JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL …… Y III

CAPÍTULO ANTERIOR

JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL CARREFUL II

Juan Eulogio, que de normal es comedido y educado siente cómo le posee el espíritu mezquino del usuario de hipermercado y se detiene en seco admirando las largas y depiladas piernas que luce la moza, así como un abultadísimo escote que apenas puede retener los melones de tan singular jamona. Toma uno de los vasitos que le ofrece la chica, solícita, y se lo bebe de un trago a ver si se le pasan los nervios de la contemplación de su familia y los temblores que le han entrado ante la dama del stand. Pero no se le pasan, así que se bebe, uno por uno, los ocho vasitos que ya estaban preparados sobre una pequeña mesita. La chica le mira con cara un tanto contrariada mientras sirve otros ocho vasitos que son bebidos en un santiamén de nuevo por Juan Eulogio. Tras dieciséis vasitos de vino, Juan Eulogio ya no se acuerda de su familia pero no se siente aplacado sino más bien, envalentonado al comenzar a perder la vergüenza. Los vapores etílicos están ahora bombardeando su cerebro y se escucha diciendo verdaderas burradas a la promotora de Don Simón, cosa que en estado normal, ni se le ocurriría hacer:

  • Te comía hasta la goma las bragas… ¡Cordera!
  • Todo el Don Simón que te eches por el canalillo me lo bebo yo…
  • ¡Caguenrós qué güena estás, moza!

La señorita, aun siendo mujer, empieza a estar hasta los cojones de semejante baboso gañán y como todos sus intentos de que se largue del stand están siendo infructuosos, echa mano del móvil para llamar al guarda de seguridad.

De repente Juan Eulogio, que se ha venido arriba por el embrujo del vino, recibe una colleja del quince que hace que se le atragante la palabra “tetas” cuando estaba a punto de pronunciarla. Cuando se vuelve a mirar hacia atrás en busca del gilipollas que acaba de agredirle, se percata de que la autora es su costilla, Paquita, que lleva allí el tiempo suficiente como para haber visto a su marido hacer el canelo ante aquella sufrida chica.

Avergonzada ante la gañanez exhibida por su costillo lo primero que hace es acercarse a la chica a disculparse. Después, ejerciendo de Maruja machista, le dice algo al oído de lo que solo se entienden algunas palabras sueltas como “minifalda”, “fueras” ,“tan guarra”, “no”, “acercarían”, “hombres babosos” .

Con una nueva colleja vuelve a poner a Juan Eulogio en marcha, que ya se estaba quedando otra vez en modo OFF contemplando a la chiquilla.

A Juan Eulogio se le ha pasado la cogorza de golpe.

Con el carro ya casi lleno escuchan voces y observan un gran revuelo de gente a varios pasillos de donde se encuentran. Tanto Juan Eulogio como su costilla Paquita, temen que los provocadores del revuelo puedan ser los miembros de la familia que faltan. No lo saben… pero lo intuyen.

Ambos dan media vuelta hacia el pasillo de bollería que era el objetivo de la cucaracha.

Pero no la encuentran allí.

Comienzan a buscarla no presagiando nada bueno.

En uno de los pasillos se cruzan con un tipo, con cara de pocos amigos, que lleva a un niño embadurnado de pintura de arriba abajo, diciendo:

  • No te preocupes, cariño, que en cuanto encuentre al padre de esos dos hijoputas le voy a dar un par de hostias para que aprenda a educar a sus hijos.

Juan Eulogio y Paquita disimulan tras la estantería de las compresas pero están seguros ¡Segurísimos! de saber a qué hijoputas se refiere el hombre. En el pasillo de droguería encuentran al guarda de seguridad, que sujeta a Elyónatan y a Layésica por las orejas, una en cada mano.

De repente, por la megafonía, se requiere la presencia del guarda de seguridad, al que se le acumula el trabajo, en el pasillo de embutidos. Éste, suelta a los niños, que tienen cara de circunstancias y les dice:

  • Como os mováis de aquí os corto las orejas.

Juan Eulogio, que ha presenciado la escena se abalanza sobre sus pequeños cabroncetes y los vuelve a sacar en volandas de la escena del crimen a la vez que apremia a Paquita para que vaya a buscar a su madre mientras él esconde a los niños en el coche y las espera allí.

