JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LAS CUEVAS DEL ÁGUILA.

 

 

Este sábado es fiesta local en Madrid, San Nosequé de la Vega o… San Pascasio Labrador o… algo por el estilo. A Juan Eulogio en realidad la onomástica le importa un pito, lo realmente importante es que es fiesta, fiesta… ¡Fieeeeeestaaaaa!

Aprovechando que con ese motivo se han parado las ligas infantiles (Elyónatan y Layésica están apuntados a una de las innumerables ligas de fútbol el nene, y de voleibol y sevillanas la nena, con partidos y bailes cada sábado del curso) que les tienen habitualmente pringados estos días, jodiéndoles el fin de semana, se encuentra con que por fin pueden dedicar un día, ¡Un día completo! a aquello que más les entusiasma, a hacer un poco de turismo, una escapada para conocer otros parajes diferentes de la agobiante ciudad, respirar un poco de aire puro y, en definitiva, sentirse un poco más libres.

Vivir en el centro de la península tiene una ventaja (no muchas más, no nos engañemos) con respecto al resto de las ciudades españolas, y es que en un radio de distancia razonable es posible hacer innumerables excursiones en el día, que desde otros puntos del país llevarían bastante más tiempo y kilómetros.

Hacía muchas lunas que tenían entre ceja y ceja visitar las cuevas del Águila, en Arenas de San Pedro (Ávila) muy cerquita del comienzo del famoso valle de la Vera, al lado del río Tiétar. Siempre ha sido una excursión que han ido postergando por aquello de que el lugar se encuentra relativamente cerca de Madrid, menos de doscientos kilómetros, y siempre  lo han dejado para más adelante. Pero hoy por fin se han animado a ir.

Hacer Juan Eulogio la propuesta a Paquita, su santa, y aceptar esta con una sonrisa en la cara y sin discusión ha sido todo uno. Bueno, en realidad, además de aceptar, Paquita ha aprovechado casi al mismo tiempo y ha llamado por teléfono a la cucaracha, la “querida” suegra de Juan Eulogio y, por ende, madre de Paquita. A Juan Eulogio le ha dado de repente un tic en el ojo ¡Ni puñeteras ganas que tiene de que su suegra se apunte al sarao!  Débilmente, el sufrido Juan Eulogio expresa una casi inaudible queja que es obviada por su costilla:

     —Venga tonto, que está muy solita y a ella le hace mucha ilusión salir con nosotros de excursión… Si te quiere un montón… Además –Le dice melosa enredando sus dedos en los pelos del pecho de Juan Eulogio, que asoman entre los botones de la camisa-… Yo te lo sabré agradecer debidamente esta noche…

     —Si esta solita, la muy put…, la muy bruja…  será por algo ¿No? –Piensa Juan Eulogio guardando para sí esta conclusión por evidentes razones personales y dudando con total fundamento de la promesa sexual que le está haciendo su cuchi-cuchi.

Pero ¿Qué le va a hacer? Parece que a Paquita le hace feliz que la vieja les entorpezca y gafe las excursiones, amén de que se gasten un verdadero presupuesto en alimentarla (Juan Eulogio lo llama “Echar de comer al gorrino” pero en voz baja, como es lógico porque no quiere echar más leña al fuego).

Así que ahí tienes a las nueve de la mañana subido al coche a Juan Eulogio, que es el que habitualmente conduce, a Paquita, que solo conduce cuando Juan Eulogio está perjudicado por un exceso en la ingesta de alcohol, a Elyónatan, proyecto de delincuente juvenil o en su defecto cabronazo irremediable, a Layésica, la nenita del matrimonio que, al igual que los números tienden a infinito, ella tiende a choni de periferia y, como colofón, a la cucaracha, la señá Virtudes, azote y tormento de Juan Eulogio.

Bien es verdad que en cuanto se sube al coche, la cucaracha solo molesta con los ronquidos, porque es sentir el runrún del motor y quedarse dormida como un lirón, o como una culebra hibernando, como dice su yerno. Bueno, molesta con  los ronquidos y, para ser sinceros, con algún que otro cuesco oleaginoso que se le escapa cuando relaja el esfínter, que es cuando se duerme. La señora goza de un básico mecanismo corporal que le hace abrir el culo justo cuando cierra los ojos, lo que hace suponer a su yerno que sufre un defecto de piel, es decir, que cuando estira una parte de la misma, se le encoge otra y viceversa.

En el fondo Juan Eulogio es de buen conformar y enseguida se concentra en la carretera y se olvida de su suegra a pesar de sentir su presencia como caballero Jedi que tiene el don de sentir la fuerza… o algo así.

Por las calles de Madrid el tráfico es intenso. No en vano es fiesta local y cuando es fiesta en Madrid los madrileños suelen salir en estampida como el agua de un charco cuando es pisada violentamente por una bota del 46, en masa y en todas las direcciones.

Juan Eulogio siente un ligero asomo de arrepentimiento.

     —Verás. Verás tú cómo va a estar la nacional V de coches.

