GAÑANS IN THE SKY III: Conversaciones con Edelmiro Páez

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Anoche me fui a dormir con una especie de mal presentimiento. No sé. Llámalo intuición, aunque debo confesar que yo de eso… poco.

El caso es que me costó trabajo dormirme. Estaba nervioso. Pero por fin, al cabo de un buen rato de dar vueltas y más vueltas en la cama, conseguí conciliar el sueño.

A eso de las dos de la mañana me despertaron unos gritos que provenían de la calle. Algo grave debía estar pasando para que alguien se desgañitara tan desaforadamente a aquellas horas tan tempestivas.  Alguien debía de estar discutiendo con alguien.

Escuchaba con gran claridad infinidad de insultos entre los que se repetían incesantemente “cabrón”,  “cornudo” e “hijo de puta”.

Me levanté con cierta premura, claro, para ver qué era lo que causaba semejante alboroto y para intentar, en la medida de lo posible, apaciguar a tamaño energúmeno, que no paraba de escandalizar al vecindario.

Me asomé al balcón de mi quinto piso sin conseguir distinguir nada pues,súbitamente, habían cesado las voces. Pensé que debía haberse ido con la música a otra parte. Restaurado el silencio, me disponía a volver a acostarme cuando los gritos se reanudaron.

Esta vez, logré distinguir bajo la luz de una farola una silueta masculina que no dejaba de hacer gestos y aspavientos a la vez que prorrumpía en cada vez más salvajes berridos. Tan pronto abría los brazos en cruz como hacía un corte de mangas o se echaba la mano al paquete ostensiblemente.

Chisté para intentar que entendiera que aquellas no eran horas de gritar, que lo que quiera que le alteraba bien podía esperar a la luz del día para intentar solucionarlo de una forma más pacífica y civilizada.

Pero aquel energúmeno, cuando se percató de dónde venía la discreta reprimenda  comenzó a ensañarse conmigo. Si es que a veces soy tonto ¿Quién me mandaba meterme donde no me llamaban? Pero eso solo fue hasta que unido a los exabruptos que cada vez con más fiereza profería, escuché pronunciar mi nombre.

Eso ya era otra cosa.

Si lo que pretendía era captar mi atención, tengo que reconocer que  lo había conseguido del todo.

¿Quién coño era aquel tipejo bajito que ahora se dedicaba a insultarme?

Afiné la vista para intentar reconocer a aquel cafre, pero el muy cabroncete ahora se había vuelto de espaldas a mí y me estaba dedicando… un orondo y contundente calvo.

Este dato me dio la pista definitiva para poder identificar al agresor verbal. El calvo, en realidad no era tal. Sí, aquel animal me estaba mostrando su trasero pero… para nada era calvo. Era el culo más peludo que he tenido oportunidad de ver en mi vida.

En seguida reconocí a Edelmiro, mi creación. ¿Cómo no, si yo le había imaginado peludo como un yeti ? Y un abominable hombre de las nieves era talmente  lo que tenía a la vista, en la calle.

Lo que no era capaz de comprender era a qué venía la escenita a la que se iban agregando cada vez más espectadores, mis vecinos, alertados por  el griterío.

     —¡Edelmiro! –Le grité- Anda haz el favor de calmarte y subir a casa. No ha pasado nada que no podamos arreglar con una tranquila conversación.

     —Eso es lo que tú te crees ¡Hijo de puta egoísta! –me espetó cada vez más encendido y colérico.

     —Vamos a hablarlo, no seas cafre, hombre. Sube, que te preparo una tila y te tranquilizas.

     —¡Hazte una lavativa con la tila, cabrón! Que me has jodido la vida.

Me resultaba del todo kafkiano que un personaje al que yo había dado en cierto modo vida en mis libros viniera a recriminarme nada. Era una situación bastante absurda… pero era lo que estaba ocurriendo.

Como veía que no accedía a mi proposición de subir a casa, me vestí  y bajé a la calle.

Edelmiro no me había visto salir por el portal. Debía tener la vejiga llena de Mahous y justo en ese momento estaba meando entre dos coches.

Me acerqué y le puse la mano sobre el hombro. Él se sobresaltó. De repente, casi sin guardársela se volvió hacia mí y ¡Me dio un guantazo el muy salvaje!

     —Pero ¿Qué haces, gilipollas? –le dije echándome la mano al carrillo abofeteado.

