BRICOLAJE X – TREM. LA PINTURA: ¿Curro guarro… o… sublime manifestación de disciplina artística?

Una de las actividades bricoleras que más intrusismo sufre, a la que con mayor impunidad se apuntan los manitas, pseudomanitas y manazas totales sin importarles el daño que hacen al gremio y, a la postre, a su propia autoestima, no es otra que la de la pintura. La de brocha gorda y rodillo quié icir, no la de pinceles, paleta y lienzo.

¿Pintar una pared? Eso lo hace cualquier gilipollas con una mano “atá” a la espalda.

Esta frase, escuchada a tu “cuñao” el chulo borracho, en la sobremesa de una comida familiar y cuya traducción viene a ser “Pintar es una tarea súper sencilla incluso para ti con lo inútil que eres…” puede desencadenar mucho… pero que mucho dolor en tu ánimo, en tu amor propio. Y es que la gente es muy bocazas, sobre todo si previamente se han calentado el pico con el vino de la comida y los cubatas de la sobremesa. Tal es el “cuñao” de marras que, en una u otra versión, todos tenemos.

Pero basta que ha sido tu “cuñao” el que ha lanzado el reto, que es el hermano favorito de tu mujer que también es de calentamiento fácil de cascos, para que sobre tu persona, ser anodino y autoconsiderado hasta el momento inútil total para las manualidades, caiga la misión entre todas las misiones (Puedes cambiar la palabra misión por marrón y estarás quizás más cerca de la realidad): “CARI… HAY QUE PINTAR LA CASA”

A ver, que como razón de peso están los 3000 euros que te había presupuestado una empresa de pinturas de cierto prestigio y seriedad; que, calculando así a ojo, si lo haces tú te vas a gastar la décima parte de ese dineral; que tapando bien el suelo y los muebles es un trabajo limpio y rápido. Personalmente no lo acabas de ver…

Escuchas, desde algún lugar indeterminado, una risita siniestra que se te clava, gélida, en el corazón, pero a la que el ambiente de bravura que te embriaga hace que finalmente no prestes la suficiente atención.

El caso es que sea cual sea la razón, entre unos y otros han conseguido animarte (comerte el coco) para que te lances a la piscina sin mirar si hay o no agua ¡Y lo más probable es que no haya!

Permitidme, llegados a este punto, que os dé el briconsejo del día:  “Mira… que todavía estás a tiempo… que aún no has comprado la pintura ni el material y, lo que es mejor, todavía no has empezado a dar brochazos… que 3000 euros puede ser mucho dinero… pero que en realidad es muy poco… No seas gilipollas y no te metas en estooooo…”

Pero amig@, los briconsejos se dan para no seguirlos ¿No es eso? Pues si no me quieres hacer caso…  que te den por culo, allá tú, que yo te he avisado.

Día D, hora H, es decir, el día y la hora de la verdad. Sábado. Has madrugado más que cualquier otro día de diario para que te dé tiempo a darle un par de manitas al salón. Hay que reconocer que la actitud es, cuando menos, positiva.

Como ha quedado dicho, tú asumes tu inutilidad total para los trabajos manuales, sobre todo para las terminaciones finas. Por ello has tenido la precaución de consultar en internet las páginas de bricolaje durante estas semanas atrás y te has hecho con una lista de material y herramientas y un guion con los pasos que has de seguir durante el proceso.

Lista de material

  • Pintura
  • Aguaplast (1 kg.)
  • Plástico cubre todo
  • Mono de papel
  • Cinta de carrocero
  • Brochas de varios tamaños
  • Rodillo de espuma
  • Rodillo de lana
  • Rodillo de pequeño tamaño
  • Cubo especial pintura con escurridor
  • Mezclador de pintura
  • Espátulas de varios tamaños
  • Una llana
  • Pañuelo de cabeza con los cuatro picos anudados.

Lo punteas todo con un tic que indica lo previsor que has sido. Obvias la pintura por ser precisamente eso, obvio.