     —Venga cari, -le intenta animar Paquita- ya verás cómo no es para tanto. Que este lío es solo hasta la salida…

Sonido de grillos rompiendo el silencio de la noche.

A la altura de Navalcarnero la cara de Juan Eulogio es un poema. Un poema trágico, quizás una elegía, porque la fila de coches, como preludio de una procesión de semana santa, avanza con desesperada lentitud, a razón de un kilómetro cada quince minutos. Juan Eulogio presiente que el viaje va a durar tres veces más de lo que debería por la distancia, y eso con mucha suerte.

Los niños, que también se habían quedado dormidos en seguida, se despiertan con un frenazo brusco que tiene que dar el padre para no empotrarse con un todo terreno con frenos de última generación que prácticamente han clavado el vehículo en el sitio. Ahora, despiertos y porculeros, están utilizando el habitáculo del coche como ring de lucha libre y discuten y se sacuden de lo lindo entre ellos.

Juan Eulogio comienza a alterarse con el ambiente que se respira dentro del vahículo. Sin embargo, decidido a no sufrir un ataque de estrés, les espeta un alarido que hace que ambos se callen de golpe y se queden quietos en sus asientos, totalmente ojipláticos.

Pero como la alegría dura poco en la casa del pobre, el mismo alarido que ha silenciado a esas dos pequeñas bestias del averno que se hacen llamar sus vástagos, despierta a la cucaracha que, como siempre, se hace pis, se mea como una vacaburra atascada de agua. Una vejiga aparentemente diminuta y un desayuno que incluye tazón de café de cuarto de litro, vaso de zumo y de agua para tomar las pastillas, parecen ser los que han provocado la angustia mingitoria de la cucaracha.

Juan Eulogio prefiere perder media hora en los baños de un área de servicio atestada de excursionistas en ruta a pasarse dos restregando una bayeta por el asiento meado de su suegra, por lo cual se desvía en la primera área de servicio que encuentra.

Tras el paréntesis obligado de la micción de la cucaracha reemprenden la marcha y tras cuatro intentos de salir a la autovía abortados por cuatro hijos de puta que venían circulando por ella acelerando a la que ven a un desgraciado intentando acceder a la carretera desde la vía de servicio, al quinto consiguen salir quemando ruedas por delante de un quinto hijoputa al volante de un Seat León GTI, tocado con una gorra de Ferrari con la visera hacia atrás, que hace lo imposible por evitar que se incorporen. Juan Eulogio, animoso y algo alterado por los momentos de emoción vividos, baja la ventanilla y saca la mano con el dedo meñique e índice estirados, a la par que el pulgar, anular y corazón encogidos sobre la palma. Poniendo los cuernos, para que nos entendamos, en clara alusión a la fogosidad sexual de la esposa del conductor que circula detrás y que acaba de protagonizar el episodio.

Se lleva, claro, una airada ración de pitidos e inmerecidos improperios.

Pasado el momento Fernando Alonso, la cosa vuelve a calmarse en la parsimonia de la renqueante fila de coches y Juan Eulogio aprovecha para practicar una de sus aficiones favoritas al volante: El exmoquing, que como su propio nombre indica nada tiene que ver con prendas de vestir de gala sino que consiste en sacar al exterior (ex) los excedentes nasales o mocos (moquing), ayudándose mayormente con el dedo meñique que para eso tiene una uña más larga que el resto de los dedos.

Concentrado como se halla Juan Eulogio, no se percata de que el conductor que va detrás de ellos está despistado discutiendo con su novia (es una suposición) y se acerca peligrosamente por la retaguardia.

Juan Eulogio siente cómo el latigazo producto del golpe sacude su cabeza hacia atrás y hacia delante haciendo que el esforzado dedo que mantiene dentro de una de las fosas nasales se hunda hasta el nudillo llegando a tocar el globo ocular por la parte trasera. Grita de dolor y comienza a chorrear sangre por la nariz mientras, intermitencia derecha puesta, se aparta al arcén para comprobar la trascendencia de golpe. El otro conductor hace lo propio y se lleva un susto de muerte cuando ve a Juan Eulogio con la cara y la pechera de la camiseta manchadas de sangre y un puñado de pañuelos de papel metidos en la nariz intentado detener la hemorragia.

     —¡Joooder, perdona troncoooooo! ¡Que no te he vistoooo! ¡Me cago en mi puta vidaaaaaa! ¡Qué mala sueeerte cooooñooo!. –Se excusa el conductor, que es un chico joven que luce una L en el cristal trasero de su coche.- ¡Madre míaaaa! Por poco te matooo. Verás la que me va a montar mi padre cuando se entereeeee, que el coche es suyooo…

Juan Eulogio, que se había bajado con ganas de matar, de depredar algo, se viene abajo ante la retahíla de excusas que le pone el otro conductor. Se asoma a la parte trasera de su coche y ve un nuevo bollo causado por quien le acaba de dar por detrás (entiéndase geográficamente hablando). No es gran cosa pero ¡Qué cojones! Para eso están los seguros ¿No? Así que se gira sobre sus talones y se dirige a su vehículo para coger los papeles y hacer el preceptivo parte. Así, además –Aflora el español pillo que todos llevamos dentro riendo con picardía- les meto los cuatro arañazos que le he hecho en el garaje y me pinta el coche el seguro de este tolai.

