POR UN BILLETE DE LOTERÍA

EL AUTOR PIDE PERDÓN DE ANTEMANO POR EL TOCHO, PERO ES QUE CUANDO SE HARTA DE MAHOU NO HAY QUIEN DETENGA SU DIARREA MENTAL.

 

Basado en una idea original de mi amigo Miguel Riaño Montero, de Cartagena, que presume de estar bien de la cabeza pero ya os digo yo que no, que si no fue un ladrillazo fue una buena pedrada en la sesera lo que se llevó de pequeño.

 

El 22 de Diciembre siempre fue un día grande para los habitantes de la piel de toro, es decir,  este país llamado Ep-paña, pero 2016 marcó un hito en el grado de expectación con el que tantas familias humildes, familias menos humildes, familias potentadas y mafias blanqueadoras de dinero, algunas estrechamente relacionadas con las familias potentadas, aguardaban el sorteo de lotería de Navidad. La causa principal había que buscarla en la pertinaz crisis que sufría el país y que, a pesar de las reiteradas promesas de los líderes de la coalición de partidos que gobernaban desde Junio (Podemos y PP), aún coleaba con saña contra los más desfavorecidos. Nadie hubiera si quiera podido imaginar que dos partidos ideológicamente tan distantes, cada uno a un extremo del espectro político, pudieran haber acabado asociados en una tarea tan difícil como era gobernar Ep-paña. Pero ya se sabe que los extremos se acaban tocando y los dos líderes estaban a partir un piñón. Se rumoreaba incluso sobre la posible existencia de una relación homosexual entre ellos.

El 22-D, como los frikis acostumbraban últimamente a decir las fechas,  era el día de la lotería por excelencia, siempre lo había sido y este año lo iba a ser mucho más. Fuera por las razones que fueran, que había tantas como culos (una por cada uno)  ese sorteo se esperaba como si fuera agua de Mayo. Quién más, quien menos soñaba con pillar algún pellizco en el mismo que paliara las miles de particulares y pequeñas crisis que acababan siendo grandes tragedias personales.

El salón de loterías y apuestas del estado había sido desestimado para la ejecución del sorteo este año en favor de los pabellones 6, 7 y 8 de Ifema, unidos para la ocasión, dado que contaban estos con un aforo de público mucho más amplio y eran decenas de miles las peticiones de asistencia que la organización había recibido para presenciar el sorteo en directo. 2016 iba a ser reconocido también por haber batido el récord de público asistente.  Cincuenta mil almas habían cabido en las gradas que se habían instalado al efecto y por televisión y radio lo iban a seguir prácticamente todos los españoles, al menos los que jugaban algún décimo o participación para el sorteo.

Tras alguna que otra incidencia producida durante el montaje y la preparación del nuevo y gigantesco salón, hay que decir en la defensa de la organización que preparar un evento así tenía su miga y no podía salir todo bien, no eran  alemanes al fin y al cabo, finalmente todo quedó preparado para que se procediera al comienzo del acontecimiento social más importante del año.

La algarabía de la gente que abarrotaba la impresionante sala era enorme. Quien más, quien menos intentaba calmar sus nervios de miles de diferentes formas posibles, intentando conjurar la suerte de mil y una supersticiosas maneras.

Entre el público, en lugar destacado, se encontraba una selección de los más relevantes personajes de la vida nacional y en primera fila, pendiente de la pareja de niños de San Ildefonso que ya se encaminaba hacia el escenario para cantar la primera tabla, el calvo de la lotería, que no había querido perderse el evento. Y distribuidos a un lado y al otro del calvo habían sido invitadas grandes personalidades de la cultura española como Belén Esteban, Jorge Javier Vázquez, Tamara, la mala, los ganadores de todas las ediciones de Gran Hermano, el cantante Rafael, Paquirrín acompañando a su madre, Cachuli varias filas más atrás, vigilante, la pareja del momento, Alaska y ese… esa… su pareja, vamos… En fin, que eran muchos y muy variopintos los asistentes al acto, amén del pueblo llano, al que últimamente se intentaba meter en todos los fregados por la influencia de Podemos en el poder.

