UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

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REFLEXIONES DESDE EL RETRETE

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Se abrió la puerta del bar y, como la ostra que encierra una perla en su interior mostrándola de tarde en tarde, sólo en las ocasiones especiales, apareció ella, escultural y sofisticada. El pecado encarnado en mujer.

Piel morena, tostada con delicadeza por el sol, ojos castaños, grandes y profundos en los que resultaba extremadamente fácil extraviarse.

Una abundante cabellera negra ligeramente rizada enmarcaba su rostro de facciones bien delimitadas sin ser angulosas, con una suave definición que las hacía rozar la perfección. Los pómulos ligeramente pronunciados, entre los que sobresalía una naricilla graciosa y respingona, y los labios carnosos, apetecibles, apenas adornados por un ligero y discreto toque de color, culminaban la belleza del conjunto.

Un vestido de seda azul sin mangas, ajustado como una segunda piel, marcaba morbosamente su extraordinaria figura, sugiriendo un cuerpo terso y voluptuoso. Los brazos, del mismo tono de piel que la cara, finalizaban en unas manos finas y bien cuidadas pero que a pesar de ello se adivinaban firmes y experimentadas.

Las sensuales caderas daban paso un poco más abajo a unos espectaculares muslos que se mostraban impunes en un festival de piel joven y tersa, incitando a imaginar con verdadera ansia qué maravillas habrían de esconder entre ellos. Las torneadas pantorrillas terminaban en unas finísimas sandalias dejando al descubierto casi en su totalidad unos pies pequeños y equilibrados, dignos del más exquisito de los fetichistas.

Yo permanecía inmóvil contemplándola totalmente anonadado como un adolescente bobalicón.

Cuando ella se percató del interés que despertaba en mí su persona sonrió mostrándome unos dientes blancos y alineados. Quizás movida por una inocencia provocadora, quizás por la más pura perfidia, me acabó de desarmar cuando escuché su voz profunda y cálida dirigiéndose a mí. ¡Dios! ¡La diosa se había dignado hablarme! No lo podía creer. Aquella fantástica mujer había decidido que yo, que me sentía el más insignificante de los insectos en su presencia, era digno de sus palabras.

—Hola, guapetón –me lanzó con voz ligeramente enronquecida por el deseo haciendo que de repente mis piernas comenzaran a temblar- ¿Te apetece tomar una copa en mi casa?

Tras un par de minutos en que no fui capaz de reaccionar, paralizado como me encontraba por la impresión, sentí un fuerte manotazo en la cabeza.

—¡Domínguez! –gritaron a mi espalda de repente- la próxima vez que le pille dormido en el trabajo le abro un expediente que le jodo vivo.

Me desperté sobresaltado, con una opresión en el pecho causada por el tremendo susto, mientras todo se disipaba de golpe en mi cerebro. Solo había sido un sueño pero ¡Qué sueño!

TO BE CONTINUED…

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