VÍA MUERTA

Ramiro no se tenía por una mala persona.

No era, evidentemente, un santo en el estricto sentido social de la palabra, pero casi siempre intentaba cumplir con su deber cívico; Separaba la basura para reciclar… se guardaba el papel del caramelo en la mano hasta que encontraba una papelera… pagaba sus impuestos… llevaba la hipoteca al día a pesar de las dificultades… conducía respetando escrupulosamente los límites de velocidad… En fin, que básicamente, cumplía con la sociedad. Quizás era que se sentía seguro cumpliendo las normas y por eso nunca se atrevió a vulnerarlas.

Cierto es que su iniciativa no iba más allá de lo que los convencionalismos estipulaban, pero, era más de lo que se esperaba de la media de la población.

Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta su león interior, que nunca se había destacado por su rugido, cada vez resultaba menos fiero. Sentía haber comenzado la cuesta abajo de la montaña rusa de su vida y su cuerpo se ensañaba evidenciándolo  con el paso del tiempo. Daba la impresión de que la famosa crisis, la personal, le había llegado con retraso o, más bien sin sentido, como casi todo en su vida.

Ramiro repasaba lo que había sido su vida hasta ahora.

Las decisiones importantes, las que habían dado un giro crucial a su existencia apenas habían sido tales decisiones porque no habían dependido en su mayor parte de su voluntad. La vida le había ido llevando a empujones por diferentes y a veces inesperados derroteros, muchas veces contrarios a sus objetivos, pero Ramiro se había conformado sin pelear. Siempre se había conformado.

Se recordaba como un niño obediente, pillastre de tanto en tanto, pero sometido a los rigores de unos padres marcados por el hambre de la posguerra, rígidos y con unos valores morales limitados por la necesidad y la escasa cultura de aquella generación de desgraciados supervivientes. Había vivido su infancia con miedo. Miedo a los monstruos que la tele del momento mostraba sin pudor, miedo a sus padres, miedo a sus profesores, miedo al matón de turno, miedo a decirle a una chica que le gustaba… en fin, miedo a los retos de la vida misma. Siempre vivió con el temor a no satisfacer a los demás, de no conseguir su aprobación.

Había vivido tanto tiempo bajo la represión del miedo…

Muchos otros con peores cartas habían jugado mejores partidas que él.

Efectivamente. Acabó la carrera y comenzó a trabajar en seguida; la vida personificada en sus padres le empujó a ello y, quizás por eso mismo, se precipitó y aceptó el primer trabajo que le ofrecieron sin darse un tiempo para meditar y elegir acertadamente. Se casó, con una antigua compañera del instituto, sin poner excesiva emoción en ello, porque había que hacerlo y, cuando llegó la hora ella estaba cerca. Como por inercia  tuvo tres hijos prácticamente de la misma manera: porque era lo que tocaba. Y así le habían ido llegando los acontecimientos de su vida, a borbotones y sin control. Sin emociones. Sin verdadera pasión.

No es que no quisiera a su familia, nada más lejos. Su mujer y sus hijos eran lo mejor que le había ocurrido en la vida. Con el tiempo había llegado a adorarlos pero, quizás le faltara intensidad y calor para disfrutarlos. Ramiro sabía que no era defecto de ellos. Estaba seguro que se trataba de una malformación emocional que él mismo padecía.

Se encontraba atrapado en un trabajo de poco nivel para sus posibilidades, que no le motivaba en absoluto, con un jefe zafio y predecible que conseguía amargarle los días. Y Ramiro lo aceptaba, lo asumía, se acostumbraba. Se sentía el tuerto en el país de los ciegos cuando lo que anhelaba era contemplar el paisaje utilizando la plenitud de sus dos ojos, que gozaban de buena salud.

Hubo, bien es cierto, una época en su vida en la que tuvo intenciones de comerse el mundo, cuando sus hijos eran pequeños y sintió una sobredosis de responsabilidad, pero le costaba trabajo masticarlo y había desechado el bocado a medio comer. El mundo siguió su camino y Ramiro el suyo…

…Madrugaba cada día con indiferencia y ya no conseguía encontrar una razón por la que saltar de la cama y luchar, por la que sonreír cada mañana. Simplemente el despertador accionaba su interruptor, el de Ramiro, y él se ponía en marcha.

