UNA HISTORIA… INUSUAL.- CAPÍTULO TRES

 CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

Permitidme que vaya paso a paso, a mi ritmo. Me ha costado mucho vencer mis temores y recelos para tomar la decisión de contar lo que me ocurrió y no quisiera dejarme nada en el tintero.

Acabamos las vacaciones sin más incidentes de aquella índole, que por cierto nunca llegué a comentar con nadie, ni siquiera con mi mujer. Nuevamente el temor al escarnio público me hizo reprimir cualquier atisbo o deseo de contarlo.

Pero en el viaje de vuelta, a finales del mes de Agosto… volvieron a ocurrir… digamos… cosas.

Coincidía con uno de esos temidos días dentro de la operación retorno de verano en que todo el mundo decide aprovechar hasta el último minuto de vacaciones y todos nos acabamos encontrando con el temido atasco.

Siempre intento evitar ese tipo de días cuando viajo, sobre todo con la familia. A los niños se les hace muy pesado, pasan un mal día y nos lo hacen pasar a los padres. Pero este año, por motivos de trabajo habíamos tenido que cuadrar al máximo los días de vacaciones de mi mujer y los míos y habíamos tenido que apurar las fechas para poder disfrutar de más días de descanso coincidiendo toda la familia.

Temiendo un fatídico día de vuelta de vacaciones nos armamos de paciencia y perfectamente concienciados emprendimos la marcha.

Para mi asombro, la primera mitad del viaje había sido muy tranquila. El trayecto completo era de 500 kilómetros y apenas habíamos encontrado tráfico en los 250 primeros. Cierto que habíamos salido más temprano de lo habitual y probablemente aquello debió ayudar a que la carretera estuviera despejada. El caso es que por esas casualidades de la vida (de nuevo casualidades, con lo poco que creo ya en esa palabra) circulaban muy pocos vehículos en nuestra misma dirección.

Aquello me sorprendió gratamente. Tanto que cometí la imprudencia de relajarme. Animado por encontrarme la autovía tan fluida hundí un poco más el pedal del acelerador, al tiempo que notaba cómo mi tensión muscular disminuía haciéndome relajar la atención en la conducción.

Al cabo de unos kilómetros, inconscientemente, me di cuenta de que las casas, árboles y demás cosas a los lados de la carretera estaban pasando más deprisa de lo acostumbrado. Fijé por un instante la vista en el velocímetro y entonces me di cuenta de que estaba excediendo en mucho el límite de velocidad permitido.

Mi primera reacción antes de pensar en la merma de la seguridad, consecuencia de mi propia imprudencia, fue hacerlo en la posible multa que me iba a comer si me llegaban a cazar los radares.

Instintivamente levanté el pie del acelerador para tratar de acomodarme a la velocidad que marcaba la vía.

Cuando volví la mirada hacia la carretera vi, con gran fastidio, que al final de una larga recta, a unos 2000 metros de donde nos hallábamos había una retención. Había sido demasiado bonito para durar siempre. El temido atasco se encontraba allí, esperándonos agazapado. Las luces de los frenos de los coches brillaban anunciándonos la parada obligada por las circunstancias.

 ¡Mi gozo en un pozo ! —Pensé – Se nos acabó el viaje cómodo y tranquilo.

Al menos nos habíamos ahorrado la mitad del viaje en incómodas condiciones, algo es algo.

Con gesto de fastidio, me dispuse a tocar el  pedal del freno para ir llegando con todo el control al punto donde los coches se hallaban retenidos.

El freno no opuso resistencia alguna y el pie se me hundió hasta el suelo. Los nervios me invadieron de repente. Mi coche no frenaba. Probé varias veces con idéntico resultado.

 ¿Cómo podía quedarme sin frenos, precisamente en aquella situación ?

 Mi mujer despertó bruscamente. De alguna manera intuía que algo raro estaba ocurriendo.

En décimas de segundo fue consciente de la situación mientras yo me maldecía por no haber llevado el coche antes de las vacaciones a hacerle una revisión. Ahora, era tarde para lamentarlo. El vehículo continuaba a una velocidad que se me antojaba imprudente ante la cercanía de la fila de coches que teníamos a la vista.

Es más, por momentos tuve la extraña sensación de que la velocidad iba en aumento.

No tenía ni un segundo que perder. Rápidamente, utilizando la lógica y tratando de mantener la mente fría, tomé una decisión alternativa: Reduje la marcha mientras continuaba moviendo el pie arriba y abajo sobre el freno, intentando bombearlo, sin ningún resultado.

Pero el coche seguía sin bajar la velocidad. Estaba comenzando a perder el control. Nos acercábamos peligrosamente rápidos al último coche de la fila. Miré a mi mujer, que debió adivinar en mi mirada la gravedad de la situación. Reduje a tercera. El motor subió de revoluciones con un ruido ensordecedor, pero la velocidad, misteriosamente, seguía sin descender.

 Apenas nos separaban ya 500 metros de la larga fila de vehículos retenidos. Los destellos de las luces de emergencia que muchos de los conductores habían activado se clavaban en mis ojos cada vez más cercanos y brillantes.

 Mi cerebro no hacía más que segregar adrenalina, funcionando a gran velocidad, pero todo era inútil. 400 metros y el coche seguía lanzado…

En un último intento decidí como último recurso tirarme a la cuneta. El paisaje era bastante llano. No veía más opciones. Era arriesgarse a volcar por el pequeño terraplén que había a mi derecha o estrellarnos sin remisión. Sabía que era muy peligroso pero no vislumbraba otra alternativa.

Durante unas décimas de segundo dudé. Valoré las posibles consecuencias.

No había otra opción.

