JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL II

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JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL CARREFUL

 

El centro comercial está a las afueras de la ciudad donde viven, no más de tres kilómetros far away, pero el trayecto se le hace interminable al pobre Juan Eulogio que aguanta estoicamente la hora de atasco que se tiene que chupar para poder acceder al parking del recinto comercial.

Juan Eulogio aparca ya encabronado. Los nenes han estado gritando y sacudiéndose todo el camino, la cucaracha ha liberado sus tripas en varias ocasiones en forma de pegajosos cuescos, de tal forma que incluso su hija Paquita se lo ha recriminado con una dureza inusual, tal es el asco que le ha dado que no conoce de parentescos familiares. Juan Eulogio se plantea que antes de subirla al coche igual deberían darle una pastilla de las que se usan para que no se mareen los perros durante los viajes. Paquita, ante la que se les avecina, siente una punzada de arrepentimiento por haber embarcado al sufrido de su costillo en semejante empresa. Para sí ha de reconocer que en ocasiones es bastante bocachancla.

Antes de pasar al supermercado dejan a los niños en una piscina de bolas habilitada por la empresa para cuidar a los nenes y que sus papás puedan hacer la compra tranquilos. Una idea estupenda al entender de los sufridos padres que tienen la oportunidad de independizarse de sus hijos coñazo durante un par de horas al menos.

Por la puerta del híper entra, ante la atenta mirada del vigilante de seguridad, lo que queda de familia, Juan Eulogio, que aunque va empujando un carro se siente tan burro como si estuviera tirando de él, Paquita que saca el folio donde ha hecho la lista de la compra y la cucaracha en estado de excitación, no sexual sino nerviosa por las perspectivas “gúlicas” que se le plantean en el hipermercado. De repente, la señá Virtudes se desmarca por la banda y se va, sin decir nada a nadie, al pasillo de la bollería. Visto y no visto ¡Cómo puede correr esa señora con la artrosis que tiene cuando el objetivo es jalar!

  • ¡No me digas que tu madre ha venido sin merendar! –Comenta maledicente Juan Eulogio a Paquita sabedor de que la cucaracha tiene intención de ponerse hasta las trancas expoliando los estantes y hartándose de todos los pastelitos que pueda engullir sin que la pillen las cámaras de vigilancia.
  • Mira que eres malpensado. –Le recrimina su mujer.- Déjala que así se entretiene y nos deja solos. En el fondo Paquita la quiere porque es su madre ¡Pero nada más!

Juan Eulogio no puede evitar pensar en la buena suerte dentro de la mala suerte que ha tenido. Cosas entre Juan Eulogio y el karma. Los niños… custodiados y lejos, la bruja… entretenida hartándose a comer por la cara, pero lejos.

  • Venga, vamos al lío antes de que se nos haga más tarde. –Comenta resuelto, visto que las cosas se ponen un tanto de cara.

De repente, por la megafonía del centro comercial se reclama la presencia de los papás de dos cafres de los cojones … dos infantes que dicen llamarse Elyónatan y Layésica en el recinto de la piscina de bolas.

Paquita, un poco ruinmente, se lanza a comprar y deja a su marido con el marrón. No quiere saber nada, lo cual supone un práctico mecanismo de defensa para su sistema nervioso.

Juan Eulogio se lanza a recoger a los putos niños que ya deben de haber hecho alguna. Poco han tardado, cada día pulverizan sus propios records de hijoputez.

La cuidadora de la piscina de bolas lanza a los niños a tomar por culo del recinto y los sienta en un banquito a la puerta porque son insoportables mientras espera que un responsable se haga cargo de ellos y se lleve la charla.

La cucaracha se lanza a por un paquete de donuts que la está llamando desde la estantería.

A Juan Eulogio le extraña, bueno no tanto, ver cómo todas las bolas de la piscina ya no se encuentran en la misma sino desperdigadas por los pasillos aledaños haciendo resbalar a la gente. Un señor de dos metros grita a la chica que cuida a los niños exigiendo responsabilidades, mientras contempla a su señora en el suelo, con la cadera rota, porque ha pisado una de las bolas que ruedan por ahí y se ha pegado una hostia de campeonato. Algo comenta de darle un par de tortazos al padre de los cafres que han organizado el desaguisado.

