JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING. IV

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JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING II

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING III

 

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING IV

Paquita y Juan Eulogio llegan a la recepción, donde hay un gran revuelo de curiosos, a tiempo de ver cómo una ambulancia sale del recinto con las luces y la sirena puestas.

—¿Son ustedes los padres de Elyónatan y Layésica? -Les pregunta uno de los vigilantes de seguridad al percatarse de la cara desencajada que traen.

—Sí, somos nosotros. -Dice Paquita con el alma en vilo.- Ellos están…

—Están perfectamente, no se preocupen. -Contesta el guarda tranquilizando de inmediato a los nerviosos padres.- Acompáñenme a la oficina del jefe de seguridad del complejo, que les están esperando allí.

Raudos caminan con rostro contraído tras el vigilante, que los acompaña hasta una oficina llena de pantallas en las que se muestran imágenes de diferentes emplazamientos del camping. Es el centro de operaciones desde donde se vela por la tranquilidad en todos los rincones del recinto. Allí se percatan de que el jefe de seguridad, que es valenciano y fallero compulsivo, está hablando animosamente con los niños, que parecen estar de una pieza. Lo que a sus padres más escama es que los tres están riendo de lo lindo.

—¿Y decís que el viejo…? -pregunta el jefe de seguridad a los niños descojonándose de la risa.

—Se ha cagado encima con el petardo. -Contesta Elyónatan riendo con esa sonrisa de cabroncete que solo sus padres conocen tan bien.

El jefe, al percatarse de la presencia de los progenitores de las criaturas, cambia totalmente el semblante y se pone muy serio y digno, como no puede ser de otra manera por el cargo que ocupa al frente de la seguridad del camping. Aunque se aprecia a la legua que le está costando un mundo no reírse.

—¿Son ustedes los padres de… las criaturas? -Pregunta dirigiendo una mirada con guiño de ojo incluido a los niños.

—Los mismos. – Responde Juan Eulogio.- Díganos, por favor ¿Qué es lo que ha ocurrido?

—A ver, -responde el jefe de seguridad intentando suavizar un poco el tono de su voz.- los niños… son niños y su hobby no es otro… que hacer travesuras…

—¿Qué han hecho estos diablos? -Le interrumpe Paquita (The Juan Eulogio´s… eso) intentando evitar que el señor se vaya por las ramas.

—Verá.-Responde el responsable de seguridad.- Desconozco de dónde lo han sacado, pero los niños… han hecho explotar un Super trueno  XXL extra explosivo mega fallero triple plus, un petardo del que las autoridades están planteándose modificar su catalogación de artículo pirotécnico a explosivo de asalto militar…

—Siga coño.- Le apremia Juan Eulogio para que abrevie.

—Digo que los nenes han puesto un petardo gordo, muuuy gordo… pero que muy gordo en el cassette de la caravana de un matrimonio de jubilados alemanes que estaban pasando  unos días en el camping (Para los profanos en la materia explicaré que un cassette en una caravana es el recipiente de aguas negras, es decir, los pises y las cacas que caen desde el inodoro que las caravanas más modernas incorporan dentro del habitáculo, al cual está lógicamente conectado. El acceso al cassette se hace desde el exterior cuando se procede a su vaciado en un entrañable y momento campista donde los haya, pleno de delicadeza y cuidado. En ese momento, para terminar la explicación, el agujero del inodoro queda desprotegido como bien se ha podido comprobar). -Al jefe de seguridad se le escapa una risotada contenida. Hay que recordar que es un experimentado fallero levantino.- ¡Mientras el hombre estaba cagando!

Elyónatan y Layésica tienen que darse la vuelta para que sus padres no les vean reír.

—Al señor, -prosigue su explicación el hombre.- se lo han tenido que llevar al hospital con un ataque de ansiedad severo…-Ahora no puede evitar que las carcajadas afloren a su boca y con la mano en el estómago intentado sujetarse la risa continúa- ¡LLENO DE MIERDA DE ABAJO A ARRIBA!

Juan Eulogio y Paquita se miran sin saber qué decir, ni qué hacer, más que esperar a que al hombre, que acaba de chocar las manos con Elyónatan y Layésica en un “give me five” cómplice, se le acabe de pasar el ataque de risa.

Los niños se quedan completamente serios, con cara de acojonados, ante la mirada de ira que les lanza su padre.

—Así que -prosigue el jefe de seguridad recuperado el aliento y limpiándose las lágrimas con un pañuelo de papel- les sugiero que cojan a los nenes y se los lleven a su bungalow disimuladamente, ya que los viejos no han conseguido verlos perpetrar la fechoría y se piensan, según me ha contado la señora, que ha sido alguna especie de escape de gas lo que ha causado la deflagración. Además, el hombre no está herido, solo acojonado.