Cada mañana en el camino al trabajo era atrapado en un atasco interminable hasta que llegaba a la oficina. En ella se limitaba a que el tiempo pasara lo más rápido posible y cada tarde era atrapado en un nuevo atasco interminable de vuelta a casa. Cuando llegaba, el guión se repetía, tareas domésticas, algo de compra, los niños, la cena…, sin apenas tiempo para aficiones acababa atontándose frente al televisor hasta que le vencía el sueño y  se acostaba.

A veces hacía el amor maquinalmente con su mujer. Todos los días eran lo mismo. Rutina y abatimiento. Los mismos que le daban estabilidad. Los mismos que le asfixiaban.

Ramiro no estaba seguro de si alguna vez había llegado a ser feliz. Es posible que el día de su boda o el nacimiento de sus hijos fueran lo que más se había aproximado a esa sensación, pero no conseguía  recordarlos con nitidez. Los había vivido en una nebulosa y ésta todavía permanecía en su mente.

 Le apenaba no sentir siquiera nostalgia de aquello.

Sentía una tristeza profunda y perenne que a lo largo de los años  había ido minando poco a poco su sentido del humor y sus ganas de vivir. Incluso para un ser básico en emociones como él era un bagaje verdaderamente pobre.

Para nada deseaba legar esa herencia a sus hijos.

A los pocos amigos que hizo en su juventud les fue distanciando a medida que se enzarzaba en la rutina diaria de trabajo y familia, letras y recibos, niños y vacaciones con los suegros. Los descuidó y acabó separándose de ellos y, aunque les echaba de menos y soñaba con el reencuentro, recuperar las vivencias pasadas, tener cerca un oído amigo a quien confesar sus frustraciones, nunca tuvo fuerzas ni ánimo para intentar recuperarles.

Definitivamente, pensaba Ramiro cada vez con mayor frecuencia, se sentía un fracasado.

Con mayor angustia cada noche se acostaba soñando con hacer algo grande, algo original, algo que destacara en su vida, que le diera sentido y le hiciera sentir siquiera un sucedáneo del orgullo, pero siempre decía ¡Mañana! y con mayor frustración aún se dejaba vencer por el sueño, acumulando en su corazón un sentimiento creciente de desengaño que le oprimía el pecho y le impedía respirar con comodidad. Se sentía permanentemente agobiado. Se veía incapaz de engendrar pensamientos positivos.

Había transcurrido la mitad de su vida, una vida de insatisfacción llena de reproches hacia sí mismo, ¿De verdad le apetecía vivir el resto en las condiciones que había conocido hasta entonces? Francamente no.

No tenía ningún problema y tenía todos los del mundo porque desde su enrarecido prisma todo lo veía como un problema. Se sentía perdido, carente de energía, inútil, incapaz de pelear por nada. Había estafado a todos y sobre todo defraudado a sí mismo.

Si alguien había pasado por este mundo sin dejar siquiera una pequeña huella era él. Un don nadie. La vida le había proporcionado grandes dones y él, no sabía por qué, los había ido desperdiciando en cada oportunidad.

Estaba seguro de que algo fallaba en su cuadro de mando.

En los últimos meses comenzaba a sentir algo que nunca había sentido. Sus emociones se hallaban revueltas bajo un manto de oscuros nubarrones. Era un castigo difícil de soportar y tenía que reunir las fuerzas necesarias para…

Vivía en constante zozobra.

Definitivamente había llegado la hora de tomar las riendas de su vida y hacer lo que verdaderamente deseaba hacer, lo que el cuerpo le demandaba desde hacía demasiado tiempo. Tanto, que dolía. Por eso tras mucho rumiar una idea que desde hacía unos meses le rondaba en la cabeza hasta la obsesión, decidió que era el momento definitivo de ponerla en práctica.

Daba igual un día que otro. Todos eran igual de grises…

Había pocos viajeros  aquella tarde ya casi anochecida en la estación de tren, donde se encontraba. Los trenes de Cercanías llegaban o salían hacia la capital cada vez más espaciados y su rendido cargamento de pasajeros se desperdigaba con estresante rapidez. No quedaba ni rastro de aquella estación de su niñez, de romántico recuerdo, donde muchos años atrás su abuelo solía llevarle a ver pasar los trenes y a echar la tarde soñando con otros destinos que adivinaban mejores que aquel donde se encontraban. El reloj digital distaba mucho de aquel tan grande de agujas bajo el tejadillo del andén.