     —Eso es lo menos que te mereces, por sádico y ladino.

Yo seguía sin entender la razón de tanta inquina. Al menos, el darme aquella hostia le había relajado un poco la tensión. La asumí ¡Qué remedio! Viendo que Edelmiro se estaba tranquilizando volví a preguntarle por el motivo de semejante espectáculo.

     —A ver, Edelmiro ¿Qué es lo que te ocurre para que vengas de la manera que has venido?

Habló.

     —¿Acaso te parecía poco que más de dos mil personas se descojonaran de mis desgracias por culpa de tus libros?

Ahora le había calado. Le dejé continuar.

     —¿No tenías bastante con publicar en Bubok y que te leyeran un montón de indeseables, que ahora has decidido publicar mi vida en Amazón? ¿Qué quieres, que otros tantos desgraciaos vuelvan a reírse de mí?

Aunque me parecía tonta la recriminación en el fondo sentí lástima por él.

     —Joder, Edelmiro. Eres mi personaje. ¿Qué puedo decirte?

     —Eres un egocéntrico. Y todo por alcanzar la fama, el éxito… Yo no merecía que me trataras así. Todos los escritores sois iguales, egos inconsistentes que se vienen arriba ante el primer elogio…

     —¡Coño, que no, Edelmiro! ¡Que no es eso!

     —Ya –me contestó con una media sonrisa.

     —Mira, no te voy a negar que busco el éxito.

     —Pues lo que estoy diciendo ¡No te jode!

     —Sí, pero yerras en mis motivaciones…

     —¡Los cojones, motivaciones! –Cada vez se iba desinflando más.

     —Lo que te digo. Quiero el éxito para ganar dinero, no lo niego… para pagar una deuda que tengo pendiente con una mafia rusa del juego. Soy un desastre. Llevaba una mala racha personal y caí en el mundillo de las apuestas deportivas. Las pérdidas daban paso a préstamos mayores y… –Dejé escapar una lágrima que acabó de convencer a Edelmiro-  por eso me encuentro en la situación que me encuentro. Estoy amenazado de muerte por la mafia y si no devuelvo la pasta, lo voy a pasar mal. ¿Comprendes ahora por qué he publicado tus aventuras en Amazón?

     —¿De verdad? –preguntó ya con su habitual afabilidad.

     —Lo que te digo. Es una editorial con un potencial de lectores bastante grande y además ¿ en quién puedo confiar para una tarea como esta si no es en mi gran creación, Edelmiro Páez? El mejor y más ínclito personaje que un autor puede crear.

Reconozco que me dio resultado hacerle la pelota de esta manera porque incluso cuando acabamos la conversación, se fue dándome su beneplácito y sus bendiciones para que hiciera lo que se me ocurriera con tal de que la mafia rusa no me hiciera ningún daño. Para ser un personaje de ficción, tengo que reconocer que me salió muy buena persona. Reconozco que el cabrón en esta extraña relación… SOY YO.

Al menos había esquivado este escollo. ¡Ya vería cómo toreaba al cansino de Edelmiro más tarde!

Y ya que le tengo convencido…

No hay excusas para que no leas

“LA ASURDA E INQUEIBLE HISTORIA DE EDELMIRO PÁEZ”

http://www.amazon.es/asurda-inque%C3%ADble-historia-Edelmiro-P%C3%A1ez-ebook/dp/B018BQJMOY/ref=sr_1_2?s=books&ie=UTF8&qid=1448291861&sr=1-2&keywords=Edelmiro+paez

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6 respuestas a GAÑANS IN THE SKY III: Conversaciones con Edelmiro Páez

  1. Amalaidea dijo:

    ¡Jajaja! Genial pero Edelmiro tiene razón, seré más suave que él: eres un egoísta manipulador, lo manejas a tu antojo y le obligas a darte la razón, a que sienta pena y agradecimiento. Pobre Edelmiro! Lo has hecho famoso pero a costa de echarlo a los leones.
    ¡Estarás satisfecho! Debes estarlo, enhorabuena.

  2. icástico dijo:

    A tu manera vas a tener que darle unos cariños a Miro, un comentario por aquí, otro por allá, por si vuelve a escapar del libro y de dedica a ojearte el blog Nosotros ya sabemos cómo te las gastas y no vamos a tener en cuenta tus blandenguerías.

  3. pobre Edelmiro, tú eres el único culpable de todas sus desgracias.

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