JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LA CENA DE NOCHEVIEJA

Se acercan las navidades y Juan Eulogio sufre acidez de estómago crónica. Como cada año no puede evitar dejarse imbuir por estas fechas tan entrañables, entrañables porque le revuelven las entrañas, no por otra cosa. Bien mirado, en realidad no son las fechas, sino las posibles compañías. Las seguras malas compañías.

En las navidades de los últimos años siempre ha conseguido abortar la temida y odiada cena conjunta con la familia de su mujer, Paquita. Un año fingió ponerse enfermo y se pasó medio día en urgencias pidiéndole por favor a los médicos que no le dieran el alta hasta Año Nuevo, otro año la casa se quedó sin luz por culpa de una extraña avería eléctrica, el cuadro estaba mojado, el año pasado, que la cena tocaba en casa de Juan Eulogio sí o sí, echó laxante en la comida de mediodía y toda su familia, Paquita, Elyónatan y Layésica, se puso mala con diarrea, con lo cual hubo de cancelarse el evento y celebrarse la reunión familiar en casa pero sin la presencia de la familia de Paquita. Cenaron yogures, arroz blanco y aquarius, cosa que a Juan Eulogio le supo a gloria… Cualquier excusa siempre ha sido buena para evitar por todos los medios celebrar el fin de año en casa con la cucaracha y, lo que es peor, con los borrachos de los hermanos de Paquita y sus familias, a los que Juan Eulogio considera claros ejemplos de lo que viene a ser el eslabón perdido.

Pero este año Paquita, que siempre ha sospechado que las desgracias de las navidades anteriores han tenido mucho que ver con la mano de su costillo aunque nunca haya podido demostrarlo, le ha prevenido con tiempo, por si acaso.

     -Cari, de este año no pasa. Si vuelve a ocurrir algo que nos impida celebrar el fin de año con mi familia… ¡ME VOY A CELEBRARLO CON LOS NIÑOS A CASA DE MI MADRE Y TE QUEDAS EN CASA SOLITO!

Juan Eulogio ha estado en un tris de provocar el penalti. Desde luego, en un principio la oferta le ha parecido de lo más sugerente ¡Pasar la Nochevieja solo! ¡Buf! Aquello ha sonado como si fuera un regalo de los dioses. Aunque… Juan Eulogio, por experiencia, no es capaz de concebir tanta felicidad. Algún truco tiene que tener la cosa. No se fía…

Al final le ha podido el temor a un mal mayor y se ha acojonado. Muy a su pesar finalmente ha claudicado.

     -No, cari, venga, no te preocupes, llama a tu familia y diles que vengan a pasar el fin de año a casa.

Juan Eulogio sabe que la está cagando, es consciente de que se está arriesgando demasiado a sufrir un accidente cardiovascular. Pero el hombre es esclavo de sus palabras y le consta que ha sido un bocazas. Y además… ¡Leñes! Si es que además Paquita es su costilla, su compañera de camino durante media vida. Lo dicho, que le puede el sentimentalismo y la blandenguería.

     -¡Venga coño! No va a ser tan malo ¡Seguro! -Piensa sin convencimiento alguno.

Una vez dado el fatal paso, Juan Eulogio se siente algo deprimido. A medida que se acerca la fecha fatídica siente como si el alma se le escapara a trocitos. Pero ver la cara de felicidad y satisfacción de su costilla es algo que le hace reafirmarse en su decisión.

Juan Eulogio y familia se encuentran ya en el ecuador de las fiestas. Ya pasaron la comida de empresa, el día de la lotería y la Nochebuena como hitos de las puñeteras  agradables celebraciones.

El día de San Silvestre, 31 de diciembre para más señas, Juan Eulogio se levanta de la cama algo aturdido, con la sensación de haber tenido un sueño premonitorio, una pesadilla más bien. Sin embargo sacude los hombros y se repite el mantra que le ha estado manteniendo en pie todos estos días:

     —No es para tanto. Todo va a salir bien. No es para tanto. Todo va a salir bien. No es para…

El día va transcurriendo con la excitación propia del anfitrión, las compras de última hora, el ajetreo en la cocina preparando las viandas… y Juan Eulogio lo pasa todo con Mahou, para templar.

A media tarde unas quince latas de Mahou han entrado en el cuerpo de Juan Eulogio y han salido no tardando mucho. Su cerebro está razonablemente anestesiado. Pero el resto de su cuerpo sufre un molesto desasosiego que no se yo…

A las siete suena el timbre de la puerta.

     —¡No me jodas! –Murmura Juan Eulogio.- ¿Ya?

Jaleo de gente en la puerta, besos, risas… Son las cuñadas de Paquita que se han adelantado para echar una mano ¡Con los niños! ¡Puta ruina! Pero sin los maridos, que se han juntado para recoger a la madre, la cucaracha, y vendrán algo más tarde. No todo iba a ser nefasto –Piensa Juan Eulogio.-

     —Seguro que se están bebiendo el bar que hay en uno de los locales del edificio donde vive la Señá Virtudes ¡Enterito! –Sospecha Juan Eulogio con bastante tino.