Pero ninguno era su tren.

Su tren se acercaba a toda velocidad desde algún punto en ninguna parte. Ramiro esperaba. Tenía un billete especial para ese tren. Un billete sólo de ida.

Su mente se despejó por un  momento con el fresco de la noche.

La luz del Mercancías apareció débil y mortecina en la lejanía, pero fue haciéndose más grande a medida que se aproximaba a su cita con Ramiro. El altavoz anunció que un tren, sin parada, iba a efectuar su paso por la vía uno, en cuyo andén se encontraba y previno a la gente para que no cruzaran las vías.

 Un escalofrío recorrió toda su espina dorsal,

 Ramiro, dejó de ver lo que ocurría alrededor  y se concentró únicamente en la luz.

Toda la vida, el ajetreo y el movimiento habían, de repente, desaparecido. El silencio había inundado sus sentidos. Sólo había oscuridad y la luz que destacaba en ella aparecía como su salvación, su libertadora, lo único que importaba ya.

Las palmas de las manos comenzaron a sudarle.

Las vías comenzaron a vibrar primero débilmente y con fuerza e insistencia después. El zumbido se confundió con el que en su cerebro resonaba ya desde hacía un buen rato y el silbido intenso del tren que se acercaba  infundió más dramatismo a sus pensamientos.

Tenía un terrible dolor de cabeza. Seguramente, la tensión.

Los pies justo en el borde del andén aguardando con impaciencia el gran momento, el  momento de la liberación.

El ruido ensordecedor del convoy que se acercaba no afectaba a las hasta ese momento nunca tan claras ideas de Ramiro.

Su tez, como la cera se cubrió en un segundo de abundante sudor frío.

Por un instante la imagen de su familia pasó fugazmente por su mente y una lágrima se deslizó despacio por su mejilla. Pero aquella luz lo devoraba todo y pronto este pensamiento fue exiliado de su mente.

En un delirio irrefrenable Ramiro pensó que por fin iba a hacer algo grande, algo pensado por él mismo, concluyente, la decisión final, la más importante. Y se olvidó de lo demás, incluso de lo que más amaba en el mundo. Cerró los ojos. El tren estaba ya encima.

Su cuerpo se tensó hasta casi romper sus músculos.

Apenas quince metros le separaban de toneladas de redención a toda marcha. El tren de la evasión, de la huida hacia ninguna parte llegaba estruendoso.

Por un momento abrió los ojos para cerciorarse de que realmente el tren se aproximaba y al hacerlo se percató de que, en el andén de enfrente, un niño de unos cinco o seis años, de grandes ojos claros  le estaba observando con extraordinaria curiosidad y atención. Le sorprendió ver a un niño tan pequeño sólo al lado de las vías y esta idea llegó a sacarle por un instante de sus tribulaciones.

Diez metros…

Su mirada se cruzó con la del niño. A pesar de la distancia que los separaba sintió la profundidad de la misma. Una mirada inocente pero cálida, acogedora y sobre todo decidida. Una mirada que le resultaba, en cierto modo, familiar.

Siete metros…

El niño lloraba. Lloraba como él. Lloraba con él. Lloraba por él.

Seis metros…

Pero sus ojos infundían vida. Su mirada se le antojó a Ramiro como una mano tendida. Como la última oportunidad a la que aferrarse. Un faro radiante en medio de la tenebrosa noche.

Cinco metros…

A Ramiro se le encogió el corazón. Sus sentimientos y pensamientos confundidos se embrollaron más todavía. Lejos, muy lejos en la distancia y en el tiempo, o quizás allí mismo y en aquel mismo momento, sintió un agradable y plácido vahído. Ese niño… no podía huir de su cándida mirada.

Cuatro metros…

Dentro de sí, en un lugar muy profundo, tan profundo que ya ni siquiera le resultaba familiar, sintió un latigazo de iluminación. Entonces creyó entender.

Tres metros…

Finalmente, en el último suspiro, fulminado  por la mirada del niño…comprendió.

Dos metros…

Toda la fuerza que había necesitado para tomar la decisión final le había salido de dentro. No se había sentido coaccionado ni influenciado por nadie. Era él mismo. Él era capaz. Él tenía el control de su vida.