El guion sigue más o menos los siguientes pasos:

  • Mueva al centro de la pieza a pintar todos los muebles.
  • Con plástico cubretodo protéjalos para evitar que se manchen de pintura
  • Cubra con el mismo plástico la totalidad del suelo de la pieza a pintar por las mismas razones.
  • Con cinta de carrocero cubra bien rodapiés, marcos de puertas, interruptores… en fin, todo lo que sea susceptible de ser manchado con la pintura.
  • Tapar agujeros e imperfecciones de la pared con aguaplast.
  • Echar pintura en el cubo de pintor y añadirle entre un 10% y un 15% de agua o disolvente según indique el fabricante.
  • Remover con el removedor de pintura (Esa era fácil ¿eh?)
  • Mojar el rodillo y escurrirlo para que no gotee
  • Pintar
  • …Y así sucesivamente.

Lo lees y lo relees, lo repasas paso a paso… Parece fácil. Incluso tú te has convencido de que…

¡NADA PUEDE SALIR MAL!

Desde algún punto indeterminado en la calle se vuelve a escuchar una especie de carcajada siniestra con atragantamiento final, que te pone los pelos de la espalda como escarpias.

Aunque te encuentras bien de ánimo decides que un par de Mahous reforzarán un tanto tu espíritu.

Llevas un par de horas dedicado a la faena de cubrir, de tapar y ¡Vaya! Parece que te va cundiendo. Como daño colateral has de incluir la rotura “accidental” de aquel jarrón horroroso que te trajo tu cuñado de un viaje por… ni te acuerdas, pero que tu mujer se empeñó en colocar presidiendo la mesa del salón, desoyendo tus inútiles sugerencias decorativas. El sofá, las mesas y las sillas, la lamparita de pie, los cuadros… en fin, que todo aparece protegido bajo una delicada capa de plástico que evitará que se manche. Con verdadero celo profesional vas tapando rodapiés, marcos de puertas, interruptores de la luz, enchufes…

Per… fecto.

Siguiente paso: PIN-TAR.

Miras, remiras, buscas, rebuscas… pero algo no te cuadra. Vuelves a repasar el guion y la lista de herramientas… ¡Joder! ¿Qué es? ¿Qué es?

—Cari,  -Te dice tu costilla vestida con el mono de papel y con un rodillo seco de lana en la mano- ¿Y LA PINTURA?

¡Su puta madre! ¡Se os ha olvidado comprar a pintura!

Te tomas otra Mahou para pasar el mal trago.

En fin. Os despojáis del mono de papel y salís de casa al Leroy Merlín a comprar la pinturita de las narices… Media horita y “pa casa” le dices a tu mujer para animarla. Pero la sencilla tarea se complica por momentos, lo primero para decidir qué pintura se compra, plástica, acrílica, granulada, mate, brillo… Después el color… ¿A que no sabías que existen 45 tonos diferentes de verde? Verde esperanza, verde oliva, verde moco… y luego está la superficie a pintar, cosa que no has tenido la precaución de medir in situ y ahora calculas de malas maneras, a ojímetro, aplicando la unidad de medida bricolera universal: El “masomenos”.

Al cabo de tres horas, regresáis a casa con tres botes de cinco kilos de pintura de color “aires marinos de Junio” que es una cosa indefinida entre el blanco… y el negro y entre el rojo y el amarillo con reflejos azulados pero que a la vista parece verde.

Os volvéis a vestir con el mono de papel que, como es de un solo uso, aguanta peor el envite. A ti se te raja la entrepierna y lo pegas con un poco de cinta de carrocero. Te atas a la cabeza el pañuelo de los cuatro picos anudados por protegerte la cabeza… y porque íntimamente consideras que te da un empaque especial. Satisfecho y encantado de haberte conocido, te tomas un par de Mahous seguidas… ¡Porque tú lo vales! Vuelves a colocarte el pañuelo porque con los vaivenes que ya pegas se te descoloca continuamente.

Haces un poco de aguaplast y te dedicas frugalmente a tapar los agujerillos y desperfectos que hay en la pared, pero como te has dejado las gafas debajo del plástico de tapar sobre la mesa del salón y no te apetece volver a destaparlo todo para cogerlas, no distingues muchos de ellos. Secar, lijar y al lío.

