RITUAL DE APAREAMIENTO DE LA HEMBRA Y MACHO IBÉRICOS: LA MONTA O CÓPULA.

EL AVISTAMIENTO

 PERSECUCIÓN Y ACOSO

Llegados a este punto del reportaje, el sufrido lector estará ahora mismo en trance de presuponer que nunca se va a completar el proceso de apareamiento del macho y la hembra ibéricos. Por estos mismos razonamientos, estará temiendo en estos momentos que la raza ibérica tal cual se conoce, visto lo visto, está definitivamente abocada a la extinción. Deducciones hechas con cierta lógica pero, si se me permite decirlo, totalmente erradas.

La naturaleza siempre se abre camino, siempre encuentra soluciones a problemas aparentemente sin solución. ¿Existen situaciones al gusto de todos? La Naturaleza es sabia, pero también es cruel. No. No todos los individuos han de quedar satisfechos cuando la madre natura toma una decisión. Siempre hay alguien que acaba perdiendo…

Prosiguiendo con el relato de los acontecimientos    habíamos dejado a la hembra ibérica maquinando de qué modo podía hacer tomar conciencia al macho ibérico de lo infructuoso de sus cansinos intentos por montarla.

El macho ibérico se encuentra un tanto turbado.

La razón no es otra que la hembra, que tan esquiva se ha estado mostrando ante sus numerosos intentos por llamar su atención, le ha citado esta tarde en el camino del río, lugar frondoso y sombrío donde las parejas de especímenes ibéricos suelen acudir a aparease cuando no disponen de un lugar fijo, un nido, donde dar rienda suelta a sus pasiones.

El macho, que algo alicaído, ya se estaba planteando la opción de abandonar la lucha, vislumbra de nuevo una luz al final del túnel, ve de alguna manera recompensados todos sus desvelos por intentar montar a la hembra. Como a ET cuando presentía que llegaban sus compañeros alienígenas a su rescate, al macho ibérico también se le enciende una lucecilla roja parpadeante, aunque no a la altura del corazón, sino algo más abajo.

Ignorante de los maquiavélicos planes de la hembra ibérica, el macho se acicala a conciencia para la cita. No quiere fallar en este momento tan definitivo del proceso. Se cambia de muda, quitándose los calzoncillos castellanos como si estuviera despegando una calcomanía. Una vez que tiene el asunto al aire arrima el hocico lo más que puede a sus partes pudendas, para comprobar si necesita o no un agüita. Pero recuerda que no hace más de quince días que se duchó y decide que no es necesaria una segunda ducha en tan corto espacio de tiempo. Tanta agua lo único que consigue es disolver sus feromonas masculinas, su olisque a macho ibérico.

La revisión de alerones con el mismo procedimiento se le antoja aceptable a excepción de unos pinchazos que siente en las axilas, el “sobacamen”, dice él. Estos son debidos a que los pelos han llegado a hacer masa con el sudor y se le han convertido en algo parecido a estalactitas que se le clavan. Con un peine de cardar, tras media hora de intenso trabajo, el macho ibérico consigue desenredar  el vello axilar.

Ya casi está a punto de revista. Solo le quedan los calcetines, que es incapaz de sacar de los pies, pues están aparentemente soldados a ellos, y necesitarían un tiempo en remojo, un tiempo que no tiene. Lo da por bueno a pesar de que por el suelo de su guarida va dejando húmedas huellas de pie por donde pisa.

Se echa por encima más de un cuarto de litro de Varón Dandy para minimizar las consecuencias, aunque en el fondo le parece un exceso de celo y una mariconada.

Se mira al espejo encogiendo estómago en la medida de lo posible y sonríe satisfecho mostrándose un par de huecos donde deberían estar dos incisivos. Se recoloca el pelo sobre la calva y lo afianza con un buen pellizco de crema de manos Deliplus (Marca blanca de Mercadona), bastante grasienta y pegajosa, para que el aire no le juegue una mala pasada en el momento más inoportuno.

Revisión OK.

Ya se encuentra listo para el momento cumbre, momento que espera se haga realidad esta misma tarde en el coche de la hembra ibérica que es más espacioso que el suyo. Por eso se va caminando al punto P, lugar de la cita.

