JUAN EULOGIO Y FAMILIA… EN TORREVIEJA.

Tras el penoso trámite del viaje, Juan Eulogio y familia ¡Por fin! pueden disfrutar de la reconfortante brisa marina.

Juan Eulogio necesita relajarse y se sienta sobre la arena a contemplar el mar, cuya visión siempre le tranquiliza. Paqui, su costilla y la señá Virtudes, su suegra se han desmarcado con destreza por la banda y se han ido a dar un paseo por la orilla, sintiendo en sus pies descalzos el benefactor influjo de la arena mojada y las olas, dejándole al cuidado de los pequeños salvajes.

Viéndolas alejarse Juan Eulogio no puede evitar que a su mente acudan imágenes de sunamis, temporales, galernas y demás catástrofes naturales. Siquiera un erizo, piensa, un erizo que se le clave en el pie.

Sacude la cabeza para espantar tan malvados pensamientos. O quizás pensando que si la cucaracha pisara un erizo se iba a poner aún más insoportable de lo que está ahora.

No ve a los nenes, pero los presiente cuando escucha sus salvajes gritos por detrás. Seguro que están molestando al personal, aunque Juan Eulogio prefiere hacerse el loco. Ojos que no ven…

Hoy, no sabe por qué aunque quizás lo intuya, ni siquiera la habitualmente placentera y relajante contemplación del mar consigue calmar el desasosiego que le revuelve los entresijos espirituales.

La arena de la playa se le cuela por su minúsculo y desfasado bañador Turbo, que ya era macarra en su época, provocándole intensos picores. El bañador, pieza de calidad donde las haya,  ha conservado el tamaño con los años. Es Juan Eulogio el que irremediablemente ha “crecido”. La tripa, patrocinada por Mahou, le cuelga por la parte delantera mientras que, por detrás, la exigua prenda solo es capaz de cubrir la mitad de lo cubrible, sin poder delimitar si es el “cu” o es el “lo” la peluda parte que asoma fuera.

Incómodo, Juan Eulogio se pone en pie estirándose del bañador para sacudirse la arena, pero por una sencilla ley física éste mengua por la parte contraria a donde recibe el tirón y el pobre Juan Eulogio, exhibicionista sin pretenderlo, se lleva una bronca del grupo de señoras que están a su lado luciendo lorzas.

Un frisby estrechándose contra su boca le saca violentamente de sus tribulaciones.

— ¡Ay! Perdona papi –le dice Layésica, su angelita-. Es que Elyónatan me lo ha tirado demasiado fuerte y se me ha escapado.

Juan Eulogio se deprime mientras intenta tapar la hemorragia con la toalla al tiempo que saca su cuarta Mahou de la nevera portátil.

¡Mierda de playa! ¡Mierda de vacaciones! ¡Mierda… de vida!

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