La noche anterior se había procedido con éxito a la comprobación de todas las bolas que serían incluidas en los bombos, tanto las de los números como las de los premios y habían sido custodiadas por diez hombres escogidos entre el cuerpo de policía nacional, además de los tres tradicionales claveros. Habían dado fe diecisiete notarios colegiados pertenecientes cada uno al ilustre colegio de cada comunidad autónoma. Todo se había organizado a lo grande y todo había quedado preparado para el gran momento que se iba a vivir a continuación.

El presidente de la mesa consultó su reloj y miró a ambos lados esperando el visto bueno de los elegidos para acompañarle y velar por el buen transcurso del sorteo. Faltaba un minuto para las nueve y cuarto y como si todos los asistentes a aquel espectacular acto hubieran sido coordinados al segundo, de repente se hizo un silencio sepulcral en la sala.

En cuanto el presidente lo autorizara, es decir, en cuanto las agujas del gran reloj que presidía el salón llegaran a las 9:15 en punto, daría comienzo el esperado, el ansiado, el anhelado, el codiciado, el ambicionado, el querido, el deseado, el soñado… sorteo de Navidad. El SORTEO en mayúsculas.

De pronto se escucharon las palabras tan esperadas de boca del presidente de la mesa:

—Puede comenzar el sorteo.

Los bombos, con un estruendoso pero maravilloso y deseado sonido, comenzaron a dar vueltas simultáneamente para mezclar y remezclar la suerte. Los dos niños del colegio de San Ildefonso, calentada la voz durante diez minutos con media botella  de quina Santa Catalina, aguardaban nerviosos a que se detuvieran los bombos y salieran las primeras bolas.

—Diecisiete mil quinientoooos treinta y ciiiincoooo.

—Miiiiiiil euroooooos.

El sorteo acababa de comenzar y la expectación de los asistentes era impresionante.

—Dos miiiiil oooochooooo.

—Miiiiiiil euuuuuroooos.

Los niños de San Ildefonso iban afianzando su voz a medida que cantaban número y premios y se les iba disipando la cogorza de la quina, solapándose el uno con el otro  con una coordinación casi perfecta, esperando ser ellos los elegidos ese año para cantar el gordo de Navidad.

No fue así y la primera tabla se terminó sin cantar ningún premio de entidad.

Al escenario fueron subiendo nuevas parejas de niños y niñas que se iban encargando de cantar la repartición que la suerte, caprichosa, había decidido hacer.

La monótona y machacona cantinela de los niños, metida en las cabezas de todos los que seguían el sorteo era, sin duda, la música que anunciaba la Navidad, más incluso que los tediosos villancicos con los que los centros comerciales no paraban de agredir al personal  ya desde el mes de Octubre.

Un murmullo entre la gente que asistía al sorteo iba creciendo de intensidad a medida que, de tanto en tanto, iban saliendo los premios. El sorteo avanzaba poco a poco según el programa previsto y con él se iban desgranando los afortunados.  Quintos premios… cuartos… tercero… segundo… fueron cantados entre gritos de creciente emoción del público asistente. Las cadenas de televisión se iban encargando de anunciar en qué lugares de España habían sido vendidos a medida que el bombo los escupía.

Pero aún faltaba el gordo.

En el sorteo de Navidad de 2016 el gordo, para no traicionar las expectativas que se habían puesto en él, se estaba haciendo de rogar. Mucho.

Según el reglamento de loterías el sorteo no finalizaría hasta que todas las bolas de los premios hubieran sido sacadas y adjuntadas a un número y quedaban ya solo un puñado de ellas dando vueltas en el interior del bombo entre las que, evidentemente, se encontraba el número mágico, el gordo de Navidad.

Se acababa de comenzar la última tabla del sorteo. Doscientos premios seguían bailando a su antojo pero solo uno era el que importaba a todo el mundo.

