JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… ROMA

El avión está encontrando muchas turbulencias en un trayecto en el que no es normal que las haya, máxime en tiempo de primavera que habitualmente es estable. Madrid-Roma suele ser un viaje bastante cómodo pero, en esta ocasión, pareciera que todos los hados y brujos se han confabulado para putear a los sufridos viajeros, que ya están un poco agobiados de tanta caída en el aire y tanto traqueteo, con el estómago asomando por la boca.

En la parte trasera del pasaje alguien parece bastante más afectada que el resto de los mortales a tenor de los quejidos y rezos que en voz excesivamente alta y angustiosa, como si se tratara de un predicador del apocalipsis, lleva profiriendo prácticamente desde el despegue.

     —¡Ay señor! ¿Qué es lo que he hecho para merecer semejante castigo?

Traqueteo del avión.

     —¡Aaaaaay dios mío! —prosigue la lastimera voz —Que vamos a morir todos.

Nuevo meneo lateral con caída de doscientos metros.

     —¡Aaaaaaaaaay virgencita de los imposibles! —la voz suena desesperada— A ti encomiendo mi alma si no salimos de esta. Que no vamos a saliiir… ¿Quién me manda levantar los pies del suelo?

Los pasajeros que van sentados alrededor de una señora mayor, fuente de semejantes lamentaciones, se encuentran ya en un estado de histerismo y hastío, con ganas de abrir el portón del equipaje de cabina que hay sobre la cansina señora para que se le caiga algún trolley encima y se calle.

La vieja, algo obesa, encajada en su plaza, ocupa un angosto asiento más la mitad del del pobre hombre que va al lado, que aplastado por el peso de aquel cuerpo no tiene posibilidad de escapatoria, casi no tiene posibilidad ni de respirar.

Al cabo de media hora de exagerados lamentos se acerca una azafata con un par de valiums en la mano y se los ofrece a la señora, que como es de buen saque se come todo lo que le den sin rechistar. En cuestión de diez minutos la escandalosa e histérica señora ha dejado de gritar y lamentarse y ahora ronca como un bisonte con neumonía.

La azafata se lamenta por haber sido ella la que ha ayudado a dormir a la vieja y para acallar su conciencia y mitigar semejante bramido en sus oídos se toma un par de pelotazos de wisky en el reservado para la tripulación. Después encara el episodio con algo más de estoicismo.

El resto del pasaje no duda de que la situación era más soportable antes de que se durmiera la muy pu … la vieja. ¡Dónde va a parar!

Alguien que sin duda regresa a su país exclama:

     —¡Figlia di putanna! ¡Che male bestia a portato la male fortuna! (Qué señora esta, que fuerte tiene la respiración, o algo así, que no ando muy fino en italiano)

En la parte delantera del mismo avión, totalmente avergonzado, vejado y abochornado se encuentra Juan Eulogio. A su lado se sienta Paquita, su costilla, su santa, su esposa, que escucha a Camela a todo volumen en spotify para no oír el escándalo que está provocando su madre, la señá Virtudes, la Cucaracha, como la llama su yerno Juan Eulogio, que no es otra la que la está armando en la parte de atrás del avión. Elyónatan y Layésica, los tiernos vástagos del sufrido matrimonio, están absortos, mirando por la ventanilla, buscando el interruptor para poder abrirla. No en vano es la primera vez que montan en avión. Y como la naturaleza es sabia, los tiene tranquilos al menos de momento.

Juan Eulogio mira a Paquita con cara casi de odio. Ella esquiva la mirada avergonzada. Sabe que ha metido la pata hasta el fondo al invitar a su madre a un circuito por Roma que organiza la junta de distrito del barrio a un precio más que asequible. Pero el paquete era cerrado. Cinco plazas. Ni más… ni menos. Y Paquita, en lugar de regalar el pasaje que sobra al cartero, por ejemplo, pues va e invita… ¡A la Cucaracha!

El resto de los integrantes del circuito son todos gente del barrio con cierta inquietud cultural, pero tampoco tanta, no nos engañemos.

     —Manda huevos, qué viaje nos espera —murmura entre dientes el sufrido Juan Eulogio—. Qué viaje nos espera.

 

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