Vacías el primero de los dos botes de pintura que habéis comprado en el cubo de pintor con rejilla para escurrir y le añades el quince por ciento de agua para que se extienda mejor. Remueves la mezcla con el removedor adaptable a la taladradora y al primer intento lo llenas todo de salpicaduras de pintura. ¡Menos mal que has tenido la precaución de cubrirlo todo bien! Al menos estaba todo bien tapado hasta que el gato se ha escapado del cuarto de baño donde le habías recluido prudentemente y se ha pasado por el salón rajando todos los plásticos, así, por pura diversión gatuna. Cuando te percatas de que el animal está suelto ya es demasiado tarde, pues con las patas manchadas de pintura se ha dedicado a pasear por el divertido submundo de muebles y enseres por debajo del plástico, teóricamente protegidos, marcando sus pintadas patitas por todos ellos. Tras una persecución digamos, kafkiana, le atrapas y te lo vuelves a llevar, mientras te cose a arañazos, de nuevo al encierro provisional del baño. Colocas por encima un nuevo plástico protector, menos mal que has tenido la precaución de comprar alguno de más, pero te va a tocar limpiar más de lo que esperabas cuando todo acabe.

Para pasar el disgusto te bebes un par de mahous. Tu mujer, que nunca bebe, se ha chascado otra… y ha metido varias a enfriar en el frigo. Es un gesto el de tu costilla que te provoca un mal presagio.

En fin, es hora de darle al rodillo. ¡Joder! No te imaginabas que lleno de pintura pudiera pesar tanto…

Por unos instantes te sientes creativo. Disfrutas del placer de embadurnar la pared ya desde la primera pasada del rodillo, pero es solo el tiempo en el que tardas en darte cuenta de que no has escurrido bien el rodillo, has empapado la pared y se te viene encima la pintura nueva, la pintura vieja y una capa de yeso antiguo que no ha podido soportar el peso.

Mientras las lágrimas corren por tus mejillas, te bebes una mahou más, en este caso una mahou antidepresiva. Tu mujer  se bebe otra y comienza a oscilar peligrosamente cual rascacielos japonés durante un movimiento sísmico.

Mientras se seca el desaguisado vas a la tienda de pintura y compras cinco kilos de aguaplast y una llana que, no sabes por qué, piensas que te van a hacer falta.

Cuando regresas a casa compruebas, no sabes si con alegría o con terror, que tu mujer se ha animado con el rodillo en otro rincón virgen del salón, y allá que la encuentras cantando “Asturias patria querida” tambaleándose sobre la banqueta coja y pegando pasadas con el rodillo por todos los lados, incluso por el techo, que habíais acordado dejarlo de color blanco para que hubiera un bonito contraste con la pintura de la pared. No ha sido un cambio de opinión artística sino que la pobre no atina, tal es la imprecisión que le embarga. Le quitas el rodillo de las manos y la recoges en tus brazos unos instantes después de que salte desde la banqueta gritando “¡Jerónimoooo!” entre risas flojas y la cara completamente embadurnada de pintura. La sientas en la taza del cuarto de baño para despojarla del mono y el gato se te vuelve a escapar. Mientras persigues al felino hijo de puta, tu mujer se levanta, va al frigo y se bebe dos mahous seguidas, con la primera ya había sobrepasado su nivel de tolerancia al alcohol. El gato, con el estrés de la persecución ha caído sin darse cuenta en el cubo de la pintura y ahora luce de color verde, verde cabroncete, que es una variedad nueva del verde manchando el resto de la casa por donde pasa. Con todo el cariño del mundo acuestas a tu mujer, toda manchada de pintura, en la cama, sobre el edredón horroroso que le regaló su madre y que tú odias y que siempre se ha resistido a cambiar a pesar de que siempre te has quejado de que pasas frío con él. Cuando se dé cuenta del desaguisado le echarás la culpa a ella porque no se va a acordar de nada y te sientes por ello un poquito cabroncete, pero eres capaz de desoír a tu conciencia.

Te bebes una mahou pero incluso tú, hombre recio, sientes cómo se apodera de ti el alcohol de la cerveza. A lo lejos escuchas a tu mujer vomitando en la habitación. En ese instante observas al puto gato en un momento de impasse, entretenido frente al comedero, disfrutando de su comida. Está absorto, no te espera, te acercas por detrás…

Un maullido salvaje y el gato aparece estampado sobre los muebles de la cocina preguntándose en sus reflexiones gatunas por qué narices le acabas de dar esa patada… Un tanto aturdido le coges y lo vuelves a encerrar en el baño.

