JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN IKEA II : AL FILO DE LO IMPOSIBLE

 

Tras la primera incursión fallida por territorio sueco, Juan Eulogio y Paquita, su santa, deciden atacar de nuevo el objetivo pero, eso sí, esta vez en día de diario y sin la agobiante y nociva compañía de los nenes, Elyónatan y Layésica y de la cucaracha, la señá Virtudes, mater amantísima de Paquita y, por ende, suegra de su yerno.

Ikea y la familia son conceptos totalmente incompatibles, al menos SU familia.

Paquita y Juan Eulogio han aparcado a diez metros de la puerta giratoria que da acceso al centro comercial del mueble y las pijadas por excelencia, el sueco-emporio del fabríqueselo usted mismo. Han accedido al interior sin incidentes dignos de reseña pero con el corazón henchido por la emoción. Paquita es temporalmente feliz, pero nadie dijo que la felicidad fuera un estado permanente. A Juan Eulogio se le escapan unas lágrimas de felicidad, unas lágrimas furtivas que mayormente derrama por su ojo derecho, su ojo vago. Como buenos españoles no pueden, ante tanta dicha,  dejar de temer alguna desgracia para compensar.

Pero no. Han recorrido los laberínticos pasillos de la exposición, han elegido sus muebles y han anotado correctamente las referencias para retirarlos del almacén de la planta baja ¡Y todo ha ido como la seda!

Han pagado en la caja, donde por cierto no había nadie haciendo cola, y han recibido un descuento extra del 20% por ser la semana del “Bricolage extrem”, organizadas por la marca para premiar a los corazones aguerridos que se fabrican sus propios muebles.

Paquita y Juan Eulogio se miran a los ojos. No pueden asimilar tanta dicha, tantas facilidades, tanta buena suerte.

Algo tiene que salir mal.

Han llevado las numerosas cajas adquiridas al coche y todo les ha cuadrado a la perfección entre la baca, el maletero y los asientos traseros.

Son felices, pero la sombra de la tragedia les sobrevuela sin saber ni entender por qué.

Tras esto han vuelto a entrar a tomarse un tentempié de salmón ahumado con un refresco de los de “tevendoelvasoporuneuroytúlollenaslasvecesquequierashastaquerevientessiespreciso”.

Han hecho sus necesarios y abundantes pises y se han encaminado con la compra hacia su casa.

Ya en casa, Juan Eulogio, embargado por una extraña emoción bricolera, se ha lanzado a la segunda parte de la operación Ikea: El montaje.

Desde algún lugar indeterminado de la calle se ha escuchado el lastimero aullido de un lobo (o algo así).

Se ha decantado por una mesilla para la habitación, tarea que se le ha antojado sencilla para comenzar a ir haciendo boca. Ha desembalado el pequeño mueble, ha separado las bolsas de tornillos, tuercas, bisagras y clavos y ha abierto el folio doblado cuyo título es esclarecedor: Instrucciones de montaje en un montón de idiomas.

Lo ha ojeado, aunque poco hay que ojear porque como digo son dos páginas llenas de números y dibujos. Juan Eulogio no puede evitar hacer una mueca de contrariedad.

Tras media hora dando vueltas a las instrucciones se ha ido a la cocina a tomarse una relajante Mahou porque el cuerpo se la está pidiendo a gritos.

De vuelta al tajo, antes de llegar al salón, donde tiene desperdigado el material a montar y el resto de las cajas por abrir, se ha venido un poco abajo y ha vuelto a la cocina a por una segunda Mahou que se ha soplado del tirón. Por si acaso  coge una tercera lata de cerveza y se va con ella al área de trabajo. De algún lugar en el fondo de su corazón una voz le ha susurrado unas palabras:

     —¡Si es que no se puede ser más gilipollas!

Juan Eulogio no se las ha tomado a bien pues él, de haber podido elegir, hubiera deseado unas palabras de aliento para encarar la faena.

Paquita no deja de entrar una y otra vez con cualquier excusa al salón para contemplar los nulos avances de Juan Eulogio, al que ya está tocando un poco las pelotas tanta incursión crítica (de criticar). Sobre todo cuando su santa le dice, como en una declaración de intenciones:

     —Pero ¿Todavía andas asíii? A este paso no acabas ni para las navidades. ¿Quieres que llame a mi hermano para que te lo monte que tú eres un poquillo torpe?

Juan Eulogio no siente el apoyo que debería de sentir. Su mujer debería ser el último bastión donde guarecerse… pero no lo es. ¿Su cuñado? ¡Vamos! Está hasta la hora que sea montando muebles con tal de que no venga ese gilipollas, digno hijo de su madre. Quiere contestar a Paquita pero se mea y se dirige al baño a evacuar la cerveza ingerida. Cuando vuelve a la zona de conflicto se ha repuesto del bajón y sufre un ataque de amor propio. Vuelve a coger el “libro” de instrucciones y ahora por fin comprende que los pasos de montaje van numerados y con dibujos y esquemas que probablemente hasta él podrá entender.

