COMO EN CASA… EN NINGÚN SITIO (Una historia de ¿terror?)

Ya me doy yo una colleja y me digo ¡Macarioooo!
Por simple.
Es evidente que la mayoría de las cosas cotidianas que hacemos nos resultan más satisfactorias y reconfortantes en la intimidad (impunidad) de nuestro hogar, dulce hogar.
Pero no quiero yo hablar del hecho en general, que ya de por sí es toda una filosofía, de ser casero, hogareño… o no serlo. Quiero hablar de un acto en concreto. De algo que como en casa…no se hace en ningún sitio.
Os cuento:
El otro día, ya era tarde, quizás las nueve o las diez de la noche, iba yo caminando por la calle con cierta premura porque tenía que acabar unos asuntos que ahora no vienen al caso y no le importan a nadie. Andaba yo entre agobiado y acojonado pensando en la bronca que me esperaba en casa por la tardanza y se ve que las prisas, los mismos nervios o el propio estrés del momento, acabaron afectando sin remisión a mi tránsito intestinal, trastocándolo de una forma tan intensa como incontenible.
Dio la casualidad, aunque tal vez debiera decir causalidad porque cada vez estoy más convencido de que las cosas siempre ocurren por una razón, de que pasaba yo en aquel momento por la puerta de la estación de autobuses de la ciudad donde vivo, que a aquellas horas tan intempestivas se hallaba vacía de viajeros. Enfilé la puerta como un Mihura pues las contracciones de este pseudoparto sobrevenido iban arreciando cada vez con más insistencia y dolor.
Por ello ni siquiera me fijé en que el hall se encontraba en una penumbra, cuanto menos extraña. En otras circunstancias mi fino olfato de explorador Sioux me lo hubiera cantado como algo inquietante, como peligro inminente. Pero como digo no reparé en ello cegado como iba por pensamientos más mundanos. Busqué con desesperación el preceptivo cartel con el muñequito y tras varias vueltas con la vista lo encontré al fondo. Crucé aquel hall a paso ligero y sin encomendarme a nadie más me metí en el aseo de caballeros.
Cuando la puerta se cerró tras de mí me envolvió un silencio ¿Cómo decirlo? Espeso, intimidatorio. Ese silencio que parece que por momentos te tapona los oídos, no sé si alguna vez lo habéis experimentado.
Como digo, no andaba yo para pararme en remilgos ni zarandajas y me metí en el primer cubículo que encontré a mano. Apenas me dio tiempo a cerrar la puerta y tapar el borde de la taza con unos trozos de papel higiénico, aunque por su aspecto no hubiera hecho falta, pues parecían recién limpiados. Pero como dice el refrán que no hay cerdo que no sea escrupuloso, he de confesar que tengo esa costumbre. Fino como el pellejo de una mierda.
Fue tras sentarme y aliviar la primera presión a mi intestino cuando reparé en que me hallaba sólo, más solo que la una, pues no había visto a nadie ni en el hall de la estación ni en los aseos. Aquello me escamó, me puso las orejas de punta.
En parte aliviadas mis necesidades aunque estaba seguro de que no había acabado la faena y quedaba una nutrida actuación para la segunda parte del partido, todo volvió a quedar en silencio. Fue entonces cuando escuché claramente el golpe de la puerta exterior al cerrarse, como si alguien acabara de entrar en el aseo. Dejé por unos instantes de resoplar, a pesar de que el esfuerzo que estaba realizando no era cosa baladí, intentando escuchar qué ocurría al otro lado de la puerta donde yo me encontraba, pero no oí nada. Era extraño pues evidentemente alguien había entrado hacía escasos segundos.
Como quiera que la segunda andanada estaba en ciernes, decidí quitarle importancia al asunto y concentrarme de nuevo en el propósito que me había llevado a la fuerza hasta aquel solitario lugar. Fue entonces cuando, entre los ruidos propios del acto, escuché una especie de sonido gutural, algo parecido a…un gruñido. Como es lógico, mi animoso quehacer se paralizó de inmediato, quedando tensados por el miedo todos los músculos de mi cuerpo, incluido por supuesto el esfínter, que se negó involuntariamente a franquear la salida de lo que hasta entonces había estado saliendo con la impunidad y maestría que otorga la madre naturaleza.
Andaba yo ya , como se suele decir, tenso como la vena del cuello de un cantaor de flamenco, cuando esta vez noté como algo o alguien arañaba la puerta de mi reservado. Se me escapó entonces un involuntario, huidizo y timorato pedete que delató a la vez mi presencia y mi estado de ánimo en aquel momento. En ese mismo instante sentí un golpe en el suelo, como si algo hubiera caído y se hubiera desarmado en trozos más pequeños.
Aquello llamó definitivamente la atención de lo que quiera que se hallara fuera, tras la puerta de mi retrete, porque a través del hueco que quedaba entre la misma y el suelo observé cómo una sombra trémula y oscilante se detenía justo en frente. Instintivamente en un acto reflejo de autodefensa levanté los pies del suelo, pero al perder dos de los apoyos en los que mi cuerpo se sustentaba, el tercero, es decir, el culo, se resbaló y se hundió dentro de la taza, llegando a tocar con el mismo las paredes que estaban saturadas de lo que yo acababa de expulsar. Sin embargo era más el miedo que sentía que el asco incipiente y continué restregando mis posaderas por el interior del inodoro, que en aquellos momentos de inodoro no tenía nada pues a pesar de que yo había sido el autor del desaguisado tengo que reconocer que hasta a mí me olía mal. De repente la puerta comenzó a temblar como si alguien…o algo la estuviera empujando para abrirla desde fuera. Totalmente fuera de mí, perdidos los papeles intenté escalar de espaldas hasta colocarme de pie en el borde de la taza, pero el terror hacía mis movimientos extremadamente torpes e imprecisos por lo que mi pie derecho resbaló hacia dentro del sanitario restregándolo, como antes había ocurrido con mi culo por toda mi anterior obra. Después le siguió el izquierdo.
Ya me estaba tocando un poco los cojones la situación, rebozado cada vez más en mi propia mierda, pero seguía sin atreverme siquiera a respirar. La puerta de mi excusado estaba temblando a causa de los golpes y amenazaba en breve con desvencijarse y dejar el paso libre a la siniestra bestia que la aporreaba.
Pero mi terror llegó casi al paroxismo cuando por debajo de la puerta vi asomar una mano peluda, de uñas negras brillantes seguida de un brazo aún más poblado de negro y espeso pelo, que barría el suelo en busca, supuse, de mis piernas.
Aquella situación no podía ¡No debía continuar! Si permanecía a la expectativa sin hacer nada más que embadurnarme de heces la cosa iba a acabar muy mal para mi persona.
Me armé entonces de un valor que no tengo ni idea de dónde salió, me subí como pude los pantalones y tensé todos mis músculos. Mentalmente conté hasta tres viendo cómo aquella siniestra mano continuaba inspeccionando el suelo del aseo en mi busca. Se detuvo unos instantes y entonces yo aproveché para saltar desde lo alto de la cisterna. Con los pies juntos y todo el peso de mi cuerpo fui a caer justo encima de la mano, escuchando un chasquido como de huesos quebrándose. El alarido que escuché a continuación me erizó el vello nálguico e hizo que me meara encima. Pero lo que más me impresionó fue el sonoro ¡Hijo de la gran puta! que escuché a continuación.
Abrí la puerta y allí, revolcándose de dolor y sujetándose la mano dolorida con la otra había un señor, muy peludo eso sí, con la cara lívida, que ni siquiera se percató de mi presencia.
– Mi mano, cabrón. ¿Qué has hecho con mi móvil? hijo puta.
En un acto algo mezquino, tengo que reconocer, le salté como pude y a toda carrera salí de aquel antro con la conciencia hecha unos zorros y oliendo todo yo a mierda pero sin volver la vista atrás.
Para otra vez me aguanto los retortijones hasta llegar a casa porque
Como en casa… en ningún sitio.

