CONVERSACIONES CON EDELMIRO IV

CONVERSACIONES CON EDELMIRO III

Edelmiro tenía el extraño poder de regir mejor, cerebralmente hablando, cuando el alcohol corría por sus venas. Años de duro entrenamiento le hacían mostrarse más despierto en circunstancias en las que al resto de los mortales les daría por dormirla. Por eso no me extrañó su pregunta:

     —Vale. Lo pasado, pasado. Eso no tiene ya remedio. Pero que sepas que sigo pensando que eres un verdadero cabrón que te aprovechaste de mí, que fui un pelele en tus manos para que los lectores, seguramente tan cabrones como tú, se carcajearan de mis penurias. Solo espero que te hayas hecho rico contando mi vida. Al menos eso, y que pagues tú las cervezas hoy.

     —Es otra forma de decirlo, desde luego —le respondí tras dar un buen trago a mi cuarta Mahou y lanzado ya  en tromba a ser sincero con mi criatura—. No, no me he hecho rico a tu costa. Es más, es que no vendo una mierda. Como caliente, como mucho, tres veces por semana.

     —En el fondo te lo mereces por ser tan  mala gente –me lanzó a bocajarro mientras me mostraba una suerte de sonrisa de dientes desiguales—. Al menos espero que… tu saña conmigo terminara ¿No es así?, que no te hayan quedado ganas de seguir tocándome los huevos.

Mi silencio hizo que mudara su expresión y se pusiera serio.

     —¡No me jodas que…!

Yo continuaba callado, sin saber qué decir.

     —¿Estás escribiendo… más aventuras sobre mí?

     —Bueno yo… algo me estoy barruntando.

     —¿Barruntando? Ja. Tú estás escribiendo otro libro.

     —Bueno, libro…

     —Me conozco esa cara. La he visto muchas veces desde las páginas donde escribías sobre mí. Esa sonrisa de cabroncete… No lo puedes negar, estás escribiendo otro libro.

     — Pues sí —claudiqué finalmente—. He dicho que iba a ser sincero contigo y debo serlo si quiero preciarme de ser honrado.

     —¿Honrado tú? —me espetó— ¡La madre que te parió! Si es que no tienes remedio.

     —Compréndeme, Edelmiro… Tengo un trabajo de mierda, vivo una vida de mierda, me compro la ropa en las rebajas… ¡Del Primark!, soy más pobre que una rata… y me gustaría pegar un pelotazo con alguna de mis historias, hacerme rico… ¿Acaso no son humanos esos anhelos?

     —Querrás decir… con algunas de MIS historias ¿No? Porque, que yo sepa, no hablas de ti en tus libros, sino de mí. No cuentas tus miserias, que tienes unas cuantas. Cuentas las de otros. Por cierto, que mi mujer también está hasta ahí mismo de ti. Con lo que le gusta la caravana y no hacemos una puta salida en la que disfrutemos del camping ¡Exclusivamente del camping!

En aquel momento me sentí un poco ofendido y le ataqué con cierta crueldad.

     —¿Tu mujer? ¿tu santa? ¿tu… costilla? No me hagas hablar, anda.

Aquello le debió llegar al alma porque la sombra de la duda oscureció un tanto su rostro. Era un mujeriego y eso se lo perdonaba a él mismo, pero lo suyo… eso que no se lo tocaran. Me había salido un tanto machista el hombre.

     —¿Qué sabes tú de Paquita? —me preguntó con las bolas de los ojos casi fuera de sus órbitas.

     —No… nada… —dudé y esa fue mi perdición—. Había sembrado en él la sospecha y no me dejaría en paz hasta que no le confesara la verdad.

     —No te calles ahora. Cuéntame —se crispaba por momentos haciéndome temer una escena violenta.

     —Que noooo, que es mejor que dejemos las cosas como están. No seas bobo. No merece la pena.

     —O me lo cuentas ahora mismo… o te rompo una botella en la cabeza —me dijo con un botellín vacío cogido por el cuello.

Nunca había visto a Edelmiro amenazar a nadie de aquella manera. Llegué a acojonarme. Y decidí contarle la verdad.

     —Tú te piensas que tienes una santa en casa ¿Verdad? —Le espeté molesto, dispuesto a darle donde dolía.

    —¿Co…mo?

     —Has sido tú quien me ha forzado a hablar. Tú, el machista, el putero, el mujeriego…

Edelmiro ahora escuchaba en silencio poniendo toda su atención en mis palabras.

     —Pues que sepas que Paquita, tu recatada Paquita… el otro día se me insinuó como una buscona.

