UNA HISTORIA… INUSUAL.- CAPÍTULO CUATRO

 CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

En otra ocasión, unas semanas después del incidente del coche, ya de vuelta de las vacaciones en la ciudad donde vivo, volví a recibir otra de aquellas señales. De nuevo mi mente, nada abierta a explicaciones que se salieran de la lógica, lo consideró como un hecho aislado y sin relación alguna con las demás, y, por supuesto, no como algo que formaba parte de un plan mayor.

Aquella noche, caminaba sólo por la ciudad. Había tenido una cena de trabajo, con un representante de otro país de la multinacional para la que yo trabajaba. En estas cenas, el vino siempre solía ser un nexo de unión entre diferentes culturas. Abría puertas y derribaba los muros de los convencionalismos. Por ello, como de costumbre, en aquella ocasión corrió abundantemente durante toda la cena, que acabó, como acaban estos eventos con grandes risotadas y una extraordinaria comunión intercultural.

Conocedor de esta costumbre yo había acudido a la cita en taxi y tenía la intención de volver a casa de la misma forma. Para mi suerte la cena se celebraba en mi ciudad, no demasiado lejos de donde yo vivía, y transcurrió tal y como yo había supuesto. La experiencia, dicen, es un grado.

Me encontraba bastante mareado a causa del alcohol y, rechazando la tediosa oferta de tomar la última copa en otro sitio, por considerar cubierto mi cupo de alcohol en la sangre aquella noche, sobre la marcha decidí que lo mejor sería olvidarme del taxi y volver dando un largo paseo. Eran unos tres cuartos de hora a pie lo que me separaba de mi casa pero confiaba que la larga caminata y el fresco de la noche acabarían disipando los vapores alcohólicos que pululaban por mi cabeza.

El reloj del ayuntamiento, construido en un sencillo estilo neoclásico, marcaba alrededor de la una de la madrugada y, como era un día de diario apenas había gente por la calle. El tráfico también había descendido notablemente.

Los camiones de la basura engullían con gran estruendo a esas horas su apestosa carga. Algunas personas, las pocas que pululaban por la vía, intentaban combatir el frío creciente andando con paso muy ligero.

La ciudad, agotado un nuevo y frenético día se preparaba para el reposo.

Por un momento me arrepentí de no haber tomado un taxi. El camino de vuelta ahora se me antojaba demasiado largo y tenía sueño, pero, las cosas siempre suceden por alguna razón.

Así que decidí acortar camino metiéndome por unas callejuelas más solitarias sacrificando mi seguridad por hacer la ruta lo más recta y breve posible.

 El rumor del escaso tráfico sonaba ahora lejano y el silencio de la noche sólo era roto por el ruido de mis pasos caminando con celeridad. Encima me había puesto unos puñeteros zapatos nuevos. Comenzaba a sentir escozor en el talón derecho y una incipiente molestia en ambos pies.

No me hacía especial gracia deambular a solas por aquellos andurriales pero ya estaba allí así que no tenía sentido lamentarse.

Caminaba en aquel momento por una calle escasamente iluminada cuando me pareció escuchar unos pasos a mi espalda.

Me volví pero, como imaginaba, no pude ver a nadie.

Apreté el paso. La sospecha de que alguien me estaba siguiendo cruzó un instante por mi mente.

Nada más volver a ponerme en marcha escuché de nuevo pasos a mi espalda. En esta ocasión  me dio la sensación de que sonaban más cerca.

Me giré bruscamente y, entonces, creí ver una sombra que se apartaba del haz de luz que la farola iluminaba. Vagamente me pareció distinguir a alguien. Pero ¡No era posible ¡ Era alguien exageradamente alto, mucho más que una persona normal.

No conseguía distinguir con precisión en aquella penumbra.

Finalmente concluí que debía de tratarse de imaginaciones mías, alentadas por el influjo del alcohol ingerido.

Reanudé  mi camino, aunque presa de los nervios, ya no andaba, más bien trotaba. El dolor que me provocaban aquellos zapatos apenas me importaba.

El sonido rítmico de aquellos pasos tras de mí me seguía acompañando.

Si yo corría, aquellos pasos se aceleraban, si yo me detenía hacían lo propio.

 La calle por donde yo iba corriendo acabó desembocando en una calle más grande, mejor iluminada y más transitada, pero me contuve de parar a mirar. Con la paciencia y la calma que me permitía la situación esperé a que mi supuesto perseguidor hubiera entrado también en la zona que tenía mayor cantidad de luz. Mi estratagema dio resultado. Una vez que imaginé a mi perseguidor suficientemente expuesto a la luz como para poder distingguirle, me paré en seco dándome la media vuelta.