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8 respuestas a COMO EN CASA… EN NINGÚN SITIO (Una historia de ¿terror?)

  1. 😀 Ya me imaginaba yo un ataque nuclear o una invasión de ultracuerpos. ¿Una estación vacía? ¡Es es imposible! 😀

  2. torpeyvago dijo:

    Acabo de consultar con la comisión seis de la ONU sobre ataques mecano – químico – biológicos. Realmente no saben decirme en qué podría quedar la cosa. Por un lado, la contundencia del ataque al pobre extrañador del móvil, ataque que parece salvaje a la vez que desproporcionado, debería ser claramente punible por las leyes internacionales. Pero se han contado como atenuantes que el atacante estuviese, literalmente, cagado de miedo. Por otro lado, y a pesar de lo peligroso del armamento empleado —un pinrrel embadurnado en algo que no queremos definir—, existe un vacío legal sobre armas de acción conjunta mecánica, biológica y química. Y por fin, que el mismo agresor padeció parte de la «carga» del (o las) arma(s): Con su pan se lo coma, que dría Sancho Panza.
    En lo único que no se han puesto de acuerdo aún es en si el móvil extraviado debería pagarlo el infame agresor.

  3. Nieves dijo:

    Que brutico eres jaajajajaja.
    He visualizado toda la situación… gracias por las risas. Muaks

  4. Macario siempre tan… escatológico! Pero que nos haces reír, nos haces reír! 😂😂😂😂

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