LAS TONTÁS DE LA TELE IX (La cerveza)

De un tiempo a esta parte, mi privilegiado sentido de la gilipollez se encuentra algo alterado por las cosas que veo a mi alrededor. Nada que no sea natural ni infrecuente. No será por falta de estímulos. Pero… no sé, me da la sensación de que últimamente este sentido, zumba con más intensidad, como si hubiera detectado un nido cercano de… gilipollas.

Tiene que ver la cosa –cómo no- con las “tontás” que como corderitos nos tragamos en ese aparato antaño quasimágico y pseudomilagroso y ahora algo más denostado y de pago, pero suministrador desenfrenado de series, que parece que ahora están de moda para atocinarnos, llamado Televisión. Tiví, que dicen los puristas. Tiví andiñar una guantá, que dicen los… que dicen, a secas.

La reflexión que me estoy atreviendo a perpetrar en estos momentos versa sobre –por favor, inclínense en actitud orante- ese brebaje místico que fomenta las relaciones humanas, desinhibiendo las pasiones más escondidas, más conocido como… cerveza.

Afinando un poquito más en el razonamiento diré que el tema podría perfectamente titularse:

LA CERVEZA EN LA TELE

Descartada la línea facilona de pensamiento les diré que no, no voy a hablar de que se me haya vertido un vaso de cerveza sobre el aparatejo de marras. No es eso, que podría serlo, pues de casi todos son conocidas las cualidades embrutecedoras de la ingesta desmesurada de esta bebida. Así que todo puede ocurrir.

No. La cosa va más bien de la publicidad de la cerveza en la televisión.

Muchas veces la publicidad, en general, raya en la absurdez cuando no la sobrepasa con creces, así que ¿por qué no iba a ser absurda la publicidad cuando lo que se pretende vender es cerveza?

Hace no tanto tiempo, meses, algún año quizás, los spots de cualquier marca que se preciara de esta bebida eran, además de machacones y cansinos, muy alegres. En cualquier anuncio se podía ver gente joven y guapa, mayormente en bañador, disfrutando de la fiesta, muy, muy alborozados y gozosos. Eso venía a significar en lenguaje implícito, que se acercaba oficialmente el verano, el tiempo de beber cerveza. E internamente nos alegraba mucho. La música era también divertida, muy pegadiza. Joé, que en el descanso de la película, tras chuparte dos o tres anuncios al respecto, te subía la autoestima y la alegría de vivir. Y sobre todo las ganas de contagiarte de esa alegría bebiendo unas birras. Y aunque no fuera la cerveza de la marca que se anunciaba sino la de la marca blanca del Mercawoman, uno acababa satisfaciendo esa necesidad de ingerir el mágico brebaje.

Sin en cambio (que diría uno que conozco que espera que le den pronto un sillón en la Real Academia de la Gañanería RAG) las cosas parecen haber cambiado. Ya no solo es que vaguemos todos por la calle agilipollados, concentrados en la pantallita del teléfono, que parece que estemos sufriendo una enfermedad nueva que bien podría llamarse “autismo esmarfónico”. Es que está cambiando todo. Hasta la forma de hacer publicidad de la cerveza.

Ahora todo se ha vuelto… cómo decirlo sin parecer imbécil… más metafísico, más psicológico, más abstracto, más… ¿gilipollesco?

Ahora te sale un tío con traje y sombrero que se acaba de tirar de un tren, andando danzarín por el campo a la búsqueda de ¡Tócate los cojones! los granos más sublimes y excelsos de cebada que, por supuesto, recoge él con sus propias manitas y se las lleva en la maleta para, seguramente en un laboratorio medieval de esos que buscan la piedra filosofal, y no en un alambique o como coño se llame donde se fabrica habitualmente la cerveza, fabricarla.

Hablamos de la suprema cerveza, claro. De la mística, que a nada que consumas te acercará a territorio de divinidades.

La que no es mística, no. La que bebe el común de los mortales, que igual por eso lo son, no es de la cerveza que se habla en estos nuevos anuncios. Si bebieran la cerveza superespecial de no doble, sino cuádruple o quíntuple lúpulo, igual ni se morían, gracias a sus divinas cualidades.

¿Y qué me dicen de los corrillos que se montan en un bar, alrededor de una copa de cerveza milagrosa, conservada en barrica de roble, diciendo cada cual una gilipollez mayor?  “Mi padre ya la bebía”, “Pues mi padre se hacía lavativas con ella y se quedaba como nuevo”,  “pura esencia, decía el mío!”, “Te quiero papá”. Sin saber que papá acabó viendo elefantes rosas por tener una dependencia maligna del alcohol.

Pero es que ahora una de las mejores cualidades que tiene esta cerveza metafísica es que mistifica al consumidor. Es más, casi te acerca a Dios (Al menos uno se siente cerca del creador cuando se ha pimplado ocho o diez tercios de la divina cerveza).

Por cierto, que me surge a mí una duda metafísicofilosófica: Si el vino es la sangre de Cristo… ¿Qué parte de él es la cerveza? Por el color y la textura… prefiero ni imaginarlo. Perdón por el inciso, pero ¿qué ha sido de las propiedades diuréticas de la cerveza de toda la vida? Va a resultar ahora que bebiendo la cerveza filosofal, sagrada, la que te hace meditar, ¡No hay que ir al baño! Claro, es tan espiritual que no llena la vejiga.

Cerveza y poesía. Cerveza y reflexiones profundas. Cerveza e inspiración. Cerveza y paz interior. Cerveza y quasiorgasmo. Cerveza y conversaciones con el universo. Cerveza, en fin, … y gilipollez supina.

A mí que déjenme de cervezas tres punto cero de nueva generación y denme la Mahou de toda la vida, la de la borrachera proletaria y que se dejen de tonterías.

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