EL GYM… Y EL YANG

¡Me he atrevido! ¡Ya era hora (o año)!

Le he echado un par de huevos.

Me he animado a dar el paso que llevaba posponiendo durante tanto tiempo.

¡POR FIN… ME HE APUNTADO AL GIMNASIO!

Y eso que ¡Joder con las tarifas que se gastan! Claro, tienen tantísimas máquinas… De nada me ha servido explicarle a la chica del mostrador que yo solo iba a usar la cinta de correr, la bici estática y poco más… que yo soy muy clásico y… que no entiendo la mitad de los aparatos que tienen. No me extraña que adelgacemos, si es que no nos queda para comer en condiciones después de pagar la mensualidad.

Por cierto, ¡Vaya par de tetas se gasta la moza! La del mostrador, digo. Le quedan de miedo dentro (es una forma eufemística de hablar) de ese top ceñido que luce la cabrona de ella. Y lo sabe ¿eh? Hay que ver lo bien que las menea y lo poco que se le mueven. Lo que no me ha gustado nada es que solo sea amable con los cachitas de camiseta ajustada y mallas que se acercan a decirle tonterías. ¡Babosos de mierda! A mí me ha despachado bastante secamente. ¡Estas niñatas! Se creen que se lo merecen todo por estar buenas.

En fin, yo a lo mío. Me he apuntado al gimnasio, perdón, al gym (Yim), para rebajar mi nivel de lorzas que después del crudo invierno ya empezaba a ser preocupante. Ese es mi objetivo y ninguna tetona me lo va a quitar de la cabeza. Creo.

He entrado a cambiarme al vestuario. Yo no soy muy de modas, así que nada de camisetas técnicas transpirables y mallas marcando paquete, ni  la toallita al hombro para secarse el sudor.  Eso son mariconadas modernas. Yo soy, como digo, más clásico, de pantalón corto normal y corriente, con los huevos sueltitos, mis Reebok blancas y mis calcetines blancos de tenista con las rayitas azul y roja, y una camiseta de algodón con una hoja de marihuana impresa, eso sí, talla XXL para disimular, por lo menos los primeros días.

Cuando he salido a la sala me he sentido un poco el foco de atención de tanto musculito y musculita conjuntados, con sus maillots, sus camisetas ajustadas y sus mallas y leggins. Y esos ombliguitos… que están donde tienen que estar…  ¡Joder con las niñas!

He pasado de ellos, claro. ¡Me van a tocar los huevos…! ¡A mí que peino canas en los mismos! ¡No te jode!

He cogido una cinta que estaba libre y la he puesto a la máxima velocidad, para que vean estos cachitas de marca blanca que uno tiene fondo aunque sea mayor, lo de mayor es un decir porque yo me siento muy joven,  y para se enteren las nenas de que algunos también somos tíos duros a pesar de la edad. Alguna se va a quedar impresionada, te lo digo yo.

Pero no sé, estoy seguro de que la máquina estaba averiada. La cinta no se deslizaba bien, porque no es normal que me asfixie durante los primeros cinco minutos de carrera. Sí, definitivamente se atasca o algo el aparato. Además he sentido un pequeño crujidito en la rodilla y me he bajado, disimulando el dolorcillo.

Mi entrenador personal (personal training, creo que ha dicho él cuando se ha presentado), que parece un croisant lleno todo de musculitos y protuberancias que le asoman por cualquier sitio, ya me quiere tocar los cojones desde el primer día. En cuanto me ha visto bajarme de la cinta se me ha acercado y me ha dicho con actitud condescendiente que tenía que empezar con algo más suave… que me iba a hacer daño… que tenía que calentar… ¿Será gilipollas? ¿Qué quiere? ¿Desanimarme y que me borre del gimnasio?

¡El titi le echa un par de huevos a todo lo que hace! Aunque sea la mierda de aparato este. Bueno, por si acaso yo me he bajado. Hasta que no la reparen no me vuelvo a subir a la cinta.

Le he dejado con la palabra en la boca y me he ido a la bicicleta estática, que esa la domino más porque cuando era joven salía mucho con la BH por el barrio.

