JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… ROMA III

La “señá” Virtudes comienza a ganar puntos para ser la líder del grupo. O la mascota, no está muy claro. Juan Eulogio, por supuesto, opta por la mascota.

Y como son pocos días y hay mucho que ver, la suben a la habitación a que pase el hartón durante la tarde y que le den por culo  pueda recuperarse para el día siguiente, mientras el resto de la familia se va a hacer turismo.

El hotel está algo alejado del centro de Roma, lo barato… ya se sabe, y el autobús tarda un par de horas en aparcar a la puerta del Coliseo, tras comerse sus pasajeros uno de los habituales atascos romanos, plenos de “figlio di putannas” y “va fan culos”. Ya en tierra el pasaje, se aborregan todos alrededor de la guía, que con un paraguas rojo alzado insta a los turistas a que la sigan por el interior del monumento, aunque más que una visita la cosa parece una contrareloj, por las prisas.

Juan Eulogio y Paquita están disfrutando de la visita y de las explicaciones. Van ¿Cómo diría? Demasiado tranquilos. No saben qué, pero echan de menos algo. Ya está, no ven ni a Elyónatan ni a la Yésica. Tranquilidad a hacer puñetas. Los padres se ponen en modo “angustiacuandosetehaperdidounchurumbel” y dejan de atender a las explicaciones de la guía para ponerse a buscar a los niños como locos. No es que teman por su integridad, es que temen por la integridad de los demás. Busca que te busca por todos los rincones del Coliseo y los cabrones de los niños que parece que se los haya tragado la tierra.

De repente, tras doblar un pequeño recodo, justo en el cubículo donde se guardaban en la antigüedad las fieras, los padres se reencuentran con los vástagos, que andan muy atareados en mover una de las piedras de la pared que parece que está bastante suelta. Finalmente los nenes, que no se habían enterado de nada porque andaban muy concentrados en la tarea, logran sacar la piedra de la construcción y, como no es excesivamente grande, se la echan a la mochila.

     —Venga pingos —les dice la madre ya aliviada al ver que se encuentran bien—, vamos con el resto del grupo que ya están saliendo.

Los cuatro se dirigen a la salida comentando la jugada cuando, de repente, se escucha un crujido siniestro a sus espaldas. Juan Eulogio, no sabe por qué (o sí) propone a su familia echarse una carrerita hasta la puerta. Cuando la alcanzan se dan la vuelta para contemplar cómo se está desplomando un trozo de arcada con su pared correspondiente. Justo, justo, encima del lugar donde estaba la piedra de los cojones. También es casualidad, coño. Juan Eulogio y familia llegan hasta donde está el grupo donde todos le dan la enhorabuena por la buena suerte que han tenido al no caerles encima el derrumbe. En cinco minutos el Edificio y sus alrededores están llenos de camiones de bomberos, de grúas, de ambulancias y de coches de los diecisiete diferentes cuerpos de policía italianos (carabinieri, langostini, gamboni, langosti, gambi rossi…)

Nadie relaciona a los niños con el desastre. Nadie nacido en Roma, porque lo que es Juan Eulogio y Paquita… lo tienen bastante claro. Aunque se hacen los despistados para que no les caiga encima todo el peso de la ley.

Cuando el espectáculo del derrumbe comienza a perder interés la guía levanta el paraguas y dirige al grupo al Foro romano, que está muy cerquita del Coliseo.

Juan Eulogio lleva cogido de la mano, apretando fuertemente a Elyónatan. Paquita hace lo propio con Layésica.

El Foro ¡Cuánta historia concentrada en ese montón de piedras!

Al menos aquí —piensan Juan Eulogio y Paquita— los cabroncetes de sus vástagos no tienen mucho que romper, porque está todo roto. Y, confiados, les sueltan las manos para que vaguen a su libre albedrío.

Vuelta a disfrutar de tamaños vestigios arqueológicos, vuelta a escuchar las explicaciones de la guía, que tiene muchos kilómetros hechos. Que si el foro para acá… que si el foro para allá … que si la civilización romana…

De repente se escucha una detonación salvaje, como de bombona de butano estallando. Pero ¿en el Foro?

Tras la guía llegan a la carrera al arco de Tito. Esta corta cualquier explicación al darse cuenta de que al arco ¡Le falta un trozo! Del cielo bajan restos de papel de estraza, en uno de ellos se puede leer “Supertrueno XXXXXL” y de detrás del arco salen Elyónatan y Layésica con la mejor de sus sonrisas.

     —Angelitos —dice una de las turistas del grupo—, hoy es vuestro día de suerte. Os estáis librando de todos los accidentes…

Y Juan Eulogio silba como quien no quiere la cosa con Paquita haciéndole los coros de la melodía.

Concluida la accidentada visita el grupo regresa al hotel.

Tras traspasar la puerta de entrada se fijan en que la “señá”  Virtudes está atacando con saña a dos empleados. La cucaracha, a la que parece que ya se le ha pasado el empacho, como ha tenido que echar todo lo que se había comido, ahora tiene hambre e intenta pasar a toda costa al comedor. Uno de los dos que están defendiendo el fuerte tiene las marcas de un bocado en un brazo.

     —¡Dío mío! —grita uno de ellos— ¿Che cosa è questa creatura monstruosa? ¡Fuori Godzilla! (¡Dios! a esta simpática señora le está dando un ataque)

Hija y yerno acuden con presteza a aplacar a aquella mala bestia, ahora embrutecida aun más con el hambre, y se la llevan a tirones a su habitación para intentar calmarla hasta la hora de la cena. Solo lo consiguen con un Valium que han tenido la precaución de pedirle a la azafata del avión.

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Una respuesta a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… ROMA III

  1. antoncaes dijo:

    Questa vida, porca merda, una porca miseria. No podere menllar la cucaracha, ma que cosa facere. 😉

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