CITA A CIEGAS

Marta jugueteaba despistada con la comida y apenas había probado bocado desde que se sentara a la mesa. Su cuerpo estaba allí, frente a su marido, pero su mente volaba lejos, muy lejos.

  • ¿Me estás escuchando, Marta? –preguntó Juan un tanto irritado- ¿Se puede saber en qué andas pensando?

  • ¿Qué…? –respondió ella volviendo bruscamente a la realidad- Perdona Juan ¿Qué me decías?

  • Olvídalo, anda. Chica, no sé qué te pasa últimamente pero no estás a lo que tienes que estar. Ya me contarás, pero no ahora que tengo que salir ¿Recoges tú los platos?

Siempre la misma historia. Marta asintió con la cabeza sin decir palabra. En su rostro se marcaba el hastío. No sabía cómo habían llegado a aquella situación pero estaba tan cansada… No creía que estuviera demandando nada extraordinario, simplemente un poquito de atención, algo de calor, cariño, un compañero… Pero Juan, su marido desde hacía diez años, nunca tenía tiempo para dedicarle. Siempre anteponía el resto del mundo a ella ¡Qué diferencia con aquel Juan atento de años atrás! Aquel que la enamoró con su labia fácil, su sentido del humor y su sensibilidad. El Juan al que ella, a pesar de todo, seguía amando.

Cuando estuvo sola una lágrima se deslizó furtiva por su mejilla y cayó al plato casi intacto. Todo eso se había esfumado como por arte de magia, y magia precisamente, era lo que Marta necesitaba.

Recogió la mesa y fregó los platos, total, para dos no merecía la pena poner el lavavajillas. Acabó en seguida. Estaba ansiosa por ponerse de nuevo ante el ordenador.

Su semblante había mudado radicalmente al acordarse de aquel correo electrónico.

No era el primero, pero hasta ahora no habían sido tan explícitos. El correo que había recibido por la mañana de un remitente desconocido la tenía totalmente en vilo y era la causa de su despiste. Andaba como una tonta de acá para allá sin saber qué pensar. ¿Quién era aquel hombre que le escribía unas cosas tan bonitas? ¿Quién era el que amparado en el anonimato le había declarado su amor?

¡Qué tontería! Ponerse así por un simple correo electrónico que ¡Vete tú a saber quién  había escrito!

Pero no lo podía evitar. A cada poco se le escapaba una sonrisa bobalicona y le brillaban los ojos. Se encontraba nerviosa, excitada, halagada. Sentía el revoloteo de cientos de mariposas en su estómago. Alguien se había fijado en ella, le había abierto su corazón y la había tratado bien, como si fuera la princesa de un cuento. Aunque ese alguien de momento no se había atrevido a revelarse.

¿Y por qué no? -pensó ilusionándose por momentos- ¿Es que no tengo derecho a ser feliz?

Conectó su ordenador.

Tuvo que teclear su password tres veces hasta introducir el correcto porque las manos le temblaban y no atinaba con las teclas, pero por fin consiguió acceder a su cuenta de correo.

Abrió de nuevo el mail que tan perturbada la tenía y se recreó volviendo a leerlo, saboreando cada palabra, cada frase.

“Disculpa mi atrevimiento…” -¡Qué educado es!- “…todos los días te veo pasar por delante de mi casa, tan hermosa, tan encantadora…” – ¿Cómo puede haberse fijado en mí si ya nunca me arreglo?- , “…cuando sin saberlo me miras me tiemblan las piernas…” -¡Pero qué rico!-, “…y no he podido evitar enamorarme como un colegial. Mi corazón se acelera cuando te siento cerca…” -¡Madre mía que me desmayo!- “…daría lo que fuera por el simple roce de tu mano…” -¡Anda ya qué exagerado!- “…sé que no eres libre…” -¿Me conoce?  “…tu marido es un imbécil por no apreciarte en lo que vales…” –Pero, ¿quién es que sabe tanto de mi vida?- “…por eso, si tú quisieras que nos viéramos…ya sé que no puedo hacerme ilusiones pero…” -¡Ay Dios!- “…permíteme sólo un café y te dejaré tranquila…” – ¡Un café! Como si fuera tan sencillo, aunque… ¿Qué pierdo por conocerle?- “…yo te esperaré en la cafetería por cuya puerta pasas cada día, mañana a las once. Si no vas lo entenderé…” –Creo que iré. Sí. Iré-

Marta caminaba aprisa por la calle. Eran las once menos cuarto. Tenía tiempo de sobra. Por primera vez desde hacía algunos años se había pintado los labios.

