JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL RESTAURANTE CHINO

Sábado noche. Horas antes de hacer realidad el dicho y si es que llega a hacerse realidad, que no está nada claro, Paquita, la santa de Juan Eulogio, no tiene ánimo para preparar la cena, es más, le apetece tanto cocinar como que le den una patada en las “lumbales”. Por su parte,  Juan Eulogio, de natural algo perro, no entra al trapo ofreciéndose a hacerla él, prefiere continuar rascándose los huevos tirado en el sofá, o en su defecto salir a cenar fuera. Elyónatan y Layésica, sus espabilados e interesados vástagos, que las cazan al vuelo,  a nada que ven flaquear a sus progenitores, atacan con saña con su mantra favorito: “Vamos al chino”, “Vamos al chino”, “Vamos al chino”…

Paquita y Juan Eulogio son más de comida autóctona pero llega un momento, tras 20 minutos de cantinela a dos voces,  en que tienen el cerebro taladrado de tanta e insistente “tortura china”  y ya con los nervios a flor de piel y como alternativa para no darles a los cansinos infantes un par de hostias pedagógicas,  claudican.

     —Veeeeenga. ¡Vamos al chino! –dice Juan Eulogio rindiéndose a la evidencia.

     —¡Bieeeen!  – Continúan gritando los cabrones de ellos- Chi-no, chi-no, chi-no-

Paquita ha abortado la algarabía dando un berrido inquisitorio y los nenes se han calmado de golpe.

Y deciden ir al chino… Porque ellos lo valen. Bueno, porque ellos lo valen y porque los menús son asequibles aunque sean  insalubres.

Se visten para salir. Nada elegante. Casual, dice Paquita o, como cantaba Martirio, con mi chanda y mi tacone, arreglá pero informá. Total, para tener que echar la ropa a lavar según lleguen a casa… Paquita se asombra en gordo cada vez que comprueba cómo esa extraña y pegajosa oló de la fritanga (flitanga para el que esté interesado en aprender el idioma chino) se adhiere a sus ropajes como un tatuaje de jena. Cualquiera que se cruce con ellos tras la cena sabe exactamente de dónde vienen por el rastro de la oló que van dejando.

Pero bueno, como mal menor…

Y allá que te van los cuatro por la calle, de camino a “La glan mulalla” que es el original nombre que tiene el restaurante chino más cercano. Hay que reconocer que los chinos tienen fama de ser laboriosos como hormiguitas, pero lo que es de originales poniendo nombre a los restaurantes… La glan mulalla, Pekin, Chinatown, la familia feliz… no son el colmo de la creatividad, ni mucho menos.

Juan Eulogio no sabe por qué, no lo racionaliza, pero se siente… ligero de equipaje, en paz consigo mismo, feliz, en una palabra. No tiene más que darle unos minutos al magín para averiguar cuál es la causa de semejante sosiego: Sorprendentemente ¡La cucaracha no les acompaña! ¡Qué momento de placer para Juan Eulogio! Hoy… no le va a ver el careto a su “querida” mamá política…

A punto está de meter la pata bien metida cuando con la intención de preguntar por ella, es decir, de verificar su ausencia dice:

     —¿Es que está mala tu m…?

Sin embargo se muerde la lengua a tiempo. Lo que sea antes que dar ideas a Paquita.

     —¿Qué decías, cari? –Pregunta Paquita despistada porque está dando una colleja a Elyónatan, para que deje de vaciar el aire de las ruedas de los coches aparcados, metiendo el dedito en la válvula.

     —Nada, churri. —Contesta evasivo Juan Eulogio, percatándose de que la cucaracha no vive muy lejos y puede unirse al grupo en cero coma a nada que reciba una llamada de la lela de Paquita.

Juan Eulogio vuelve a sus plácidos pensamientos.

Sin embargo, llegando al restaurante, cuando más felices se las promete, cree ver en la puerta un bulto informe que… ¡No puede ser!… sus ojos le están engañando… Es imposible… Es…

¡La cucaracha! Dispuesta  a acabar con las existencias de cerdo agridulce.

     —¡Hija de la gran puta!. –Masculla Juan Eulogio en voz baja con cara de grajo estreñido. Paquita le ha ganado por la mano.

Entra con rostro sombrío al restaurante.

     —¿Cuánto quielen comé? ¿Mesa pala cuatlo o pala cinco? –Pregunta la camarera que atiende a los clientes en su precario castellano de campaña. Los demás camareros  les miran y les sonríen, pero no tienen ni puta del lenguaje patrio.

     —Para seis. –Contesta Juan Eulogio, que está contando con cuatro de su familia y con la vacaburra que necesita dos sillas y engulle como una mala bestia.

Juan Eulogio pide un menú para seis a sabiendas de que se va aquedar muy corto pues la cucaracha come como los gorrinos, todo lo que pueda y todo lo que le quepa.

     —¿Lollito de plimavela? –Plegunta al rato la selvicial camalela.

     —A mí dos. –Dice la cucaracha con ojos ansiosos.

