EL MOSQUITO II

El karma, como no entiende el idioma de los humanos, no se siente ofendido por los improperios que le lanza su despensa de sangre, y continúa a las suyas.

Cada vez más crecidito, el karma se vuelve más arriesgado en sus incursiones. En esta ocasión ha decidido atacar la oreja del humano. Sabe que el zumbido a escasos centímetros de este apéndice puede minar definitivamente su moral.

Carlos está al acecho. Él no dormirá, pero el hijoputa del mosquito (El karma) sale esta noche con los pies por delante. ¡Por sus santos cojones!

El karma se acerca en vuelo rasante hacia el centro del pabellón auricular del humano y da una, dos… y hasta tres pasadas por encima. Pero, muy a su pesar, en la cuarta, se le engancha una de las patitas con el enjambre de pelos que salen de las orejas del humano. Zumba que te zumba intenta desembarazarse de semejante trampa mortal sin ser consciente de que cada zumbido enerva un poco más al humano, que tiene preparada la mano derecha en posición de “abierta” y tiene sangre en la lengua de mordérsela por la tensión. Justo en el momento en que la mano va a caer sobre el karma, aplastándole sin remedio, este consigue soltarse del matojo de pelos y sale otra vez volando, con cara de susto, eso sí. La mano cae con toda la potencia que da la desesperación sobre el cachete del humano. El sonido de la hostia ha despertado a Patricia que enciende la luz, justo para ver la cara de mala leche de Carlos, donde queda grabada su propia mano en color rojo irritación.

El Karma, después de la intensa experiencia, ha ido a tomar un poco de resuello tras un cuadro.

Carlos no puede verlo. Pero lo presiente. Sabe que está ahí, sabe que le acabará cazando…

Patricia ha perdido el interés por la caza y vuelve a quedarse dormida incluso con la luz encendida.

Carlos es consciente de que solo puede quedar uno. No es momento de dormir, no puede permitírselo, tiene que estar alerta…

Un ronquido, de repente, surca el aire de la habitación. Carlos ha vuelto a caer como un bendito. Y duerme.

El karma se asoma desde detrás del cuadro y chasquea la lengua (esto es un símil, una licencia poética. Los mosquitos no saben chasquear la lengua) y ataca de nuevo. Ya no es necesidad de alimentarse. Ya se trata de gula mosquitil, uno de los peores pecados capitales del karma en forma de mosquito. Carlos, el humano, ha entrado en algo parecido al trance, debe ser provocado por la tensión, y el karma se ensaña con él: frente, nariz, brazo, tripa, ¡hasta en los huevos se ha atrevido a picarle!

Carlos vuelve a despertar con la desesperante sensación de que le gustaría tener diez manos más para poder rascarse todos los granos al a vez.

Carlos Odia. Odia intensamente.

Pero el karma ha conseguido volver a huir. A duras penas consigue volar con la tripa llena hasta engancharse del techo. El hartazgo alimentario hace que rebaje un tanto la tensión… y baja la guardia el muy pipiolo.

Carlos, con la mirada perdida en el infinito, consigue detectar, desde la cama, a su enemigo, negro sobre blanco (el techo está pintado de blanco).

Los movimientos de Carlos son sibilinos, para no espantar a la bestia. Se desliza de la cama y coge una chancla. El karma tiene entrecerraditos los ojitos porque está para reventar. No se percata de que es probable que los mosquitos también puedan sufrir el karma.

Carlos, chancla en mano se pone de pie en la cama. Pisa a Patricia, que se queja con palabras obscenas y soeces. A Carlos se la suda todo… excepto el mosquito. Coordinando los movimientos Carlos salta encima de la cama.

Suena un zapatillazo contra el techo.

Cuando retira la zapatilla, Carlos observa una mancha roja de la que sobresalen unos ojos saltones y sorprendidos, ensuciando el blanco techo. Pero ríe. Ríe con risa siniestra. Y llora de la emoción.

—Ahora —grita— te vas a ir a picar ¡A tu puta madre! Si eso.

 

 

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2 respuestas a EL MOSQUITO II

  1. torpeyvago dijo:

    ¡Di que sí! Eso es justicia.
    Por cierto, pocos son los trompeteros que se me han escapado. De hecho, a varios los he pillado en plena faena y he acabado con la mano ensangrentada —la sangre era mía, claro—, ¡a oscuras!
    Y no sólo no me arrepiento, sino que me siento orgulloso. ¡Ea!

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