EL NACIMIENTO DE EDELMIRO. ACOJONA ¿EH?

Extracto de LA ASURDA E INQUEIBLE HISTORIA DE EDELMIRO PÁEZ

Como es el día que es, y sin ánimo de ser irreverente (aunque pueda parecerlo) aquí os plasmo una prueba inequívoca de que la historia, a veces, se repite. El ajo también, vale, pero ahora estamos hablando de la historia.

Vino a ver la luz nuestro querido Edelmiro, y así se refiere al comienzo del documento encontrado, una fría noche de invierno, como todos los grandes hombres llamados a dejar profunda huella en el mundo, justo en los días próximos al solsticio de invierno, el 24 de Diciembre para ser más exactos, día celebrado más allá incluso de la propia tradición cristiana.

Aquel comienzo de invierno se estaba presentando muy crudo y muy frío, tanto que decían los viejos del lugar que no recordaban haber visto tal cantidad de nieve y hielo juntos en toda su vida.

Habían acudido a Segovia los futuros padres de Edelmiro en tan familiares fechas a solucionar unos asuntos legales que no admitían demora alguna, pues habían sido citados a declarar como acusados en los juzgados de la capital, tras una denuncia de un vecino bastante poco animoso por un quítame allá esas pajas sobre unos dineros que había de por medio pero cuya historia no viene al caso en este momento[1].

Digo que caminaban en busca de dónde dormir su futuro padre y su futura madre, ya salida de cuentas, habiéndoseles echado la noche encima, porque habían perdido el último autobús a Zamarramala, localidad cercana a Segovia donde a la sazón residían.

Buscaban sin éxito posada o pensión libre donde poder alojarse. Pero donde quiera que preguntaban todas las habitaciones estaban ocupadas.

Tal era la expectación que había despertado en la ciudad el triangular de Navidad de fútbol organizado para esas fechas por la Gimnástica Segoviana C.F., que había invitado en aquella edición del torneo al Turégano F.C. y al C.D. Sporting de Riaza. Evento deportivo que ya era todo un acontecimiento en fechas navideñas en Segovia y que atraía a un sinfín de aficionados al balompié de toda la provincia.

La situación comenzaba a ser desesperada para el matrimonio porque, habiendo caído ya la noche, el frío calaba hasta los propios huesos. La pareja, aterida, se arrebujaba entre sus ropajes en un vano intento por protegerse de tan terribles inclemencias meteorológicas.

Habiendo desistido ya de encontrar donde dormir, al marido se le ocurrió como último y desesperado recurso que podían pasar la noche en el vestíbulo de la estación de RENFE, que era lo único que debía estar abierto a aquellas horas, y hacia allí encaminaron sus pasos con la intención de pasar la Nochebuena sentados en un banco de la misma pues no tenían otra opción. Sería una noche triste, pero al menos quedarían resguardados del terrible frío que por momentos se apoderaba de la solitaria ciudad.

A causa de la noche especial que era y que estaba ya próxima la hora de la tradicional cena familiar apenas había gente por la calle. Tan sólo los pocos rezagados que por unos u otros motivos todavía no habían podido acudir a sus casas y se apresuraban a cumplir con el ritual navideño con paso rápido. Bien es verdad que la gélida temperatura poco o nada invitaba a ir dando un tranquilo paseo a ningún sitio.

Justo acababan de pasar por debajo del acueducto en dirección a la estación del tren cuando, inesperadamente, a ella le sobrevinieron los dolores de parto.

Dada la premura con la que a María, que así se llamaba, y se llama la madre de Edelmiro, le acuciaban las cada vez más frecuentes contracciones, se vieron obligados a refugiarse en un portal, que milagrosamente se hallaba abierto porque no funcionaba la cerradura, cercano al famoso monumento romano y a no mucha distancia de Casa Cándido.

El nene estaba ya en camino y no había tiempo siquiera de buscar un taxi que los llevara al hospital.

La urgencia de la situación obligó a aquellos padres a afrontar la llegada de su primer hijo al mundo en condiciones harto precarias. Pero es que realmente no quedaba tiempo para otra cosa.

 José era el agobiado padre, aunque en esto los cronistas no se acaban de poner de acuerdo; unos dicen que sí, que era su padre verdadero, aunque otros dudan de esa afirmación argumentando que nueve meses atrás, aprovechando una de sus ausencias por trabajo, alguien había visto salir a un “pájaro”(sin especificar si era o no una paloma) cachas y muy tatuado con pinta de malote, de la habitación de María, bien entrada la madrugada.

José era carpintero. Y aunque entrado en años, era primerizo en aquellas lides por lo que se hallaba preso de un ataque de histeria. No obstante intentó recomponerse y tomar las riendas de la situación mientras llegaba la ambulancia a la que había avisado desde una cabina telefónica unos minutos antes[2].

