JUAN EULOGIO Y FAMILIA… EN SEGOVIA

Este sábado es un sábado especial, muy especial. Ni Elyónatan tiene furbo ni Layésica tiene exhibición de sevillanas en el Carreful.

La buena e inesperada nueva les ha llegado a Juan Eulogio y a Paquita a última hora, el viernes por la tarde, apenas sin tiempo para reaccionar. Pero son felices al enterarse de que desde hace muchas lunas los niños no tienen actividades un sábado  y es el primero que tienen libre desde que empezaron el curso escolar. Otros, más pusilánimes que ellos, no hubieran tenido cuerpo para organizar nada, pero Juan Eulogio y Paquita son gente resuelta y de la noche a la mañana han planificado una excursión a Segovia. Van a pasar el día en esta hermosa ciudad castellana disfrutando de su cuidado casco urbano y sus fascinantes monumentos. Al menos lo que puedan. Y, sobre todo, tienen la intención de darse un homenaje a la hora de la comida y catar el típico y sabrosísimo cochinillo asado en cualquiera de los muchos restaurantes que salpican el casco histórico.

No es mal plan en opinión de Juan Eulogio y, por supuesto, de su santa, que ya se está relamiendo pensando en la aventura turística y, sobre todo, en la aventura gastronómica que les espera, que también es turismo.

La previsión meteorológica es inmejorable. Tiempo soleado pero sin demasiado calor. Ideal para el caso. Todo pinta a las mil maravillas…

Juan Eulogio se halla exultante. Siente cierta predilección por la ciudad castellana y hacía mucho tiempo que tenía ganas de volver a ella por muchas razones. Hace mucho, mucho tiempo, cuando se hacía la mili (Otro día explico lo que es para quien no lo sepa), a él le tocó servir a la patria en la Academia de Artillería, en el Alcázar y tiene entrañables recuerdos de aquella época: Los amigos para toda la vida a los que dejó de tratar en cuanto le licenciaron, los paseos por las calles del centro intentando ligar con las turistas, los bocatas de tortilla francesa y la Pepsi para merendar en el bar Pérez, la pensión Bellavista, justo al lado de la discoteca a donde acudía la práctica totalidad de los reclutas y que fue testigo de más de una pelea, el club (puticlub) La gata caliente, que frecuentaban cuando tenían dinero y exceso de feromonas, Maruja la tragona, incansable trabajadora del mismo, que pasó de ser una profesional del sexo terapéutico a ser una verdadera amiga y confidente.

Sí, Juan Eulogio, añora aquellos tiempos, no se sabe si porque fueron buenos o porque los vivió con una edad irrepetible.

Como de costumbre, Paquita ha metido la pata hasta el corvejón, siempre según la humilde y secreta opinión de su costillo, al invitar ¡Una vez más! Y ya van demasiadas, a su querida mamá, la puñetera suegra para Juan Eulogio, aunque el prefiera llamarla La Cucaracha. Por supuesto, ha sido oír la palabra cochinillo y la buena señora, ansia viva, se ha apuntado sin dudarlo cegada por el brillo de la grasa del animalillo al horno, sin importarle que antes y después del cochinillo el plan es andar, andar… y andar mucho.

Por supuesto no se ha presentado en casa a las ocho, como le exhortó su hija, sino un par de horitas más tarde, como es de rigor.

A Juan Eulogio le ha dado de repente un dolor de tripas solo de pensar en la compañía. Y encima han de retrasar todos los planes por culpa de su siniestra madre política, a la que tiene un asquito…

A la Cucaracha se le suman, como mal inevitable, sus hijos, esos pequeños y díscolos hijos de puta (siempre desde el cariño) que responden a los nombres de Elyónatan y Layésica, esencia de maldades y cabronerías , capaces de amargar el día al más pintado.

En fin, nada nuevo bajo el sol. Pero… ya no va a ser lo mismo. –Se lamenta Juan Eulogio.

Han conducido sin novedad hasta Segovia, más que nada porque han decidido pagar el impuesto revolucionario que da acceso a los peajes para evitar a los muchísimos madrileños que han tenido la misma idea. Sin embargo no han tenido la misma suerte con el aparcamiento. La práctica totalidad del casco histórico es zona azul o verde, así que Juan Eulogio ha tenido que irse a aparcar a las afueras. Pero a las afueras… afueras, como a un par de kilómetros de la plaza del Acueducto.

