LA MALETA

Mil novecientos cincuenta y nueve. Estación de tren de Jaén.

La primavera quiere estallar en todo su apoteósico y exultante verdor, con el olivo delineando orgulloso los campos de los alrededores, e impregnar el aire de mil y una embriagadoras fragancias sobre las que siempre destaca el intenso olor a aceite de oliva que se destila desde las almazaras cercanas.

El joven Antonio, acomodado desde hace ya rato en su nada cómodo asiento de madera mira a través de la ventanilla del compartimento de tercera para el que, a duras penas, ha podido comprar su billete. Un billete a ninguna parte con el que juguetea, arrugándolo sin darse cuenta, entre sus manos nerviosas, casi desesperadas.

Los vagones del tren se acoplan con un desconsolador y triste crujido metálico cuyo eco resuena como una queja trascendida desde lo más profundo de las entrañas elevándose al cielo en una plegaria que no será escuchada ni correspondida porque, por lo que parece una vez más, Dios tiene mejores cosas que hacer. El convoy por fin, tras unos tensos instantes de espera, está a punto de ponerse en marcha.

El humo del gasoil quemado de la locomotora, con el motor calentándose por momentos, comienza a invadir la estación envolviendo a los familiares de los viajeros en una neblina de incertidumbre, en un agujero negro que transportará a los forzosos peregrinos a otro lugar, a otro tiempo, a un futuro inseguro e impredecible, pero futuro al fin y al cabo. La tierra que les ha visto nacer y crecer no puede apenas ofrecérselo a pesar de que no haya dejado nunca de amarles como una madre ama a todos sus retoños. Cada gota de sudor que se han dejado caer entre sus terrones secos y polvorientos ha reforzado ese vínculo amoroso.

Pero de nada ha servido.

Por eso ahora se hace dolorosamente duro tener que arrancarse de cuajo de donde durante generaciones han ido profundizando sus raíces, sabedores de que nunca encontrarán nada que se le parezca por muy rica y próspera que sea la tierra prometida, hacia donde se dirigen a la fuerza.

Con el alma amputada Antonio se esfuerza por aparentar normalidad, por parecer animoso, por demostrar una hombría que en este preciso momento se le acaba antojando innecesaria y absurda. Y sin poder evitarlo una lágrima furtiva que se desliza por su mejilla le traiciona mientras observa a su familia despidiéndole bajo el voladizo del andén. María, su joven esposa, está haciendo verdaderos esfuerzos por tragarse la pena que se le ha anudado en la garganta mientras sostiene en sus brazos a un bebé de pocos meses. Ambos se hacen las mismas desesperantes preguntas:

¿Quién sabe cuándo volverán a verse? ¿Cuándo el caprichoso destino, que con saña los separa, los reunirá de nuevo?

Antonio siente en el pecho un vacío que le impide respirar y le provoca un dolor que cuesta un mundo soportar. Desea que de una santa vez el tren emprenda camino y acabe en su huída con este penar, con esta sádica tortura.

La vieja maleta a cuadros, sujeta con un par de cuerdas cruzadas, apenas tiene sitio para unas mudas limpias, un pantalón y una camisa. El resto del espacio lo ocupa una asfixiante sensación de congoja que hace del equipaje algo demasiado pesado, tanto que resulta una insufrible tarea el intentar soportar la carga.

Antonio se debate entre un cúmulo de apesadumbradas sensaciones a las que no sabe o no se atreve a poner nombre, pero que no por ello duelen menos. Con toda seguridad se trata de miedo a lo desconocido, a otro país, a otra cultura, tristeza por dejar atrás su mundo, insignificante pero suyo, frustración  porque en su tierra no ha podido encontrar otra salida que no fuera la huída hacia adelante, el arrojarse temerario al precipicio sin saber qué va a encontrar abajo, sin la seguridad siquiera de que vaya a encontrar realmente alguna cosa. Miedo, tristeza y frustración no son buenos compañeros de viaje para un corazón sitiado por la soledad.

El campo no da más que para sobrevivir a duras penas y con una boca más en su reciente familia no le ha quedado más remedio que seguir los pasos de tantos y tantos paisanos que para luchar contra el hambre han desfilado antes que él con la maleta a cuestas y la españolísima sensación de que esto no hay cristiano que lo arregle, que no queda otra que encomendarse a la próspera y condescendiente Europa que consiente indolente en arrojarnos unas pocas migajas de lo que a ella le sobra.

Pero Antonio está dispuesto a hacer cualquier sacrificio con tal de sacar adelante a los suyos, de levantar un poco la cabeza, agachada a fuerza de mamporros de los que no entienden de miserias y desolación, de los que no saben qué es el hambre porque nunca les ha faltado un plato caliente en la mesa, ni unas sábanas suaves con las que cubrirse al llegar la noche, de los que viviendo en su mismo mundo, viven en un mundo desconocido para él, en un mundo diferente, que nada tiene que ver con el suyo.

*  *  *  *  *

Dos mil quince. Estación de tren de Jaén.

