JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING II (Con la colaboración estelar de Edelmiro Páez)

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING II

 (Nota del autor: Para la elaboración de este relato no se ha maltratado a ningún campista)

Si no se ha leído, es recomendable la lectura de JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING       para seguir el hilo de la historia.

Trámite penoso el del viaje como no podía ser de otra forma, con excedente de gritos por parte de los salvajes nenes que, afectados por la transitoria claustrofobia del utilitario de Juan Eulogio, y lo mucho que han puesto de su parte, se han pasado la mayor parte del tiempo zurrándose la badana, insultándose y tirándose escupitajos, con Paquita totalmente histérica, fuera de sí,  intentando hacerles callar pero gritando más que ellos, incongruencia materna donde las haya, con Juan Eulogio crispado por los nervios, que ha estado a punto de salirse de la carretera varias veces, y con la cucaracha, que dormidita como ha ido no ha abierto la boca más que para roncar en todas sus variadas variantes, desde la respiración fuerte o suspiro del gorrino… hasta el salvaje bramido de un Ñu en celo. Pero además, como ya ha quedado dicho en otras ocasiones, la señá Virtudes se ha relajado tanto durmiendo que, aun no abriendo la boca para decir alguna impertinencia de las suyas, las ha proferido (las impertinencias) por otras vías más básicas y expeditivas, tras aflojar el esfínter. Forma de comunicación esta, al entender de Juan Eulogio, más congruente con su persona y acorde con su condición mitad humana, mitad mala bestia ¡Dónde va a parar!

Lo dicho, que entre gritos y hedores, tras perderse varias veces por carreteras comarcales rodeadas de huertos con olor a estiércol y palmeras, buscando el puto camping que está más escondido de lo que en principio parecía, Juan Eulogio y familia hacen su entrada triunfal por la puerta del mismo, abollando la caravana de una familia holandesa que estaba esperando pacientemente su turno de inscripción en la masificada recepción de la instalación de ocio.

Momento lingüístico intenso y fructífero en el que Juan Eulogio ha acabado aprendiendo una serie de desagradables improperios en lengua flamenca, que es la lengua materna de los dueños de la caravana accidentada. Pero tras avisar al seguro, la cosa ha quedado  en vías de solución aunque la caravana un tanto perjudicada, con un pequeño agujero en su panel trasero.

Se puede decir que su primer contacto campista ha sido un tanto accidentado.

Juan Eulogio, en su fuero interno, comienza a arrepentirse de haberse embarcado en tan singular odisea como es ir de camping y mira al cielo (al techo del coche para ser más precisos) elevando una especie de plegaria en voz baja. Paquita, que le conoce bien, ha comprendido el sentido de la oración de su marido al entenderle palabras sueltas como “soy”, “gilipollas”, “puto”, “camping”, “tomar” y “culo”.

Tras tres cuartos de hora esperando en recepción a que les atiendan, por fin llega su turno y todo sucede con razonable rapidez. En un intrincado plano del camping el recepcionista que les atiende le muestra cual es la situación del bungalow que tenían previamente reservado y hacia allá que se dirigen con el coche. En realidad Juan Eulogio no se ha enterado bien de las mecánicas explicaciones del empleado pero confía en encontrar por su cuenta el número de la calle y la parcela donde está situado el bungalow.

El camping es un resort de dimensiones gigantescas cuya calle principal, atestada de inconscientes infantes en bicicleta y guiris con sandalias y calcetines, a medio torrar con el cerebro en modo stand by por aquello de que están en España, solecito, sangriita y cubatas baratos, les cuesta diez minutos atravesar sin correr el riesgo de atropellar a alguno de los tranquilísimos (pachorros, pastosos, calmosos, lentos, sosegados, pululantes, pasmaos,  hijos de puta en definitiva al entender de Juan Eulogio)  moradores del camping… también conocidos como campistas.