La caminata hasta el centro no ha resultado lo que se dice agradable, sino más bien lo contrario, con los nenes protestando y corriendo para darse patadas de una acera a la otra. Elyónatan ha reventado una papelera con un Trueno XXL Ultra Boom justo a diez metros de un coche de la policía municipal. Y a Juan Eulogio le ha correspondido pagar la pertinente multa por destrozar mobiliario urbano. Han registrado al nene en busca de más artefactos explosivos pero no han encontrado más, no porque no los tuviera, sino porque ha tenido la precaución de entregárselos a su hermana, para que se los guarde. Con su rostro angelical Layésica no ha levantado sospechas, con lo que los hermanos han conservado todo el arsenal intacto. Hecho un basilisco, Juan Eulogio ha enfilado como un poseso a darle una hostia al niño, pero se ha echado atrás a medio camino por si acaso le apretaban a él otra receta por maltratar a un infante. Eso sí, a la que le acariciaba la cabeza, condescendiente, le ha enganchado de la patilla y lo ha levantado una cuarta del suelo. Elyónatan, pasándose la mano por la zona dolorida cree haber comprendido el mensaje silencioso de su padre. Aunque a decir verdad, se la suda ampliamente.

Juan Eulogio se ha abstraído de la cruda realidad, tiene una capacidad envidiable para huir del mundanal ruido, pero Paquita tiene los nervios a flor de piel.

Ahora, que la más cansina con diferencia, ha sido ¡Cómo no! La Cucaracha. Dice que está mareada del hambre, tiene taquicardias, se queja de la cadera y de dolor de juanetes y hace detenerse a la comitiva cada doscientos metros, retrasando considerablemente su paso. Pero ¿Qué se habrá creído la bruja? ¿Que la íbamos a llevar a cuestas? –piensa Juan Eulogio- ¡Anda y que se joda a ver si se aburre y no viene nunca más con nosotros!

Total, que son casi las dos de la tarde y lo más que han visto de Segovia es un trozo del comienzo del acueducto.

Sobre la marcha, Juan Eulogio y Paquita deciden modificar los planes e irse directamente a comer para ver después lo que buenamente les dé tiempo y les permitan los tres saboteadores.

Los nenes se han retrasado mucho y se les ve muy atrás, casi al principio de la calle, y la Cucaracha va escasamente un par de cuerpos por delante de los niños.

Juan Eulogio y Paquita escuchan una tremenda explosión en la lejanía. Elyónatan y Layésica, que hacía escasos minutos se encontraban muy rezagados, ahora mismo llegan a la carrera a la altura de sus padres, con sonrisa de cabrones.

Quinientos metros más atrás el mismo municipal de antes está preguntando a la Cucaracha si ha visto quién ha sido el animal que ha reventado un par de arcos del acueducto a lo que se ve, con un cartucho de dinamita, justo cuando el monumento empieza a tomar altura. La Cucaracha ha puesto tal cara de gilipollas que el policía ha desistido de seguir preguntando. Un testigo ocasional que dice llamarse Edelmiro Páez, chivato y acusica a más no poder, y muy mala persona, indica al guardia que han sido unos niños que han salido corriendo pero que en la farola más cercana hay una cámara de tráfico y que él no dice nada.

¡Manda huevos el pobre monumento! Dos mil años aguantando inclemencias, guerras, contaminación… y se tienen que venir abajo dos arcos al paso de Elyónatan y Layésica.

Juan Eulogio y Paquita aprietan el paso, a ver si hay suerte y pierden a los nenes y a la abuela aunque sea por un par de horas. No quieren saber nada de ellos. Solo han venido con la sana intención de disfrutar… y no lo están haciendo.

El grupo se reunifica de nuevo para desgracia del matrimonio.Una hora vagando por el casco histórico y todos los restaurantes están ya hasta arriba de comensales y, por supuesto, no les dan mesa hasta pasadas al menos tres horas.

Pero pasados unos cien metros de la puerta de Casa Cándido, se escucha una nueva explosión. Todos miran hacia atrás para ver cómo el restaurante se desaloja en un momento. Rostros de pánico de clientes que salen despavoridos del famoso restaurante.

Juan Eulogio mira a su hijo, que agacha la cabeza en señal de arrepentimiento. Mejor. Juan Eulogio se ha echado una sonrisa que no ha sido percibida por su vástago. Hubiera sido muy contraproducente y  poco pedagógica.