Quizás otra forma de entender la existencia era posible, quizás… había sitio para la esperanza.

El tren pasó a toda velocidad a 20 centímetros de la cara de Ramiro interrumpiendo en seco sus acelerados pensamientos. El aire que levantaba a su paso estuvo a punto de succionarle mortalmente pero Ramiro se mantuvo firme, más que nunca aferrado a la vida. En ese momento solo deseaba que pasara el tren para volver a ver al niño que le había trastocado el alma con sus grandes ojos y su ingenua actitud.

Desde el monstruo de hierro vio como agitaba la mano para despedirle la mitad de su vida.

Cuando el último vagón hubo pasado como el rayo por delante y el traqueteo del tren se fue alejando poco a poco, esta vez mucho más rápido de lo que se le antojaba que había venido, Ramiro dirigió en seguida su mirada hacia donde había visto al niño que lloraba.

No había nadie. Con ansiedad y desconcierto escudriñó todo el andén pero no encontró ni rastro de él. Momentos de verdadera angustia pensando que el tren podría haber arrojado al pequeño a las vías con el aire que arrastraba a su paso, pero no vio ningún vestigio en las mismas. No. Definitivamente el niño no había podido caer. Era extraño. Muy extraño.

Tras unos minutos de estupefacción y sin haber llegado a comprender qué había ocurrido exactamente, aunque sabía que lo sabía, Ramiro, dio media vuelta y se dirigió a la salida de la estación con una mueca en la boca que aparentaba ser el boceto de una sonrisa, con la seguridad de que, ahora sí, ahora conocía la respuesta.

La luz, la verdadera, se había hecho hueco en su corazón. Lo sabía desde siempre aunque siempre se había empeñado en negarlo. Sí. El pequeño que se había atrevido a mirarle a los ojos y desafiarle, el pequeño que se apenaba de las penas de un apenado desconocido, el pequeño que había impedido que se doblegara y se rindiera ante la vida. Ese pequeño… era él mismo: Ramiro. En algún instante de su vida el inocente niño que otrora había sido se ocultó bajo una manta de polvo que el tiempo había ido dejando caer y en el momento más oportuno decidió asomarse para ver qué tal le iba.

Sus ojos resplandecían en su ya iluminada y sonriente cara.

Apresuró el paso. De repente sentía la necesidad urgente de abrazar a su mujer y a sus hijos.

Había encontrado una razón para vivir, no por los demás, no para nadie, LA RAZÓN en mayúsculas. Había encontrado la fuerza en lo más profundo de su ser, en el niño que a pesar de su tozudez en su empeño por matarlo no solo había sobrevivido sino que continuaba siéndole fiel.

Estaba preparado para jugar el segundo tiempo de su partido con toda la intensidad que hasta entonces no había sido capaz de mostrar y el león rugió con fiereza y majestuosidad en su interior.

En su cabeza, como un embalse cuya presa es liberada de repente, pugnaban atropelladamente por salir y salían a borbotones sentimientos reprimidos y anulados durante tanto tiempo que ya eran nuevos para Ramiro.

Amores, deseos, planes, alegrías, ganas de vivir, ansias por recuperar tiempos pasados y perdidos, las cosas simples y las complicadas, cantidades ingentes de besos, de buenosdías y de hastamañanas, de tequieros, de estoesposibles, de perdonas y de teperdonos.

Y  Ramiro, que acababa de ser alumbrado en un largo y doloroso parto, lloraba como un recién nacido que ha inhalado su primera bocanada en el mundo.

Aunque, precisamente ahora, lo que más le apetecía era… necesitaba imperiosamente… saborear un cucurucho de helado de chocolate con galletas.

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8 respuestas a VÍA MUERTA

  1. Buena historia y dulce final !
    Saludos

  2. Antonio Caro dijo:

    Lo que es esta vida, tanto por vivir y todo puede esperar a después de comer un helado, para que tanto correr. 🙂

  3. torpeyvago dijo:

    Un gran relato. Hubiese cambiado el helado por un pincho de tortilla, pero eso es porque he empatizado desde el desde el primer momento con el personaje.
    ¡Enorme!

  4. Este ya te lo había leído. 🙂
    Pero sigue pareciendo un buen relato.
    Un abrazo.

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