JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN….. LA CENA DE NOCHEVIEJA (Y DOS)

Once menos cuarto. La familia está ya sentada alrededor de la cuidada mesa, algo tarde pero más vale tarde que nunca. Los cuñados de Juan Eulogio se han cogido una botella de vino cada uno. Del vino bueno. Juan Eulogio va a la despensa y les cambia el Ribera del Duero por dos cartones de vino tinto Casón Histórico, la marca blanca de Mercadona. Total, ni lo iban a apreciar…No está hecha la miel para la boca del asno… Las cuñadas no tienen problema porque siguen con el moscatel, han encontrado una segunda botella que ni Juan Eulogio sabía que tenía, y solo callan cuando se les viene encima un vahído por los vapores alcohólicos o algún eructo, el resto del tiempo parecen dos grajos en tiempo de apareamiento. Los niños… pues son niños y su único trabajo es hacer el cabroncete y eso lo bordan. Paquita contempla el panorama con mirada crítica. La cucaracha ya se ha comido un cuarto de kilo de langostinos antes de que se dé la salida a la carrera gastronómica, pues cualquier comida es una competición para ella a ver quién es el más gocho. Juan Eulogio, que en estas circunstancias se sedaría con alcohol, decide, viendo el bochornoso espectáculo de la familia de Paquita, permanecer sobrio. Por lo que pueda pasar. Quiere ser notario consciente de semejante aberración genética. ¿Que es sabia la naturaleza? ¡Los cojones sabia!

Tres, dos uno… y al lío, que hay prisa porque las campanadas son en un rato.

Una de las cuñadas, con pulso más que impreciso a causa del embrujo moscateliano se ofrece a servir la sopa de marisco, que por cierto, huele que alimenta.

     —Nena, -Dice la señá Virtudes a su hija Paquita como quien no quiere la cosa. ¿Has visto mi dentadura postiza por ahí?

A Juan Eulogio le viene una arcada imprevista al presentársele en la cabeza la imagen de los dientes de quita y pon de la cucaracha, amarillentos y con un montón de paluegos resecos entre ellos; sí, algunas cucarachas tienen dientes aunque sean postizos. Aunque, como está en modo cooperativo, voluntad no le falta, consigue sobreponerse a la impresión. Eso sí, rememorando esas sobremesas llenas de clase y finura en las que la cucaracha hurga con un palillo sus piños artificiales que sujeta en su mano y se lleva las capturas de nuevo a la boca. Sí, la naturaleza no tiene ni puta idea algunas veces.

La cuñada, solícita, continúa con la tarea. En su nebulosa decide servir en primer lugar a la pareja de anfitriones, sentido homenaje a la cocinera que al final se ha currado toda la cena ella solita mientras ella se pimplaba con su otra cuñada la botella de moscatel. Primero Paquita…  y medio plato de sopa va a parar al mantel. Paquita la mira entre incrédula y hasta los huevos. La crispación que sufre y que va en aumento le ha hecho romper la servilleta de tela que retorcía en las manos, todo por no retorcer algún cuello, cosa que hubiera sido más saludable para ella y más provechosa para el mundo. Le sigue Juan Eulogio, que alarga el plato para dejarlo lo más cerca posible de la sopera para evitar accidentes, visto lo visto. Con el primer cazo suena un clink sobre el plato. Las almejas chilenas, seguro. La sopa está repleta de ricos tropezones, almejas, cigalas, gambas, mejillones, calamares…

Finalmente queda media sopera servida en los platos y la otra media repartida entre el mantel y las piernas de los asistentes.

     —Que aproveche. –Dice Paquita a los comensales con cierto enfado.

