BIOGRAFÍA (APÓCRIFA) DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

En unos días será el 469 aniversario del bautizo de Miguel de Cervantes. Vaya desde aquí mi particular homenaje desde el respeto.

cervantes

Vino el pequeño Miguelito a ver la luz de este perro mundo en la universitaria localidad de Alcalá de Henares, a la sazón la ciudad de las tres C (Conventos, cuarteles y colegios) y a la que convendría añadir una cuarta que correspondería a Cervantes (Ojo, no confundir con La Roda, por aquello de los afamados dulces conocidos con el nombre de miguelitos y que todos compramos a mitad de camino entre el centro y el levante español cuando vamos y volvemos de vacaciones) y vino, pues, a nacer en gracia del cielo el día de San Miguel, a saber, 29 de Septiembre de mil y quinientos cuarenta y siete, reinando en España Carlos I (Carlos palote, el emperador, que a la plancha y con un poquito de ajito y perejil estaba bastante bueno y apañaba una cena). Su fructífera vida se extiende pues, a lo largo del final de la de este rey y de la de su hijo Felipe II (Felipe palote, palote, pues era el doble de palote que su padre).

De su infancia no queda apenas más constancia que su partida de bautismo en la capilla del oidor (Dedicada a un insigne alcalaíno que gozaba de un buen sentido del oído) de la iglesia de Santa María de su localidad natal, donde no se hacía ni siquiera mención al golpe que se llevó el bebé contra el borde de la pila porque al cura, conocido como “ padre manitas de trapo”, se le resbaló de los brazos con tan mala suerte que el niño fue a dar con la frente contra la pila con fatales consecuencias, pues la pila quedó para siempre rajada y con una pérdida permanente de agua bendita. Al nene no le pasó nada pues era de cabezota dura y arco superciliar robusto.

Pero a nada que uno se ponga, no es difícil imaginar los juegos y correrías de un niño en aquella época que, para desgracia de muchos, carecía de smartphones, pokemons, redes sociales o Play Station.  Jugaban, entre otras muchas cosas, a la gallinita ciega, a la taba, las canicas, al burro… en fin, los juegos a los que hemos jugado los niños toda la vida, a excepción de los de las generaciones actuales, que se agilipollan  juegan con otras cosas. Miguelito, como cualquier infante de la época,  podría perfectamente haber dedicado las largas y aburridas siestas del mes de Agosto a robar habas, tomates u otras hortalizas en las huertas cercanas a la ciudad, regadas por el río Henares, cosa totalmente imposible hoy en día por ser un río pletórico de vertidos industriales y carros del Alcampo hundidos.

Aunque no queda constancia escrita de los acontecimientos relevantes de su infancia, sí que existe un chascarrillo o leyenda en la ciudad de Alcalá que ha debido de transmitirse entre sus vecinos de generación en generación y que aún se puede escuchar en oscuras y arrabaleras tabernas del lugar donde los lugareños se “cuecen” con Mahou al amor de las emisiones futboleras de Canal plus.

Al amable lector de esta crónica queda la ingrata tarea de juzgar la posible veracidad de los hechos, que para los alcalaínos no entraña duda alguna, pero bien es conocida la ingenuidad de los habitantes de esta ciudad al margen del río Henares.

Cuenta la leyenda que en una de estas incursiones por las huertas, el pequeño Miguelito y sus amigos fueron sorprendidos por el dueño, que a la sazón los estaba esperando porque estaba hasta los cojones de deslomarse en el huerto para que lo disfrutaran otros, y más de que siempre fueran aquellos pequeños cabrones, que eran de la piel de Barrabás.  Una vez que los tuvo a tiro no dudó en emprenderla a peñascazos con los niños llegando a descalabrar a alguno de ellos. Aunque entonces nadie se rasgaba las vestiduras si un tierno infante era agredido por un adulto y aparecía en casa con una brecha. Alguna habría hecho, eso era seguro. Se le curaba la herida, se le volvía a dar un par de hostias y en paz.

Pero Miguelito, que era el más pequeño de la partida era, por tanto, el que menos aprisa podía correr y pronto quedó rezagado y casi a merced del enloquecido hortelano que habiendo probado la sangre comenzaba ya a ensañarse con los nenes.  Un puñado de tomates no valían tamaño disgusto, pero se ve que el hombre estaba algo amargado desde que se había enterado de que su mujer le había adornado la testa con una cornamenta considerable, refocilándose con un tal Don Rodrigo que, aunque nadie se aventurase a confirmarlo, bien pudiera tratarse del papá de Miguelito. De ahí la obcecación del hombre con el nene. Aquel hortelano, a grandes voces, imprecaba a los niños que huían de él:

—¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas! Que un solo hortelano es el que os acomete… ¡Y sos vi a curtir el lomo con una vara de un deo de gordaaaaa!

