CUENTO DE NAVIDAD IV

…Y antes de que tu cerebro haya tenido tiempo de procesar tus intenciones Melchor tiene un nuevo hogar. De nada le valen los gritos a Gaspar y a Baltasar protestando por la pérdida de un colega. Tú no les escuchas.

Al cabo de un rato de estar en ese pasillo estás saturado de la música navideña electrónica de los juegos de luces made in China, te olvidas de Melchor y te acercas a ver las ofertas de sierras mecánicas.

De camino pasas por el pasillo de embutidos. En la cabecera hay una promoción de productos asturianos. Una señorita te ofrece amablemente una tabla de quesos en una bandeja, para que piques. Y picas. Te vas a por el cabrales directamente. Y vuelves a picar. Y vuelves a picar una vez más. Después te comes unos trocitos de morcilla asturiana. Hasta que la boca se te queda pastosa e insensible. La señorita te mira con ojos de asombro.

Mira por donde te vas a hartar de comer por la cara… Y además todo lo pasas con tres vasitos de sidra y un vinito dulce de la misma promoción.

La señorita, con cara de fastidio, te pide amablemente que circules, ¡Vamos! Que te las pires.

Llegas por fin al pasillo de las herramientas y te vas a la zona de todo a un euro, miras a ver qué te puede interesar, pero no ves nada que te guste. Vuelves a las llaves inglesas. Pasas por las herramientas de jardín, después a los grupos electrógenos…

De repente sientes un burbujeo en tu tripa. Es como si el cabrales acabara de aterrizar por allí. Ligero dolorcillo que va en aumento. ¡Joder qué contrariedad! Ahora acaba de llegar la morcilla.

Al cabo de unos minutos los dolores son como de parto inminente. Agudos, fulminantes. Te retuerces. Se te escapa un pedo intenso y correoso. Incluso a ti te da asco.

Decides salir del súper con urgencia para ir a los baños. Aunque no estás seguro de llegar a tiempo.

Comienzas a empujar el carro. ¿Por dónde? Ah sí, salida sin compras. Por allí te lanzas. Tan concentrado vas que no te percatas de que una sombra de metro ochenta por metro ochenta te persigue.

Pasar por el arco y ponerse a pitar todo es uno. Te pilla despistado, no sabes qué ocurre.

De repente, te caen 120 kilos de guardia encima. Schwarzenegger te retuerce con una mano el brazo y con la otra registra en el bolsillo de tu abrigo. Tú estás a otra cosa. Te cagas. Con un gesto de triunfo el guarda encuentra al solitario Melchor, con una etiqueta magnética en el camello, que el gorila te muestra satisfecho. Tú entornas los ojos y de repente los abres con verdadero alivio. El peso del guardia te ha provocado la última y definitiva contracción. El corrillo de curiosos que se ha formado alrededor vuestro da tres pasos atrás con rapidez. No soportan el olor. El guardia te suelta con cara de circunstancias. Alejado tres metros de ti te pide que le acompañes a la oficina. La blanca navidad de repente de ser blanca.
Te levantas ante la mirada malévola y curiosa de medio supermercado y vas con esa mala bestia, un alivio de en la tripa y una plasta en los calzoncillos que llega hasta tu pantalón…

En tu mente resuena de nuevo el “Navidad, navidad, dulce navidad “

¡Qué día, Dios, qué día!

Maguila, te introduce a empujones por una puerta camuflada que supones, conduce a la oficina de seguridad.  Se acerca poco, lo imprescindible para guiarte a manotazos en tu espalda como una oveja hasta donde pretende llevarte. Sientes, sobre todo vergüenza, porque te mira todo el mundo.

Llegáis a una sala de control, con una pared llena de monitores donde puedes ver gente comprando en el almacén, alguno metiéndose alguna que otra cosa en los bolsillos aprovechando la falta de vigilancia. Con una mueca te señala una puerta que tiene un cartel de WC.

El guarda es hombre de pocas palabras. No estás seguro de si la razón es porque es parco en ellas o porque debido a su posición en la evolución de los primates no ha alcanzado esa facultad, pero entiendes que te está dando una oportunidad de adecentarte y lo que tú interpretas como un gesto  de moderación en el trato para él es pura defensa de sus pituitarias. Pero pasas a lavarte lo mejor que puedes y lo agradeces.

Cuando acabas de asearte, te percatas de que lo que habías pensado previamente era un espejismo. Como ya no hueles, el guarda se anima con el cuerpo a cuerpo y, ¡No te lo puedes creer¡ te esposa las manos al respaldo de una silla. En principio te resulta absurdo. Sí. Absurdo es la palabra. En este momento comprendes a Kafka…

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8 respuestas a CUENTO DE NAVIDAD IV

  1. Óscar dijo:

    Me parece un poco extremista para haberse llevado un melchor… O era de oro? 😀

  2. icástico dijo:

    Mira, llega hasta aquí el tufo, la virgen. jajaja, me imagino un carro turbo por el super adelante, coño, eso si que es un “mayaidin rural”, que todas las explosiones sean así.

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