Entonces lo vi. No puedo explicar qué o quién era, pero sí que tenía forma humana y que a la distancia que nos separaba me pareció que medía más de dos metros. Incluso me atrevería a decir que la silueta debía alcanzar los dos metros y medio. Sí. Con seguridad pasaba ampliamente de los dos metros porque al fijarme detenidamente le vi parado al lado de un portal de la calle y su cabeza llegaba a la altura del dintel del portal .No pude verle la cara porque la tenía prácticamente tapada con la capucha de una trenca que la llegaba a la mitad de los muslos. Me resultó muy extraño y absurdo que cubriera sus ojos con unas gafas de sol.

Pasado el primer instante de sorpresa, vi, con verdadero pánico que aquel talludo ser echaba a andar a grandes zancadas hacia donde yo me encontraba.

Me asusté tanto que en un primer momento me quedé como paralizado, mis músculos se negaron a obedecer las órdenes de mi cerebro. Pero cuando tuve a aquella cosa apenas a treinta metros, una especie de chispazo, la adrenalina supongo, puso toda mi maquinaria muscular en movimiento.

 Me giré y comencé a correr como creo que nunca lo había hecho.

 Del vino de la cena ya no quedaba nada en mi cuerpo y mi mente estaba completamente fresca y alerta.

Le perdí de vista al doblar una esquina pero no me detuve a verificarlo Seguí corriendo hasta llegar a mi barrio. Sólo entonces, quizás por ser territorio conocido me sentí de repente más tranquilo y paré a recuperar el resuello. Ahora notaba verdadero padecimiento en mis pies, pero ya no me importaba. Estaba a salvo.

Miré hacia atrás. No había nada. Todo parecía tranquilo. No se veía ni rastro de mi perseguidor y continué caminando hacia mi casa, más calmado.

Enfilé por fin mi calle y saqué las llaves dispuesto a abrir el portal a pesar de que lo tenía aún a unos cien metros.

De repente se me heló la sangre.

Bajo la luz del aplique que había sobre la puerta los vi  de pie, parados. Con una indumentaria exactamente igual al hombre o lo que fuera que había visto antes, mirándome fijamente, había dos seres del mismo tamaño del que venía huyendo.

No sabía qué hacer. Parecía que me estuvieran esperando, pero… ¿Quiénes eran aquellos individuos? y lo que era más inquietante ¿Por qué me buscaban? ¿Qué querían de mí?

Demasiadas preguntas sin respuesta.

Mi pensamiento racional se volvió a imponer a cualquier otra explicación. Deduje que, algún tipo de banda de malhechores me había tomado aquella noche como objetivo, además muy mal informados porque apenas llevaba dinero o nada de valor encima.

Ellos se encontraban a cierta distancia, mirándome, pero, como no advertí ninguna señal inminentemente amenazadora me sobrepuse al susto inicial. Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón y marqué el 112.

Los cinco minutos que tardó la policía en llegar se me antojaron interminables. Pero al fin, un coche patrulla entró en mi calle. Los dos compinches, se percataron enseguida de la presencia policial y se fueron en un abrir y cerrar de ojos. Incluso diría más, es como si, de repente, se hubieran volatilizado.

 Expliqué a los agentes con pelos y señales lo que me acababa de ocurrir, dándoles las gracias por su intervención. Con gran desconsuelo por mi parte me explicaron que era imposible cursar denuncia alguna. En realidad no había ocurrido nada y, el miedo es libre.

Me dirigí raudo al portal. Antes de entrar miré a todos los lados con el temor de recibir una nueva sorpresa, pero no ocurrió nada. Subí a mi casa y me acosté al lado de mi mujer que se hallaba completamente dormida ajena a mi estado de nervios, dándole mil vueltas a mi cabeza. Tardé en dormirme, pero al final fui vencido por el sueño, que no fue en absoluto reparador. Las pesadillas me acuciaban. Hombres altos que me perseguían y toda una serie de aberrantes alucinaciones desfilaron ante mí esa noche, impidiéndome descansar debidamente.

 

CAPÍTULO CINCO

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11 respuestas a UNA HISTORIA… INUSUAL.- CAPÍTULO CUATRO

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  2. torpeyvago dijo:

    ¡Espeluznante este encuentro del tercer tipo! Me has tenido en tensión hasta la aparición de los municipales.
    De todas maneras, ¿qué bodega, qué vino bebisteis? Es que hoy en día hay gente muy rara en esto de los vinos.

  3. cmacarro dijo:

    No sé si fueron los vinos… o fueron los porros, ja,ja,ja, que te hacen ver las cosas un tanto distorsionadas.

  4. Lord Alce dijo:

    Intriga en grado sumo. Como en el caso del coche poseído, la narración es abrupta, moviendo a quien lee el relato a la inquietud. ¿Serán unos altísimos Men in Black los perseguidores del pobre hombre?
    Por cierto que lo de “el miedo es libre” es genial 😀

  5. sadire dijo:

    Ummmmmm a ver a donde o a que nos llevas….
    Soy devoradora de libros cuando me engancho y…estas empezando a caerme fatal jaaajjj

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