De repente, como quien no quiere la cosa se hace el silencio en la mesa. Ha pasado un ángel, -Piensa Juan Eulogio.- Pero no. Desde debajo de la mesa sube un olor mezcla de huevos podridos y perros muertos. Los niños ríen por lo bajo con risa de cabrones. Han tirado una bomba fétida los hijos de la gran puta los bromistas de ellos. Juan Eulogio hubiera jurado que olía a cuesco de la cucaracha. Los cuñados no acusan el mal olor por saturación de insensibilidad; simplemente mantienen el equilibrio por una extraña razón física o metafísica, pero están blancos como la pus. Las cuñadas acaban con lo que quedaba en la segunda botella de moscatel. Paquita mira a Juan Eulogio. Juan Eulogio mira a Paquita. Ambos miran al cielo quizás esperando un rayo fulminante y justiciero. La cucaracha es la única que se pone manos a la obra con la comida. De repente, en todo el salón se escucha un sonido extraño como si cayera agua en una lumbre. Es la señá Virtudes que no sabe tomar la sopa si no es sorbiendo la cuchara.

A Juan Eulogio se le escapa una breve risita histérica, pero sigue haciendo gala de un temple que ni el mismo hubiera jurado que tendría. Ooooommmmm, repite constantemente buscando ser uno con el universo.  Mete la cuchara en la sopa y la prueba.

     -Cari, te ha quedado de miedo.- Comenta adulador

Otra cucharada disfrutando del exquisito plato

Otra cucharada más… ¡Y rescata con la cuchara la dentadura de la cucaracha que asciende como un submarino que sale a la superficie, chorreando sopa! Paquita reprime una arcada, se levanta, echa la dentadura en una servilleta. A Juan Eulogio le sube unos instantes la aguja de la temperatura al rojo. Vuelve a respirar hondo y a hacer un ejercicio de relajación.

     —¡Joder, mamáaaa! –Reprende Paquita a su madre.

Tras lo visto, se pasa de inmediato al segundo plato. Todos están de acuerdo incluso siendo familia.

Paquita viene, procedente de la cocina, con una gran fuente de humeante cordero asado, la verdad es que tiene una pinta… suculenta. Juan Eulogio coloca el salvamanteles en medio de la mesa. Los niños maquinan, están en silencio, pero nadie se percata de tan terrible síntoma. Los cuñados se levantan para ir al baño a vomitar, están en la misma onda, coordinados por el alcohol. Pero no les da tiempo y echan la pota a los pies de sus esposas, calzadas con unas sandalias nocheviejeras. Las esposas se percatan de que lo de en la salud y en la enfermedad era una trola, una asquerosa mentira. Ambas sufren un ataque de asco asqueroso y se vengan de sus costillos vomitándoles a su vez encima aunque en ellos no se nota mucho pues llevan toda la tarde de farra y la pechera manchada de humores.

Juan Eulogio llora, se ríe, llora…

Solo la cucaracha sigue sorbiendo sopa. Va por el cuarto plato.

     —Ya que nadie la quiere, -dice- para tirarla me la tomo yo.

La tripita  panza se le está poniendo gorda, enguachiná. Más de lo habitual. Pero sigue… y sigue… y sigue. Es bruta como un orangután en celo aunque con menos cociente intelectual.

     —¿Y no podrías hacerla reventar, Señor? –Reza para sí Juan Eulogio que no es creyente pero se agarra a un clavo ardiendo.

     —Mamáaaa, -Previene Paquita.- que la sopa de marisco es muy pesadaaaa. Verás túuuu…

Justo en el momento en el que Paquita va a depositar la fuente de cordero sobre la mesa se escucha una descomunal explosión en el salón. Sin duda es la deflagración producida por un Supertlueno XXL TNT made in RPC, uno de los petardos que los niños han comprado en los chinos y que estos les han vendido sin preocuparse por la edad de los infantes. Con el tremendo susto Paquita lanza la fuente hacia arriba. El cordero vuela por los aires y a cada uno le cae en las piernas un trozo, que a algunos se les reboza con el vómito ajeno. Bueno, no a todos. A Juan Eulogio lo que le cae encima es la fuente de cristal gordo de pirex vacía, que le abre una brecha en la frente. Pero él esperaba algo así, lo presentía, lo sabía en cierto modo. Simplemente se tapa la herida con una servilleta de papel, pero no dice ni mu. O ha conseguido el estado Zen o está psicológicamente bloqueado y no tiene ya capacidad de reacción.

