YO LEO, TÚ ARIES

Después de aquellas intensas horas, por fin estaba leyendo las últimas líneas de aquel libro cuando…unos fuertes golpes, que me sobresaltaron interrumpiendo bruscamente aquel íntimo momento de relax, hicieron temblar la puerta del baño.

–          ¡Ocupado! –contesté con evidente fastidio- En seguida salgo.

Alguien, fuera, con creciente tono de desesperación gritó:

–          ¿Quiere acabar ya? Es el único servicio que funciona en toda la planta y lo tiene usted ocupado desde hace más de media hora.

–          ¡Que sí, coño! –gruñí- ¡Que ya va! ¿No ha tenido usted nunca una emergencia?

Con aquella peregrina excusa intentaba disimular, por pura y elemental prudencia, lo que realmente estaba haciendo en aquellos momentos, viendo que la voz de aquel desconocido que me interpelaba al otro lado de la puerta se iba crispando por momentos.

¡Dios! Si ese energúmeno embrutecido por la necesidad hubiera siquiera intuido la verdadera razón que le impedía dar rienda suelta a sus acuciantes necesidades, probablemente yo no hubiera salido bien parado del lance. Atrapado por el embrujo de la lectura había decidido no esperar a llegar a casa para acabar el libro.

Aquel infeliz debía hallarse realmente apurado dada la insistencia con la que aporreaba la endeble puerta que nos separaba. Ésta, un poco desvencijada por el maltrato cotidiano de lo público, amenazaba con venirse sobre mi persona en uno de aquellos empellones.

Con un profundo sentimiento de irritación me vi obligado a interrumpir la lectura sin poder desvelar su ansiado final, que se adivinaba apasionante. Lamentablemente tendría que postergar la degustación de la guinda del pastel que suponían aquellas últimas y presumiblemente esclarecedoras páginas.

Debían de faltarme no más de ocho o diez hojas para acabar, pero el autor, hábil aunque sádico manejador de sus lectores a través del exquisito uso de la palabra escrita, había dejado lo mejor para el final. Todas las claves de la historia estaban a punto de ser desveladas y yo, que me las prometía muy felices en la intimidad de aquel servicio público, me iba a tener que fastidiar sin solventar los enigmas planteados en el papel que el novelista había ido llenando magistralmente de interrogantes y dudas.

Resignado dejé mi maravilloso libro encima de la tapa de la cisterna mientras procedía a la limpieza pertinente en tales menesteres.

Ocurrieron entonces dos inesperados sucesos que me causaron un gran impacto:

El primero fue que al ir a echar mano del higiénico elemento limpiador, me percaté estupefacto de que no se hallaba en su lugar presto a ser utilizado.

¡Coño, que no había papel!

El nerviosismo me fue invadiendo y mis pensamientos se aceleraron frenéticamente intentando a la desesperada buscar una alternativa ante tal adversidad. Escudriñé los rincones a la caza de algún resto de papel sin utilizar que sirviera convenientemente a mi propósito.

No encontré nada digno de aprovechamiento.

El segundo y fatal hecho ocurrió justo unos segundos después de cerciorarme de que no había un gramo de papel higiénico en los alrededores. En ese momento, debió producirse un fallo de suministro en la red eléctrica dejando sin luz el lugar donde me encontraba.

La cosa iba de mal en peor. Ahora me encontraba a oscuras.

Tras meditar concienzudamente sobre mi situación decidí que lo más urgente, incluso más que solventar el asunto de mi limpieza personal, era tratar de explicar al cansino señor de fuera, que seguía gritando y dando golpes, que la cosa podía alargarse más de lo esperado, pues no tenía yo intención de salir de aquel servicio, que para más inri no tenía lavabo, en las precarias condiciones en que me encontraba.

No le cayó, ni mucho menos, en gracia mi sincera sugerencia. Más bien al contrario, mi propuesta de que se buscara otro evacuatorio alternativo le alteró y soliviantó sobremanera, haciéndole redoblar bramidos y porrazos.

Aquellas circunstancias no me ayudaban para nada a conservar siquiera un pequeño atisbo de calma. Ni mucho menos.

El estrés se apoderaba paulatinamente de mí nublando por momentos mis entendederas.

Debía actuar rápidamente.

Pensé.

Por un momento se me pasó, fugaz, por la cabeza la idea de proceder como los avezados beduinos en el desierto, es decir, utilizando la mano. Pero una arcada involuntaria me hizo rechazar de plano aquella funesta idea.

Continué pensando.

Cada ocurrencia que se me venía a la mente era más absurda que la anterior.

Aquel tipejo desagradable me estaba poniendo de los nervios.

Hasta que…tuve una idea. Quizás resultara…

No dejaba de ser un sacrilegio pero… no veía otra solución.

Golpes, golpes y más golpes. Comenzaba a odiar a aquel perseverante fulano.

Definitivamente no había otra salida.

Con gran reverencia, a tientas en la oscuridad, palpé hasta notar el tacto duro del libro que había dejado sobre la cisterna. Estaba avergonzado pero firmemente decidido. Utilizaría las primeras páginas de aquella maravillosa novela para salir del apuro. No quedaba otro remedio.

Pidiendo mentalmente perdón al autor abrí su tesoro y comencé a arrancar las primeras hojas.

Me consolé pensando que, al menos, las había leído.

Una por una, con mucho dolor de mi corazón procedí hasta que supuse que la limpieza había concluido.

Volví a dejar aquel mutilado volumen sobre la cisterna mientras me acicalaba para salir de aquel zulo y enfrentarme al exaltado energúmeno que aún vociferaba afuera.

De repente, tal como se había ido, volvió la luz.

Fue entonces cuando comprendí la verdadera magnitud de la tragedia.

Al retomar el libro, me di cuenta con horror de que al tacto era igual por delante que por detrás. Cegado por la siniestra oscuridad, había tomado el libro al revés y le había arrancado… justo las páginas del final, las que debían sosegar mi espíritu con la solución a todos los enigmas.

En aquel instante deseé que me tragara la tierra. Abrí la puerta y odié intensamente.

Aquella tarde realicé un intercambio de regalos con el indeseable que me esperaba fuera. Yo le “regalé” un libro amputado, tullido, con toda la fuerza de mi frustración. Él… me regaló tres incisivos arrancados de cuajo con el tremendo impacto.

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12 respuestas a YO LEO, TÚ ARIES

  1. Jajajajajajjjajajjajajjajajajajaj. Qué faena!!! Y um calcetin no se te ocurriò??

  2. Elda dijo:

    Jajajajaja’ buenisimo me ha parecido tu relato, simpático, interesante y con un final que se intuye pero nunca que fueran las ultimas páginas… el kid de la cuestión, jajaja.
    Sinceramente me ha encantado.
    Te he seguido desde el blog de Sensi.
    Un saludo.

  3. icástico dijo:

    Ya imaginé que te ibas a pasar el final por el ojete. No entiendo, con el tiempo que llevabas sentado con la lectura debería estar el palomino cristalizao, como una prótesis de tu cuerpo, siendo el papel innecesario ya. Al final acabaste sin tres piños y sin desenlace, por pulcro

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