Documentación en mano se vuelve hacia el vehículo detenido tras él pero… ¡Ya no está!

Entre pícaros anda el juego y el conductor infractor, que no ha renovado el seguro este año, decide poner pies en polvorosa e incorporarse a traición a la fila de coches que no avanza todo lo rápido que desearía.

Juan Eulogio le localiza cien metros más adelante y, circulando por el arcén, sale a la caza del cabrón que acaba de salir huyendo, aunque sea a esa velocidad absurda. Llega a su altura y comienza a tocar el claxon y a dar voces por la ventanilla, pero el otro conductor le ignora miserablemente. Al cabo de diez kilómetros en esas circunstancias en las que nadie le deja incorporarse a la fila de coches por el estado de ansiedad que se manifiesta en su expresión, la rabia de Juan Eulogio ya le hace echar espuma por la boca y tiene los ojos llenos de venillas rojas.

Concentrado como va en no perder de vista al agresor huidizo no escucha a su mujer, Paquita, que le está advirtiendo insistentemente de algo:

     —¡La moto, joder,  la moto, joder,  la moootooooooo!…

Juan Eulogio vuelve bruscamente a la realidad cuando siente que su coche acaba de impactar (y lanzar terraplén abajo) una moto de una pareja de la guardia civil de tráfico que se encuentra en aquel punto intentando (que no consiguiendo) agilizar el mismo.

 El mundo se le viene encima cuando escucha como un mantra:

     —Documentación, por favor.

Parado en el arcén, con cuatrocientos euros y dos puntos de carnet menos, Juan Eulogio ve alejarse a los dos guardiaciviles cual pareja de enamorados compartiendo servicio, motocicleta y rozamientos libidinosos para avisar a la grúa de que se venga a buscar la moto siniestrada.

Juan Eulogio se incorpora a la caravana ahora sí, sin más incidencias ni hijoputas que reseñar.

Pasado Talavera de la Reina llega al desvío hacia Ávila y, en la confianza de que por esa carretera ya no haya tráfico, se lanza cual kamikace intentando recuperar el tiempo perdido.

Diez derrapes más tarde toma el desvío de Plasencia y a continuación el desvío que lleva a las cuevas.

Una vez llega a la explanada que se usa de aparcamiento Paquita le dice:

     —¿Ves como no todo iba a ser malo? Vacío. No hay nadie. Vamos a ver las cuevas tranquilamente, sin aglomeraciones… Ay cari, ¡Qué ilusión!

Pero Juan Eulogio no cree en la buena suerte. No para él.

Se bajan del coche, suben las escaleras que dan acceso a la cueva y allí les llama la atención un cartel bastante grande que reza:

“INSTALACIONES CERRADAS

POR OBRAS.

ESTAMOS TRABAJANDO PARA

QUE USTED DISFRUTE DE SU

OCIO.

DISCULPEN LAS MOLESTIAS.

Y allí cae Juan Eulogio de rodillas, como Charlton Heston en el planeta de los simios, lamentándose amargamente…

¡Mierda de sábado! ¡Mierda de cuevas! ¡Mierda… de vida!

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19 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN… LAS CUEVAS DEL ÁGUILA.

  1. marguimargui dijo:

    y la noche de pasión desenfrenada? que ?

  2. Óscar dijo:

    Lo peor es que lo del quinqui que se da al a fuga es algo que no sorprendería a nadie si ocurriese… Me parto con Juan Eulogio. Algún día tendrías que darle una alegría.

  3. icástico dijo:

    Hombre, el famoso San Nosequé de Todo, conozco, conozco ese santoral. Cada vez que te oigo hablar de la cucaracha y esos dos proyectos humanos defectuosos me destripo. El día que le salga algo bien al pobre de JE, infarta.

  4. antoncaes dijo:

    Si es que hay días que es mejor no salir de la taberna, Si después de lo de la guardia civil siguió para adelante era ya para matarlo.
    Pero hay cosas incomprensibles.

  5. JAJAJA GENIAL porque encima me meto en situación y personajes, y no he parado de reírme!!! hace dos fines de semana el plan era ir a la nieve, ¿la nieve? ni la vimos el turbo del coche se jodio en un pueblo perdido del mundo, la grúa tuvo que venir, un taxi nos tuvo que llevar y no añado la multa que también mismo día se añadió en fin LEY DE MURPHY 🙂 besetes enormes!!!

  6. Juan Eulogio tropieza hasta 1000 veces con la misma piedra. No aprende, leñe. O es que es listo y sabe que aunque las cosas vayan mal, merecen la pena. Lo pensaré.

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