Pero ¡Por fin! Consiguen llegar a la calle y a la parcela donde se encuentra el bungalow sin incidentes dignos de reseña.

Juan Eulogio llora de la emoción digamos… que por la felicidad del objetivo cumplido y Paquita se solidariza con él. Es un momento especial en la vida de este singular matrimonio y no han podido evitar dar rienda suelta a sus sentimientos.

¡Pobres!

Los primeros momentos, ya sobre el terreno, son para inspeccionar el lugar donde van a pasar la semana santa. Sorprendentemente todo está OK. Pequeñito pero muy coqueto y funcional. Eso sí, un solo baño y con poca ventilación. Eso le ha traído a la mente a Juan Eulogio la imagen de la cucaracha obrando olorosamente como si no hubiera mañana. Un porche con un pequeño banco de madera donde por un instante Juan Eulogio tiene la idea de instalar a la cucaracha para que, cual feroz can guardián, defienda el fuerte con sus ronquidos durante la noche.  Pero no, el bungalow es de cinco plazas y cinco camas tiene. Otra vez será. Una pena de banco en la puta calle desaprovechado.

Y a pesar del gentío que ya puebla el camping… apenas tienen vecinos. Juan Eulogio se relame de gusto por la inesperada y feliz contingencia y se va al supermercado a por unas Mahous fresquitas porque las que llevan en el maletero vienen con la consistencia y calidez de un caldo de cocido recién apartado de la olla, para brindar por su buena estrella. Porque él lo vale.

Si todo va según los planes de Paquita & Paquita, las organizadoras del evento-experimento,  Edelmiro y su costilla no tardarán en aparecer con su caravana y ocupar la parcela que está justo en frente del bungalow de la familia de Juan Eulogio. Ya con ellos como expertos guías seguro que las vacaciones se encarrilan convenientemente.

Pero mientras ese momento llega, este vuelve del supermercado convenientemente hidratado con Mahou pues se está tomando ya la tercera. Cuando llega al bungalow tiene la sensación, a pesar de ver su coche allí aparcado, de que se ha equivocado de sitio, pues toda la paz que se respiraba hacía unos minutos, acaba de desaparecer de golpe amenizada con un compasdí  con altavoces de 20 watios, desde una de las parcelas adyacentes, donde suena para todos los usuarios del camping sin excepción,  a todo volumen, una canción de Camela. Aun sedado por los efectos de la cerveza Juan Eulogio percibe como patadas en el escroto cada nota del tema musical, al que sigue sin descanso un remix de rumbas de los Chunguitos, coreados por una familia más que numerosa que se sientan frente a una Quechua familiar del Decathlon mientras toman el aperitivo.

Se acerca la hora de la comida y desde esta misma parcela llega al bungalow de Juan Eulogio, colándose por todas las ventanas abiertas el típico olor a carbón de barbacoa mezclado con panceta y chorizos. Casualmente, todo el humo de la barbacoa pasa por la parcela de Juan Eulogio como si, de algún modo, este  tuviera que dar el visto bueno a la comida vecinal. Lo único que al azorado hombre le suaviza un poco el cuadro es que la cucaracha, que ha respirado el humo de la barbacoa al grito de ¡Uy que rico! ¡Uy que rico! Está a punto de echar el bofe, revolcada por el suelo y tosiendo  sin parar a causa de la intensa humareda.

Juan Eulogio decide que es el momento justo de volverse a marchar al supermercado a comprar más cerveza fría. Siente la necesidad espiritual de alienarse con el alcohol.

Mientras tanto, Paquita, artífice principal de las vacaciones toma posesión oficial del pequeño apartamento descargando el coche y comprendiendo, en cierto modo, la actitud de su marido que siempre le ha mostrado reticencias a pasar unas en un camping.