La primavera retorna esplendorosa como cada año; siempre lo hace, pero como cada año no siempre trae felicidad y alegrías sino tristes despedidas, duras separaciones. Aún así sigue con regularidad salpicando de colores y de olores cada rincón de la estación y de la ciudad perpetuando una dolorosa e injusta letanía que a fuerza de repetirse ya es tradición.

El mundo parece no haber cambiado nada a pesar de haberlo hecho.

Toño ha heredado el nombre de su abuelo, el que emigró a Alemania y volvió al cabo de veinte años de trabajar como un cabrón para traerse al pueblo los ahorros de media vida a costa de llevar una existencia miserable, de pasar privaciones y calamidades autoimpuestas, sin derroches, sin lujos, de aceptar los trabajos que los alemanes no querían  porque consideraban indignos. Un bagaje demasiado pobre para el alto precio que pagó por él.

Sus padres han podido, con grandes sacrificios, darle estudios a pesar de que a algunos, los de siempre, eso mismo les haya chirriado estridentemente dentro de sus cabezas. Acaba de terminar la carrera, con notas brillantes, menciones especiales y toda esa parafernalia académica. Es entonces cuando ha sido descubierto el truco que el malvado prestidigitador escondía dentro de su chistera, el engaño del miserable. Toño ha dado una vuelta tan grande que había llegado a creer que estaba muy lejos del origen y como Ícaro ha acabado perdiendo las alas, llegando al mismo sitio al que llegaron sus antepasados.

No hay salida.

No es el campo el que le echa, pero es la propia tierra que de nuevo como una madre que no tiene leche para poder amamantar a todos sus cachorros abandona a algunos de ellos, a los más débiles, como Toño. La naturaleza y esta puta vida son así de duras, de rigurosas y, probablemente, de indignas. Sus estudios y su flamante título universitario no le han servido para retenerle en su tierra, como había sido su sueño, como le había prevenido su abuelo, que siempre recitaba la misma y cansina letanía :

  • Niño, mejor en tu tierra que pasando penalidades por esos mundos de Dios, donde no te quiere nadie y todos te miran con desprecio ¡Te lo digo yo! Que he andado como un perro por esos caminos ¿Y para qué?

Toño nunca había entendido lo que siempre había querido decirle su abuelo. Al menos no tan claramente como lo entiende en este mismo instante, cuando a través de la ventanilla del vagón contempla cómo su familia le despide desde el andén agitando las manos y con lágrimas en los ojos. En la maleta algo de ropa, tecnología de última generación y, sobre todo, una asfixiante sensación de congoja que hace del equipaje algo demasiado pesado; tanto que cuesta soportar la carga.

La historia, dicen, siempre se repite. Al menos para los humildes.

Desagradecido país esta España que se permite el lujo de dejarse sangrar la juventud por sus cuatro costados sin saber, quizás sin querer, siquiera retenerla.

El tren se marcha lentamente y los familiares de los pasajeros no pueden más que evidenciar el hecho de la forzosa separación.

En un rincón del andén, Toño, testigo mudo, observa cómo se aleja el convoy. En el último minuto ha creído comprender el mensaje de su abuelo y se ha apeado siguiendo un impulso irracional dando la espalda al incierto paraíso. Se ha rebelado a su destino. Ha dicho ¡Basta! Y con una determinación que no es propia de la resignada genética patria ha decidido luchar por su dignidad.

Sí. Quizás… todavía haya alguna esperanza.

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4 respuestas a LA MALETA

  1. Lord Alce dijo:

    ¡Qué bueno! Te soy sincero: me gusta mucho más que las aventuras de Edelmiro, pues cuando te pones serio escribes con muy buen tino (pareado :)). El paralelismo utilizado, no por sabido, es menos impactante, y el estilo, en serio, me parece triste, como manda la trama, pero muy hermoso, lírico, con unas descripciones muy afortunadas y elementos visuales y olfativos (maleta, humo…) que introducen la escena de forma muy adecuada al tiempo que desgranas los pensamientos de los dos migrantes.
    Y, por supuesto, reflejas una lamentable verdad.

    • cmacarro dijo:

      Muchas gracias por los piropos. Pero no te creas que hablar de Edelmiro no es serio, ja,ja,ja, que es un trabajo terrible eso de escoger los adjetivos más soeces. Bueno, eso… y la pedrada que tengo en la cabeza que también contribuye. Bueno, que me disperso, que es un honor para mí que pienses esas cosas que escribes. Un abrazo. Tengo un montón de lecturas tuyas pendientes ¡Joder! a ver si saco un rato. 😦

  2. sadire dijo:

    Anda la hostia! Has hecho que se me empañen los ojos! Me ha encantado. Es triste, real….ufff sensorial también y encima con final feliz. Porque para mí lo es, aunque Toño tenga que llagarse para sobrevivir en su tierra, ha decidido luchar.
    ¡Enhorabuena!

    • cmacarro dijo:

      Gracias. Sí quiero pensar que algún día cambiaremos este carácter trágico que solemos tener los españolitos, que nos daremos cuenta de que valemos mucho, tanto o más que cualquier otro.

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