Paquita deja el carro en un pasillo para moverse con más celeridad y va, tal como ha escuchado por megafonía, al pasillo de embutidos. Allí, en la sección de ibéricos se encuentra a su madre quejándose del estómago y vomitando profusamente, sujetada  por el guardia de seguridad con cara de asco, rodeada de ocho bandejas de jamón ibérico de bellota vacías.

  • Señora, -le dice el guarda a la señá Virtudes, ahora se pasa por caja y paga todo lo que ha consumido en el supermercado. En total son sesenta y cinco euros.
  • No se preocupe, –Miente Paquita haciendo que recoge las bandejas vacías así como los envoltorios de los bollos como si fuera a pasar por caja con ellas y abonarlas.- que yo me encargo, pero vaya usted al pasillo de pinturas que hay dos niños que lo están poniendo todo perdido. ¡Vaya, vaya! que le echan abajo el chiringuito o se lo queman o algo ¡Hay que ver cuánto padre irresponsable hay por el mundo!
  • ¡Serán cabrones! –Exclama el guarda sacando la porra al tiempo que echa a correr hacia el pasillo de pinturas.- No se mueva de aquí que vuelvo ahora mismo, señora.
  • Yo se la sujeto, señor guardia.

Paquita, como puede, incorpora a su madre y la lleva a empujones, completamente aturdida, hacia la salida sin compra. La señá Virtudes solo es capaz ya de vomitar bilis porque poco le ha durado el jamón ibérico de bellota en las tripas,  ahí sigue que te sigue, expeliendo humores por arriba y por abajo y quejándose a cada paso:

—¡Aaaaay Dios mío!¡Aaaaaay que malita estoy! ¡Aaaaaay que me muero!

  • Ya hablaremos tú y yo. –Le dice su hija muy enfadada.- Ya hablaremos.

Tras un penoso recorrido tropezando con la gente e incluso vomitando a algún que otro afortunado que se acerca a ayudar, acaban llegando al lugar donde Juan Eulogio había aparcado el coche, el cual ya tiene en marcha para salir escopeteados.

—¿Y la compra? –Pregunta Juan Eulogio a su costilla.

—Mejor voy mañana al Mercadona ¡Me cago en to lo que se menea! –Contesta Paquita cabizbaja e intentando convencerse de que para la próxima encadena a su madre con los niños y a los tres juntos en la farola de debajo de casa antes que llevarlos a un centro comercial.

Y Juan Eulogio, con el semblante crispado y ganas de repartir un saco de hostias, no puede evitar que se le escape un amargo lamento:

—¡Mierda de niños! ¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda… de vida!

 

NOTA ACLARATORIA

En todos los tablones de anuncios de los cientos de Carrefules de Ep-paña hay una foto, sacada de las cámaras de seguridad, de todos los indeseables que tienen vetada la entrada a cualquiera de los establecimientos regentados por Monsieur Carreful, que es el dueño de todo. Entre todas ellas aparecen en lugar de honor las fotos de Juan Eulogio, de su familia… y de la señá Virtudes, que incluso tienen emitida una orden de alejamiento de quinientos metros de cualquier puerta de esta cadena de supermercados.

 

 

 

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10 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL …… Y III

  1. Pingback: JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL II | borderline

  2. torpeyvago dijo:

    No sabía lo de las fotos. Llevo tres horas dando vueltas y no encuentro la mía. Voy a pasar a quejarme.

    • cmacarro dijo:

      Ja,ja,ja. No te imagino merendando en el pasillo de la bollería.

      • torpeyvago dijo:

        Jajaja, yo tampoco.
        Me voy a por los embutidos y luego a los licores. El pan lo dejo para cuando se ha acabado el resto.
        Y luego a dormirla en la de mueble y jardín.

      • cmacarro dijo:

        Es una fantasía recurrente (fíjate para lo que hemos quedado) quedarse una noche atrapado en un hipermercado y toquetearlo todo, ja,ja,ja

  3. Buenísimo!! Imposible no imaginarlo con claridad después de haber trabajado más de 3 años en Carreful!

  4. Nieves dijo:

    Sabes que adoro a esta familia? Y ahora que han despedido a mi hijo del carrefour aun mas! Saludos!

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