Cuando vuelve por segunda vez al bungalow Juan Eulogio se tambalea bastante, cosa que intenta disimular con toda la dignidad posible, aunque con escaso éxito a tenor del traspiés que acaba de pegar con el escalón de la entrada. Acuciado por el ambiente campista, que no le va ni un pelo, ha sucumbido a los encantos de la Mahou y, sin que sirva de precedente, no es la cucaracha la causante de su desasosiego. Por los ronquidos que provienen del sofá del saloncito, comprende que la señá Virtudes, agotada por el repentino ataque de tos, se ha quedado dormidita viendo los deportes.

Los vecinos escandalosos han bajado el volumen del compasdí a petición encarecida con aviso de expulsión, del servicio de vigilancia del camping, pero a cambio se han puesto todos a hablar, a gritar, a desgañitarse intentando comunicarse los unos con los otros con la boca llena de panceta. Los niños, a medio domesticar, corren, mugrosos, en chanclas soltando pringue de chorizo por donde quiera que pasan, que es por cualquier sitio, sin respetar la intimidad ficticia de las parcelas de sus alrededores, y pringan con sus manos ropas recién lavadas que se solean al aire puro del camping, ante las miradas atónitas de los campistas extranjeros que pueblan en esta época las instalaciones, y que se supone han venido a nuestra madre patria a disfrutar del sol, el acohol y la tranquilidad. ¡Ja!

Juan Eulogio duda sobre qué cosa es peor, si los Chunguitos o el despliegue de animalidad insolidaria de los vecinos y, previsor porque se ha traído del supermercado un buen surtido de Mahous, se plimpla otra para intentar taponarse los oídos. Con los ojos hundidos y la mirada perdida  no puede evitar echar un vistazo de reproche a su costilla, Paquita, de quien ha sido la brillante idea de pasar unos días en el camping. Otro más.

Mientras la familia de Juan Eulogio trasiega unos bocadillos para cumplir don el trámite del almuerzo, ya que no cuentan con vituallas que cocinar hasta que no hagan una compra en condiciones, por el extremo de la calle asoma el morro un coche que va remolcando una caravana. No pueden ser otros que Paquita y Edelmiro que hacen una entrada estelar.

El giro es algo complicado y Edelmiro, el supuesto conductor, dobla antes de la cuenta dejando un arañazo en el lateral de caravana, que se roza en toda su longitud con el murete de ladrillo que decora el comienzo de la calle.

Pero Edelmiro no es hombre que se arredre ante cualquier pequeñez y, con rayujo incluido avanza impertérrito por la calle hasta llegar a la altura de su parcela.

Edelmiro, es tachado, en una primera y psicóloga impresión, por Juan Éulogio como un gilipollas, más que nada por la forma con que pretende colocar la caravana chuleándose de campista. Una maniobra, una marcha atrás, volante a la derecha después a la izquierda…

Y el coche de Edelmiro se adentra imprudente en la parcela de enfrente, la de Juan Eulogio, y le arrea un empellón a su coche, que le deja un bollo del tamaño de un balón de fútbol.

Juan Eulogio entonces, comprende desde su sopor que la vida puede ser muy triste y, con lengua de trapo comenta:

¡Mierda de camping! ¡Mierda de Edelmiro! ¡Mierda… de vida!

 

Siguiente capítulo

JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING. III

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20 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA… VAN DE CAMPING II (Con la colaboración estelar de Edelmiro Páez)

  1. Eres único. Qué bien se pasa leyéndote.

  2. antoncaes dijo:

    Pobre Juan Eulogio de verdad que le comprendo. Perra vida esta en la que te ves obligado ya no solo a hacer cosas que odias, sino a cargar con quien detestas.
    Puede parecer un absurdo pero en los ochenta hubo muchos Juan Eulogios. 😉

  3. Óscar dijo:

    Este puede ser el comienzo de una larga amistad…

  4. Mis dos Amores platónicos juntos, Juan Eulogio y Edelmiro….aaainnnnsssss quien fuera parcela de camping para vivir en primera persona todas sus historias 😂😂😂

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