Tras media hora en esta situación, sus sobrinos le empiezan a parecer una banda de mandriles maleducados. ¡Mira que Elyónatan y Layésica no son, digamos, niños modelo! Pero al lado de aquellos cuatro cafres  hijos de puta  tiernos infantes, son unos benditos.

Putadas de los niños, cristales que se rompen, bombas fétidas por toda la casa, gritos histéricos de las mamás intentando lo imposible, es decir, que se porten bien…

Juan Eulogio llama a su hija y le da cincuenta euros.

     —Toma, baja a los chinos y te los gastas en petardos. Y por Dios, llévate a tus primos y no volváis a casa hasta que no se os hayan acabado todos ¿Entendido? Y si alguno de ellos se pierde por el barrio… pues que le den por culo. Estooooo, que cuides de ellos ¿Vale?

No han transcurrido ni diez minutos cuando suben un par de municipales a casa de Juan Eulogio. Multa por escándalo público, maltrato animal y rotura de mobiliario urbano. Juan Eulogio lo abona sin decir ni pío. Contaba con ello.

     —Cariiii, -Pregunta Juan Eulogio desde el salón.- ¿A qué hora le has dicho a tus hermanos que vengan con la cuca…, con tu madreeee?

     —A las nueeveeee,- se oye desde la cocina, coreado por unas risas sospechosas.

Juan Eulogio va al mueble bar y comprueba que falta la botella de moscatel. Lo de las risas queda explicado. Después echa un vistazo a su reloj ¡Las diez menos diez!

     —¡Cabrones impuntuales! –Se lamenta Juan Eulogio.

Las diez y media. La mesa está puesta. La sopa humea en la sopera. Los langostinos rebosan las bandejas. Las botellas de vino ya están abiertas. El cordero está ya en su punto. Los niños ya están de vuelta. Paquita y sus cuñadas esperan sentadas en las sillas con cara de circunstancias.

     —¿Seguro que les has dicho que a las nueve? –Pregunta Juan Eulogio, que ya ha empezado a picar algún langostino.

Desde el portal se escucha a varios borrachos cantando algo parecido a villancicos. Deben de ser ellos. Se escucha el grito histérico de una vecina del edificio:

     —¡Que salgáis de mi casa y os vayáis a tomar por culo, borrachos de los cojones!

Transcurren diez minutos más y suena el timbre de la casa.

Paquita acude a abrir la puerta y echa una mirada asesina a sus hermanos, que vienen sujetándose el uno al otro, tocados con un gorro de Papá Noel, con una barba postiza, una pandereta uno y una zambomba el otro. Huelen a gintonic que echan para atrás. Se arrancan con el Ande, ande, ande…

     —¿Y… mamá? –Les corta Paquita el rollo aguinaldo con los brazos en jarra cada vez más mosqueada. Recibe un flash mental en el que ve a Juan Eulogio con una aureola de santo sobre su cabeza.

Los dos hermanos se miran con cara de gilipollas, mejor dicho, con cara de gilipollas, cuerpos de gilipollas, extremidades de gilipollas… ¡Vamos! como unos auténticos borrachos gilipollas, que es lo que son habitualmente. ¡Se han olvidado a su madre en casa!

Paquita se está poniendo el abrigo y los zapatos para ir a casa de su madre a recogerla. Cuando abre la puerta de la calle se la encuentra en el rellano, llorando y con una botella de anís del mono medio vacía en la mano y en la otra un tuper con algo parecido a… ¡Gambas de color verdoso!. Su aportación a la cena familiar no es otra cosa que unas gambas que llevan caducadas en su nevera varias semanas. Bueno, eso y rascarse el higo, que se le da de miedo. Paquita no sabe si llora de pena o porque a causa del anís que falta en la botella le ha dado llorona. Sin duda por el anís, concluye la angustiada anfitriona que muy a su pesar empieza a comprender la actitud de su marido estos años atrás.

     —Ya, yaaaa. Tranquila mamáaaa. Que no es nadaaaa.Ya estáaaa. Aaaanda, pasa y siéntate a la mesa que te estábamos esperando.

 

TUBÍ CONTINUE TUMORRO SI ESO

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5 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LA CENA DE NOCHEVIEJA

  1. Sí sí sí que continúe tumorro plis 😂😂😂😂

  2. torpeyvago dijo:

    ¡Voto a bríos! ¡Qué angustias he pasado! Pobres Juan Eulogio y Paquita. Ni el King, ni el Villiers de L’Isle-Adam, ni el Poe, ni el Lovecraft, ni Béquer… Estos hechos sí son leyendas de terror y lo demás son «tontás».

  3. Nieves dijo:

    Que pillin este Juan… No me extrañaría que les hubiera dado 300 euros para que se lleven de fiesta a la cuca esa tan entrañable…. Espero ansiosa la segunda parte! Besos posesos.

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