Por si acaso, la he puesto en el nivel más suave. Más que nada porque no me vuelva a echar la charla el “atontao” del per-son-nal-trai-ning, que no me quita ojo de encima. ¡Pero qué poquito tiene que hacer el figurín este!

Además, toda la sala se me ha llenado de repente de nenas en mallitas que venían a no sé qué de espinning. Oye, que me ha sonado bien y he decidido quedarme a la clase. Además, desde atrás, donde por precaución he cogido la bicicleta, tengo una perspectiva muy, pero que muy interesante ¡Vaya culitos! Si parece que van todas envasadas al vacío…

La profesora, ha dado una voz y todas… todas y todos,  que uno es muy macho, hemos empezado a pedalear. ¡Madre mía! Pero ¿Cómo pueden moverse así esos traseros? ¿No se les descoyuntarán?

     —Subimos directamente… al tres -ha gritado jadeando la profe al cabo de cinco minutos de pedaleo desenfrenado-. ¡Venga chicas! Pedaleando al ritmo de la músicaaaaaa.

Todas empiezan a pedalear como locas, gritando, riendo… La sala se ha convertido en una jaula de histéricas al ritmo de la percusión de lo que quiera que esté sonando en este momento, que yo identifico con el chunda-chunda.

A ver, yo no es que no le ponga voluntad, que se la pongo, pero el tres ya es algo duro y o pedaleo… o llevo el ritmo. Las dos cosas a la vez no. Menos mal que estoy al final y no me ve nadie. Miento. A través de la cristalera no pierde ripio mi “personal… gilipollas”, que se ríe el muy capullo. Le enseño el dedo corazón apuntando hacia arriba.

     —Con decisióoooon. Saltamos al número cuaaaaatrooooooo.

¡Me cago en tu puta madre! ¿Al cuatro tiene que ser? Debo tener las pulsaciones en doscientos, por lo menos.

Al menos me consuela ver tanto cuerpo sudadito. Esos goterones de sudor que se aventuran discurriendo entre las peras limoneras… hacen que concentre mi atención en todas ellas. Al menos, distraído, no me estoy dando cuenta de la paliza que me estoy pegando.

Pero no estoy seguro de que valga la pena.

     —Máaaaaas… ritmooooooo. Uno, dos, uno, dos, uno, dos… reeeeespiramos…

Respirarás tú cabrona, que yo tengo el bofe por el suelo… ¡Cómo odio a esa monitora que no pierde la sonrisa!

     -Un pequeño esfuerzoooooo, y… subimos al cincoooooo. Chicaaaas, es el máximoooo, pero tenemos que aguantar a este ritmoooo… cinco minutitos máaaaaas.

Todas pedalean como condenadas. A la que tengo delante se la ha bajado un poquito la malla, que es de cintura baja y ¿Qué es lo que aparece debajo? Sí señooor. Un tanguita rojo. ¡La madre que me parió! Lo sudadito que lo tiene que tener.

Siento un pequeño vahído.

No sé que me ha pasado. De repente todos los culos han empezado a dar vueltas ante mi vista. Al principio no comprendía qué tipo de ejercicio era ese. Después me he despertado en brazos de mi personal… subnormal, que me estaba haciendo la respiración boca a boca al pie de la puta bicicleta de los cojones.

     -Quita maricón –le he dicho en cuanto he tenido fuerzas para empujarle hacia atrás.

Me he levantado muy digno aunque dando algún que otro bandazo, ante la mirada risueña de la concurrencia, y me he ido por donde he venido, es decir, al vestuario. Necesito darme una ducha y huir de aquel antro de tortura lo más pronto posible.

Me parece a mí que le van a dar por culo a esto del gimnasio.

Cojo la toalla y el gel de mi taquilla y desnudo, haciendo la campana en la medida en que se puede (no hay nadie en el vestuario) me dirijo a las duchas. ¡Coño! ¿Quién es ese mastodonte que sale de la sauna completamente empapado, desnudo y sin perder ripio de mis… de mis… de mis cosas?