     —Eso… no se lo puede creer nadie. ¡No me jodas! —en sus palabras se apreciaba un discreto tono de duda. Ya no se mostraba tan gallito. Que Paquita se hubiera vengado de él, con todas las que le había hecho… no le sonaba del todo descabellado. Pero gracia… lo que se dice gracia le hacía muy poquita.

     —Pues sí. Recuerda que soy yo el que os da vida, el que os da un carácter…

     —Pero Paquita… Paquita no…

     —Estaba yo en mi casa, haciendo unos esbozos de tus nuevas aventuras, y aprovechó que habías salido un momento para presentarse ante mí prácticamente en ropa interior, solo cubierta por una bata transparente, que dejaba ver toda su lencería. Está buena Paquita ¿Eh? Y eso que ya tiene sus añitos.

     —Y tú… te aprovechaste de la situación ¿verdad? —me dijo comenzando a sufrir un ataque de cuernos.

     —Pues te equivocas —le dije—. ¿Cómo me voy a enrollar yo con un personaje de mis novelas?  Además, que tu mujer me cae bien. Me parece una gran persona. Solo por lo que te tiene que aguantar…

     —Entonces… ¿No tuviste ningún lío con ella? —Ahora parecía respirar con cierto alivio.

     —Te lo hubieras merecido, porque eres un cabrón con ella. Pero… bueno… tampoco tú tienes la culpa. Yo te di esa característica. No, la rechacé con mucha delicadeza y le dije que era una mujer casada… que yo era un hombre casado… en fin, todas esas cosas que se dicen.

     —¿Seguro que no te la tiraste?

     —Seguro. Tendrás que confiar en ambos.

     —Confiaré, pues. ¿Acaso me serviría de algo no confiar? Tú eres el creador, tú tienes el poder de imaginar esa escena con Paquita cuando te dé la gana. ¡Venga otra Mahou! —me dijo levantando los dos botellines vacíos para que nos los repusieran.

     —Va a resultar que no eres tan mal tío —me dijo francamente aliviado—. ¿Y qué es eso de que estás escribiendo otro libro sobre mí?

     —Joder, Edelmiro, parece que no quisieras enterarte. Que si yo no escribiera sobre vosotros, sea bueno o malo, vosotros no existiríais.

     —No si ya… —le costaba trabajo asimilarlo, de eso no cabía duda.

     —Bueno —concluyó tras darle una serie de vueltas al magín—. ¿Y de qué va esta vez? Algo me podrás contar ¿no? No me apetece que me vuelvan a pillar las desgracias por sorpresa.

     —Tranqui, majo —Yo cada vez me encontraba más perjudicado con la Mahou y estaba dispuesto a prometer el cielo con tal de no tenerlas con mi criatura—. En mi nuevo libro follas como un campeón.

Je,je. Sabía qué teclas tocar para llamar la atención de Edelmiro. ¡Coño! Si el personaje me lo había inventado yo… para chasco que me hiciera el lío…

Aquella alusión al folleteo resultó ser un bálsamo para mi crieación, que a partir de aquel momento ya solo pensó con la cabeza… con la que no tiene ojos, quié icir.

     —Solo puedo adelantarte que… en la novela hay muchos extraterrestres…

Pero Edelmiro ya no me escuchaba. Un hilillo de baba le caía por la comisura de los labios, con la mirada perdida en el infinito y la cabeza puesta en vete tú a saber qué lejano lugar.

Me propuse no aceptar en el futuro más citas con Edelmiro. Me había quedado claro que por muy básico que fuera podía complicarme bastante la vida. Solo espero que el nuevo libro sea, de verdad, un pelotazo. Prometo que si gano lo suficiente, haré partícipe a mi personaje y a su familia de las ganancias para que renueven la caravana y puedan seguir saliendo de camping con mayor comodidad.

Claro que… ¿Por qué tengo que esperar a vender muchos libros para…? Pero si soy yo el que controla los acontecimientos, al menos en mi historia… ¿Qué necesidad tengo yo de comprometerme a nada con mis personajes? ¿Acaso les debo algo? Sus historias son tan malas que presiento que nunca me van a sacar de pobre… Sin embargo… Edelmiro no parece mal tío en persona…

No sé…

¡Mierda! La hora de mi medicación. Ya se me está yendo la cabeza de nuevo.

EDELMIRO PÁEZ   IV:  ENCUENTROS EN LA SÉPTIMA FASE

Una historia… que te pondrá los pelos como escarpias

(PRÓXIMAMENTE EN SUS EBOOKS) 

 

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