JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… IKEA (PRIMERA PARTE)

–Cari –dice Paquita con voz melosa, como ronroneando, desabrochándose un poco el escote y poniéndoselo literalmente en la cara a su marido- tenemos que cambiar algunos muebles, que mira que viejos y que feos están todos, que ya me da vergüenza de que venga gente a casa y los vea ¡Si hasta tu madre, que no ve tres en un burro ni tiene idea de diseño hizo el otro día un comentario despectivo sobre la librería del salón…!

¿Y si nos vamos el próximo sábado a Ikea… a mirar?

(Música de la película “Tiburón”) o

(Chirridos de “Psicosis” en la escena de la bañera) o

(Grillos rompiendo el silencio de la noche)

JUAN EULOGIO Y FAMILIA … EN IKEA

Juan Eulogio tiene la sensación de que al decir “Vaaaale” a Paquita, su santa, la ha cagado bien cagada. Más que una sensación lo que tiene es la certeza absoluta. Se pregunta, sin llegar a contestarse, que por qué no se ha metido la lengua en el culo antes de decir nada. Mira que ya tiene la experiencia, mira que ya peina canas y no en la cabeza precisamente… ¡Pues no! Cuarenta veces que le pongan la misma trampa, cuarenta veces que caerá en ella.

Pero bueno… ¿Qué le vamos a hacer? –Piensa estoico- de perdidos al río. Igual hasta pasamos un día divertido y todo. –Esto último ¡Ni se lo cree él mismo! De hecho se le ha escapado una risa tonta al percatarse de lo pardillo que sigue siendo a pesar de la edad. Risa que Paquita erróneamente ha interpretado como complicidad con la idea.

Intentando ser consecuente con la decisión que han tomado se ha currado un plano de la habitación y del salón, (Las piezas a amueblar en principio) con todas las cotas bien anotadas para evitar tener que hacer un segundo viaje por falta de previsión por su parte al Suecocentro comercial del mueble por excelencia, al paraíso del…

“Lléveselo y hágaselo usted mismo… ¡SI- TIE-NE –CO-JO-NES!”

En fin, que Juan Eulogio se ha hecho a la idea y se ha resignado.

Ahora, lo que ya no puede soportar (Y sin embargo no le queda más remedio que soportar, once again) es que Paquita, su santa pero menos, ha cogido el teléfono y sin contar con su beneplácito

¡Ha invitado a la cucaracha a ir con ellos!

La acidez de estómago se le ha agravado por momentos. ¿Pero cómo puede ser tan cabrona Paquita?

Por supuesto, la cucaracha, su “querida” suegra ha aceptado la invitación. Los muebles le importan una mierda, pero es una fan… una viciosa… una enferma obsesiva de las albondiguillas suecas que ponen para comer en el restaurante del centro comercial (entre otras muchas delicatesen a un euro el plato). La última vez que estuvo acabó en las urgencias del hospital con el estómago lleno de bolas como si fuera una mula transportando droga. Juan Eulogio se admira de la precisión con que la palabra mula describe a su suegra.

Son las ocho de la mañana del sábado en cuestión, hora a la que Paquita ha emplazado a su madre, para evitar masificaciones innecesarias. Elyónatan y Layesi, los incansables y ruidosos vástagos de la pareja, están dando por saco quejándose del innecesario (para ellos) madrugón. Pero no ocurre nada.

Son las diez y media de la mañana cuando la cucaracha hace su aparición por la casa de Juan Eulogio.

¡Que ha pasado mala noche y se ha dormido dice la hijaputa!

Si las miradas mataran la cucaracha habría caído fulminada en ese momento. En realidad hace ya unos cuantos años, justos los que llevan casados Paquita y Juan Eulogio.

Juan Eulogio ya se ha mosqueado para todo el día. Mucho más tras las dos horas de atasco que se han chupado para llegar y aparcar a quince minutos andando de la puerta del centro comercial. Todo el mundo, o casi, ha tenido la misma espectacular idea de hacer un cambio de look a las repúblicas independientes de sus casas.

Cuando traspasan la puerta giratoria inmersos en una fila infinita de personas que, cual borregos intentan entrar, Juan Eulogio no puede evitar rechinar los dientes. Está algo tenso.

Maquinalmente toma una bolsa amarilla de Ikea (la bolsa de las tonterías y pijadas que no sirven para nada y abultan la factura exageradamente) y se la echa al hombro.

La una de la tarde y sobre el ruido y murmullo general se escucha como un crujido siniestro. Es la cucaracha, a la que le está sonando el estómago a causa del hambre, según dice, lo cual le da la excusa perfecta para atajando por los pasillos de la exposición, irse directamente al restaurante a “picar algo que casi no le ha dado tiempo a desayunar y está un poquito mareada”. Pide un billete de cincuenta euros a Paquita sin que se entere Juan Eulogio y… abandona el grupo.

Elyónatan y Layesi ya trotan cual briosos y cabrones corceles por todos los pasillos del Ikea, saltando de sofá en sofá, de cama en cama, escalando por las estanterías de la exposición, tirando lámparas, rompiendo cuadros, descolocando sillas… siempre perseguidos por dos chicos jóvenes vestidos de amarillo con cara de estar hasta los cojones y de no considerarse lo suficientemente pagados por la empresa sueca para aguantar semejante despliegue de hijoputez.

Juan Eulogio y Paquita se hacen los dueños de Ikea, es decir, los suecos, cada vez que ven pasar a sus retoños haciendo trastadas, y miran hacia otro lado para que nadie sea capaz de relacionarles con  ellos.

Juan Eulogio se agobia por momentos. Paquita se da cuenta a su vez de que no es el mejor día para comprar nada en el masificado establecimiento y con tan molesta compañía. Se miran, se comprenden y abortan la misión. Van al centro de seguridad a recoger a los nenes a los que ha dado caza el vigilante, pagan quinientos euros por todo lo que estos han roto en su salvaje incursión, van al restaurante a recoger a la cucaracha a la que los servicios de emergencia están intentando reanimar, sacándole una ingente cantidad de bolas (albóndigas suecas) de la boca y el esófago, porque le han hecho masa dentro y la mujer está que no está porque se va…

Juan Eulogio conduce de vuelta a casa serio. Muy serio. Echa un vistazo al asiento de atrás y observa desmadejada a su suegra y con cara de culpables a sus hijos. No han comprado nada en Ikea. Volverán en una más propicia ocasión (o a lo mejor no ¿quién sabe?) y rezonga:

¡Mierda de muebles! ¡Mierda de Ikea! ¡Mierda… de vida!

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3 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… IKEA (PRIMERA PARTE)

  1. Lord Alce dijo:

    Para no perder la costumbre… ¡risión! 😀 😀 😀

  2. torpeyvago dijo:

    Venga, vamos a ser claros: la cucaracha en todo lo suyo, mala como ella sola. Juan Eulogio que deseaba que los del SAMUR no reanimasen a la cucaracha. Elyónatan y Layeni, «pa» qué contar, «pa» qué. Al final sólo se salva la Paquita. Se salva de la maldad, ahora de la tontería… Qué dos formas de meter la pata, oiga: a) IKEA, b) llamar a la cucaracha.
    Parece la definición de sinergia: la suma es mucho mayor que la de las partes individuales.

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