JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LA SEMANA SANTA DE VILLARPARDILLO DE LA COCHIQUERA Capítulo 3

Juan Eulogio disfruta de su pequeña victoria en aquella batalla ¡Qué menos! Es consciente de que una batalla no es la guerra, de que llegarán momentos de zozobra y lamentaciones, pero ¡coño! mientras llega todo eso no puede evitar regodearse con su humilde venganza sobre las Cucarachas sister, y se le escapa una risa cabrona al imaginarse el momento en que esas tres brujas vayan a vestir alguna de las prendas que ha marcado como pertenecientes a su territorio ¡Cómo las está gozando!

Pero no contento con ello, sale al corral, donde ha visto crecer un puñado de ortigas en un rincón. Con los guantes de fregar puestos, para no tocar la muy irritante urtica orens, que es la variedad que acaba de coger, exprime a conciencia la planta hasta que gotea en un vaso su peligroso jugo. Acto seguido va al baño y lo vierte en el tarro de la inútil crema hidratante rejuvenecedora de las arpías, mezclándolo bien con el ungüento. Vuelve a reír ladinamente.

Cuando baja de nuevo a la cocina se termina el chorizo que le quedaba y quema la cuerda por aquello de no dejar pistas del delito. Si alguna de las cucarachas le preguntara por el embutido faltante, siempre puede soltarle el rollo de que con la edad se deteriora la memoria y que ellas están ya un poco mayores.

Entre unas cosas y otras se le han hecho las siete de la tarde. No está muy seguro pero le parece recordar que la procesión empieza a las ocho.

En ese mismo instante escucha voces de grajo estreñido fuera, en la calle. A continuación se oye cómo se abre la puerta y las voces bajan considerablemente de tono hasta parecer urracas sigilosas. Son las cucarachas que vienen a casa a ponerse la mantilla y la peineta para estar propias en el evento religioso. Ellas parecen olfatear que el enemigo está dentro. Al enemigo le ocurre tres cuartos de lo mismo. En el pasillo tiene lugar el encuentro. Sobre Juan Eulogio inciden tres miradas sibilinas desde tres rostros de sonrisas desdentadas. Sobre las cucarachas una mirada que viene a decir: “Que no os pase “na”, arpías”

Sin embargo, la conversación discurre en modo hipocritón:

     —¡Ole los tres bellezones que acaban de entrar en la casa! —A Juan Eulogio le da un pinchazo en las tripas tras soltar semejante blasfemia— Que, ¿A ponerse más guapas todavía? Que se preparen los buenos mozos del pueblo.

     —¿Qué tal, querido? —Las tres arpías no se quedan atrás en mala “follá” —¿Tuviste suficiente potaje para comer?

     —Mucho y muy rico —contesta Juan Eulogio con otra punzada en el estómago—. ¡Olé las buenas cocineras!

La “señá” Virtudes, que siente que juega en casa, deja escapar una sonrisita brujil.

Juan Eulogio solo tiene un deseo: Que las tres marías vengan con la piel seca.

     —Bueno —dice el hombre como despedida—, nos vemos en la procesión. Adiós salerosas.

No es que Juan Eulogio sea un ferviente seguidor de este tipo de manifestaciones religiosas, más bien, al contrario, intenta evitarlas en la medida de lo posible porque le chirrían un poco. Pero es que desde que han llegado, hace ya varias horas, no ve a Paquita, su santa y, en conciencia, piensa que ha de estar a su lado aunque sea viendo una procesión.

Pero, como todavía le queda algo de tiempo hasta que empiece, decide aprovecharlo para tomar unos gintonics en el bar de la plaza. No soportaría el festejo estando sobrio. Desde allí tiene a la vista la puerta de la iglesia, así que es cuestión de hacer la espera llevadera a base de combinados.

Una hora y cuatro gintonics después, Juan Eulogio, que ha visto movimiento en la puerta de la iglesia, sale del bar a paso de costalero, es decir, un paso a la izquierda, un paso a la derecha, como si portara un paso. Y aunque no es una imagen lo que lleva a sus espaldas, la carga alcohólica que lleva es considerable, como para hacerle andar en una especie de penitencia.

La procesión acaba de comenzar al toque de la corneta. Se hace el silencio y los penitentes caminan al son cansino del tambor, que marca el paso. Una banda de viento toca música fúnebre. Juan Eulogio ve a lo lejos, en una esquina, a su mujer y hacia allá que se encamina vacilante chocándose con numerosos procesionarios que, olvidándose del momento de recogimiento, se acuerdan irreverentemente de su madre. Llega hasta la esquina donde se encuentra Paquita esperando a la comitiva y la saluda con aliento un tanto alcoholizado.