     —¿Y las uvas? –Dice uno de los cuñados, insensible como un trozo de corcho, y que apenas tiene hambre y no pensaba comer cordero.

Juan Eulogio tiene agarrada la botella de Ribera del Duero por el cuello con la peor de las intenciones, Paquita le ve y con ojos de cordero degollado, no de el de la cena sino de otro, junta las manos en actitud orante, lo que hace que Juan Eulogio en el último momento se reprima, suelte la botella desistiendo de sus intenciones asesinas y se vaya a encender la tele para poder tomarse las uvas viendo las campanadas, a ver si entra el año nuevo con mejor suerte que acaba el viejo.

     —… ¡Y feliz año nuevo! –Grita Ramón García desde el televisor recogiéndose la capa con un donairoso gesto. Esperamos que esta transmisión les haya hecho… un poquito más felices y que en el nuevo año que acaba de comenzar se cumplan todos sus deseos…

     -Matar. -Piensa Juan Eulogio cuando comprueba que se han perdido las campanadas.

La cucaracha se revuelca en el suelo con un terrible dolor de tripas. Paquita se plantea llamar al 112. Pero parece que, tras una violenta y oportuna expulsión de líquidos por todos los lugares donde esto es posible, relaja un tanto sus presiones internas. La cucaracha se va por la pata abajo… y por la pata arriba. Pero no se menea del sitio pensando en el postre.

Juan Eulogio apaga el televisor, tira sus uvas a la basura y se dirige con caminar cansino y derrotado hacia el refugio de su habitación. Echa un último vistazo a la mesa y ve cómo aquella familia de primates, en lugar de sentir cargo de conciencia por haberles jodido la cena, ¡Se están poniendo unos gintonics!

Paquita le mira con lástima y comprende. Comprende tanto que tiene que reconocer que proviene de una familia de Neanderthales por mucho que le cueste reconocerlo. El mira a Paquita como queriéndole transmitir un mensaje:

     -El año que viene… el año que viene… Es incapaz de organizar un pensamiento coherente.

Juan Eulogio quiere acostarse y olvidarse de todo. Por el pasillo no murmura, grita:

     —¡Mierda de familia asquerosa! ¡Mierda de Navidades! ¡Mierda… de vida!

 

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14 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN….. LA CENA DE NOCHEVIEJA (Y DOS)

  1. antoncaes dijo:

    Jajajaja, Yo me descojono con este pobre, ¿de verdad se puede ser tan desgraciado en esta vida? Jajajajaja. Ni juntando tres vidas. 🙂

  2. Junior dijo:

    En la viña de Señor ay de todo jajajaj

  3. torpeyvago dijo:

    Conclusiones para el año que viene:
    a) Hacer cómplice a la costilla para que no haya otra comida familiar en casa.
    b) Hacer cómplice a la costilla etc. mientras se está recogiendo y fregando el desaguisado, que pasados quince días se les ha olvidado.
    c) Por si acaso, esconder mejor las botellas de moscatel.
    d) Por si acaso, pregonar dos meses antes a toda la familia que soy abstemio y que no hay alcohol en casa.
    e) En caso extremo, no cocinar: contratar un cáterin de esos. Ya que se va a joder, que me libre del trabajo.
    e) En caso extremo mandar un taxi a recoger a la cucaracha con una dirección equivocada.
    f) En caso muy extremo, ¡ráscate el bolsillo e invita a la propia a cenar fuera con la excusa de celebrar algo y endílgale los niños a tus cuñados!

  4. Poli Impelli dijo:

    Jajajajajajajajaja (puedo seguir con los “ja”). Cuando pare de reírme comento como corresponde (no tomo moscatel pero tanta risa me sabe igual). 😉

  5. Nieves dijo:

    ¿Ves como tenia razón? Si ya lo decía yo….Muy divertido, al menos no ardio la casa, Muaks!

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