Se iban cerrando los alambres a medida que se emparejaban premios con números pero el gordo continuaba sin aparecer. La tensión se mascaba en el salón y toda España estaba pendiente de tan espectacular sorteo. En toda la historia de la lotería de Navidad nunca había tardado tanto tiempo el gordo en salir.

Nuevo alambre… y nada.

Los niños ya comenzaban a cantar el décimo alambre de la última tabla, los últimos veinte premios entre los que sí o sí estaba esa cifra que se negaba a salir ante la estupefacción de propios y extraños que no podían creer lo que estaba ocurriendo.

19… nada.

Murmullos.

18… nada.

Cuchicheos en aumento.

17… nada.

La gente, puesta en pie no perdía ripio de la pantalla de televisión que emitía una imagen fija del vaso donde iban cayendo los premios.

16… nada.

La gente escuchaba en pie.

15… nada.

Cuando se cantó la bola número 14 del último alambre  el niño que la sujetaba creyó ver lo que estaba deseando ver e hizo un amago de cántico pasional que terminó en gallo. El gentío se volvía loco. Falsa alarma. Se tardaron cinco minutos en volver a calmar a la sala.

14… nada.

Alguien acababa de sufrir un síncope en la sala. Hubo de detenerse el sorteo para que los camilleros pudieran llevárselo de allí. No parecía buena propaganda para la organización.

13… nada.

Había quien dudaba y se preguntaba si no habría tongo en el sorteo dado que en Ep-paña todo el mundo era dado a meter la mano en el cazo. Todos estaban nerviosos pero sobre todo los dos niños que cantaban, que no veían caer el número de ninguna manera.

12… nada.

La tensión había conseguido que dos asistentes algo gañanes la emprendieran a hostias. La policía tuvo que interrumpir el sorteo para curtir el lomo a porrazos de los dos contendientes, que fueron sacados a patadas del salón, con varios chichones de más y varios dientes de menos.

11… nada.

—El señor es mi pastor. –Gritó alguien entre el público, que acababa de entrar en un trance místico-gilipollológico.

10… nada.

El puñetero número no salía ¿Tendrían algo que ver las meigas con ello?

9… nada.

Alguien vociferó:

—He visto la luuuuuuz.

Y alguien le contestó:

—Cállate y deja de hacer el gilipollas, Carolain.

8… nada.

A cada bola cantada le sucedía un ¡Ooooh! desesperado y decepcionado del público.

7… nada.

En la mesa presidencial se miraban interrogantes los unos a los otros muy agitados. Un par de vocales deambulaban alrededor de la mesa sin poder parar ni sentarse y el resto daba cuenta de un par de botellas de aguardiente que habían pedido para templar.

6… nada.

Quedaban cinco premios ¡Y todavía no había salido el gordo!

5… nada.

El gordo se encontraba entre aquellos cuatro números que saltaban juguetones dentro del bombo.

4… nada.

Más ataques de ansiedad en la sala, crisis de pánico, infartos…

3… nada.

El país estaba técnicamente paralizado y pendiente de la puta bolita que no salía

2… nada.

Tras el penúltimo premio solo restaba el que restaba, el que todo el mundo esperaba, el gordo, que tan impropiamente se había comportado en aquel sorteo.

Los bombos parecían girar a cámara lenta, todas las miradas se concentraban en aquella maravillosa y solitaria bola en movimiento.

Un clinc del chocar de la bola contra el cristal del vaso hizo que todo el mundo aguantase la respiración para escucharlo, para proferir a continuación un murmullo de admiración. ¡Por fin!

El niño de San Ildefonso acercó su mano temblorosa y la introdujo en el vaso. Tocó la bola. Le dio la sensación de que quemaba. Su compañero ya estaba preparado para cantar el número agraciado pero él… a él le resbalaba la bola en la mano, que le sudaba copiosamente. Cuando por fin pudo sujetarla entre los dedos índice y pulgar comenzó a girarse para mostrarla al público con una sonrisa forzada, tensa. Todo el mundo estaba pendiente de él. El sorteo no podía acabar hasta que la bola del último premio hubiera sido cantada.