     —Hola cari —saluda—. Que vengo a acompañarte para que no veas la procesión sola. ¿Y los nenes?

     —Por aquí andan sin parar, de un lado a otro. Espero que no la líen, como siempre.

     —¿Y tu madre y tus tías? ¿No han llegado todavía?

Paquita, pendiente del paso, que se acerca sobre los sufridos hombros de los costaleros, le señala uno de los balcones del recorrido. Allí se encuentran las tres brujas, tocadas con mantilla y peineta, con toda la intención de ir a cantar una saeta a tres voces a la imagen que viene bamboleándose al ritmo que imprimen sus portadores.

A Juan Eulogio le parece ver, por el rabillo del ojo, la imagen fugaz de Elyonatan y Layésica corriendo y descojonándose de risa. Malo.

El paso se acerca provocando el respetuoso silencio de todos los allí presentes.

Bueno, de Juan Eulogio no, que no deja de ver la cosa como un evento más folklórico que religioso, más iconoclasta que otra cosa. No comparte aunque sí respeta. Él está pendiente de las Cucarachas sister, que disimuladamente, comienzan a rascarse la cara.

Juan Eulogio se relame de gusto al comprobar que las tres… han utilizado la crema hidratante.

     —Joderos hijas de puta —dice por lo bajo.

El paso llega a la altura del balcón de las cucarachas y hace la parada acordada. Estas, con las caras llenas de ronchas rojas, ya no pueden parar de rascarse. Parecen tener el baile de San Vito. La música que acompaña a la procesión se detiene para dejar escuchar la saeta de las tres hermanas. Las tres mujeres, genio y figura, a pesar de estar pasando un rato verdaderamente jodido, se lanzan a cantar su saeta, ensayada con esmero prácticamente desde la semana santa del año anterior. Lo intentan. La gente espera impaciente. Momentos de gran expectación. Las cucarachas comienzan a cantar en medio del sobrecogedor silencio, pero tal es la comezón que tienen que no les sale la voz del cuerpo, desafinando como cuervas a cuál más de las tres. Murmullos de desaprobación en el gentío, algún abucheo. Pronto, la protesta de la gente se hace general. Finalmente las tres mujeres abandonan el balcón completamente abochornadas y camino de las urgencias del centro de salud del pueblo.

Juan Eulogio, aunque mira con cara de preocupación para no desentonar con Paquita, que está algo asustada, por dentro está pasando uno de los mejores ratos de su vida. Paquita, ya que está ahí, espera que llegue el paso antes de ir a interesarse por sus familiares.

El paso reanuda la marcha tras la fallida operación saeta. Se acerca a la esquina donde Paquita y Juan Eulogio están situados. Justo cuando están pasando frente a ellos, ven con horror cómo Elyónatan arroja un supertrueno (un petardo de la leche) por debajo de los faldones del paso. Se escucha una salvaje explosión en el interior. Los costaleros, acojonados, salen en desbandada dejando caer las andas. Con el bruco movimiento, la talla, algo carcomida en su base, se rompe por ese lugar y cae hacia el público ante el estupor general.

En las urgencias del centro de salud Juan Eulogio se encuentra con las cucarachas, ellas con la cara completamente deformada por la urticaria y con urbasones como para una boda. Él, con una brecha de diez centímetros en la cabeza provocada por el golpe que le ha dado la talla de madera de cincuenta kilos, al caerse sobre él, porque sí, como si de una venganza celestial se tratara, la estatua le ha caído a él… y solo a él.

Y aunque el karma es un concepto que no pega en aquel ambiente, Juan Eulogio no puede evitar pensar en él.

Mientras le ponen diez puntos de sutura para coserle la herida, Juan Eulogio murmura con cara de Ecce Homo:

¡Mierda de cucarachas! ¡Mierda de semana santa! ¡Mierda… de vida!

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2 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LA SEMANA SANTA DE VILLARPARDILLO DE LA COCHIQUERA Capítulo 3

  1. torpeyvago dijo:

    Vamos a ver, que nos quejamos por «tó». Las cucarachas fuera de combate, él agilipollado por el jugo de taberna, la propia no disgustada —que siempre es un logro—, ha visto un espectáculo único y además le dan diez puntos para cambiar por un móvil o por una cacerola, a elegir.
    ¿Qué más puede pedir?

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