Empujó la puerta de cristal oscuro y entró a la cafetería. No había nadie. ¡Claro! Había llegado con diez minutos de adelanto. Fueron los diez minutos más largos de su vida. Los segundos se iban desgranando desesperadamente lentos. Al cabo del rato Marta, arrepentida de haber acudido a tan loca cita, hizo ademán de levantarse para irse pero se sentó con rapidez, espantada. Lívida la tez trató de esconderse tras una columna pero él se dirigía decidido hacia donde ella se encontraba. Pero ¿Qué narices hacía el allí? ¡También era casualidad!

Juan sorteó la columna y la vio. Pero no se sorprendió de verla allí como Marta había imaginado. Se sentó frente a ella y le dijo:

  • Perdóname, amor mío. Perdóname por este burdo engaño. Pero sobre todo perdóname por haber sido un patán insensible que no ha hecho sino amargarte estos últimos años. Me he dado cuenta de mi error y, si tú quisieras darme otra oportunidad me harías el hombre más feliz del mundo.

Marta se iba relajando a medida que su marido le hablaba. Había acudido a la cita forzada por la desesperación y el desánimo, esperando encontrar algo de aliento. Y a fe que lo había encontrado. Una sonrisa franca iluminó su cara ¿Y si la aventura que tanto anhelaba estaba más cerca de lo que había supuesto?

Le miró con ternura.

  • Juan, cariño, tomémonos ese café pendiente y demos un paseo cogidos de la mano como solíamos hacer antes.

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27 respuestas a CITA A CIEGAS

  1. Óscar dijo:

    Me imaginaba que era él, pero esperaba un final trágico, en plan ahí te quedas que me la quieres pegar con otro con lo que yo te quiero, que te permito fregar mis platos… Muy buen relato.

  2. evatruth dijo:

    Me encanta. Es jodidamente dificil la escena que has creado. Realmente me siento bien al pensar que dos personas imaginarias (o quizás no) han llegado al limite del desencanto y han sabido aprovechar todo el amor que se tienen para volver a ser felices. Supongo que en la realidad hay que ser verdaderamente perverso para una encerrona así y en todo caso probablemente sería una ruptura. En fin, viva el amor.

  3. Cook Edere dijo:

    La versión que siempre quise de Un ramito de violetas; me jodía bastante que la cosa se quedara así, sin que ella supiera que era el marido, así que gracias 🙂

  4. Joder!!!! Veo que has dado con mi biografía y que te has inventado un nuevo final. Lo voy a volver a leer un par de veces más, o tres o cinco

  5. ¡¡La virgen!! Y mira que yo no soy de aclamar nada que ver con las religiones. ¡Dios santo! Mierda. ¿Qué me pasa? Pues que me has dejado estupefacta con esta faceta tuya. Grandes sorpresas ocultas, ¿eh, jodío?

    • cmacarro dijo:

      IDEM contigo, amiga. Espero que no estés tan afectada que en determinado momento cumbre, con tu chico, no acabes diciendo eso de ¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! porque le vas a sorprender, ja,ja,ja

  6. icástico dijo:

    Digo lo mismo que Oscar, imaginaba que era Juan y también este final (o similar). Me agrada que Juan haya reaccionado bien a su “autocita” olvidando qué pasaria si fuera de otro. Muy bueno, versátil nos has salido.

  7. Pues sigues sorprendiendome. Y ha sido muy tierno. Precioso relato pero irreal claro. No creo que a ninguno se le ocurriese y menos aún ir de buenas sabiendo que ella había quedado con otro….

  8. marguimargui dijo:

    muchas caras ocultas jjjj

  9. Me he acordado de Cecilia cantando su famosa canción. Una canción que siempre me ha dado una pena horrorosa. Me gusta mucho más tu relato, lleno de esperanza y ternura, que no todo tiene que acabar mal.

  10. Nieves dijo:

    Yo lo apuñalo ahí mismo… Por imbécil! Ponerme en evidencia con mi pronta infidelidad? Amos hombre…
    Besitos infernales!

  11. etarrago dijo:

    Sonará a moña o a ñoño, pero me ha encantado cmacarro. me encantan las historias que acaban bien … no hay tantas.
    Feliz noche

  12. etarrago dijo:

    Reblogueó esto en Los Reblogueos de etarragoy comentado:
    Me encantan las historias que acaban como nadie creía.

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