Nadie estaba preparado para tal despliegue de intriga.

La bola entonces se le escapó de las manos y cayó al suelo botando. Después rodó por la moqueta como si tuviera vida propia. El niño, cual felino a la caza saltó sobre ella para atraparla antes de que se metiera en algún lugar inaccesible. Fue un salto antinatural de metro y medio que no debió precisar porque su mano chocó contra la bola impulsándola unos metros más adelante. Un ujier pudo sujetarla de un pisotón y esperó a que el niño de San Ildefonso se acercara a recogerla. Lo hizo, pero con una mirada muy extraña,  la atrapó como si hubiera sido un depredador atacando a su presa. Todo el salón respiró aliviado. Por fin la tenía. Por fin la iba a mostrar, por fin…

—Pero ¿Qué hace el gilipollas del niño? –Gritó un espectador  de las primeras filas aterrorizado.

El niño, enajenado por el ambiente, con las pupilas dilatadas como un gato al acecho, se introdujo la bola en la boca…

¡Y se la tragó!

De nada sirvió al presidente la carrera que se había dado para atrapar al hijoputa del niño y arrebatarle la bola antes de que se la llevara a la boca. Algo molesto por el incidente, cuando le tuvo en sus manos le agarró de las patillas y le levantó un palmo del suelo.

Nadie protestó. Es más, se escucharon primero tímidos aplausos y después una cerrada ovación. Las asociaciones de defensa de la infancia no pensaban denunciar al presidente por malos tratos. Había niños que lo merecían, y este , tranquilamente,  podría haber llevado un par de hostias más sin que hubieran hecho el menor movimiento por defenderle.

Un primer plano del niño pasando la bola por el gañote acabó de conmocionar no solo a los espectadores que asistían al sorteo sino a toda Ep-paña.

Las ediciones digitales de los periódicos daban de inmediato la noticia en sus páginas web profiriendo infinidad de calificativos denigrantes para aquel niño, todos merecidos, que no podía ser sino el hijo de la bestia, el mismo vástago del delmoño. Si no, no se podía entender.

Los integrantes de la mesa se habían quedado paralizados sin saber qué hacer.  Habían deliberado. Finalmente dictaminaron que el sorteo quedaba en suspenso mientras la maldita bola no volviera a ver la luz. Y eso no ocurriría hasta que el puñetero niño…

Se estableció un receso de un par de horas, que era el tiempo que estimaban iba a durar el proceso digestivo del infante.

A sugerencia de un ujier, que padecía de estreñimiento crónico, al niño se le hizo beber casi un litro de Manasul, para agilizar el proceso.

Todo estaba siendo transmitido en directo por la televisión, ya que el “alumbramiento” había de producirse con luz y taquígrafos. Lo sentían por la invasión de la intimidad del niño, al que habían bajado los pantalones y los gallumbos para ir eliminando obstáculos, pero el gordo de Navidad, tenía que salir ante testigos, para que nadie recelara.

Transcurrida una hora de haber ingerido el laxante el pequeño estaba muy pálido y no paraba de moverse por los retortijones de tripas que tenía.

—Hay que traer un orinal. –Comentó alguien.- Para recoger la bolita cuando sea expulsada.

Tras el pequeño se había concentrado un montón de gente, incluido el cámara de TVE que emitía la escena. El nene se echó las manos a las tripas tras un vistoso espasmo  como si la expulsión fuera inminente. Se agachó dando un primer plano a Ep-paña de su culo.

—Ya lo va a echar, ya lo va a echar.- Era la consigna que todas las gargantas allí reunidas gritaban emocionadas.

De pronto, se escuchó un sonoro, largo, chirriante, áspero, vibrante, cavernoso, profundo, carraspeante, salvaje, irracional, prolongado, trompetero, húmedo y burbujeante cuesco.