     —Mamá, que a ti esta verdura te sienta mal. ¿No te acuerdas que te da flatulencias? –Le recuerda, prudente, Paquita.

Pero la recomendación ha llegado tarde. La señá Virtudes ha engullido ya los dos rollitos, además de los de Elyónatan y Layésica, a los que no les gusta este plato.

La cucaracha, que está sentada lo más lejos posible de Juan Eulogio, es decir, justo en frente deja escapar un eructo que comienza siendo comedido y acaba siendo tormenta tropical a la espera de que le pongan nombre. Juan Eulogio recibe esta primera andanada, y queda completamente despeinado y asqueado.

     —¡Mamáaaaaa! –Le reprende Paquita

     —¡Aaaay hija! No puedo evitarlo. Es que tengo un poco revuelta la visícula.

Juan Eulogio, que la ve sonreírle a escondidas,  se debate con la duda de determinar si la señora es más cerda que puta o más puta que cerda, pero no acaba de tenerlo claro. Se sale a la calle a fumar, y se lleva la jarra de sanglía que acaban de traer y una copa. Probablemente tarde en volver.

Cuando Juan Eulogio vuelve a la mesa, tras haberse trasegado él solito el litro y medio de sanglia, la vida es algo más dulce de lo que era.  La cucaracha, desenfrenada, desaforada, está dando cuenta de la bandeja de celdo aglidulce ¡Entera! Mientras su hija y sus nietos la contemplan ojipláticos. Ya se ha comido el pollo con almendlas y una bandeja entera de alós tles delicias. Hoy se está saliendo. Hasta Paquita está empezando a sentir vergüenza. Pero visto lo visto, reparte corriendo a los niños y a ella misma un poco de espagueti con setas chinas, a ver si son capaces de comer algo, antes de que el ansia viva les deje sin probar bocado.

Juan Eulogio no come, se le han quitado las ganas, pero pide otra jarra de sangría, que apura con la celeridad del rayo.

Tiene que hacer una pausa para ir al servicio, pero lleva el GPS un poco averiado y sin darse cuenta se cuela en la cocina donde la actividad es frenética . Como va un poco perjudicado no puede evitar pisar a un gato que, no se sabe por qué… aunque se sospecha,  pulula por la estancia.

Juan Eulogio tiene una idea y entra a hablar con el cocinero, al que, como no tiene ni papa de castellano, pone al corriente por señas de su plan. El cocinero entiende.

Al cabo de unos 20 minutos la camalela llega a la mesa con un plato humeante que coloca frente a la cucaracha.

     —A este invito yo. –Dice Juan Eulogio con voz profunda de presentador de telediarios.

La cucaracha, que está a reventar, es incapaz de decir que no a un plato de carne caliente, y se lo trasiega ante la mirada asombrada de Paquita y la mirada expectante de Juan Eulogio, que se niega a decirle qué es hasta que no se lo haya comido todo.

Poco tarda la cucaracha en hacerlo y entonces mira a Juan Eulogio  con rostro interrogante. Ha sido el plato más delicioso que ha probado en su vida y quiere saber de qué se trata.

Juan Eulogio sonríe y dice mimoso:

     —Miaaaaaaauuuu.

La venganza es terrible. Con una estruendosa carcajada ve cómo su suegra se va poniendo de todos los colores y formas posibles. Hay momentos en la vida que merecen la pena.

Pero la cucaracha se viene arriba y tras una serie de eructos y espasmos estomacales comienza a echar como si de una manguera de bombero se tratara, un chorro de vómito a presión que alcanza de lleno… a Juan Eulogio, que sorprendido y asqueado comenta:

¡Mierda de restaurante chino! ¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda… de vida!

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6 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL RESTAURANTE CHINO

  1. periko523 dijo:

    MUY BUENO, ME HA GUSTADO BASTANTE EL RELATO, Y DIGO YO ¿POR QUE NO PISAN A LA CUCARACHA?

  2. torpeyvago dijo:

    Mira que me gustan los restaurantes chinos. Bueno, los restaurantes en general, a qué negarlo: me gusta comer y beber a boca llena. En cantidad y velocidad poca, pero que dure el placer. Claro, que si te encuentras una entidad de este tipo te amarga la comida para una semana.
    En fin, que la una peca por gula, el otro por putero, los nenes por… nenes ninis. La única que se salva y no demasiado, por traidora —de traer, de traer a su madre a todo sarao posible— es la propia, la Paqui.
    Y, por cierto, gracias por las risas de este viernes que me tiene de cabeza.

    • cmacarro dijo:

      Gracias a ti por despiezar tan concienzudamente mis personajes que no tienen más origen que un ladrillazo bien “dao” en el mocho de un servidor.

  3. Lord Alce dijo:

    ¿Toltilla? No pica, no.
    Anécdota verídica. Verdad verdadera: Hay un restaurante chino en mi ciudad que tiene un almacén en un local cercano y se publicita con un cartel (de papel, nada de virguerías) que indica que el restaurante está en (nota: la calle es un pueblo de Huesca, por si alguien no sabe mucha geografía aragonesa :D) “Calle Glaus, loca 6”. Como suena.

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