Te tomas otra mahou y te vas al salón, a acabar lo que has empezado, pero tus pasos ya no son precisos y tropiezas con el cubo de la pintura que se vuelca. Con toda celeridad te agachas a recogerlo pero no puedes evitar que se haya derramado ya la mitad del cubo ¡Menos mal que se ha vertido sobre el plástico que protege el suelo! Sientes alivio al comprobarlo, pero inmediatamente te echas las manos a la cabeza al descubrir una nueva raja en el plástico por donde se está pasando la pintura al parquet. Te tensas, te pones nervioso… Al final recortas un trozo de plástico alrededor del charco con el cúter y recoges cual si fuera un odre de vino, la pintura que aún no está sobre el suelo, pero no sabes qué hacer con ella. El fino plástico está a punto de ceder ante el peso de la pintura que has conseguido recoger en él. Lo único que tu cerebro alcoholizado te sugiere como solución in extremis es abrir la terraza y tirar lo que tienes entre manos por el balcón. No te has parado a analizar posibles consecuencias hasta que al cabo de 5 minutos ha llamado el vecino de abajo con toda la calva manchada de pintura verde. Se encontraba asomado a su balcón fumando y se ha visto implicado en tu tragedia en forma de baño de pintura. Comprendes y aceptas, sin rechistar ni defenderte, la hostia que te suelta sin mediar palabra.

Te vuelves a tomar una mahou que te ayuda tomar conciencia de la injusticia que impera en el mundo, cuando llaman al timbre. Temiendo que pueda ser de nuevo el vecino belicoso y sin intenciones de encajar una segunda hostia, coges un bate de béisbol de los nenes antes de abrir la puerta, por aquello de la defensa propia. No es tu vecino. Instantes iniciales de alivio hasta que entre los vapores del alcohol acabas reconociendo a tu cuñado, el “desgraciao” con el que toda esta tragedia comenzó a desencadenarse. Como en una nubecilla brumosa decides que ya que tienes el bate en la mano ¿Por qué no aprovecharlo? Y tu brazo sacude un batazo salvaje en todos los morros a ese ser despreciable, al que inconsciente y con el morro sangrando, acuestas junto a su hermana, a la que colocas el bate en la mano derecha. Ya sacarán ellos sus propias conclusiones de lo acontecido cuando despierten.

Vas al salón y rebuscas entre los plásticos el teléfono, marcas el número de los pintores de la oferta y les dices que 3000 euros no, que les pagas 4000 si vienen ahora y te pintan la casa.

En un gesto inequívoco de claudicación y derrota te arrancas de la cabeza el pañuelo con los picos anudados y lo arrojas contra el gato, que no sabes cómo, vuelve a pasear impunemente sobre la mesa del salón. Con la pintura que le ha caído encima el pañuelo ha adquirido cierta consistencia y el gato cae al suelo maullando de nuevo y cagándose (en su idioma, claro) en tu puta madre.

Por unos instantes te sientes invadir por la depresión postchapuza, pero te anima pensar que en el mundo hay muchos más inútiles, no estás solo.

 

 

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6 respuestas a BRICOLAJE X – TREM. LA PINTURA: ¿Curro guarro… o… sublime manifestación de disciplina artística?

  1. torpeyvago dijo:

    Nada, si es que hay que buscar salidas. En la próxima discusión con la propia, cuando ella te afee tu falta de hombría para pedir un aumento en el trabajo, te estás atento con el móvil y le grabas:
    —Es que no pintas nada…
    Pues eso.
    PS.- El tratamiento anti cuñados, anti edredón y anti jarrón me ha encantado. Tomo nota. Lo del gato me da un poco de lástima, animalito. Salvo que hayas conocido a uno cabrón, que también los hay.

    • cmacarro dijo:

      Sabes que no, que las féminas tienen la habilidad de tener razón siempre o, por el contrario, de demostrar que nosotros no la tenemos nunca. Suegras y cuñados son más fáciles de lidiar. ¿Gatos? Sí que los he conocido cabrones sí, aunque no más que yo mismo. 😉

  2. marguimargui dijo:

    Esto s como la cadena alimenticia, si yo no mando pintar de que viven los pintores
    Yo no podía no ni que me paguen, y cuando tenía personaje dispuesto a hacerlo, las ganas se esfumaban de las marginar como se quedaba la casa

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