 Cuando reuní el valor suficiente para hacerlo intenté dar un volantazo hacia la derecha pero, con desesperación pude comprobar que el volante parecía haberse bloqueado, como si algo… ¡Lo estuviera sujetando!

El terror se apoderaba de mí por momentos. Recorrimos los siguientes cien metros más deprisa de lo que hubiera deseado. La fatídica colisión era inminente, cuestión de segundos.

Nos quedaban doscientos metros…

 Cogí la mano de mi mujer y nos miramos con el rostro contraído por el pánico.

     —Pero ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no frenas? —consiguió gritarme.

     —¡No puedo hacer nada! ¡El coche no responde! —Contesté histérico.

Eché un vistazo rápido por el retrovisor a los asientos traseros. Los niños iban dormidos. Mejor, ¡Pobres criaturas! Iban a morir sin apenas conocer la vida. Un par de lágrimas se escurrieron por mi cara. Sentí mucha lástima.

Cien metros… setenta y cinco… setenta… sesenta y cinco… sesenta.

Ya me había resignado a morir de aquella forma tan horrorosa. Mi vista se había nublado ante la perspectiva de enfrentarme a la muerte de una forma tan… tonta.

 Me abandoné completamente a nuestra suerte apretando la mano de mi esposa y cerré los ojos esperando el violento y mortal impacto.

De repente, en 50 metros sin que yo hubiera podido hacer nada, el coche se frenó tan violentamente que los cinturones se tensaron debido a la terrible inercia de nuestros cuerpos lanzados hacia delante, causándonos gran dolor por la presión. Tal deceleración me hizo esperar el violento contacto de los airbags.

Pero no se activaron.

Abrí los ojos. Los niños lloraban en el asiento trasero, mi mujer estaba completamente pálida.

Nuestro coche se había detenido apenas a 20 centímetros del coche de delante.

Y lo que era más extraño, sus ocupantes permanecían tranquilos en su interior. No parecían haberse dado ni cuenta del riesgo que acababan de correr, ni manifestaban excitación alguna. ¡No nos habían visto llegar!

Pero, a excepción de la fuerte desaceleración que sufrimos no recuerdo haber escuchado el chirrido de las ruedas patinando sobre el asfalto.

Nunca llegué a saber qué le había ocurrido al coche.

Tras pararnos en el arcén unos minutos a recuperar la calma y en los que comprobé para mi sorpresa que el nivel del líquido de frenos estaba en el máximo, volvimos a la carretera con todas las precauciones del mundo, completamente desmadejados por el estrés acumulado minutos atrás. Reanudamos el viaje con toda la atención puesta en la carretera y en los testigos del salpicadero del coche, pero éste no volvió a fallar.

Por precaución, una vez llegamos a nuestra casa, lo llevé al taller a que le revisaran los frenos y la dirección. Me gasté 100 euros inútilmente porque, según me aseguraron, ambas cosas funcionaban a la perfección. El jefe del taller me miraba con extrañeza. Quizás debí parecerle un tiquismiquis, pero seguro que fueron los 100 euros más fácilmente ganados ese día.

De cualquier forma nunca volví a fiarme de aquel vehículo. Cada vez que lo conducía entraba en un gran estado de nervios recordando lo sucedido e imaginando que podía volver a repetirse.

Así que al mes siguiente, lo cambié por otro coche nuevo con la total aprobación de mi mujer. Tal era nuestra obsesión.

Había sido una de las experiencias más impactantes que habíamos vivido. Pensar que podíamos haber muerto los cuatro, pero sobre todo pensar en lo que le podía haber ocurrido a los niños nos causó un desasosiego tal que incluso hoy no hemos conseguido superarlo.

Este incidente, como los otros, cobraría sentido no tardando mucho tiempo. Pero hasta entonces sólo quedó como un terrible susto

¡Y no era poco!

Hoy es el día en que no comprendo cómo pude ser tan torpe de no darme cuenta antes. Las señales me parecen tan claras vistas desde esta perspectiva…

 

CAPÍTULO CUATRO

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17 respuestas a UNA HISTORIA… INUSUAL.- CAPÍTULO TRES

  1. antoncaes dijo:

    No coment. por que te voy a mandar a tomar viento fresco. 😉

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  3. periko523 dijo:

    DEFINITIVAMENTE TU FUMAS TROMPETAS Y SE TE OLVIDA LLEVAR EL COCHE AL TALLER, ES MAS ERES CAPAZ DE COMPRARTE OTRO COCHE AUNQUE EL OTRO ESTÉ NUEVO, LO QUE HACE EL COSTO EHHH, SABES QUE ES BROMA SIGUE ESCRIBIENDO QUE QUIERO SABER AL FINAL QUE ES LO QUE PASA, Y QUE ME QUITES LA DUDA DE LOS PETARDOS, JEJEJE

  4. sadire dijo:

    ¿Y nos dejas así? No sé si podré soportarlo

  5. Pingback: UNA HISTORIA… INUSUAL.- CAPÍTULO CUATRO | borderline

  6. torpeyvago dijo:

    Ya me tienes agarrado a la historia por los, digo las orejas. ¡Qué tensión, releñe!
    Y el protagonista, que no se preocupe, que a c.j’n visto, macho seguro. Ahora que él sabe la verdad, todo le parece obvio, pero en aquel entonces estaba peor que nosotros.
    ¡A ver de qué color son estos marcianos! 😛

  7. Lord Alce dijo:

    Lo confieso: He enarcado una ceja con el corazón en un puño hasta que se ha resuelto el problemón con la velocidad, los frenos y el volante. El uso de frases cortas, puntos suspensivos y el oportuno diálogo histérico en plan “no frena, no frena” maneja perfectamente una escena de tensión.

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