El aire se enrareció de repente, tornándose espeso y maloliente como las calderas del mismísimo malino. La mayoría de los curiosos que se habían posicionado tras él dieron tres o cuatro pasos hacia atrás completamente conmocionados. Solo el cámara, todo pundonor, aguantó el envite sin perder detalle del acontecimiento.

Transcurrieron unos tensos, muy tensos segundos sin que ocurriera nada, lo cual animó a los que habían huido a acercarse de nuevo.

Entonces, con una convulsión digna de una posesión demoníaca, el nene apretó como nunca lo había hecho.

Al instante, libre de ataduras, un chorro pastoso, a presión, pero abriéndose en abanico a medida que surcaba el aire, impactó contra las caras de los curiosos que se agolpaban tras él y que no tuvieron la menor oportunidad de reaccionar ante el ataque. Los telespectadores quedaron a su vez cegados a través de las pantallas del televisor porque el objetivo de la cámara había quedado tapado por esa sustancia expelida por el nene que resultaba ser extraordinariamente opaca y viscosa.

El orinal, situado bajo el nene había quedado impoluto, pues nada había caído dentro. Todo había ido a parar a muchos metros de distancia.

De pronto, como si de una gallina ponedora se tratara, la esquiva bolita del premio gordo, bastante emponzoñada, todo hay que decirlo, se abrió paso hasta que ya con poca fuerza salió de las entrañas del nene y fue a caer mansamente a la escupidera emitiendo un gracioso ruido al botar dentro de ella.

—¡Ha salido el gordo! ¡Ha salido el gordo! Gritaba la concurrencia de nuevo enardecida tras el episodio fecal.

Pero nadie osaba meter la mano en el orinal para tomar la bolita entre sus manos y mostrarla a la mesa presidencial y al resto de los españoles porque como un bebé recién nacido, aún tenía pegada bastante cantidad de “placenta”.

Finalmente el presidente, tirando de oficio, limpió la bolita con una botella de agua de Solares hasta dejarla medianamente legible.

El premio gordo fue finalmente cantado para alivio de todos.

Todos esperaban escuchar una voz gritando eufóricamente que llevaba aquel décimo pero para la historia quedó el sorteo de 2016, pues resultó que el número agraciado se había quedado en las ventanillas de las administraciones por feo, por lo que fue Hacienda quien en realidad se llevó el premio. Ese año toda Ep-paña fue infeliz. Bueno, para ser sinceros no toda. En un rincón del salón de sorteos, Montoro, con una mirada ladina sonreía frotándose las manos.

—Es míiiiiiio. Mi tesoooooooro.

Por todas estas circunstancias el gracejo popular comenzó a hacer correr la voz de que el sorteo de lotería de Navidad del año 2016… había sido un sorteo…

DE MIERDA.

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11 respuestas a POR UN BILLETE DE LOTERÍA

  1. icástico dijo:

    Jajaja, marca de la casa, total. Aparte de este sorteo de mierda he flipado con el hipotético romance Mariano-Coletas y no sé que me da más cosa. Por lo demás, entre los ilustres invitados estaba efectivamente la crema de la crema pastelera, la remera en brick.

  2. Óscar dijo:

    Está genial, lo que no me acabo de creer es que los españoles acaben a tiempo la preparación de un evento así. Algo no me cuadra… Un abrazo

    • cmacarro dijo:

      En realidad se contrató a una cuadrilla de alemanes que si ya de por sí son organizados y disciplinados, cuando les hartas de Mahou encima trabajan más rápido y cantando.

  3. torpeyvago dijo:

    ¡Qué podríamos decir que no se haya dicho ya!
    ¡Cagüenrrós!, ¡qué bueno!

  4. Eres un artista en este tipo de relatos. La emoción iba en aumento hasta llegar al fatídico y fétido desenlace. Creo que me voy a tener que dar una ducha, me acerqué demasiado para ver qué pasaba.😀

  5. Pingback: Premio al Bloguero con buen rollo | Junior

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