JUAN EULOGIO Y FAMILIA… ¡MENOS MAL QUE SE ACABAN LAS VACACIONES!

 

Las vacaciones se acaban incluso para Juan Eulogio y su singular familia, Paquita, su santa, aunque a la postre… no tanto, Elyónatan, su pequeño aprendiz de bicharraco y licenciado en “cabronología” y Layésica, la pequeña “choni”, su ojito derecho, con un poquito de conjuntivitis, pero ojito derecho, al fin y al cabo.

Bueno… y aunque él no la considere como de la familia sino más bien la clasifique en la categoría de mascotas molestas que gastan demasiado en comida y en papel higiénico… su poco querida suegra, la cucaracha, como él la llama nada afectuosamente.

Sí, la cucaracha les ha acompañado (se les ha adherido cual ladilla recalcitrante, al sesgado modo de ver de Juan Eulogio) durante las vacaciones, invitada a traición por su hija Paquita, que ser es muy buena, pero que de buena a veces se pasa, llegando a alcanzar la categoría de lela y gilipollas; una bocazas que de vez en cuando sería preferible que se metiera la lengua en el culo antes de hablar… en opinión de su costillo, opinión que de todas formas se guarda mucho de pronunciar en voz alta por la cuenta que le tiene si no quiere que le den el día.

A Juan Eulogio, estas vacaciones, le hubiera sobrado su suegra para haber estado a gusto. A ver, le hubiera sobrado su suegra y, siendo sincero consigo mismo, en realidad, el resto de su familia. Quizás un monasterio, dedicado a la vida contemplativa, cavando el huerto y cantando gregoriano hubiera sido una alternativa espiritualmente más edificante, más relajada, más de reencontrarse a sí mismo y no como le ha ocurrido en la mísera y cruel realidad, reencontrándose con la cucaracha ocupando el único baño del apartamento en Guardamar, situado en primera línea… de la autovía, cada vez que él hacía intención de entrar.

¡Hijaputa la vieja, cómo caga!

Pero como no hay mal que cien años dure ni cristiano que lo soporte, el mes de vacaciones ha tocado a su fin para regocijo de Juan Eulogio que no veía el momento de ir tachando los días en un calendario de bolsillo, más que nada por no delatar sus intenciones.

Sí, las vacaciones ya se han acabado, pero Juan Eulogio no puede evitar evocar momentos entrañables de las mismas, entrañables porque le han revuelto las entrañas, momentos desagradables, pertinaces e insidiosos.

Momentos cordiales … como esos bramidos que se escuchaban a la hora de la siesta y durante la noche, que hacían dudar a Juan Eulogio sobre cuándo alcanzaba mayor grado de animalidad la cucaracha, si cuando dormía o cuando estaba despierta. Aún se debate en esta terrible duda metafísica. Cordiales de cuerda hay que aclarar, aunque debiera decir cordales, porque el sufrido padre de familia hubiera apretado con una cuerda el cuello de su suegra para acallar los ronquidos.

Momentos… ya apuntados, en los que Juan Eulogio, acuciado por su necesidad All Brand, que él es un reloj, acudía presuroso al retrete y siempre, siempre, siempre se encontraba a la puñetera cucaracha sentada en el trono del que no tiene reino.

Momentos tensos… esa noche memorable que pasaron, el día que a la cucaracha se le olvidó la pamela para ir a la playa y estuvo de once a dos torrándose el mocho sin percatarse del implacable sol, y cogió una insolación del quince. Esos lamentos de plañidera continuados mientras que su hija, noche en vela, no dejaba de ponerle paños fríos sobre la frente “Ay madre mía que de esta no lo cuento, ay Paquita que me muero, ay señor llévame pronto que ya soy un trasto inútil”. Juan Eulogio hubiera optado por el sacrificio compasivo, pero piensa que no le hubieran comprendido, al menos no Paquita.

Momentos hilarantes… aquellos en que la “señá” Virtudes, paseando por la playa del brazo de su hija, le dio una patada a un erizo pensando que era un matojo de pelos negros. ¡Cómo disfrutó Juan Eulogio aquellas carreras de un lado a otro de su suegra quejándose cada vez más! Hasta que le tocó pagar la factura del médico privado que se pasó cuatro horas sacando espinos de los dedos del pie de aquella bruja sin escoba ¡Trescientos euros!

Momentos angustiosos… las dos horas que se pasaron buscando a la cucaracha, que se había desorientado entre tanta gente en la playa y se había perdido. Paquita angustiada por encontrarla. Juan Eulogio por si la encontraban.

Momentos irritantes… durante la paella en el chiringuito Pacomar, pues a pesar de venir cuajada de gambas, calamares y otros sabrosos frutos del mar, cuando esta llegó a Juan Eulogio, que por cortesía esperó a servirse el último, lo hizo esquilmada de marisco, que cual impuesto revolucionario había quedado en el plato de la cucaracha.

Momentos vergonzantes… en el Mercawoman, cuando el guardia de seguridad les trajo a la vieja con el hocico lleno de helado de chocolate ¡Y era el tercero que se comía! Nada más entrar al supermercado, cabezona por acompañar a su hija y a su yerno a la compra, había apoyado el codo sobre los congeladores de helados cual experimentado alcohólico en la barra de un bar, y si no la aparta el guarda, acaba con las existencias de los mismos en el congelador.

Pero lo peor, lo peor de todo… los momentos del viaje de vuelta.

La “señá” Virtudes, alias la cucaracha, depredador salvaje donde los haya de todo lo que sea comestible, que justo antes de salir de viaje para volver a casa, se empeñó en comerse el kilo de mejillones que su hija Paquita iba a tirar porque llevaban ya una semana en el frigorífico y nadie les había hecho caso, que olían un poco, digamos, fuertecillo.

La primera reacción durante el viaje en forma de pedo pegajoso la sufrieron todos no habían andado ni cincuenta kilómetros. El resto del viaje fue una sucesión de retortijones de tripa de la cucaracha finalizando en cuescos podridos o vomitonas a diestro y siniestro. Diestro y Siniestro (Elyónatan y Layésica) tenían ya los pies embadurnados con los regalos de su abuela repartidos entre sus pies apenas calzados con unas chanclas del Carreful. Más que un viaje, aquello había resultado ser toda una odisea.

Pero por fin, llegando a casa de la cucaracha, Juan Eulogio se ha relamido solo de pensar en la idea de perderla de vista ¡De una puta vez!

Juan Eulogio detiene el coche frente al portal de su suegra con el motor en marcha para salir pitando en cuanto esta se apee, e incluso, si tiene ocasión, cuando se esté apeando. Pero la cucaracha, en lugar de apearse, a lo que se dedica es a peerse incontroladamente mirando a Paquita con ojos de cordero degollado, implorando sin palabras lo que Juan Eulogio ha estado temiendo todo el camino.

—Vale mamá —ha concluido Paquita tras hacer una votación en la que solo ha votado ella misma—. Te vienes con nosotros unos días hasta que te mejores un poquito, ¡Faltaría más!

Juan Eulogio entonces se ha venido abajo. Ha sufrido un vahído que le ha hecho dar un cabezazo sobre el volante. El propio sonido del claxon le ha espabilado para lamentar amargamente entre dientes:

—¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda… de cucaracha!

O lo que es lo mismo… ¡Mierda… de vida!

 

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