Paquita y Juan Eulogio, completamente abochornados, salen tirando cada uno de un niño por una puerta trasera ante la que no se agolpa la multitud como está ocurriendo en la entrada principal, dejando al jefe de seguridad revolcándose por el suelo de la risa, y pensando que ¡Vaya un país poco serio en el que vivimos! Y que no se extrañan de que por ahí fuera nos tilden a veces de salvajes incivilizados.

Poco a poco, tras filtrar el bulo de la explosión de gas ante todo el que acude a preguntar por ella, el gentío se va dispersando a sus parcelas a comenzar a preparar las cenas, que ya va siendo hora.

Por el camino, ya oscurecido, Juan Eulogio y Paquita no pueden evitar cruzar una mirada cómplice fuera del alcance de los niños. Entonces rompen a reír. Si no puedes vencer a tu enemigo…

De esa guisa se los encuentran Edelmiro y Paquita que llevan ya un buen rato buscándolos sin saber que han estado en la oficina del jefe de seguridad del camping.

—Por fin aparecieron los gamberretes ¿eh? ¿Dónde estábais? Jugando con otros niños del camping y se os ha hecho tarde ¿No? -Les saluda Edelmiro que en el fondo es un ingenuo.- Anda que teníais a vuestros padres preocupados. Nosotros tenemos dos hijos un poco más mayores que vosotros, pero se han ido de excursión a la nieve con el colegio. Ya los conoceréis en otra ocasión.

—Ya habrán cerrado el Mercadona. – Dice Paquita (The Edelmiro´s wife…), así que para cenar esta noche, he comprado en el supermercado del camping carne, chorizos, pancetas y sardinas y vamos a hacer una barbacoa. ¿Os parece bien?

—¡Bieeeen! -Exclaman los niños ya olvidado el incidente- Bar-ba-coa, Bar-ba-coa.

—Callaros, so cabrones.-Les espeta Juan Eulogio haciéndose el duro- que me parece que vosotros… estáis castigados sin cenar.

Pero todo el mundo sabe que es una amenaza que no va a cumplir. Sería incapaz de dejar a sus vástagos sin comer por un castigo. Son traviesos, mucho, pero en el fondo… los quiere. Cree.

—Pero… -Dice Paquita (The Juan Eulogio´s wife…) decidnos qué os ha costado todo y lo pagamos a medias.

—Naaaaada, nada, -Contesta Edelmiro desprendido y generoso como campista que es- Si os parece bien, vosotros ponéis las cervezas, que ya han tenido tiempo de enfriarse, y estamos en paz.

Así se acuerdan las cosas en el camping, cabalmente, siempre que haya Mahous por medio.

Aunque Edelmiro desconoce la capacidad depredadora de la cucaracha. Quizás por eso, por la ignorancia, que a veces es muy cruel, no se haya metido la lengua en el culo y con lo que hubiera declinado invitar a nadie a la cena.

Al cabo de quince minutos en la parcela de Edelmiro arde carbón en una barbacoa portátil, parte imprescindible del utillaje de su caravana, y las viandas están extendidas en una mesita auxiliar, prestas a ser oportunamente asadas y posteriorente degustadas en lo que será una cena campista típica.

Es en ese momento en que los primeros olores a panceta inundan el aire cuando la cucaracha decide bajarse del sofá, primero perezosamente y después a toda velocidad espoleada por lo que va oliendo cada vez con mayor intensidad, y acercarse a la barbacoa a curiosear, babeando y salivando como el perro de Pavlov, qué es lo que se está cocinando en aquel maravilloso y paradisíaco lugar de donde se desprenden tan sofisticados y enigmáticos aromas.

Edelmiro, tenazas en mano se está encargando gustoso de cuidar las viandas para que no se quemen, aunque todavía les falta un buen rato para adquirir su punto comestible.

Sin embargo, desatiende por unos instantes el centro de control (la barbacoa) para ir a por unas cervecitas y, cuando vuelve… la parrilla está vacía. Por el rabillo del ojo observa a la cucaracha corriendo hacia su bungalow cual si fuera una vulgar comadreja pero no se atreve a levantar falsos testimonios por educación y deferencia a sus nuevos amigos.

Edelmiro se queda pensativo. Juraría que estaba asando unas pancetas pero al final duda sacudiendo la cabeza negativamente y vuelve a colocar unas lonchas nuevas en las brasas.

Juan Eulogio, que ha presenciado la escena desde la distancia, ya un poquito hasta los huevos de impresentables en su familia para ser su primer día de camping, masculla con un tic nervioso en el ojo izquierdo, su ojo vago:

¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda de vergüenza ajena! ¡Mierda… de vida!

 

Siguiente capítulo…

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING. V

 

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