Tarda poco en llegar pues su guarida no está demasiado lejos del mismo. Va ensimismado en sus pensamientos, imaginando la escena que se avecina.

Avista una fila de coches todos aparcados fuera del camino semiocultos por la exuberante vegetación ribereña. Tras afinar un poco la vista divisa el coche de la hembra de sus pensamientos y hacia allí que se dirige con total decisión y paso firme. Siente un cosquilleo en la entrepierna.

Unos metros antes de llegar a él se da cuenta de que el coche se mueve arriba y abajo.

Todas las señales de alerta se encienden de golpe en el macho ibérico.

Con cara contrariada y muy sombría por la terrible sospecha que le atenaza, se acerca al vehículo. A través de la ventanilla trasera observa dos pies menudos, descalzos que se van escurriendo poco a poco hacia abajo al compás del movimiento del vehículo. Hay bastante vaho por dentro y apenas puede ver nada más.

Con una negra nube de tormenta por encima de su cabeza toma una decisión de la que está seguro se va a arrepentir de inmediato: Abrir la puerta trasera del coche de la hembra ibérica.

El cielo, como acertadamente suponía, se le viene encima de golpe cuando ve a la hembra de sus entretelas completamente desnuda y con otro macho ibérico, más fornido, con menos vello, una generación y 20 kilos menos, un doctorado en economía y un año de Erasmus y con todas sus piezas dentales en buen estado, moviéndose espasmódicamente encima de ella.

La hembra, sabedora de que la raza ibérica ya no está en extinción si es que alguna vez lo ha estado, más bien al contrario, entre gemido y gemido, mira por encima del hombro de su pareja y sonríe con desprecio. En sus labios, el macho ibérico puede perfectamente leer:

     —¡Ahora vas… y lo cascas! ¡GILIPOLLAS!

Trance duro donde los haya para el macho ibérico, que despechado y mancillado, hundido y derrotado, herido en lo más profundo de su orgullo de macho, da media vuelta lentamente y comienza a alejarse del lugar, de ese lugar maldito para él, dejando en el aire un aroma a Varón Dandy que le persigue como para seguirle el rastro.

Por el camino levanta un momento la cabeza y sale de su ensimismamiento. Entonces, el macho ibérico, espíritu fatuo, débil y casquivano donde los haya, avista a otra hembra ibérica que parece encontrarse sola apoyada en una esquina.

De repente, se detiene expectante, la mira y la remira… y borra de su mente cualquier rastro de fracaso. Él no es consciente pero su cuerpo se yergue poseído de nuevo por la fuerza imparable de las feromonas, por el primario instinto de la conservación de la especie. Los ojillos le brillan con lujuria y deseo.

     —¡TECOMÍAHASTALAGOMALASBRAGAS! –Le dice el macho ibérico sintiéndose de nuevo totalmente enamorado.

La maquinaria de la madre Naturaleza se vuelve a poner en marcha…

 La respuesta de la hembra, aunque no es la esperada, le acaba satisfaciendo ¡Qué remedio!:

—20 euros shupá, 40 follá.

Culmina aquí este ritual de apareamiento del macho y la hembra ibéricos, en que unos concluyen de forma, digamos, ortodoxa, y otros… bueno… otros tienen que aparearse pagando.

Cruel pero veraz como la vida misma.

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6 respuestas a RITUAL DE APAREAMIENTO DE LA HEMBRA Y MACHO IBÉRICOS: LA MONTA O CÓPULA.

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  3. Lord Alce dijo:

    Y vuelve a comenzar el ciclo. O, mejor dicho, en este caso finaliza antes de caer en el mito de Sísifo gracias al invento que es el dinero, auténtico producto evolutivo de la especie, con el que poder comprar cosas que los animalicos, si no tienen hembra a mano (o a entrepierna), solo pueden soñar 😀

  4. torpeyvago dijo:

    Fíjate, con los atributos que muestra nuestro protagonista, cómo no se le lanza la hembra al cuello.
    Ya bueno, al final, si no ha de comer a la carta, pues menú del día.

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