Aquella frase se grabó a fuego (Y a mamporros) en la mente de aquel niño y en un futuro lejano habría de sacarle provecho literario, como bien sabe (o debería saber) el lector.

El caso es que consiguió atraparlo a la orilla del río, en un lugar que se hallaba algo embarrado por ser época de crecidas y el aterrorizado niño cayó al barro cuan largo era, que no era mucho, pues no debía contar con más de diez añitos. El nene estrenaba aquel día un juboncito blanco como la nieve que su madre le acababa de mandar hacer al sastre, y no queráis imaginar cómo se puso aquella prenda rebozándose en el barro. En la desigual lucha, el hortelano la emprendió a tortazos con Miguelito, intentando cobrarse de alguna manera la afrenta realizada por su papá de la que el muchacho, evidentemente, no tenía la culpa.

Quiera que las hostias proporcionaron fuerza extra al zagal, quiera que el hortelano estaba mayor y ya se cansaba pronto aunque fuera soltando la mano, el caso es que Miguelito se puso en pie de un salto, se zafó de su agresor y comenzó a correr huyendo de aquel poseído que iba a acabar matándole a golpes. El hombre, en un intento de evitar que huyera, le agarró por un pliegue del jubón, pero era tal la desesperación con la que tiraba el infante que la prenda acabó rasgándose, quedando un trozo en la mano del hortelano, que agotado, decidió que había concluido su venganza.

Una vez salvado de las garras de su agresor, a Miguelito le quedaba ahora la segunda parte de la película (Novela entonces porque el cine no se había inventado todavía): ¿Cómo iba a explicar a su madre el desaguisado de su camisa?

La reacción de doña Leonor, la mamá de Miguelito, fue furibunda, pues entonces no existían las tiendas de ropa made in China donde se pueden comprar las camisas a cuatro perras. En aquella época, estrenar prenda una vez al año era un sacrificio y una merma económica considerable para las familias y había que cuidar la ropa más que a la propia vida.

Allí con el niño en pie, lleno de chichones y rasguños y con semblante muy serio inspeccionaba doña Leonor el pequeño jubón, admirándose de lo manchado que lo traía el nene. De repente la mujer lanzó un grito cuando se percató del roto que a causa de las manchas de barro no había podido descubrir hasta ese momento. Entonces se desató la tragedia:

Con la caja de la costura, hecha de madera maciza bellamente labrada, comenzó a golpear a su hijo presa de un histerismo incipiente, al tiempo que gritaba:

—¡No solo traes el jubón nuevo manchado, malandrín, hi de puta! Sino que encima tienes un roto. Mira qué agujero le has hecho ¿Lo has visto?

Miguelito por más que miraba era incapaz de ver lo que su madre, con los ojos casi fuera de las órbitas intentaba mostrarle tapándole la vista con la misma. Y ella, entre golpe y golpe trataba de explicarle dónde.

—¡Que sí coño!, Aquí, ¿No lo ves? ¡EN UN LUGAR DE LA MANCHAAAAAAAA!

Aquella última frase, unida a los “cajazos” que estaba recibiendo Miguelito, se debió grabar a fuego en su joven mente con el resultado de todos conocido, pasados unos cuantos años.

Años y años de llevarse golpes en la cabeza consiguieron que el niño comenzara a sufrir el “Síndrome del mocho reblandecido”, enfermedad que a la postre fue proverbial en su faceta de escritor, pues  llegó a perder los límites de la imaginación llegándosele a ocurrir infinidad de gilipolleces (Temas sobre los que escribir).

 

 

Así vivió su infancia y adolescencia  Miguelito, entre juegos y estudios, de ciudad en ciudad hasta recalar la familia en Madrid por motivos del trabajo de Don Rodrigo. Bueno, del trabajo y de sus cuitas con la autoridad, que más de una vez le persiguió con el insano objetivo de hacerle dar con sus huesos en un calabozo por un quítame allá esos problemas pecuniarios.

En cuanto a Miguelito, que poco a poco iba siendo conocido por Miguel y más tarde por Don Miguel, pues la barba ya se le había cerrado y se le habían poblado de vello ciertas partes consideradas pudendas, ya por aquel entonces hizo algún pinito en el mundillo de la literatura, aunque aún le faltaban calidad y experiencias vitales para llegar a ser el genio de las letras que todos conocemos, porque… le conocemos todos ¿Noooo?