Juan Eulogio, que es un artista, se acerca sigiloso y, sobre todo, sin identificarse y echa mano de sus dos vástagos cuando nadie le está mirando, y se los lleva a rastras para evitar males mayores. Entra con ellos al supermercado y no sabe si no será peor el remedio que la enfermedad.

Tras echarles una mirada asesina deja a los niños en los pasillos de juguetes, no en vano es Noviembre y ya están todos expuestos para regocijo de los reyes magos previsores.

  • Y como volváis a liarla parda… os reviento a hostias. –Les amenaza pedagógico Juan Eulogio ante el asombro y estupefacción de algunos padres que pasaban por allí, echándose las manos a la cabeza, sin saber que la amenaza resultará del todo inútil por muy salvaje que pueda parecerles la actitud del padre porque no conocen de lo que son capaces los angelitos.

En la cabecera del pasillo de juguetes hay expuesta una play cuatro ante la que infinidad de niños están haciendo pacientemente cola, esperando su turno para jugar. Juan Eulogio observa cómo sus criaturas se colocan en la fila, cosa que le hace albergar ciertas esperanzas de que su educación todavía tenga remedio. De repente pasa una chica en minifalda con una camiseta de promoción del vino Don Simón, que se dirige a su stand, tras cuyo culo se van los ojos del pobre hombre. Cuando Juan Eulogio vuelve la vista hacia sus hijos, observa que hay cuatro o cinco niños por el suelo, varios corriendo en busca de sus papás y Elyónatan y Layésica se están peleando por coger el mando, ya en primera fila.

Juan Eulogio se aleja del lugar resignado preguntándose que de quién coño habrán aprendido modales sus hijos, porque ni de él ni de su mujer lo han hecho, de eso está seguro. Hace algunos años frecuentaba su casa un vendedor de sábanas a domicilio que era un caradura con pintas y… Por la cabeza de Juan Eulogio pasa un nubarrón como de tormenta cuando piensa en las coincidencias… las putas coincidencias, pero decide que sea lo que sea ya no tiene remedio… Maquinalmente se pasa la mano por la frente en busca de… ¡En busca de nada! piensa enfadado consigo mismo. En fin, al menos la play les servirá a los niños para estar entretenidos un rato hasta que rompan el mando de la play, que sin duda lo van a romper y se acabará el juego.

Se lanza a la búsqueda de Paquita, que debe llevarle unas cuantas vueltas de ventaja, pero apenas ha cruzado el pasillo de bebés y el de la herramientas cruza el pasillo de la bollería, donde cual si su suegra fuera una foca monje y los donuts arenques, esta está procediendo a la deglución sin sentido, como si no hubiera un mañana, ante la admiración del público que se acumula poco a poco para presenciar tamaño espectáculo.

Por vergüenza ajena y sobre todo porque alberga la secreta esperanza de que la cucaracha acabe reventando, cruza el pasillo de la bollería huyendo de su suegra y se topa de bruces con la promotora de Don Simón, ya en su stand, llenando pequeños vasitos de vino para que los clientes procedan a su degustación.

 

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10 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL II

  1. torpeyvago dijo:

    ¡Mierda! veo que en algunas cosas me adelanté y reventé parte del argumento.
    ¡Pero las que no, son geniales!
    Seguimos atentos, en la seguridad de nuestros hogares, a esta historia mezcla de apocalipsis zombi, blaxploitation, policiaca negra, space opera, y ficción apoalíptica biotóxica sin sufrir las consecuencias.

  2. Pingback: JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL CARREFUL. | borderline

  3. No me digas más, ay el tinto don Simón…

  4. Pingback: JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN . . . EL CARREFUL …… Y III | borderline

  5. Jajaja que peligro tiene el Carreful ¡¡
    Saludos,

  6. Pingback: JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… EL CARREFUL ( Y III) | borderline

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