Todos al unísono se dan la vuelta y encaminan sus pasos a Casa Cándido, que en este momento está completamente vacío.

Al menos piensan comer como marqueses. Para cuando el restaurante vuelve a llenarse ellos ya están apretándose unos cochinillos que quitan el sentido.

Los nenes se han callado porque tenían hambre y la están saciando.

La Cucaracha se ha callado porque tenía hambre y la está saciando, con fruición, con ansia, con glotonería.

Paquita y Juan Eulogio han callado porque… están disfrutando de un momento de paz.

Sin embargo, dos policías municipales acaban de entrar por la puerta justo cuando todos comienzan a hincar el diente a las sabrosísimas viandas que tienen ante sí. Uno de ellos señala a Elyónatan. El otro se acerca a Juan Eulogio y le muestra en el móvil un video de una cámara de tráfico que había situada justo donde el acueducto ha sido ultrajado. En él, Juan Eulogio observa en calidad HD cómo la carne de su carne, Elyónatan y Layésica han empalmado cuatro Supertruenos XXL Ultra Boom y hacen saltar tres de las piedras de la base del arco, viniéndose este abajo.

La Cucaracha, presintiendo que se le acaba el yantar, acelera su engullida para comer lo más posible. Pero tanta prisa se da que se atraganta, por anguta. Tiene el baile de San Vito porque se está asfixiando. El cochino cochinillo le está jugando una mala pasada. Juan Eulogio no disfruta porque le parece un poco fuerte la cosa (pero las está gozando, en el fondo de su alma las está gozando). Uno de los policías intenta abrazar a la Cucaracha por la espalda para hacerle la maniobra de Heimlich… pero no consigue abarcar a la voluminosa señora. Imposible de todas, todas. Viendo que se ahoga sin remisión opta por la contundencia para intentar salvarla y le rompe en la espalda una silla de madera castellana. Eficacia segoviana. El trozo de cochinillo en cuestión vuela por los aires para alivio de la Cucaracha que se veía morir, aunque tenga tres costillas rotas y un porcentaje de desviación de columna del 10%.

Acto seguido, ambos agentes municipales esposan a Juan Eulogio, que todavía se está descojonando con el golpe que se ha llevado la cucaracha y se lo llevan a comisaría para tomarle declaración por el asunto del atentado al monumento romano y, por supuesto, para que abone la pertinente y salvaje sanción por destrozar el patrimonio cultural de Segovia.

Juan Eulogio, hecho ya a la idea, lo firma todo con cara muy contrariada, y refunfuñando para sí, como de costumbre dice:

¡Mierda de Segovia! ¡Mierda de niños! ¡Mierda… de vida!

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11 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA… EN SEGOVIA

  1. bestasalvaxe dijo:

    jajjajaajjajaaja me desorino jajajaja

  2. Óscar dijo:

    Muy bueno el momento atragante… Me parto con los municipales.

  3. Nieves dijo:

    Para empezar me pregunto como no se le ocurre a este bendito hombre citar a la vieja a eso de las 6??? Y para continuar… adoro a esos niños jajajajaja.
    Muases infernales

  4. ¿Con que fueron esos pequeños hijos del diablo? Bueno, cuando lo divulgue… Que Edelmiro estuvo presumiendo y haciéndose el interesante. “Yo sé quién fue, pero no soy un chivato”, decía mientras se rascaba sus partes. Le voy a quitar la fama.

    • cmacarro dijo:

      ¡Qué mezquino! ¿Verdad?

      • Suele defenderlo por formar parte del patrimonio segoviano, pero esta vez se ha pasado. Le invité a unas jarras, aguanté su olor corporal y no soltó prenda.

      • cmacarro dijo:

        A Edelmiro puedes retarle a una partida al Trivial y le vencerás seguro. Pero… ¿retarle a beber? Eso es una locura, muchacha. Nunca le sacarás nada así. Es más, probablemente haya sacado él de ti algún provecho o información.

  5. mar bel dijo:

    Viaje de los que no se olvidan. Sin esos niños, habria perdido el encanto.
    Me pregunto. Ese comportamiento se debió al viaje a Segovia oooooo forma parte de su vida cotidiana? . De ser asi, me alegro de no tenerlos como vecinos.

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