Alguno de sus poemillas llegaron a trascender en el subconsciente colectivo de Madrid, como por ejemplo, aquel que rezaba:

En tu puerta me cagué

creyendo que me querías.

Ahora que ya no me quieres

dame la mierda, que es mía.

No referiremos más por no cansar al avezado lector de esta biografía, pero sirvan estos versos como muestra de la incipiente afición del genio de las letras por hacer rimas. Queda pues demostrado que Miguelito… don Miguel, tenía pluma… y la utilizaba con cierto criterio literario.

En su juventud Miguel había desarrollado un carácter un tanto arisco y pendenciero. De aquellos polvos vienen estos lodos. Quié icir, que tanto fue vapuleado el muchacho de niño que acabó forjando en su corazoncito un odio visceral a la humanidad en general. A la mínima discusión salía a tortas con su interlocutor, tal era su carácter, y alguna que otra vez esta acababa en un duelo, o sea… en serio, tirando de espada.

Como consecuencia de haber dejado herido a un paisano en uno de estos retos a muet-te fue perseguido por las autoridades, y no por cualquier pelagatos de tres al cuarto, no, sino por el mismísimo rey Felipe II (Ya saben, Felipe Palote, Palote).

Como Miguel ya estaba bastante resabiado en lo que a persecuciones y palizas se refiere, tomó las de Villadiego y huyó a Italia, que entonces no se conocía por ese nombre pero estaba en el mismo sitio. Allí se puso a las órdenes del cardenal Acquaviva. En aquella compañía militar los soldados solían beber, cañas o quintos de cerveza Mahou, que entonces se llamaba de otra manera, con los que Miguel quedaba siempre insatisfecho dada la poca cantidad que le servían. Por ello tomó la decisión de pasarse a los tercios, más grandes, más recios y que saciaban mejor su sed… de venganza.

Ya en el tercio de Miguel de Moncada partió a Lepanto a luchar contra los turcos, que se estaban poniendo bastante pesadicos con eso de estar todo el día invadiendo las costas españolas. La batalla fue cruenta y de mucha bravura, y a Miguel se le fue la mano luchando. No es que luchara de más, sino que realmente, perdió la movilidad de una mano a raíz de aun arcabuzazo que recibió en el brazo. De aquel lance le sobrevino el nombre del Manco de Lepanto que no le abandonó ya hasta su muet-te. Miguel en los años sucesivos intentó luchar por los derechos de los que como en su caso habían perdido alguna de sus extremidades superiores y para ello fundó una Manco-munidad, a la postre con escasa repercusión.

Pero eso ocurrió años después porque, volviendo de la guerra, cuando su barco navegaba a la altura de la Costa Brava, quiso la mala fortuna que este se topara con un navío turco que apresó a toda la tripulación y los envió como esclavos a la ciudad de Argel. Los argelinos, observadores ellos, viendo que Miguel, que era algo sibarita, vestía jubones con un cocodrilo bordado en el pecho, dedujeron, equivocadamente, que este era un personaje de posibles y exigieron un rescate demasiado elevado por su liberación lo cual no hizo sino ralentizar su rescate por varios años pues a la familia le fue imposible reunir la suma de 500 ducados que era lo que se pedía como rescate. Los argelinos fumaban ducados ¡Qué se le iba a hacer!

Durante este tiempo, Miguel, aguerrido soldado, no se quedó con los brazos cruzados y organizó al menos cuatro intentos de escapada, pero en los cuatro fue cogido inmediatamente por el pelotón… de turcos que debido a su pertinaz manía por intentar escaparse sin abonar el rescate, acabaron apodándole “Al-cansini”, que traducido al castellano de la época venía a ser algo así como “El insistente”.

Pagado su rescate finalmente por los padres trinitarios (Los del tirititrán, tran,tran) fue puesto en libertad. A su vuelta a la madre patria ejerció diversas profesiones y vivió en numerosas partes de España, incorporando cada nueva experiencia a las obras literarias que iba componiendo. Como parece que en Argel había cogido gusto a eso de estar preso, en España fue encarcelado varias veces. En una de ellas, en Sevilla, es donde comenzó a gestar su obra más importante: “El padrino”  “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, novela que comenzaba con la archiconocida frase “En un lugar de la Mancha…” que a todas luces era una especie de homenaje a doña Leonor, la mamá que tan derecho le llevó durante sus años infantiles.