Ya te he calado, cabrón, tú eres un chulito que viene a presumir de nabo ¿Verdad? Anda… anda y no hagas mala sangre. Vale, la tengo pequeña pero con el incidente de la bicicleta ¿Qué quieres? ¿Qué me cuelgue un badajo como el de la campana de la catedral de Santiago? Pues no, la tengo un poco acogotadita y ahora mismo no vale mucho, la verdad. Pero  tenías que habérmela visto hace veinte años. Si te la hubiera puesto sobre el hombro habrías parecido la sota de bastos. Pero es que con la edad… estas cosas parece que encogen.

Un poco avergonzado, abrumado ante tal exhibición, me doy la vuelta y me meto bajo una ducha con intención de pasar el amargo trago de las odiosas comparaciones lo antes posible. El mastodonte parece que me sigue ¿Qué coño hace? ¿Viene a continuar regodeándose de mí? ¡Jodido bastardo de mierda! Ahí le tengo, dándose un agua precisamente en la ducha de al lado ¡Como si no hubiera duchas para que corriera el aire, o el agua, entre los dos! ¿Y por qué se toca tanto si ya la debe tener limpia como una patena con tanto restriegue?

Se me cae el bote de gel al suelo. Momento comprometido que intento solventar con agilidad doblándome para recogerlo. Pinchazo en las lumbares que me deja en esa postura con las defensas desatendidas. ¡Qué inoportuno dolor! No soy capaz de ponerme de pie. Mierda, si no fuera porque el mastodonte parece un tío hecho y derecho pensaría que… Bobadas. Soy yo que he visto muchas películas de presidios. Pero no me puedo incorporar. Ahí estoy, con el agua corriéndome por el cuerpo y más doblado que una hoz.

Pero… ¿Qué es lo que estás haciendo, majete? ¡Que eso que estás manoseando es mío, no tuyo! ¡Hijo de puta! ¿Pues no se ha pensado que estoy en posición oferente? No puedo ni alzar la voz del dolor que tengo en la L5 S1… Que nooooo, muchacho… Que te estás equivocando del todoooo… Que yo no soy de tu aceraaaaa… Que yo soy muy maaaaachoo… Que no sigaaaaaas… Que no…

*  *  *  *  *

¡Definitivamente no vuelvo a pisar un gimnasio así me regalen las cuotas! ¡Panda de vigoréxicos degenerados!

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25 respuestas a EL GYM… Y EL YANG

  1. Óscar dijo:

    Para que luego digan que el deporte es sano…

  2. marguimargui dijo:

    Eres del todo o nada, Jajaha, no hay que amortizar la cuota el primer día Jahsha. Y toda… Toda… Te la metieron

  3. icástico dijo:

    Jajaj, te juro que cuando estabas en la cinta ya pensé en él boca a boca y acerté. Conste que este episodio ya lo conocía. Si continúas yendo al gym cambia el gel de ducha por uno íntimo, va mejor en caso de pinchazo de lumbares 😂😂😂

  4. torpeyvago dijo:

    ¡Las sudores que me han entrado leyéndote! ¡Qué mal rato he pasado!
    Primero, el esfuerzo físico de la cinta a tope y el espínin, luego el otro esfuerzo, el de ver mallitas ajustadísimas —valga la redundancia, y si no te lo crees, vete a la definición 7 de la RAE—, las gotitas cayendo por los canalones que no son de PVC ni aluminio, el tanguita rojo… y el orto canalón. Después las vergüenzas del vahído y tratar de salir de la situación con dignidad. Seguido de la comparativa carcelaria —lo digo por lo de «penal»—. Por casi último, el «brujío» en la espalda.
    De la sodomía no digo nada porque habrá a quien le guste o quien esté más acostumbrado a la de Haciendasomoscasitodos. Pero a mí «mesan» puesto los pelos de la espalda como escarpias.
    ¡Qué bien lo has escrito, «joío»!

  5. Valeria dijo:

    Qué bueno!!!! Entones, no vas a volver?

  6. antoncaes dijo:

    Jamás he pisado un gimnasio ni de vacaciones siquiera pero le diré a mi agente de viajes que lo quite de mis ofertas, ese tipo de turismo sexual no va conmigo. Yo se que los viajes de placer y sexo están de moda, pero veo que son muy sufridos y uno esta algo mayor para probar ciertas cosas. 🙂

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