EL VUELO DE ÍCARO

Ícaro lo tenía todo en este mundo.

Al menos todo lo que la mayoría de los mortales eran capaces de imaginar, de desear para, si no conseguir la plena felicidad, al menos acercársele muy seriamente.

Había formado una familia de ensueño, con una mujer tan bella por dentro como por fuera, tenía tres hijos buenos, inteligentes y cariñosos. Gozaba de un estupendo elenco de amistades que le apoyaban en los momentos duros y se alegraban de sus éxitos en todos los sentidos. Gracias a su tesón y a su buen hacer había llegado a un puesto muy alto en su empresa. Ganaba dinero, estaba bien considerado y a decir de todos su techo no acababa ahí. Podía aspirar a mucho más a nada que se lo propusiera.

Podría decirse que la vida le sonreía. Mucho.

Pero últimamente él no le correspondía, era incapaz de sonreír a la vida.

Un día, un mal día, el psiquiatra le diagnosticó aquella maldita enfermedad. Esquizofrenia, le dijo. No había lugar a la duda. Salió de la consulta abatido como nunca se había sentido, llorando como un niño al que se le acaba de romper su mejor juguete ¡No lo podía creer! Siempre tiene que haber algo que haga sombra a la felicidad. Eso a pesar de que el médico le había dicho que siendo riguroso con la medicación no tenía por qué tener problemas, que podría llevar una vida totalmente normal…

Pero la semilla estaba echada. Toda la seguridad que ante el mundo había mostrado hasta ese momento, se le vino abajo de golpe, sin consideración.

El tiempo fue desgranando las horas, los días y los meses, e Ícaro fue asumiendo su nueva situación. Su vida, aparentemente, no había cambiado demasiado. Tomaba su medicación regularmente y no había vuelto a tener ningún brote. Con el tiempo, viendo que en realidad no pasaba nada, Ícaro fue recuperando la confianza en sí mismo. Incluso, por alguna razón que desconocía, comenzó a sentir una especie de euforia que aumentaba su ansia por triunfar, por seguir ascendiendo en la meteórica carrera vital en la que se hallaba plenamente inmerso. Quizás fuera saberse de alguna manera limitado lo que le había espoleado para continuar adelante con redobladas ansias. Quizás.

Seguro de sí mismo, de sus fuerzas, comenzó a descontrolar la medicación ¿Para qué la necesitaba? Él tenía fuerzas para luchar por sus propios medios. A él no le ocurriría nada malo porque…él…se sentía poderoso, capaz, autosuficiente.

Sin embargo una idea que se le había presentado con levedad, sin apenas darse cuenta, como un amanecer que aparece poco a poco, comenzaba a rondarle la cabeza. Sí llevaba una existencia casi de ensueño…

Pero ahora le parecía que estaba incompleto. Necesitaba algo más, algo diferente, algo realmente importante para ser totalmente feliz.

Le faltaba una sola cosa para sentirse pleno: Quería volar.

Desde la terraza de su casa, en el último piso, con vistas al mar infinito, contemplaba el devenir de las gaviotas que, ajenas a sus anhelos, hacían sin el menor esfuerzo lo que él envidiaba obsesivamente.

Con el sueño de volar dentro de su cabeza constantemente, Ícaro se interesó por el tema, tanto que aprendió a pilotar su propio ultraligero, probó otros inventos humanos para suspenderse en el aire. Pero no le llenaban. No era eso lo que su espíritu le demandaba. No era lo que él necesitaba. Soñaba con ser liviano, con flotar entre las nubes, pero sin ataduras, sin armatostes más o menos aparatosos que lo sujetaran.

Una tarde que se encontraba sólo en casa se asomó como hacía siempre a la barandilla de su balcón, a contemplar a las gaviotas haciendo sus piruetas frente al mar. Aunque vivía en el Mediterráneo, siempre había disfrutado de su atardecer a espaldas del mar, de cómo éste y el cielo iban mudando sus tonos de azul hasta parecer una misma cosa.

Ensimismado se hallaba en estas bucólicas contemplaciones cuando escuchó una voz justo a su lado:

  • ¿Estás listo?

Ícaro se sobresaltó un poco pues a nadie había oído entrar en casa. Cuando volvió la cabeza hacia el lugar de donde procedía la voz, sólo pudo ver a una de las gaviotas que se había posado sobre la barandilla.

  • ¿Eres tú quien me habla? – preguntó dirigiéndose a aquel pájaro algo avergonzado.

  • Sí –respondió el animal sin llegar si quiera a abrir el pico- Ha llegado el momento. Tú momento.

La brisa del atardecer acariciaba su cara y agitaba sus ropas. Ícaro, de pie sobre la barandilla, estaba concentrado en coger una buena corriente ascendente de aire que le hiciera elevarse hacia el cielo y volar…

De repente la brisa se transformó en viento rolando hacia el sol…

Entonces, Ícaro, por unos fugaces instantes fue plenamente feliz.

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12 respuestas a EL VUELO DE ÍCARO

  1. Y ahora hay que preguntarse, mereció la pena ese instante de felicidad?, Ícaro ya no nos lo podrá decir.

  2. etarrago dijo:

    Fugaces instantes … puede ser mucho, cmacarro.
    Saludos

  3. icástico dijo:

    Fatal, y más si no llevaba “protección total”.

  4. Nieves dijo:

    Valió la pena! Anda que no! Besos

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