Tras muchos avatares, muchas obras escritas y una larga vida de aventuras y sufrimientos, el príncipe de los ingenios entregó su vida a la edad de sesenta y ocho años, habiéndose ganado con creces el nombre de

Príncipe de los ingenios.

Amigo lector/Amiga lectora, puedes o no creer todo lo que a lo largo de estas esforzadas líneas se ha vertido. ¿Que crees en mi palabra? Yo me sentiré halagado. ¿Qué no crees y piensas que todo es una sarta de patrañas y exageraciones? Pues que te den por culo.  … ¿Qué le vamos a hacer?  El creer es libre y yo no tomaré represalias por este feo.

 

En Alcalá de Henares, Octubre del año del señor de dos mil y dieciséis.

 

VALE

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19 respuestas a BIOGRAFÍA (APÓCRIFA) DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

  1. torpeyvago dijo:

    Sepa vuesa merced que me place aquesta crónica.
    Sólo que dícese «devuélveme la mierda, que es mía» que aún con ripio —aquestos versos y no la materia— queda por veraz.
    Y que me place la historia del arcabuz, que de luengos tiempos pensé flecha envenenada.
    «De la dicha batalla naval salió herido de dos arcabuzazos en el pecho y en una mano, de que quedó estropeado de la dicha mano.» De la biblioteca de la condesa de Wiki y Pedia.
    Y en poridat os diré que caterva de pokemonófagos que pásanse por estos lares de los bytes, reynos de follones, imperios de malandrines y ínsulas de famosetes, conosçen a Don Miguel de oídas. No es menester tragarse las aventuras del esforçado caballero de la Triste Figura, básteles con apretarse un entremés de los divertidos, que no les llevará más de un rato leerlo.
    ¡Y deje vueced la jarra esportillada en la mesa de una vez, que me dé tiempo de darle un par de tragos que me ha dejado del casi azumbre y medio que tenía!

    • cmacarro dijo:

      Bien se desprende del vuestro atinado discurso que vivís la Mancha como si hubierais sido vos mismo el manchado. ¿Acaso no seáis el dueño de aqueste castillo que en frente de mí se levanta? Mi honor de caballero me obliga a velar mis armas y ser armado caballero en noble fortaleza como la vuestra y si de vuestra generosidad, mi deseo fuera complacido, quedome a vuestra disposición y en deuda para lo que fuere menester, bien que os sirváis de mi fuerte brazo para descabezar unos cuantos gigantes malandrines que a la sazón os importunen o bien para echar unas cuantas jarras de Mahou, que para eso bien vale un caballero.

      • torpeyvago dijo:

        ¡Dontal, que si soy manchado lo soy por nacimiento y doble, del lugar y del apellido de mi santa madre! —¿y por qué me cabreo yo de esta manera… digo… de esta guisa?—
        Yo no he castillos, y por no ser dueño no lo soy ni de la dueña de mi corazón. Sólo he las manchas de mi jubón y un trabajo miserable, no he más velas que las que se desprenden de mis narices y armar, lo que se dice armar, como no sea un mecano…
        Además, dejemos que los gigantes se peleen con los jayanes y no nos metamos en follones de los que no saldremos con bien y aprovechemos nuestros fuertes —más o menos— brazos para levantar jarras y encomendarlas a Dionisos, hasta que lo invoquemos empleando de médium a Frasco, el tabernero:
        — A vler, Baco, hedmoso, pondnos otrla. De picncho lo cle te salga de la cejas.

  2. marguimargui dijo:

    Aquí el alcalaino de adopción, que nos lleva a viajar en el tiempo, viendo a Miguelito, convertido en D. Miguel. Gracias guapo por descubrir un poquito más a nuestro genio
    Besos

  3. antoncaes dijo:

    Estamos de cojones, entre la que nos has metido con el Miguelito y los posteriores comentarios entre ambos dos prefectos sujetos u sea se dicho Doña Margarita y usted mismo vamos listos, ya se me han quitado las ganas de ir a la feria del medievo. 🙂

    • cmacarro dijo:

      Que no decaigan tus ganas
      de disfrutar de esta fiesta
      alternativa a la siesta
      de manera muy ufana.
      Pero yo advertirte quiero:
      Mentalízate a gastar
      prepárate para vaciar
      la bolsa de tus dineros.
      Puestos mil te encontrarás
      de “productos medievales”
      que esquilmarán tus caudales
      fruslerías de Taiwan.
      Semana en el medievo
      tendremos en Alcalá
      que ni es semana ni es ná
      y de medieval…¡Un huevo!

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