Toma la primera tabla Svenson y la coloca en la posición que claramente se le indica en el dibujo número uno.  Debe atornillarle un travesaño Erlandson. Pero cuando va a coger al tornillo Nilson, de cinco centímetros de longitud y cabeza allen y que le servirá para engarzar la primera tabla con la segunda, observa con estupor como los nenes, que han entrado a traición se han dedicado a abrir todas las cajas y a sacar las bolsas de tornillos abriéndolas y desparramando su contenido por todo el salón. El salón se convierte, por mor de ese par de angelitos (infernales) en zona de guerra.

Juan Eulogio se viene abajo, completamente deprimido.

En ese mismo instante llaman al timbre. ¡La que faltaba! Es la cucaracha a la que Paquita ha comentado inocentemente que han estado de compras en Ikea y que viene  con ganas de cachondeo.

Lo primerito que hace la señá Virtudes es entrar al salón a deleitarse con el espectáculo bochornoso  que ofrece Juan Eulogio quien, por cierto, ya se ha tomado un par de Mahous más para intentar animarse, y tiene una sexta lata en la mano.

Juan Eulogio, con ojillos adormilados,  mira a la cucaracha como si realmente lo fuera, pletórico de odio malo…

La cucaracha ríe divertida al confirmar cuán inútil es su yerno para esto del bricolaje…

Al yerno le están comenzando a amargar las bilis que está rezumando…

Va a abrir la boca para decirle algo así como: ¡Métete en tus cosas so hijaputa que por aquí no te ha llamado nadie y no se te ha perdido nada, así te dé un cólico nefrítico! pero calla porque acaba de hacer entrada Paquita, coartando en el acto su libertad de expresión.

Justo en este instante la señá Virtudes, que está haciendo aspavientos con lo bien que lo está pasando, pisa un puñado de tuercas que hay en el suelo. El hostión es monumental. Juan Eulogio se arriesga inconscientemente a soltar una carcajada estruendosa, a pesar de la mirada reprobatoria de Paquita.

     —Se lo merece,  –piensa convencido de que la providencia le acaba de compensar- la cucaracha se lo merece…

La cucaracha ha caído sobre la cadera derecha emitiendo un crujido siniestro. Juan Eulogio las está gozando pensando que su suegra se ha roto la cadera o algo peor, pero rápido sale de su confusión viéndola levantarse, ayudada por su hija, magullada y dolorida, pero con los huesos intactos. Tiene una estupenda defensa con las lorzas que la protegen de estas eventualidades almohadillando los golpes. El crujido corresponde a una de las tablas de la mesilla, que ha sido tronchada en el acto bajo el peso de la vacaburra.

Juan Eulogio la observa contrariado pues ahora sí, ahora se había decidido a montar la mesilla de una puñetera vez. Recoge con delicadeza la tabla rota, la apoya en el suelo y va a por un martillo de la caja de herramientas a ver si la puede enderezar.

Con la lengua entre los dientes, en una postura de lo más concentrada, Juan Eulogio suelta el primer martillazo. Pero este golpe no va a la tabla porque su otra mano se interpone en la  trayectoria. Con  tremenda fuerza pero con la imprecisión provocada por los seis botes de cerveza que se ha tomado, el dedo gordo de la mano izquierda, que iba por su cuenta, ha sido chafado dolorosamente con el martillo. No grita para no alertar a su suegra y que no venga a descojonarse de su torpeza, pero por segunda vez en el día, Juan Eulogio vuelve a llorar.

Ese ha sido el límite, sobradamente rebasado. Mientras Juan Eulogio recoge todo y vuelve a embalar como buenamente las cajas, se clava cinco clavos que asoman por la bolsa en el dedo machacado.

En la cola de devoluciones de Ikea, rodeado de paquetes y ante la curiosa mirada de la gente, Juan Eulogio masculla con cara de pocos amigos:

¡Mierda de bricolaje! ¡Mierda de Ikea! ¡Mierda… de vida!

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8 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN IKEA II : AL FILO DE LO IMPOSIBLE

  1. Óscar dijo:

    Por eso los que somos torpes en bricolaje tenemos que ajustarnos el cinturón, gastarnos un poco más, y que nos lo den hecho… 🙂

  2. cmacarro dijo:

    Otras cosas se nos darán bien, je,je,je

  3. icástico dijo:

    Aquí el único que sale ganando es Mahou, no me extrañaría que acabara promocionando viajes a Ikea… Y kea un mundo para montar todo.

  4. Con lo que a mi me gusta montar los muebles del IKEA!!
    Te he dicho ya que me gusta mucho esa tienda? Creo que si. Yo soy ella y me voy sola, fundo la tarjeta y me amueblo todo el piso sin que nadie me monte los muebles!!

    • cmacarro dijo:

      Es algo inusual, pero estupendo. Por cierto, a mí me encanta montar muebles de Ikea y reconozco que a la salida soy de los que pico en un montón de chorradas, hasta con las albondiguillas congeladas.

  5. srajumbo dijo:

    Jajajajaajajajajajaaj debo ser la única a la que le mola montar los muebles de ikea. En mi casa los monto yo todos y sola.. No digo más.

  6. Y yo que creía que por fin le iba a salir algo bien a Juan Eulogio… Está claro que soy una ilusa.

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