Sin embargo Edelmiro, genio y figura, se había empeñado en emular a otro sin par alumbramiento muchos, muchos años atrás y decidió que aquel era el lugar y justo entonces el momento.

Comenzó pues el muchacho a asomar la cabeza al mundo ante la pasividad de José que se encontraba en estado de shock y los gritos de María. Esta, tumbada sobre unos cartones que su marido había recogido precipitadamente de la calle, no podía contenerlo.

El alumbramiento era inminente.

María se sentía sola en aquel trance, más que nada porque José acababa de desmayarse de la impresión y yacía a su lado inmóvil y con un gran chichón en la cabeza. Así que, como buenamente pudo, parió sola.

¡Hombres! ¡Si es que a veces no sirven para nada![3]

Fue entonces, cuando todo había quedado en manos de la providencia, que aparecieron en el portal un médico del servicio de urgencias acompañado de una enfermera y dos camilleros con cara de pocos amigos por haberles tocado trabajar en aquella señalada noche.

Afortunadamente habían llegado justo a tiempo de recoger al recién nacido y terminar el parto de una manera algo más profesional de lo que había comenzado, para tranquilidad de María, que tras dar a luz no tenía fuerzas para nada más.

Cortado el cordón umbilical, Edelmiro fue colgado boca abajo por los pies para proceder a los azotes de rigor. Tras un par de palmaditas en el culo e, inexplicablemente justo antes de tomar la primera bocanada de aire y estallar en llanto, seguramente debido a la postura, a Edelmiro se le escapó un pedete infantil tierno e involuntario.

Después lloró, berreó y pataleó, pero su primer acto en esta vida, premonitorio de lo que el futuro habría de depararle, había sido gasear a los allí presentes, que con cara de verdadero asco porque el olor a podrido se pegaba a sus sudorosas caras como un pulpo a la roca, recogían a toda prisa sus enseres y metían precipitadamente a María, al recién nacido y al inconsciente José en la ambulancia camino del hospital, con una profesionalidad digna de encomio pero con el secreto deseo de librarse cuanto antes de aquel apestoso niño.

¡Mira tú por dónde! el destino, que todo lo controla, no iba a permitir que tan insigne familia pasara la Nochebuena en un banco de la estación de RENFE y les ofreció un lugar más digno: El Hospital provincial de Segovia.

Los primeros profesionales que acudieron al parto constataron que aquel niño estaba predestinado a hacer grandes cosas, o quizás cosas pequeñas, o… cosas sin determinar, porque tamaña señal divina, tal vez diabólica no era nada normal verla en un neonato.

Cualquiera que recuerde películas cuyo argumento trate de posesiones diabólicas como “La profecía”, “Demian” o  “El exorcista” por poner unos ejemplos, sabe de todas, todas, que el del moño, San Tanás, el malino sólo posee a niños de más de cinco años, nunca a niños más pequeños, y menos a recién nacidos.

¿Que por qué? Ni puñetera idea. ¡Cosas del del moño!

[1] Por tranquilizar al lector únicamente le referiré que el hecho no tuvo consecuencias legales para la familia salvo la  multa con la que fue saldado pues el juez acabó dando la razón al denunciante.

 

[2] Nótese el asombroso paralelismo con otra historia de otro nacimiento en otro lugar y otras fechas.

[3] Otras veces sí. Que conste en acta por la parte que me toca.

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4 respuestas a EL NACIMIENTO DE EDELMIRO. ACOJONA ¿EH?

  1. Je, je: esa historia me recuerda a otra verídica (no, no me refiero a la que indicas en tu pie de página [2]). Acaba con la imagen de la madre y el niño pedorrero, ambos en la cama hospitalaria de la seguridad social, rodeados por los miembros de una hermandad (creo que de la Iglesia Evangélica Pentecostal o algo así) que, de rodillas y tomados de la mano, alaban al Señor por la nueva. En realidad había ido a visitar a la parturienta de la cama de al lado, pero ya puestos… Una imagen navideña difícil de olvidar. Un abrazo cmac.

  2. torpeyvago dijo:

    El ajo, la morcilla y las sardinas. Es lo bueno. Los meriendas hoy y te duran toda la semana. ¡Hay que ver lo que se ahorra en compras del carreful!
    Desde luego, este párrafo es el que engancha a la historia. Puesto que está aquí ya repetido, puedo decir que está al principio del libro y que, ya digo es una historia que engancha al resto de la historia.
    Sólo puedo recomendar la novela: repite menos que el ajo. Aunque hay que tener cuidado con los gasecitos —eufemismo de pedo—.

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