EL MACHO IBÉRICO Y LA PLANCHA

La tranquilidad, el sosiego, la confortabilidad y la armonía, durante décadas de resignación y monotonía se han disfrutado en el hogar del macho ibérico. Como debe ser.

Sin embargo ahora… corre serio peligro de romperse, de desmoronarse, de irse a tomar por…

¿Que por qué?

Harta de planchar, una soporífera tarde de Julio, con los goterones de la sudó que profusamente, cual cantarines arroyos de montaña, surcan su frente, sus mejillas y su cuello y van a desembocar al canalillo, también sudado,  adentrándose  en el intrincado y laberíntico emplazamiento que existe entre la camiseta de Charcuterías Mariló  que viste y su cuerpo serrano al que por momentos se adhiere con la humedad corporal, la hembra ibérica es una olla a presión a punto de estallar.

Con los ojos sanguinolientos y una mueca en la boca de asco asqueroso que corre el riesgo de convertirse en ictus por la tensión acumulada, dirige su mirada asesina hacia el sofá, donde el macho ibérico, prácticamente en estado de coma, emite unos salvajes ronquidos cual si fuera una manada de ñus en celo.  Se ha apretado en la comida un buen cocido madrileño con su chorizo, su tocino, su morcillo, su pollo y su repollo con un cartón de Don simón con Casera para ir pasando los bocados, que por estas calurosas fechas se pegan a la garganta por su contundencia y poco a poco, mientras contemplaba el inicio de la retransmisión del Tour de Francia, ha ido acomodando sus costillas a los travesaños del sofá y arrullado por la monótona voz de los presentadores, ha entrado en cuestión de cinco minutos en lo más profundo de una fase REM, con hilo de baba incluido cayendo sobre el cojín de plumón que la suegra ibérica regaló a su hija ibérica “para que lo uses tú sola  y no el borracho de tu marido” como le ha indicado en las instrucciones verbales de uso.

De repente el sosiego siestil del macho ibérico es profanado de un modo… bestial podríamos decir, cuando la hembra ibérica, crispada del todo, lanza un aullido salvaje mitad producto de la rabia, mitad de la desesperación.

El macho ibérico hace un amago de volver de las profundas profundidades en donde se encuentra, pero como si fuera una estrella enana, la irresistible fuerza de atracción que ejerce el sofá le ha envuelto y le impide despegarse de él. Emite un ronquido de confirmación que llega a la hembra ibérica como torpedo a línea de flotación de barco. Son años sufriendo las hemorroides en silencio, esto… son ya muchos años aguantando gañanes.

Como los gritos no sirven de nada la hembra ibérica procede al meneo de ese cuerpo inerte, aparentemente sin vida que, sin moverse del sofá, se da la vuelta. Las patas del sofá golpean con contundencia el suelo a consecuencia del temblor provocado por la hembra ibérica tratando de despertar a ese pedazo de tarugo con las orejas llenas de pelos. Los gases provocados por las legumbres, agitados por el movimiento involuntario del macho ibérico, se atrincheran todos a las puertas del esfínter, que en un acto reflejo se abre para dejarlos paso en forma de sonoro pedo con olor a podrido que se adhiere como una lapa al rostro sudoroso de la hembra ibérica.

La hembra ibérica, algo conmocionada pero consciente de que ni  las voces ni los meneos bruscos van a sacar al macho ibérico del estado vegetativo en el que ya lleva tres horitas, las mismas que ella lleva planchando y sudando, ya sostiene en el aire la superplancha de cinco kilos que el macho ibérico le regaló con una sonrisa de “Quétíomásdeputamadrequesoyquérumbosoyquéguapo” por el día de la madre. Alza la plancha en su mano derecha no se sabe con qué intenciones… o sí… y con los ojos entrecerrados y su espíritu echando pestes, blande el pesado electrodoméstico sobre la cabeza del macho ibérico, al que si no ocurre un milagro, le quedan quince segundos de siesta, y probablemente de todo lo demás, antes de llevarse un planchazo en el melón.

Quizás movido por algún mecanismo ancestral de defensa, quizás por una sucesión de casualidades como muchas otras cosas en su trayectoria vital,  el macho ibérico consigue abrir el ojo derecho y en seguida el izquierdo. Todavía no ve nada porque los tiene llenos de legañas que le impiden la visión, no en vano la siesta ha sido contundente, pero tras frotárselos con las manos y despejar las molestas secreciones lacrimales contempla la escena, el inminente peligro que le acecha si los hados no lo remedian.

Tarda todavía unos segundos en conectarse todo su sistema neuronal para que el cerebro finalmente reciba, asimile y procese la información que los órganos de la vista le están enviando. Sintiendo amenazada su integridad física, bueno la física, la química y la vital en general, coloca el brazo por delante de su cara en posición de defensa y grita con unos ojos desorbitados donde se refleja claramente el acojonamiento que le ha entrado al contemplar la escena:

—Pero ¿Qué vas a hacer? ¡Locaaaa!

La hembra ibérica, que no es tonta para nada, ha tenido tiempo de sobra para analizar su reacción y echarse atrás. Recula sabiamente, no merece la pena y hay soluciones mejores.

Una idea genial surge entre todos sus pensamientos calculando la jugada. Sí, cual mantis religiosa decide actuar como dominadora que se siente. ¡Se lo va a merendar… sin pan! Por las buenas no ha conseguido nunca nada en los años que lleva en pie este matrimonio ibérico, pero… ¿Y por las malas?

—A partir de hoy…  VAS A PLANCHAR TÚ TODOS LOS DÍAS ¡PEDAZO DE CABRÓN!- Grita convincente al Manolo, que así se hace llamar el macho ibérico.

El macho ibérico, completamente espabilado y lo que es más interesante, completamente CON-VEN-CI-DO, coge la plancha de manos de su mujer y se va a la tabla de planchar, de donde no se separa hasta que no acaba con toda la ropa de la hembra ibérica, la suya propia y la de sus tres churumbeles ibéricos, incluidos los calcetines, la ropa interior y hasta los cordones de las zapatillas, allá a las dos de la madrugada.

Ocupando el centro del lecho marital,  brazos y piernas abiertos en clara señal de posesión terrenal, la hembra ibérica, sola y más a gusto que un arbusto, se ha quedado dormida con una sonrisa triunfal. El macho ibérico se acuesta en el pequeño espacio que queda entre ella y el borde de la cama y no tiene huevos ni siquiera a respirar fuerte no sea que acabe despertando a la bestia.

Las cosas van a cambiar a partir de hoy ¡Vaya que sí!

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8 respuestas a EL MACHO IBÉRICO Y LA PLANCHA

  1. antoncaes dijo:

    Eso tu da ideas gañan, como no tienen ellas solitas unas cuantas dale más que el macho ibérico va ha pasar a ser el conejo recebo. 😉

  2. Jajajajajaja…..no sabes como me hiciste reir ¡¡¡¡

  3. Pensaba que el gañán iba a gastar el último cartucho y quemar toda la ropa para que la hembra no le encomendara nunca más tal sudorosa labor. Me equivoqué, punto para esa hembra.😀

  4. icástico dijo:

    Coño, una hembra ibérica a lo Forges, Doña Concha, joer, como está mandao.

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