La mancha

Santa Clara. California. USA.

Aún faltaban unas horas para el gran derby, que enfrentaba al equipo local, San Francisco 49ers, contra el vecino Los Ángeles Raiders y la expectación había ido creciendo entre los aficionados durante la semana a medida que se aproximaba el momento del gran choque deportivo. La cita era en el Levi´s Stadium de Santa Clara, un estadio de reciente construcción, de instalaciones modernas y muy funcionales, donde además de los partidos de fútbol americano se celebraban muchos otros eventos.

Aaron y otros tres acompañantes acababan de aparcar su ranchera en el Red lot 8, uno de las numerosas y muy espaciosas zonas de estacionamiento en los alrededores de la instalación deportiva, situado en el margen izquierdo del río Guadalupe. Daba por bien empleados los 125 dólares que les iba a costar el parking porque era complicadísimo encontrar aparcamiento en los alrededores del estadio, alrededores con cierto sabor español a tenor de los nombres de las calles.

Del vehículo salieron tres chicos jóvenes además del conductor, todos radiantes de felicidad con una flamante entrada en la mano para ver jugar a su equipo. Era la primera vez que tenían oportunidad de presenciar un partido de la Superbowl en directo y se habían dejado los ahorros de seis meses en la compra de los tickets, pero estaban convencidos de que iba a merecer la pena. Tommy y Julian discutían acaloradamente. El tema de conversación estaba ¡Cómo no! relacionado con el evento que iban a presenciar en breve, aunque eso en realidad no era sino la enésima excusa. Siete horas de viaje en aquella incómoda y vieja tartana desde las afueras de Los Ángeles acababan hastiando al más pintado, tanto más a los dos hermanos que estaban habituados a ejercer como tales, siempre a la gresca. Cirus acabó terciando en la disputa pues no estaba dispuesto a que aquellos dos estúpidos acabaran amargándole un día tan importante.

     —¿Os queréis callar de una puñetera vez? ¿Es que no podéis estar si quiera diez minutos sin discutir? ¡Vaya viajecito nos habéis dado!

Aaron compuso un evidente gesto de hartazgo dando la razón a su amigo Cirus. Aspiró una bocanada de aire profundamente. Olía a sal. No muy lejos de aquel lugar se encontraban las famosas salinas de Santa Clara, otra reminiscencia del pasado ibérico de la zona en la desembocadura del río Guadalupe al sur de la bahía de San Francisco.

 Las aguas volvieron rápidamente a su cauce cuando Aaaron abrió el portón trasero del coche y sacó dos bolsas de papel con el anagrama de la famosa Super Duper Burguers, la cadena de establecimientos de comida rápida. Había sido una buena idea detenerse en uno de estos locales a la entrada de Santa Clara y proveerse de hamburguesas y bebida. De esta forma evitaban tener que cenar en el propio estadio o en sus alrededores y pagar el triple de lo que les había costado el avituallamiento.

Ahora los cuatro muchachos disfrutaban en armonía y con fruición de la improvisada merienda-cena. Podría decirse que la comida basura había obrado el milagro de aplacar los ánimos entre ellos.

     —Todavía están calientes. –Dijo Julian con la boca llena escupiendo las migas del pan- ¿Queda alguna cocacola?

Aaron le acercó un bote del afamado refresco. Todos comían con cierta premura pues estaban deseosos de acceder al estadio y disfrutarlo cuando el césped aún se hallara vacío.

Con el portón apuntando al cielo el coche hacía las veces de asiento para dos de ellos, mientras que los otros dos se mantenían en pie con la gran hamburguesa entre las manos. Tommy, que era uno de los que no se hallaban sentados, estaba acabando el último trozo de su hamburguesa con la mirada perdida en las montañas que se elevaban al fondo, al otro lado de la bahía, cuando se percató de que se acercaba a ellos un guarda de seguridad contratados por el club, de los que formaban uno de los perímetros para controlar el acceso al estadio. El temor a un atentado de cualquier tipo había hecho variar en gran medida los protocolos de vigilancia de un acontecimiento masivo como era el partido que se había de celebrar un poco más tarde.

Cuando el hombre llegó donde los cuatro jóvenes se encontraban Tommy ya había prevenido al resto del grupo. Todos le miraban sin saber exactamente a qué atenerse. No estaban haciendo nada malo y los improvisados picnics en el parking estaban permitidos sin más restricciones que las de dejar el lugar tan limpio como se había encontrado, pero era la primera vez que hacían algo así y su bisoñez les hacía dudar de que hubieran actuado correctamente en todo momento. De hecho había ya una gran cantidad de vehículos en el recinto y todo el mundo se dedicaba en aquellos momentos a la misma tarea. Incluso humeaban aquí y allá algunas barbacoas portátiles con las que los más veteranos se habían pertrechado para hacer el momento de la comida algo mucho más agradable y familiar.

CONTINUARÁ…

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7 respuestas a La mancha

  1. icástico dijo:

    Coño, que continue, sí

  2. cmacarro dijo:

    Ja,ja,ja Vale, vale

  3. efe dijo:

    Volveré a leer el siguiente capítulo.

    Saludos.

  4. Óscar dijo:

    Que intriga. Querrá una hamburguesa? Serán los visitantes un millón?
    PD. No sé si te llegan mis correos…

  5. Vengaaaa, vaaaaa, pon ya el continuará

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