiones, con restregones, apretones, chupetones, azotes, bofetones, patadas y mordiscos, en una fusión de lorzas que, hay que reconocer, tenía su aquél.

Y es que nunca hay que perder la esperanza.

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